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Authors: Nalini Singh

Tags: #Fantástico, infantil y juvenil, romántico

El beso del arcángel: El Gremio de los Cazadores 2

 

Un año después de haber sido brutalmente herida, la cazavampiros Elena Deveraux se despierta de un coma largo y reparador convertida en ángel.

Un ángel con alas del color del amanecer.

Un ángel que debe acostumbrarse a luchar y a amar con sus nuevas armas.

Su amante, el apuesto y peligroso arcángel Rafael, recibe una invitación para asistir a un baile en honor de Elena enviada por Lijuan, una pérfida arcángel con poder sobre los muertos. A pesar del peligro de la convocatoria, Rafael aceptará el reto de preparar a Elena en cuerpo y alma para el vuelo hacia Pekín, pero también para la pesadilla que allí les espera.

Porque cuando dos ángeles unen sus almas,
la debilidad desaparece.

Nalini Singh

El beso del arcángel

El Gremio de los Cazadores 2

ePUB v1.0

Mística
29.01.12

Título original:
Archangel´s kiss

Traducción: Concepción Rodríguez Glez.

Génesis

P
laf.

Plaf.

Plaf.

—Ven aquí, pequeña cazadora. Pruébala. Sangre en el aire, en las paredes, bajo sus pies.

—¿Ari?

—Ari se está echando una siestecita. —Una risilla gutural que hace que desee salir corriendo... Correr... ¡Huir!—. Mmm... Creo que prefiero a Belle. —Un dedo manchado de sangre se acercó a su boca y le presionó los labios.

Sangre sobre su lengua.

La sangre de su hermana.

Fue entonces cuando empezó a gritar.

1

E
lena se aferró a la barandilla del balcón y se asomó para ver el cañón, que descendía con una oscura promesa. Desde allí, las rocas parecían dientes afilados, dispuestos a cortar y desgarrar. Se agarró con más fuerza cuando el viento helado amenazó con empujarla hacia esas implacables mandíbulas.

—Hace un año —murmuró—, ni siquiera sabía que existía el Refugio. Y ahora... aquí estoy.

Una caótica ciudad de mármol y cristal, exquisita en todos los sentidos, que se extendía en todas direcciones bajo el calor abrasador del sol. Los árboles de hojas oscuras proporcionaban balsámicas áreas verdes a ambos lados del inmenso cañón que dividía la ciudad, y las montañas copadas de nieve reinaban en el horizonte. No había carreteras, ni edificios altos, nada que perturbara su elegancia sobrenatural.

No obstante, y a pesar de su belleza, había algo extraño en ese lugar, algo que hacía pensar que la oscuridad acechaba bajo la esplendorosa superficie. Tras inhalar el aire impregnado de la hiriente gelidez de los vientos procedentes de la montaña, Elena levantó la vista... hacia los ángeles. Había cientos de ángeles. Sus alas llenaban el cielo de esa ciudad que parecía haber surgido de la propia roca.

Los mortales que sufrían shock angelical, aquellos que se quedaban literalmente hechizados al ver las alas de los ángeles, habrían llorado ante la mera idea de encontrarse en ese lugar lleno de los seres que adoraban. Sin embargo, Elena había visto a un arcángel reírse mientras le sacaba los ojos a un vampiro; había visto cómo fingía comérselos antes de aplastarlos y convertirlos en una masa gelatinosa. Y eso, pensó con un escalofrío, no era lo que ella consideraba el paraíso.

Oyó el susurro de unas alas a su espalda y luego sintió la presión de unas manos fuertes sobre las caderas.

—Estás agotada, Elena. Vamos adentro.

Ella no se movió de donde estaba, aunque el contacto de ese cuerpo —fuerte, peligroso e inconfundiblemente masculino— sobre la superficie sensible de sus alas estuvo a punto de llevarla al éxtasis.

—¿Crees que ahora tienes derecho a darme órdenes?

El arcángel de Nueva York, una criatura letal a quien una parte de ella aún temía, alzó el pelo de su nuca para rozarle la piel con los labios.

—Por supuesto. Eres mía. —Ni rastro de humor. Nada salvo posesión pura y dura.

—Me parece que no has pillado lo que significa todo ese rollo del amor verdadero. —Él la había alimentado con ambrosía, la había transformado en inmortal y le había dado alas... ¡Alas!... solo por amor. Por el amor que sentía por ella, por una cazadora mortal... que ya no era mortal.

—Da igual. Es hora de que vuelvas a la cama.

Y al momento se encontraba entre sus brazos, aunque no recordaba haber soltado la barandilla... No obstante, debía de haberlo hecho, ya que la sangre circulaba de nuevo por sus manos y sentía la piel tensa. Le dolía. Mientras intentaba descartar ese escozor sordo, Rafael atravesó las puertas correderas con ella en brazos para dirigirse a la magnífica estancia acristalada situada sobre una fortaleza de mármol y cuarzo, tan sólida e inamovible como las montañas de alrededor.

A Elena le hervía la sangre de furia.

—¡Sal de mi mente, Rafael!

¿Por qué?

—Porque, como ya te he dicho más de una vez, no soy tu marioneta. —Apretó los dientes mientras él la dejaba sobre la cama, suave como las nubes y llena de mullidos almohadones. No obstante, sintió la firmeza del colchón bajo las palmas de las manos cuando las apoyó para incorporarse un poco—. Una amante... —Todavía no podía creer que se hubiera enamorado de un arcángel—... debería ser una compañera, no un juguete al que se puede manipular.

Ojos cobalto en un rostro que convertía a los humanos en esclavos. Un cabello negro como la noche que enmarcaba unos rasgos elegantes, perfectos... y bastante crueles.

—Te despertaste hace tan solo tres días, después de estar en coma un año —le dijo él—. Yo he vivido más de mil años. No eres mi igual, como tampoco lo eras antes de ser inmortal.

La furia se convirtió en un ruido sordo en los oídos de Elena. Deseó pegarle un tiro, como ya había hecho en otra ocasión. Después de esa idea, su mente se llenó de imágenes: gotas de sangre carmesí por todos lados, un ala destrozada, los ojos vidriosos de Rafael. No... no volvería a pegarle un tiro, pero estaba claro que ese ser despertaba la violencia en su interior.

—¿Qué soy, entonces?

—Eres mía.

¿Estaba mal que sintiera una descarga de excitación al escuchar eso, al percibir la absoluta posesión que teñía su voz y la pasión sombría que mostraba su rostro? Probablemente. Pero a Elena le daba igual. Lo único que le importaba era que en esos momentos estaba atada a un arcángel que pensaba que las reglas del juego habían cambiado.

—Sí —convino—. Mi corazón es tuyo.

La satisfacción brilló en los ojos masculinos.

—Pero nada más. —Lo miró a los ojos. No estaba dispuesta a dejarse intimidar—. Puede que sea una inmortal recién nacida... Sí, vale, pero sigo siendo una cazadora. Una lo bastante buena como para que quisieras contratarla.

En el rostro del arcángel, la pasión fue sustituida por el enojo.

—Eres un ángel.

—¿Con dinero mágico angelical?

—El dinero no es el problema.

—Por supuesto que no... Tú eres más rico que Midas —murmuró Elena—. Pero no pienso ser tu huesecito masticable.

—¿«Huesecito masticable»? ¿Como el de los perros? —Un destello de diversión.

Ella lo pasó por alto.

—Sara dice que puedo retomar mi trabajo cuando quiera.

—Tu lealtad para con el mundo angelical debe estar por encima de tu lealtad hacia el Gremio de Cazadores.

—Michaela, Sara... Michaela, Sara... —murmuró ella con socarronería—. La Diosa Zorra frente a mi mejor amiga... Vaya, ¿a quién crees tú que elegiría?

—Eso carece de importancia, ¿verdad? —Rafael enarcó una ceja.

Elena tuvo la sensación de que él sabía algo que ella desconocía.

—¿Por qué?

—Porque no podrás poner en marcha ninguno de tus planes hasta que sepas volar.

Eso la dejó muda. Lo fulminó con la mirada, se reclinó sobre los almohadones y extendió las alas sobre las sábanas con un movimiento lento. La parte superior de sus alas tenía el color de la medianoche, pero se volvían azules en la parte central, y luego se aclaraban progresivamente hasta adquirir el blanco-dorado de las puntas. Su intento de enfurruñarse duró más o menos dos segundos. A Elena nunca le había gustado estar cabreada. Ni siquiera Jeffrey Deveraux, que despreciaba a su hija y la consideraba una «abominación», había conseguido cambiar eso.

—Entonces, enséñame —le dijo al tiempo que se enderezaba un poco—. Estoy lista. —El anhelo por volar era como un nudo en su garganta, una arrasadora necesidad en su alma.

La expresión de Rafael no cambió ni un ápice.

—Ni siquiera puedes caminar hasta el balcón sin ayuda. Estás más débil que los polluelos recién salidos del cascarón.

Elena había visto alas y cuerpos pequeños vigilados por otros más grandes. No muchos, pero suficientes.

—¿No es el Refugio un lugar seguro para vuestros jóvenes? —preguntó.

—El Refugio es todo lo que necesitamos que sea. —Esos ojos incitantes se dirigieron hacia la puerta—. Viene Dmitri.

Elena respiró hondo al percibir la tentadora esencia de Dmitri, que la envolvió como una capa de pieles, sexo y lasciva indulgencia. Por desgracia, la transformación no le había proporcionado inmunidad frente a ese miquillo vampírico en particular. Aunque eso también tenía su lado bueno.

—Hay algo que no puedes negarme: todavía puedo rastrear la esencia de los vampiros. —Y eso la convertía en una cazadora nata.

—Tienes el potencial de sernos de mucha utilidad, Elena.

Ese comentario le hizo cuestionarse si Rafael sabía lo arrogante que era. Le daba la impresión de que no. Ser invencible durante más años de los que uno podía imaginar había convertido la arrogancia en parte de su naturaleza... Aunque quizá no, se dijo. Rafael podía resultar herido. Cuando se desató el infierno y un Ángel de Sangre intentó destruir Nueva York, Rafael decidió morir con ella en lugar de abandonar su cuerpo destrozado sobre una cornisa de Manhattan.

Su memoria estaba nublada, pero recordaba las alas desgarradas, el rostro ensangrentado y las manos que la sujetaban de forma protectora mientras ambos caían hacia la adamantina solidez de las calles que tenían abajo. Se le encogió el corazón.

—Dime una cosa, Rafael.

Él ya se estaba girando para avanzar hacia la puerta.

—¿Qué es lo que quieres saber, cazadora del Gremio?

Elena disimuló la sonrisa que le había provocado ese desliz.

—¿Cómo debo llamarte? ¿Marido? ¿Compañero? ¿Novio?

Rafael se quedó inmóvil con la mano en el picaporte y la miró con una expresión indescifrable.

—Puedes llamarme «Amo».

Elena clavó la mirada en la puerta cerrada, preguntándose si eso había sido una especie de broma. No lo sabía con seguridad. Todavía no lo conocía lo bastante bien como para interpretar sus cambios de humor, para distinguir lo que era cierto de lo que no. Su relación había nacido en medio de una agonía de miedo y dolor; el fantasma de la muerte los había empujado hacia un vínculo que habría tardado años en forjarse si Uram no hubiera decidido convertirse en un monstruo y abrirse un sangriento camino letal a través del mundo.

Rafael le había dicho que, según la leyenda, solo el verdadero amor hacía aparecer la ambrosía en la lengua de un arcángel, otorgándole la capacidad de Convertir a un humano en ángel. Sin embargo, quizá su metamorfosis no tuviera nada que ver con ese sentimiento profundo; quizá se debiera a una extraña simbiosis biológica. Después de todo, eran los ángeles quienes Convertían a la gente en vampiro, y la compatibilidad biológica jugaba un papel fundamental en esa transformación.

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