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Authors: Jack Higgins

Tags: #Aventuras, Bélico, Histórico

Ha llegado el águila

 

Estamos en 1943. Himmler, el siniestro jefe de la Gestapo, prepara un golpe realmente audaz: el secuestro y asesinato de Winston Churchill. Los ejecutores de la operación serán un grupo de paracaidistas al mando de un brillante oficial, que contarán con el apoyo de un nacionalista irlandés. Pero, aunque todo parece perfectamente diseñado, el heroísmo puede torcer el curso de la historia.

Esta novela fue llevada al cine por John Sturges, en una película protagonizada por Michael Caine.

Jack Higgins

Ha llegado el águila

ePUB v1.0

JosuneBiz
01.01.12

Título original:
The eagle has landed

Jack Higgins, 1975.

Traducción: Óscar Luis Molina

Editor original: JosuneBiz (v1.1)

ePub base v2.0

A mis hijos, Sarah, Ruth, el joven Sean y la pequeña Hannah, que, cada uno a su modo, han sufrido y sudado por mi culpa, pero sobre todo a Amy, que ha aprendido a convivir con ese pequeño clic tan significativo cada vez que ha atendido el teléfono en los últimos dos años…

Nota del autor

Exactamente a la una de la mañana del sábado 6 de noviembre de 1943, Heinrich Himmler,
Reichsführer
de las SS y jefe de la Policía, recibió un lacónico mensaje:
Ha llegado el Águila.

Quería decir que un pequeño destacamento de paracaidistas alemanes había llegado a Inglaterra con el propósito de secuestrar al primer ministro, Winston Churchill, sacándolo de la casa de campo de Norfolk, lugar en el que se encontraba pasando un fin de semana.

Este libro trata de recrear los acontecimientos que tuvieron lugar en torno a este sorprendente plan de secuestro. Un cincuenta por ciento del material empleado corresponde a hechos históricos.

El lector deberá decidir por sí mismo qué porcentaje del otro cincuenta por ciento corresponde a especulaciones o a la imaginación del autor…

Ahora el campo de batalla es una tierra de cadáveres de pie; vivirán los decididos a morir, y morirán los que esperan salir con vida.

WU CH’I

Capítulo 1

Alguien estaba cavando una tumba en una esquina del cementerio cuando entré y atravesé el pórtico. Lo recuerdo con toda claridad porque luego me pareció que eso había preparado el escenario para cuanto sucedió a continuación.

Cinco o seis cuervos se alzaron de las hayas que había en el extremo oeste de la iglesia como si fueran hatos de harapos negros; se gritaron airados unos a otros, mientras yo avanzaba por entre las tumbas y me acercaba a la que estaban abriendo; me subí el cuello del abrigo para protegerme de la lluvia.

El hombre que estaba allí hablaba consigo mismo en voz baja.

Era imposible captar lo que murmuraba. Me situé a un lado del montón de tierra fresca y tuve que saltar para eludir la tierra que una pala tiraba hacia arriba desde el fondo; miré adentro.

—Una mañana poco agradable para hacer esto.

Alzó la vista, y se apoyó en la pala. Era un viejo muy viejo, con una gorra de paño y un traje ajado y sucio de barro; llevaba un chaquetón sobre los hombros. Sus mejillas estaban hundidas, vacías, cubiertas de barba gris mal afeitada; los ojos eran muy húmedos y ausentes.

Volví a intentarlo.

—La lluvia —dije.

Pareció comprender, esta vez. Levantó un momento la vista, miró el cielo sombrío y se frotó la barbilla.

—Será aún peor antes de que por fin aclare, ya lo he dicho.

—Le va a complicar las cosas —afirmé.

En el fondo del agujero había por lo menos quince centímetros de agua.

Empujó con la pala un extremo de la tumba y ésta terminó de abrirse, como algo podrido que estallara; la tierra cayó desde los bordes, a raudales.

—Podría ser peor. Han puesto a tantos en este patio de huesos a lo largo de los años, que la gente ya no reposa en la tierra. Ahora se los sepulta sobre restos humanos.

Se rió, dejando al descubierto las encías desdentadas; se inclinó, escarbó un poco la tierra a sus pies y sacó el hueso de un dedo.

—¿No se lo decía?

Incluso los escritores profesionales, que sienten la llamada de la vida en toda su infinita variedad, sienten también definidamente sus límites en ciertas ocasiones; decidí que era tiempo de seguir caminando.

—¿Estoy bien encaminado? ¿Aquel edificio es una iglesia católica?

—Aquí somos todos católicos. Siempre lo hemos sido.

—Entonces quizá me pueda ayudar. Estoy buscando una tumba, puede estar también dentro de la iglesia. De Gascoigne…Charles Gascoigne. Un marino.

—Nunca le he oído nombrar. Hace cuarenta y un años que soy sepulturero en este lugar. ¿Cuándo le enterraron?

—En 1683.

Su rostro no cambió de expresión. Me dijo con calma:

—Bueno, eso es antes de mi tiempo, ya ve usted. El padre Vereker… quizás él sepa algo.

—¿Estará dentro?

—Allí o en el presbiterio. Al otro lado de los árboles, detrás del muro.

En ese instante, por alguna razón, los cuervos de las hayas

estallaron sobre nuestras cabezas; docenas de cuervos que se echaron a volar entre la lluvia, llenando el aire de clamores. El viejo miró hacia arriba y lanzó el dedo de hueso contra las ramas. Y entonces dijo algo muy extraño:

—¡Bastardos ruidosos! Regresen a Leningrado.

Estaba a punto de volverme, pero me detuve, intrigado.

—¿Leningrado? ¿Por qué dice eso?

—De allí vienen. También las golondrinas. Se agrupan en Leningrado y se vienen aquí en octubre. El invierno les resulta demasiado frío por allá.

—¿Tanto?

Ahora parecía muy animado. Cogió medio cigarrillo que llevaba en la oreja y se lo puso en la boca.

—En invierno hace allí un frío capaz de helarle las pelotas a un mono. Un montón de alemanes murió en Leningrado durante la guerra. Y no por heridas de bala. Se congelaron, murieron de frío.

En este momento yo ya me sentía completamente fascinado. Le dije:

—¿Y quién le contó todo eso?

—¿Sobre los pájaros?

De súbito se le alteró completamente la expresión, su rostro adquirió aspecto desconfiado, astuto.

Werner me lo dijo. Sabía todo sobre los pájaros.

—¿Y quién era Werner?

—¿Werner?

Parpadeó varias veces. Volvió a adoptar una expresión ausente; aunque no era fácil averiguar si era auténtica o fingida.

—Era un buen muchacho ese Werner. Un buen muchacho. No debían haberle hecho eso.

Se apoyó en la pala y empezó de nuevo a sacar tierra. Dejó de ocuparse de mí. Me quedé allí un momento, pero era evidente que no tenía nada más que decirme. Así pues, a regañadientes, porque lo que empezó a contar parecía una historia interesante, me volví y me encaminé entre las lápidas hacia la entrada principal.

Me detuve en el pórtico. En la pared había un recuadro, fabricado de cierta madera oscura y con letras doradas casi borradas.

En la parte superior decía
Iglesia de Santa María y Todos los
Santos, Studley Constable;
debajo se indicaban las horas de las misas y el horario para confesarse. A un extremo se leía
Padre Philip
Vereker, S. J.

La puerta, de encina muy vieja, se sostenía con barras de hierro y estaba llena de cerrojos. La aldaba era una cabeza de león con un anillo colgando de la boca, todo de bronce. Había que girarla para abrir la puerta. Ésta se abrió finalmente con un crujido leve e inquietante.

Esperaba encontrar oscuridad y penumbra, pero lo que apareció ante mis ojos era una verdadera catedral medieval en miniatura, llena de luz y asombrosamente espaciosa. Los arcos de las naves eran soberbios; grandes pilares normandos se alzaban hasta un increíble artesonado en el techo, ricamente esculpido con figuras humanas y animales que se encontraban, por lo demás, en admirable estado de conservación. Una fila de ventanas a ambos lados y al nivel del techo eran responsables en gran medida de la luz que me sorprendió tanto.

Había una hermosa pila bautismal de piedra y, en la pared

contigua, un cuadro pintado contenía la lista de todos los sacerdotes que habían servido en la iglesia desde su fundación. Empezaba con un tal Rafe de Courcey, en 1132, y terminaba con Vereker, que se había incorporado en 1943.

Al fondo se veía una capilla pequeña y oscura, en la que varias velas oscilaban frente a una imagen de la Virgen María que parecía flotar en la penumbra. Caminé por la nave central, entre los pilares.

Todo estaba muy silencioso y tranquilo. Brillaba la luz color rubí de la lámpara del santuario, se dibujaba en lo alto del altar un Cristo del siglo XV, la lluvia golpeaba insistentemente las altas ventanas.

Un pie rozó con fuerza sobre las piedras detrás de mí. Una voz seca y firme dijo:

—¿Le puedo ayudar en algo?

Me volví y me encontré con un sacerdote, de pie junto a la capilla de la Virgen; era un hombre alto, macilento, que vestía una sotana negra muy gastada. Tenía el pelo gris acero pegado al cráneo y los ojos incrustados muy adentro en las órbitas, como si muy poco antes hubiera estado enfermo, impresión que se fortalecía ante la rigidez y tensión de la piel en los pómulos. Era un rostro raro. Ese hombre podía ser soldado o intelectual; pero no me sorprendió demasiado al recordar que el tablero de la entrada indicaba que era jesuita. Si mi sentido de la percepción no me engañaba, ese hombre tenía el dolor como constante compañero. Avanzó y observé que cojeaba del pie izquierdo y se apoyaba en un bastón negro.

—¿Padre Vereker?

—Exacto.

—Estuve hablando con el viejo de allí fuera, el sepulturero.

—Ah, sí. Laker Armsby.

—Así debe de llamarse. Me dijo que quizás usted pueda ayudarme.

Le alargué la mano.

—Me llamo Higgins. Jack Higgins. Soy escritor.

Vaciló un instante antes de estrecharme la mano, pero sólo porque tuvo que pasar el bastón de la mano derecha a la izquierda.

A pesar de esto, me pareció que había en él algo de reticencia o de reserva.

—¿Y cómo le puedo ayudar, señor Higgins?

—Estoy escribiendo una serie de artículos para una revista norteamericana. Asuntos históricos. Ayer estuve en Santa Margarita, en Cley.

—Una hermosa iglesia.

Se sentó en el banco más próximo.

—Excúseme, pero me canso con facilidad últimamente.

—En el patio de esa iglesia hay una lápida. Quizás usted la conoce. De James Greeve…

Me interrumpió instantáneamente:

—… Que era el ayudante de sir Cloudesley Shovel y hundió una flota, la incendió en el puerto de Trípoli en enero de 1676. Pero se trata de una inscripción muy famosa.

Demostró que podía sonreír.

—Según mis investigaciones —continué yo—, cuando Greeve era el capitán del
Orange Tree,
tenía un compañero llamado Charles Gascoigne, que más adelante asumió el mando de la nave. Murió de una vieja herida en 1683 y parece que Greeve le hizo llevar a Cley para que fuera sepultado allí.

—No lo sabía —me dijo amablemente, pero sin demostrar ningún interés. De hecho, su tono de voz era un tanto impaciente.

—Pero no hay rastro alguno de él en el cementerio de Cley.

Tampoco hay huellas en los archivos de las iglesias de Wiveton, Glandford y Blakeney.

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