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Authors: Javier Arribas

Tags: #Intriga, #Histórico

Los círculos de Dante (3 page)

Capítulo 5

L
a tregua duró tan poco como Dante había imaginado que ocurriría. No estaba el sol aún en su cénit cuando la actividad apresurada de sus carceleros le dio a entender que la fuga proseguía. El clima seguía comportándose de manera burlona y cruel. Ponerse en marcha y arrancar con monótona diligencia el aguacero fue todo uno. Todo parecía dispuesto para hacer aún más infernal la travesía. Dante, resignado a ocupar la misma posición que ya se le asignara en Verona, prácticamente deseaba que le hubieran vuelto a cegar, para no ser testigo visual de esa marcha imposible, ese casi «navegar» de su carruaje que resbalaba por parajes encenagados. Aunque, en verdad, la luz gris del sol aprisionado entre las nubes y la espesura de la cortina de agua que caía en algunas ocasiones le dejaban poca posibilidad de distinguir con toda claridad los detalles del paisaje. Se preguntó cómo las castigadas bestias podían ser capaces de seguir un trazado tan indefinido. Guiadas por un arriero experto, al que se veía familiarizado con aquellos parajes, sin duda lo harían por instinto, por afán de llegar cuanto antes a un lugar seco y seguro, de sobrevivir y no reventar en esa tortura a la que se veían sometidas.

A veces percibía, en un sobresalto, cómo el agua corría en tempestuosos arroyos no muy lejos de donde ellos circulaban. Las inundaciones eran tan frecuentes en la enorme llanura del Po como catastróficos solían ser sus efectos.

El diluvio persistente habría destruido las uvas de septiembre. Las cosechas habrían quedado sumergidas o arrastradas por las lluvias si ya habían sido recolectadas. Se imaginaba el desolador panorama de los puentes rotos a pedazos por las crecidas, las casas y las villas destruidas, animales hinchados y tumefactos flotando entre las aguas, familias enteras refugiadas con la sola fuerza de la desesperación en las copas de los árboles o los tejados de sus propias viviendas. A veces, poco antes de que fueran arrastrados con todas sus escasas pertenencias.

El poeta dudaba y a la vez temía lo que se podían encontrar según se acercaran al obstáculo firme del Po, que necesariamente habían de franquear en su camino a Florencia. No parecía que fuera a dejar de llover pronto y no hacía tanto frío como para que se helara la superficie del río. Cuando eso ocurría, que solía ser en el invierno crudo de los meses de enero y febrero, los carros podían circular sin problemas sobre la superficie de cristal. En años de especial crudeza se aseguraba que un caminante osado podría andar a través de los ríos desde Ferrara hasta Treviso.

El enigmático jinete que los gobernaba aparecía de vez en cuando. Hablaba con el mulero y volvía a desaparecer, marcando una estela que el carruaje seguía a un paso considerablemente más lento. Dante, evitando con ello otros pensamientos, se empleó en analizar a tan curioso personaje. Por su porte belicoso de caballero educado y entrenado, podía tratarse de un mercenario, un profesional a sueldo. «Demasiado joven, quizá», pensó Dante. Y demasiado florentino, a juzgar por lo que había podido distinguir de su acento. Y no es que no hubiera hijos de la muy noble Florencia que alquilaran o vendieran su alma al mejor postor apuntándose al servicio de causas ajenas. De hecho, las alternas expulsiones de gibelinos y güelfos toscanos durante los últimos cincuenta o sesenta años habían engrosado excelentes cuerpos de mercenarios formados por personas que, al encontrar en ello un fructífero
modus vivendi
, habían rehusado incluso el retorno a la patria cuando ello había sido posible. Pero este joven serio y disciplinado no encajaba en ese molde de trotamundos agreste, montaraz. Guerrero sí, pero de corte y nobleza urbana. Quizás el retoño selecto de uno de los poderosos linajes sustentadores del Gobierno del Comune negro de Florencia; un cachorro de los Spini, los Pazzi, los Della Tosa o cualquier otro de los usurpadores del simbólico lirio rojo de la ciudad. Se trataba de alguien escogido para esta complicada embajada por amor a la causa o por simple mala suerte en un sorteo. Era probable que buscase acrecentar su fortuna, su prestigio, llevando a buen puerto tan arriesgada misión contra uno de los más afamados enemigos del Estado, contra alguien que no debía de ser muy popular en Florencia tras sus últimos posicionamientos políticos. Aquel joven resuelto facilitaba la travesía, vigilaba y despejaba los caminos, compraba voluntades, evitaba la presencia de curiosos o indeseables y arreglaba escondites o alojamientos futuros para el grupo; alojamientos como el que ocuparon apenas comenzó a oscurecerse el firmamento, un lugar que era poco más que un caserón en ruinas y una nave que, tiempo atrás, debió de hacer las funciones de establo.

Abandonaron aquel precario cobijo con la primera luz del amanecer, mientras en monasterios y conventos se entonaban salmos de
laudes
en agradecimiento por los dones del nuevo día. Trecho a trecho, completaron una nueva jornada en la que las circunstancias variaron muy poco. Avanzando lentamente atravesaron el casi anegado valle del Po. Ya con la noche pudieron adivinar, más que ver, la masa líquida del gran río. Aunque en muchas zonas de su largo curso los puentes debían de haber padecido un severo castigo por las lluvias, no parecía haber ocurrido así en el lugar que el grupo había elegido para cruzarlo: un punto muy cercano a Ostiglia, localidad de antiquísimo origen romano. La labor anticipada del inquieto jefe de la expedición debía de haber comprado un discreto pasaporte nocturno para vadear el río de inmediato. Por eso volvieron a relucir las antorchas engrasadas; entonces, el carro, sin detenerse, se embarcó en una peligrosa ruta a través de la inestable pasarela, casi a oscuras, oponiéndose al viento y a la lluvia.

Con el pecho encogido, impresionado por el rugido bravo de las aguas crecidas y turbulentas bajo sus pies, Dante pensó que la distancia hasta la otra orilla era insalvable y que aquél era, ni más ni menos, el final de la aventura.

Capítulo 6

D
ante se equivocó. Ni aquél fue el final ni la aventura en la que se había visto embarcado tenía visos de finalizar tan pronto. Tras aquel episodio, mal que bien, siguieron avanzando con la imagen de Florencia puesta en el horizonte. Muchas dificultades y muy pocas palabras sazonaron la marcha. Con la monotonía de días y noches calcadas, aun con las penalidades propias, Dante se fue acostumbrando de una manera insólita. El poeta también era hombre de prolongados silencios y profundas reflexiones. No sentía desagrado por este forzado retiro, alejado de una corte en la cual, de una forma o de otra, había que agradar a los anfitriones y marcar paso a paso el duro camino que conduce a subir y bajar escaleras ajenas. O no lo habría sentido demasiado de no mediar la humillación de una situación impuesta, las molestias inherentes a una fuga semejante y su vislumbrado terrible destino final. Ni siquiera le sorprendió no encontrar, en esas primeras jornadas que se iban consumiendo, ni una sola alma ni un solo mortal que le alejara de esa impresión de que todo había desaparecido, salvo su cautiverio y sus mismos celadores. Y la monotonía continuó hasta que, ya cerca de Bolonia, sucedió el primer incidente digno de especial mención.

Confiados quizá por la lejanía de Verona, o por estar en un entorno político más favorable, empezaron a hacer sus descansos nocturnos en posadas y albergues. Claro que no se trataba de establecimientos ordinarios, hosterías acogedoras y bien preparadas de las que solían ubicarse al borde de los caminos más transitados; más bien eran algo muy poco diferente a agujeros infectos. Edificios ruinosos y medio clandestinos, no más de un cubículo repleto de barriles y dos o tres amplias salas donde, más que hospedarse, se escondían montones de indeseables en absoluta promiscuidad. Eran lugares donde hasta los mismos posaderos dominaban más el arte del robo y de la estafa que el trato amistoso con los clientes; eran todos unos expertos en el aguado excesivo del vino y de la leche. Allí nadie preguntaba nada; a ninguno de los moradores de aquellos lugares sucios y malolientes le preocupaba lo más mínimo la suerte de los demás. La mayor parte eran delincuentes y proscritos de toda calaña, gente difícilmente interesada en dejarse ver ante cualquier autoridad para denunciar un secuestro. Por eso Dante no podía esperar nada; al menos, nada bueno, porque allí se hacía más necesaria que en ningún otro sitio la protección que le tendrían que dispensar sus custodios.

La presencia de aquellos seres abyectos era testigo de la proximidad de algún centro urbano bien poblado. Durante el día eran parias tolerados que se extendían como ratas a través del tejido urbano de cualquier urbe italiana, bullían por vías y plazas. Con falsas sonrisas, formaban máscaras que encubrían su odio, buscando una moneda, un pedazo de pan. Por la noche, cuando las puertas del cerco amurallado clausuraban la ciudad al sueño afortunado de los verdaderos ciudadanos, eran barridos al exterior como montones de estiércol. Entonces, entre ellos, dejaban de mostrar su mejor cara. Viajeros enfrascados en dudosas ocupaciones, aventureros, peregrinos, músicos ambulantes, mimos, bufones, juglares, jugadores y estafadores de toda índole,
cantastorie
, artesanos y vendedores trashumantes, ladrones, clérigos dementes empeñados en organizar perpetuas cruzadas, vendedores de pociones y brebajes, buhoneros y prostitutas se hacinaban codo con codo en aquellos antros. Había una masa aún más agobiante y repulsiva: campesinos hambrientos a causa de las cosechas perdidas, pedigüeños profesionales, artesanos en bancarrota, desempleados, huérfanos, enfermos errantes, algunos con enfermedades repulsivas, lepras y bubones, viudas, madres acogiendo en sus brazos a niños desnutridos sin apenas fuerzas para llorar y la boca llena de espuma. Todos éstos ni siquiera eran aceptados tras las puertas de albergues de tan baja estofa. Permanecían tirados al raso; indolentes bajo la lluvia o el frío esperaban el amanecer que les permitiera volver a reclamar la caridad ajena, aunque no fuera más que para esquivar la muerte durante unas semanas o meses.

En el interior, Dante observaba atónito el espectáculo desplegado ante sus ojos. Aquellos personajes parecían animales y no seres humanos. Un mundo de sentidos satisfechos sin freno, la búsqueda de placer sin medida. Dante se consumía pensando en la verdadera utilidad de los pensamientos elevados cuando la mayoría de las personas parecen ser zafias bestias que se procuran su sustento y sus necesidades básicas al margen de la política o la filosofía, tan alejados de las intrigas en las que Dante, lo hubiera querido o no, tantas veces se había visto involucrado. Dante Alighieri, enfrascado en la composición de un poema grandioso capaz de juntar el Cielo con la Tierra, no había sido capaz de vislumbrar cómo en la propia Tierra, a poco que se rascara en la superficie de su sociedad enferma, podía uno encontrarse en la antesala misma del Infierno. Esa realidad le sumía aún más en la desesperanza, casi en la apatía completa, no ya por su destino, sino por el destino de toda Italia.
[2]
Si alguien se movía en aquellos ambientes como pez en el agua, ése era Birbante. Sus ojillos lujuriosos se iluminaban de placer apenas traspasaba el umbral de uno de aquellos lugares ruidosos y asfixiantes. Las pupilas le bailaban tras los dados y las cartas grasientas que saltaban aquí y allá. A duras penas era capaz de seguir su mandato de permanecer al lado de su prisionero. Y ésa habría de ser, precisamente, la causa del incidente más grave del viaje.

Debían de estar no muy lejos de Bolonia, ciudad en la que Dante, años atrás, había frecuentado su venerado
Studio
y a la que volvía en condiciones tan opuestas. Cuando entraron en el albergue escogido, encontraron ya un ambiente encendido, con el alcohol prendido en las entrañas como una llamarada. Siguiendo la máxima latina que sentencia: «
Prima cratera at sitim pertinet, secunda ai hilaritatem, tertia ad voluptatem, quarta ad insaniam
»,
[3]
se podía decir que en aquel lugar hacía ya tiempo que se había alcanzado el cuarto estado. Juerguistas ebrios cantaban a voz en grito himnos de goliardos, composiciones populares en las antípodas del
dolce stil novo
cultivado por el florentino y su selecto círculo de poetas. Eran rimas vulgares y burdas parodias en latín tabernario; cantos de borracho, obscenas inspiraciones indignamente basadas, a veces, en clásicos como Catulo u Ovidio.

In taberna quando sumus

non curamos quid sit humus,

sed ad ludum properamus,

cui semper insudamus…
[4]

Pululando por en medio de aquel desconcierto, haciéndose entender a gritos por encima del escándalo con más aspavientos que frases, mujerzuelas medio desnudas se ofrecían a sí mismas como mercancía. Eran prostitutas muy deterioradas, nada apetecibles, que brindaban sus servicios por una verdadera miseria a aquel hatajo de almas perdidas.

Bibit hera, bibit herus,

bibit miles, bibit clerus,

bibit ille, bibit illa,

bibit servis cum ancilla…
[5]

Una de aquellas hembras, con los pechos desnudos y flácidos, y el pelo rasurado a ronchones como un perro sarnoso, se acercó tentadora y sugerente al mismísimo Dante, que reposaba con el rostro medio cubierto en un discreto banco al fondo del local, sentado entre sus dos guardianes. Llegó a tocar la capa del perplejo poeta, que no pudo reprimir un mohín de asco y horror ante el denigrante comercio carnal que se desarrollaba en todas las esquinas aquel lugar. Instantáneamente, Michelozzo soltó su poderoso brazo y de un único y certero empujón lanzó a la ramera a varios pasos de distancia. Ésta cayó de golpe, boca arriba. Su escaso vestido se elevó al viento, destapando su sexo descarnado y obsceno a la vista de todos.

Casi como impulsado por un resorte, Birbante, que había celebrado la escena con la risa maligna que le permitía su media mandíbula, saltó de su posición. Asió a la prostituta rechazada de un brazo y la arrastró consigo. Zigzagueó entre borrachos eufóricos o medio inconscientes hasta el rincón más alejado, allí donde unos montones de paja inmunda funcionaban como improvisados tálamos.

El vino y la euforia del ambiente habían conseguido que Birbante por fin se dejara llevar por sus bajos instintos, los mismos que le impulsaban a dejar de lado cualquier temor a incumplir las órdenes recibidas. «
Non facit ebrietas vitia, sed protahit
»,
[6]
citaba Dante a Séneca entre dientes, mientras veía alejarse, con su presa, al más artero de sus guardias. El otro, con su sonrisa indefinida siempre en los labios, permaneció en su puesto. Así transcurrieron horas de duermevela durante las cuales los gritos fueron ahogándose en las gargantas roncas dejando paso a toses, eructos, ventosidades y ronquidos. También las luces de las antorchas fueron apagándose poco a poco, dejando nubes de humo que irritaban los ojos y las faringes. Dante despegaba de vez en cuando los párpados, con incomodidad y desconfianza, como cualquiera que deba pernoctar en lugares semejantes.

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