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Authors: Antonio Buero Vallejo

Tags: #Teatro

Historia de una escalera

 

Buero Vallejo ha sabido igualar vida y pensamiento, conducta y prédica. De su lucidez y de su ejemplaridad, de su trabajo, ha surgido el teatro de más altura, tensión y trascendencia de la posguerra española. Como ha sabido demostrar con Historia de una escalera, hito en la recuperación teatral de España.

Antonio Buero Vallejo

Historia de una escalera

Drama en tres actos

ePUB v1.0

pvelazquezf
23.08.12

Titulo original:
Historia de una escalera

Antonio Buero Vallejo, 1949.

Editor original: pvelazquezf (v1.0)

ePub base v2.0

Porque el hijo deshonra al padre,

la hija se levanta contra la madre,

la nuera contra su suegra:

y los enemi­gos del hombre

son los de su casa.

(miqueas, cap. VII, vers. 6.)

ACTO PRIMERO

Un tramo de escalera con dos rellanos, en una casa modesta de vecindad. Los escalones de bajada hacia los pisos inferiores se encuentran en el primer término izquierdo. La barandilla que los bordea es muy pobre, con el pasamanos de hierro, y tuerce para correr a lo largo de la escena limitando el primer rellano. Cerca del lateral derecho arranca un tramo completo de unos diez escalones. La barandilla lo separa a su izquierda del hueco de la escalera y a su derecha hay una pared que rompe en ángulo junto al primer peldaño, formando en el primer término derecho un entrante con una sucia ventana lateral. Al final del tramo la barandilla vuelve de nuevo y termina en el lateral izquierdo, limitando el segundo rellano. En el borde de éste, una polvorienta bombilla enrejada pende hacia el hueco de la escalera. En el segundo rellano hay dos puertas: dos laterales y dos centrales. Las distinguiremos, de derecha a izquierda, con los números I, II, III y IV.

El espectador asiste, en este acto y en el siguiente, a la galvanización momentánea de tiempos que han pasado. Los vestidos tienen un vago aire retrospectivo.

(
Nada más levantarse el telón vemos cruzar y subir fatigosamente al
Cobrador de la luz,
portando su grasienta cartera. Se detiene unos segundos para respirar y llama después con los nudillos en las cuatro puertas. Vuelve al I, donde le espera ya en el quicio la
Señora Generosa
:
una pobre mujer de unos cincuenta y cinco años.
)

Cobrador.
— La luz. Dos pesetas. (
Le tiende el recibo. La puerta III se abre y aparece
Paca
, mujer de unos cincuenta años, gorda y de ademanes desenvueltos. El
Cobrador
repite, tendiéndole el recibo.
) La luz. Cuatro diez.

Generosa.
—(Mirando el recibo.
) ¡Dios mío! ¡Cada vez más caro! No sé cómo vamos a poder vivir.

(
Se mete.
)

Paca.
— ¡Ya, ya! (
Al
Cobrador
.) ¿Es que no saben hacer otra cosa que elevar la tarifa? ¡Menuda ladronera es la Compañía! ¡Les debía dar vergüenza chuparnos la sangre de esa manera! (
El
Cobrador
se encoge de hombros.
) ¡Y todavía se ríe!

Cobrador.
— No me río, señora. (
A
Elvira
, que abrió la puerta II.
) Buenos días. La luz. Seis sesenta y cinco.

(
Elvira
, una linda muchacha vestida de calle, recoge el recibo y se mete.
)

Paca.
— Se ríe por dentro. ¡Buenos pájaros son todos ustedes! Esto se arreglaría como dice mi hijo Urbano: tirando a más de cuatro por el hueco de la escalera.

Cobrador.
— Mire lo que dice, señora. Y no falte.

Paca.
— ¡Cochinos!

Cobrador.
— Bueno, ¿me paga o no? Tengo prisa.

Paca.
— ¡Ya va, hombre! Se aprovechan de que una no es nadie, que si no…

(
Se mete rezongando.
Generosa
sale y paga al
Cobrador.
Después cierra la puerta. El
Cobrador
aporrea otra vez el IV, que es abierto inmediatamente por
Doña Asunción
, señora de luto, delgada y consumida.
)

Cobrador.
— La luz. Tres veinte.

Doña Asunción.
— (
Cogiendo el recibo.
) Sí, claro… Buenos días. Espere un momento, por favor. Voy adentro…

(Se
mete.
Paca
sale refunfuñando, mientras cuenta las monedas.
)

Paca.
— ¡Ahí va!

(
Se las da de golpe.
)

Cobrador.
— (
Después de contarlas.
) Está bien.

Paca.
— ¡Está muy mal! ¡A ver si hay suerte, hombre, al bajar la escalera!

(
Cierra con un portazo.
Elvira
sale.
)

Elvira.
— Aquí tiene usted. (
Contándole la moneda fraccionaria.
) Cuarenta…, cincuenta…, sesenta… y cinco.

Cobrador.
— Está bien.

(Se lleva un
dedo a la gorra y se dirige al IV.
)

Elvira.
— (
Hacia dentro.
) ¿No sales, papá?

(
Espera en el quicio.
Doña Asunción
vuelve a salir, ensayando sonrisas.
)

Doña Asunción.
— ¡Cuánto lo siento! Me va a tener que perdonar. Como me ha cogido después de la compra y mi hijo no está…

(
Don Manuel
, padre de
Elvira
, sale vestido de calle. Los trajes de ambos denotan una posición económica más holgada que la de los demás vecinos.
)

Don Manuel.
— (
A
Doña Asunción
.) Buenos días. (
A su hija.
) Vamos.

Doña Asunción.
— ¡Buenos días! ¡Buenos días, Elvirita! ¡No te había visto!

Elvira.
— Buenos días, doña Asunción.

Cobrador.
— Perdone, señora, pero tengo prisa.

Doña Asunción.
— Sí, sí… Le decía que ahora da la casualidad que no puedo… ¿No podría volver luego?

Cobrador.
— Mire, señora: no es la primera vez que pasa y…

Doña Asunción.
— ¿Qué dice?

Cobrador.
— Sí. Todos los meses es la misma historia. ¡Todos! Y yo no puedo venir a otra hora ni pagarlo de mi bolsillo. Conque si no me abona tendré que cortarle el fluido.

Doña Asunción.
— ¡Pero si es una casualidad, se lo aseguro! Es que mi hijo no está, y…

Cobrador.
— ¡Basta de monsergas! Esto le pasa por querer gastar como una señora en vez de abonarse a tanto alzado. Tendré que cortarle.

(
Elvira
habla en voz baja con su padre.
)

Doña Asunción.
— (
Casi perdida la compostura.
) ¡No lo haga, por Dios! Yo le prometo…

Cobrador.
— Pida a algún vecino…

Don Manuel.
— (
Después de atender a lo que le susurra su hija.
) Perdone que intervenga, señora.

(
Cogiéndole el recibo.
)

Doña Asunción.
— No, don Manuel. ¡No faltaba más!

Don Manuel.
— ¡Si no tiene importancia! Ya me lo devolverá cuando pueda.

Doña Asunción.
— Esta misma tarde; de verdad.

Don Manuel.
— Sin prisa, sin prisa. (
Al
Cobrador
.) Aquí tiene.

Cobrador.
— Está bien. (
Se lleva la mano a la gorra.
) Buenos días.

(Se
va.
)

Don Manuel.
—(
Al
Cobrador
.) Buenos días.

Doña Asunción.
— (
Al
Cobrador
.) Buenos días. Muchísimas gracias, don Manuel. Esta misma tarde…

Don Manuel.
— (
Entregándole el recibo.
) ¿Para qué se va a molestar? No merece la pena. Y Fernando, ¿qué se hace?

(
Elvira
se
acerca y le coge del brazo.
)

Doña Asunción.
— En su papelería. Pero no está contento. ¡El sueldo es tan pequeño! Y no es porque sea mi hijo, pero él vale mucho y merece otra cosa. ¡Tiene muchos proyectos! Quiere ser delineante, ingeniero, ¡qué sé yo! Y no hace más que leer y pensar. Siempre tumbado en la cama, pensando en sus proyectos. Y escribe cosas también, y poesías. ¡Más bonitas! Ya le diré que dedique alguna a Elvirita.

Elvira.
— (
Turbada.
) Déjelo, señora.

Doña Asunción.
— Te lo mereces, hija. (
A
Don Manuel
.) No es porque esté delante, pero ¡qué preciosísima se ha puesto Elvirita! Es una clavellina. El hombre que se la lleve…

Don Manuel.
— Bueno, bueno. No siga, que me la va a malear. Lo dicho, doña Asunción. (Se
quita el sombrero y le da la mano.
) Recuerdos a Fernandito. Buenos días.

Elvira.
— Buenos días.

(
Inician la marcha.
)

Doña Asunción.
— Buenos días. Y un millón de gracias… Adiós.

(
Cierra.
Don Manuel
y su hija empiezan a bajar.
Elvira
se para de pronto para besar y abrazar impulsivamente a su padre.
)

Don Manuel.
— ¡Déjame, locuela! ¡Me vas a tirar!

Elvira.
— ¡Te quiero tanto, papaíto! ¡Eres tan bueno!

Don Manuel.
— Deja los mimos, picara. Tonto es lo que soy. Siempre te saldrás con la tuya.

Elvira.
— No llames tontería a una buena acción… Ya ves, los pobres nunca tienen un cuarto. ¡Me da una lástima doña Asunción!

Don Manuel.
— (
Levantándole la barbilla.
) El tarambana de Fernandito es el que a ti te preocupa.

Elvira.
— Papá, no es un tarambana… Si vieras qué bien habla…

Don Manuel.
— Un tarambana. Eso sabrá hacer él…, hablar. Pero no tiene donde caerse muerto. Hazme caso, hija; tú te mereces otra cosa.

Elvira.
— (
En el rellano ya, da pueriles pataditas.
) No quiero que hables así de él. Ya verás cómo llega muy lejos. ¡Qué importa que no tenga dinero! ¿Para qué quiere mi papaíto un yerno rico?

Don Manuel.
—¡Hija!

Elvira.
— Escucha: te voy a pedir un favor muy grande.

Don Manuel.
— Hija mía, algunas veces no me respetas nada.

Elvira.
— Pero te quiero, que es mucho mejor. ¿Me harás ese favor?

Don Manuel.
— Depende…

Elvira.
— ¡Nada! Me lo harás.

Don Manuel.
— ¿De qué se trata?

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