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Authors: Jean-Christophe Grangé

Tags: #Policíaca, Thriller

Esclavos de la oscuridad

 

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.

Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?

Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.

Jean-Christophe Grangé

Esclavos de la oscuridad

ePUB v1.0

NitoStrad
28.05.12

Título original:
Le serment des limbes

Autor: Jean-Christophe Grangé

Traducción: Dora Castro Castro

Primera edición: julio de 2009

Editor original: NitoStrad (v1.0)

ePub base v2.0

Para Laurence

y nuestros hijos

I. MATHIEU

1

—Ni la vida, ni la muerte.

A Éric Svendsen le iba el lenguaje florido, retórico y por eso yo lo odiaba, al menos ese día. A mi modo de ver, un forense debía limitarse a hacer un informe técnico claro y preciso. Punto. Pero el sueco no podía evitarlo: recitaba las frases, rizaba el rizo…

—Luc despertará más tarde —continuó— o nunca. Su cuerpo funciona, pero su espíritu está en punto muerto. Suspendido entre dos mundos.

Sentado en la sala de espera de la unidad de reanimación, mientras Svendsen seguía de pie, a contraluz, le pregunté:

—¿Y dónde ocurrió, exactamente?

—En su casa de campo, cerca de Chartres.

—¿Por qué lo han trasladado aquí?

—Los tipos de Chartres no estaban equipados para tratarlo en reanimación.

—¿Y por qué aquí, en el Hôtel-Dieu?

—Les pareció lo mejor. Después de todo, es el hospital de la pasma.

Me hice un ovillo en el asiento. Un nadador olímpico listo para zambullirse. Los olores de los antisépticos que salían de la doble puerta cerrada se mezclaban con el calor y me daban náuseas. Las preguntas se agolpaban en mi cabeza.

—¿Quién lo encontró?

—El jardinero. Halló el cuerpo en el río que está cerca de la casa. Lo sacó in extremis. Eran las ocho de la mañana. Por suerte, el servicio de urgencias no andaba lejos. Llegó justo a tiempo.

Imaginé la escena. La casa de Vernay, el césped que se perdía en los campos, el río escondiéndose bajo las hierbas, lindando con el sotobosque. Había pasado allí tantos fines de semana… Hice la pregunta prohibida:

—¿Quién habló de suicidio?

—Los del servicio de urgencias. Ellos hicieron un informe.

—¿Y por qué no un accidente?

—El cuerpo llevaba lastre.

Alcé la vista. Svendsen mostró las palmas de las manos, en señal de consternación. Su silueta parecía una figura recortada en papel negro. Cuerpo filiforme y cabellera rizada, redonda como una bola de muérdago.

—Luc llevaba trozos de piedra atados con alambre a la cintura. Una especie de cinturón de submarinista.

—¿Y por qué no un asesinato?

—No me jodas, Mat. Si hubieran encontrado el cuerpo con tres plomos en el buche, todavía, pero no había señales de violencia. Hay que aceptar que se tiró al agua.

Pensé en Virginia Woolf, que se había llenado los bolsillos de piedras antes de meterse en un río de Sussex, Inglaterra. Svendsen tenía razón. El lugar mismo de los hechos constituía una confesión. Cualquier madero se habría volado la tapa de los sesos en la jefatura, usando su arma reglamentaria. Luc tenía debilidad por los rituales y los lugares sagrados. Vernay, esa propiedad por la que había sudado sangre para pagarla, restaurarla, amueblarla. Un santuario perfecto.

El forense me puso la mano en el hombro.

—No es el primer madero que pone fin a sus días. Estáis siempre al borde del abismo y…

Más palabras; ya no lo escuchaba. Pensaba en las estadísticas. En Francia, más de cien policías se habían pegado un tiro el año anterior. Hoy en día, el suicidio se ha convertido en una manera más de acabar la carrera.

Me pareció que la oscuridad del pasillo se hacía más profunda. Olor de éter, calor sofocante. ¿Desde cuándo no había hablado con Luc? ¿Cuántos meses habíamos pasado sin cruzarnos ni una sola palabra?

Miré a Svendsen.

—Y tú, ¿qué diablos haces aquí?

—Me mandaron un fiambre al depósito de cadáveres —dijo, encogiéndose de hombros—. Un atracador que tuvo un ataque en plena faena. Los tíos que lo transportaron venían del Hôtel-Dieu. Me contaron lo de Luc. Lo dejé todo y me vine. Al fin y al cabo, mis clientes pueden esperar.

Como un eco de sus palabras, en mis oídos resonó la voz de Foucault, el primero de mi equipo, que me había llamado una hora antes: «¡Luc se ha quitado de en medio!». El dolor de cabeza iba en aumento.

Observé mejor a Svendsen. Sin la bata blanca no parecía completamente real. Pero ahí estaba: nariz pequeña y ganchuda, gafas finas tipo quevedos. Un médico de muertos a la cabecera de Luc… Le iba a traer mala suerte.

La doble puerta de la unidad se abrió. Un médico regordete, incómodo dentro de su bata verde, hizo su aparición. Lo reconocí de inmediato: Christophe Bourgeois, anestesista reanimador. Dos años atrás, había tratado de salvar a un proxeneta con tendencias esquizoides que disparó indiscriminadamente durante una redada en el Distrito 18.°, en la rue Custine. El sujeto había abatido a dos agentes antes de que una bala del cuarenta y cinco le atravesara la médula espinal. La bala era mía.

Me incorporé y fui a su encuentro. Frunció el ceño.

—Nos conocemos, ¿verdad?

—Mathieu Durey, inspector de la Brigada Criminal. El caso Benzani en marzo de 2000. Un maleante abatido por una bala; falleció aquí. Volvimos a vernos en el tribunal de Créteil el año pasado para el proceso por contumacia.

El hombre hizo un gesto con el que daba a entender: «Veo a untos…».

Tenía los cabellos tupidos y canosos. Cabellos que no eran sinónimo de vejez sino de vitalidad y seducción. Echó un vistazo a la unidad de reanimación.

—¿Está aquí por el policía en coma?

—Luc Soubeyras es mi mejor amigo.

Hizo una mueca, como si eso significara una dificultad suplementaria.

—¿Saldrá adelante?

El médico, con las manos en la espalda, se desabrochó la bata.

—Es un milagro que su corazón haya empezado a latir de nuevo —soltó—. Cuando lo rescataron estaba muerto.

—Eso quiere decir…

—Muerte clínica. De no estar el agua tan fría no habrían podido hacer nada. Pero el organismo entró en hipotermia, lo que retrasó la irrigación del cuerpo. Los tíos de Chartres han tenido una presencia de ánimo increíble. Intentaron lo imposible calentando su sangre y lo imposible funcionó. Una verdadera resurrección.

—¿Cómo?

Svendsen, que se había acercado, intervino:

—Yo te lo explicaré.

Lo fulminé con la mirada. El médico miró su reloj.

—Aunque la verdad es que ahora mismo no dispongo de tiempo.

No pude contener la rabia y exploté.

—Mi mejor amigo está agonizando aquí al lado. ¡Dígame algo, por Dios!

—Discúlpeme —dijo el matasanos, con una sonrisa—. Por el momento, el diagnóstico es incompleto. Estamos haciendo pruebas para determinar la profundidad del coma.

—¿Y cómo está físicamente?

—La vida ha reanudado su curso, pero no podemos hacer nada para despertarlo. Y, si despierta, no sabemos en qué estado se encontrará. Todo depende de la gravedad de las lesiones cerebrales. Su amigo ha atravesado la muerte, ¿comprende? Su cerebro se ha quedado sin oxígeno, lo que sin duda alguna ha ocasionado daños.

—Pero existen varios tipos de coma, ¿no es así?

—Varios, sí. El estado vegetativo, en el que el paciente responde a ciertos estímulos, y el coma verdadero, el aislamiento completo. Su amigo parece mantenerse en un equilibrio entre ambos. Pero debería hablar con Éric Thuillier, el neurólogo. —Apunté su nombre en mi libreta—. Él es quien se encarga de las pruebas en este momento. Pida una cita para mañana.

Volvió a mirar la hora y luego, bajando la voz, dijo:

—Otra cosa… No me he atrevido a preguntárselo a su esposa, pero, dígame, su amigo se drogaba, ¿verdad?

—En absoluto. ¿Por qué?

—Hemos observado rastros de pinchazos en el pliegue del codo.

—¿Tal vez seguía algún tratamiento?

—Su mujer dice que no, y es concluyente.

El médico se quitó la bata y luego me tendió la mano.

—Lo lamento pero debo irme. Me esperan en otra unidad.

Le di la mano a mi vez y vi que las puertas volvían a abrirse. Laure, la mujer de Luc, también llevaba puesta una bata de papel y un gorro fruncido en la frente. Más que caminar, se tambaleaba. Corrí a su encuentro. Ella se echó atrás como si mi voz o mi presencia le dieran miedo. Su expresión era fría, indescifrable.

—Laure, cualquier cosa que necesites… lo que sea…

Ella negó con la cabeza. Nunca había sido bonita, pero en aquel momento parecía un espectro. Murmuró entrecortadamente:

—Anoche nos dijo que volviéramos sin él. Quería quedarse en Vernay. No sé qué pudo pasarle. No sé…

Su murmullo se volvió inaudible. Debí haberla tomado entre mis brazos, pero era incapaz de llegar a tal grado de familiaridad. Ni entonces ni nunca. Le dije al azar:

—Saldrá adelante, estoy seguro. Se…

Me dirigió una mirada de hielo. La hostilidad brillaba en sus pupilas.

—Todo esto es por culpa de vuestro trabajo. Vuestro trabajo de mierda.

—No digas eso. Es…

No terminé la frase. Laure se había echado a llorar. Una vez más habría querido intentar un gesto de compasión, pero era incapaz de tocarla. Al bajar los ojos, me di cuenta de que su abrigo, bajo la bata, estaba mal abotonado. El detalle hizo que por poco yo también rompiera en sollozos. Después de sonarse, susurró:

—Debo irme… Las niñas me esperan.

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