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Authors: Kami García,Margaret Stohl

Tags: #Infantil y juvenil, #Fantástico, #Romántico

Hermoso Caos

 

Ethan y Lena pensaban que ya se habían acostumbrado a los acontecimientos extraños e imposibles que ocurrían en su Gatlin natal. Sin embargo, cuando regresan a casa, las palabras «extraño» e «imposible» adquieren un nuevo significado. Plagas de langosta, oleadas de calor y devastadoras tormentas asolan la ciudad, mientras intentan desentrañar los nudos que les atan a misterios centenarios.

Kami Garcia & Margaret Stohl

Hermoso Caos

Saga de las dieciséis lunas III

ePUB v1.0

AlexAinhoa
27.03.13

Título original:
Beautiful Chaos

© Kami García y Margaret Stohl, 2012.

Traducción: Paz Pruneda

Editor original: AlexAinhoa (v1.0)

Segundo editor: Mística

ePub base v2.1

Para nuestras madres:

Susan Racca,

que cría ardillas y

las alimenta con cuentagotas.

Marilyn Ross Stohl,

que condujo un tractor antes

que un coche.

Ellas son los auténticos melocotones de Gatlin.

«Tumulto y paz, la oscuridad y la luz

son la obra de una sola mente, rasgos

de un mismo rostro, flores de un solo árbol;

personajes del gran Apocalipsis,

tipos y símbolos de la eternidad,

del primero, y último, medio y sin fin».

William Wordsworth,
El preludio.

NOTA

P
or indicación de las autoras, se ha mantenido en el idioma original una serie de términos relativos al imaginario de su invención. A continuación, y a modo de guía, se glosan los más relevantes, con una breve explicación a fin de facilitar la comprensión por parte del lector.

CASTER:
seres que conviven con los humanos y ejercen diferentes poderes mágicos. Caster deriva de la expresión
cast a spell
(lanzar un hechizo).

CATACLYST:
natural que se ha vuelto hacia la Oscuridad.

EMPATH:
Caster con una sensibilidad tan especial que es capaz de usar los poderes de otro Caster de forma temporal.

HARMER:
dañador.

HUNTER:
cazador.

ILLUSIONIST:
Caster capaz de crear ilusiones.

LILUM:
quienes moran en la Oscuridad.

MORTAL:
humano.

NATURAL:
Caster con poderes innatos y superiores a los demás de su especie.

SHIFTER:
Caster capaz de cambiar cualquier objeto en otro durante todo el tiempo que desee.

SYBIL:
Caster con el don de interpretar los rostros como quien lee un libro con sólo mirarte a los ojos.

SIREN:
Caster dotado con el poder de la persuasión.

THAUMATURGE:
Caster con el don de sanar.

ANTES
Azúcar y sal

E
s curioso cómo en Gatlin las cosas buenas van unidas a las malas. Tanto es así que algunas veces es difícil distinguir cuál es cuál. Y, en todo caso, siempre acabas confundiendo el azúcar con la sal y las patadas con los besos, como diría Amma.

Ignoro si sucede lo mismo en todas partes. Sólo conozco Gatlin, y esto es lo que sé: cuando volví a la iglesia y ocupé mi asiento de costumbre junto a las Hermanas, las únicas noticias que corrían por los pasillos junto con el cestillo de la colecta eran que el café Bluebird había dejado de servir sopa de hamburguesa, que la temporada de pastel de melocotón tocaba a su fin y que unos gamberros habían robado el columpio de neumático del viejo roble cercano a General Green. La mitad de la congregación todavía se arrastraba lentamente por los pasillos enmoquetados, con lo que mi madre solía llamar zapatos Cruz Roja. Con tantas rodillas púrpuras mostrándose orgullosas allí donde terminaban las faldas, parecía como si todo un mar de piernas estuviera conteniendo la respiración. Al menos, yo lo hacía.

Sin embargo, las Hermanas aún sostenían con manos nudosas sus libros de himnos abiertos por las páginas equivocadas, estrujando sus pañuelos entre las rosadas manchas de sus manos. Nada podía impedir que cantaran la melodía, de forma alta y estridente, mientras trataban de imponer su voz sobre las otras. Excepto la tía Prue. Que, por casualidad, alcanzó con verdadera armonía tres notas de trescientas, aunque a nadie le importó. Algunas cosas no deben cambiar, nunca deberían hacerlo. Algunas cosas, como la tía Prue, están hechas para desentonar.

Era como si el verano no hubiera pasado y estuviéramos a salvo entre esos muros. Como si nada pudiera entrar aquí, salvo la intensa y luminosa luz que se filtraba a través de las vidrieras de las ventanas. Ni siquiera Abraham Ravenwood o Hunting y su Banda de Sangre. Ni la madre de Lena, Sarafine, o el mismísimo diablo. Como si nadie más pudiera traspasar la sobria hospitalidad de los parroquianos que entregaban los programas dominicales. Porque, aunque lo hicieran, el sacerdote continuaría rezando y el coro continuaría cantando, y ni siquiera el mismísimo Apocalipsis podría impedir que la gente de Gatlin asistiera a la iglesia o metiera las narices en los asuntos ajenos.

Pero fuera de esos muros, el verano lo había cambiado todo, tanto en el mundo Caster como en el mortal, aunque la gente de Gatlin no lo supiera. Lena se había cristalizado en Luminosa y Oscura y había partido en dos la Decimoséptima Luna. Una batalla entre Demonios y Caster que acabó con muertes por ambas partes y que había abierto una grieta en el Orden de las Cosas del tamaño del Gran Cañón. Lo que Lena había hecho era el equivalente en Caster a aplastar en mil pedazos los Diez Mandamientos. Me pregunté qué pensaría de eso la gente de Gatlin si alguna vez se enteraba. Confié en que no lo hiciera.

Este pueblo solía provocarme claustrofobia y lo odiaba. Ahora la sensación era más bien de expectación, de algo que algún día echaría de menos. Y ese día estaba cerca. Nadie lo sabía mejor que yo.

Azúcar y sal, patadas y besos. La chica a la que quería había vuelto a mí, rompiendo el mundo en dos. Eso es lo que en realidad había sucedido ese verano.

Habíamos asistido al final de la sopa de hamburguesa, del pastel de melocotón y del columpio de neumático. Pero también habíamos visto el principio de algo.

El principio del Final de los Días.

7 DE SEPTIEMBRE
Línkcubo

E
staba de pie sobre el blanco depósito de agua, con la espalda al sol. Mi sombra descabezada caía sobre el cálido metal pintado, desapareciendo por encima del borde hacia el cielo. Frente a mí podía ver Summerville extendiéndose hasta el lago, desde la carretera 9 hasta Gatlin. Éste había sido nuestro rincón feliz, el de Lena y el mío. Al menos, uno de ellos. Pero no me sentía feliz. Me sentía como si fuera a vomitar.

Mis ojos estaban húmedos, pero no sabía por qué. Tal vez fuera la luz.

Vamos, venga. Es la hora.

Apreté y relajé los puños —mirando fijamente las diminutas casas, los diminutos coches y la diminuta gente—, esperando a que sucediera. El pánico se revolvía en mi estómago, pesado y molesto. Entonces, unos brazos familiares me aferraron por la cintura, dejándome de golpe sin aliento, y me arrastraron hacia la escalerilla metálica. Me golpeé la barbilla con el borde de la barandilla y me tambaleé. Me sacudí hacia delante tratando de soltarme.

¿Quién eres?

Pero cuanto más fuerte empujaba, más me pegaba. El siguiente puñetazo aterrizó en mi estómago, y me doblé. Fue entonces cuando las vi. Sus Converse negras. Estaban tan viejas y hechas polvo que podían haber sido las mías.

¿Qué es lo que quieres?

No esperé la respuesta. Me abalancé a su garganta y él se dirigió a la mía. Entonces pude echar un vistazo a su rostro, y vi la verdad.

Él era yo.

Mientras nos mirábamos a los ojos y atenazábamos la garganta del otro, rodamos hasta el extremo del depósito y caímos.

Durante la caída sólo pude pensar en una cosa.

Por fin.

Sonó un crujido. Me di con la cabeza en el suelo y mi cuerpo hizo lo mismo un segundo después. Las sábanas estaban hechas un lío a mi alrededor. Traté de abrir los ojos, pero todavía tenía la vista borrosa por el sueño. Esperé a que el pánico remitiera.

En mis antiguos sueños, intentaba impedir que Lena cayese. Ahora era yo el que caía. ¿Qué significaba? ¿Por qué me despertaba con la sensación de haberme caído?

—¡Ethan Lawson Wate! En nombre de nuestro Santísimo Redentor, ¿qué estás haciendo ahí arriba? —Amma tenía una forma muy particular de gritar. Como diría mi padre, te arrancaba directamente del Hades.

Abrí los ojos, pero lo único que pude ver fue un solitario calcetín, una araña abriéndose paso sin rumbo fijo a través del polvo y unos cuantos libros viejos y desvencijados.
Trampa 22. El juego de Ender. Rebeldes.
Y unos pocos más. Un apasionante panorama bajo mi cama.

—Nada. Sólo cerraba la ventana.

Miré hacia la ventana, pero no la cerré. Siempre duermo con ella abierta. Empecé a dejarla abierta cuando Macon murió —o, al menos, cuando pensamos que había muerto—, y se había convertido en una tranquilizadora costumbre. La mayoría de la gente se siente más segura con las ventanas cerradas, pero yo sé que una ventana cerrada no puede protegerme de las cosas que me asustan. Ni puede impedir la entrada de un Caster Oscuro o un Íncubo de Sangre.

Dudaba que hubiera algo que pudiera impedirlo.

Si había algún modo, Macon parecía decidido a encontrarlo. No había vuelto a verle desde que regresamos de la Frontera. De cualquier forma, siempre estaba en los Túneles, o trabajando en algún tipo de Hechizo de Vinculación para proteger Ravenwood. La casa de Lena se había convertido en una Fortaleza de Soledad desde la Decimoséptima Luna, cuando el Orden de las Cosas —el frágil equilibrio que regulaba el mundo Caster— se quebró. Amma estaba creando su propia Fortaleza de Soledad en Wate's Landing —o Fortaleza de Superstición, como la llamaba Link—. Amma lo habría llamado «tomar medidas preventivas». Había rodeado cada alféizar de la casa con sal y utilizado la desvencijada escalera de mi padre para colgar boca abajo botellas rotas en cada rama de nuestro mirto. En Wader's Creek, los árboles con botellas colgando eran tan comunes como los cipreses. Ahora, cada vez que me encontraba con la madre de Link en el Stop & Steal, la señora Lincoln me decía siempre lo mismo: «¿Has capturado ya algún espíritu maligno en esas viejas botellas?».

Ojalá pudiera capturar el suyo.
Es lo que querría decirle. Poder tener a la señora Lincoln atrapada en una polvorienta botella marrón de Coca-Cola. No estaba muy seguro de que algún árbol con botellas pudiera soportarlo.

Por el momento sólo quería atrapar la brisa. El calor se extendió por mi cuerpo cuando me apoyé contra el viejo cabecero de madera de mi cama. Era denso y sofocante, una manta de la que no podías desprenderte. El implacable sol de Carolina del Sur normalmente solía suavizarse en septiembre, pero no ese año.

Me froté el chichón de la frente y me dirigí tambaleante a la ducha. Abrí el grifo de agua fría y lo dejé correr un minuto, pero, aun así, siguió saliendo caliente.

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