Read Villancico por los muertos Online

Authors: Patrick Dunne

Tags: #Intriga

Villancico por los muertos (42 page)

Finian Shaw desea invitar a

Illaun Bowe

al Baile de Nochevieja

en el Bunraskin House Hotel, Celbridge.

Recepción con champán. Cena. Fuegos artificiales.

Noche en la lujosa suite del ático.

—La suite tiene una única cama —me reveló sonriendo—. Mientras tanto puedes seguir con tu vida.

—Y además en Celbridge —exclamé con las lágrimas a punto de aflorar.

Ya le contaría en otra ocasión que las cosas no habían acabado como pensábamos entre Peter Hunt y Marie Maguire. En este momento sería un mal presagio, y no estaba dispuesta a cargarme estos instantes.

—Oh, Finian, te has tomado tantas molestias. Te quiero —las lágrimas corrían por mis mejillas.

Me abrazó de nuevo.

—No sabes cuántas veces he deseado este momento…, pero no estaba seguro de que tú sintieras lo mismo.

—Oh, Finian. ¿Cómo lo dudabas?

—Porque… bueno, sabía que siempre hemos tenido una relación especial, pero pensé que querías que siguiera como estaba y no complicarla.

—Tan cauteloso como siempre.

—Sí. Y al diablo con la cautela —se separó de mí y dio una vuelta por la habitación—. Oye, ése va a ser mi propósito para el nuevo año: ¡lancemos la prudencia al viento!

Me reí.

—Bien. Alzaré mi copa por ello esa noche. Ahora, ¿por qué no abres tu regalo?

Se sentó, deshizo el envoltorio y sacó el vino del estuche.

—Oye, esto tiene muy buena pinta —sonrió—. Lo guardaré para una ocasión especial —dejó las botellas en la mesa donde centellearon con la luz de las velas—. Y las elegiste para que combinaran con la decoración, qué lista.

Sabía por qué lo decía. Los adornos rojos y dorados encajaban perfectamente con el contenido de las botellas.

El reloj de la chimenea anunció las seis.

—Preparé un poco de vino caliente antes. ¿Quieres probarlo? —Finian parecía indiferente de la hora.

Quería quedarme, pero había prometido a mi madre ayudarla con los preparativos de la Navidad antes de ir a misa. Sin embargo, sabía que éste era un momento único.

—Me encantará —exclamé, mientras trataba de quitarme el collar.

—Trae, déjame a mí.

Finian desabrochó los cierres del collar, y me dio un beso en la nuca al terminar. Noté que una deliciosa sensación me recorría todo el cuerpo.

—Mmm… Me encantaría un poco más de eso también.

Pero no pudo ser. Oímos los golpes de un bastón en las escaleras, y al viejo Arthur gritando para reunirse con su hijo.

—Ya voy —contestó Finian a su padre. Y empezó a apagar las luces de la habitación.

—Me alegra que arreglaras tus diferencias con Maeve —comenté.

—¿Y tú?

—Igualmente, puedo proclamar «Paz en la Tierra».

Finian me rodeó con sus brazos.

—En una semana estaremos juntos.

—Sí, lo estaremos —declaré—. No te quepa duda.

Capítulo 33

Estaba llegando a casa cuando Gallagher llamó.

—Al fin sabemos lo que Traynor tenía contra Ward. Éste nos lo ha contado todo.

—Espera un segundo —aparqué el coche, saqué el teléfono de su sitio y me lo llevé al oído—. Adelante.

—Sé que no debería contarte estas cosas. Pero si no lo hago me estarás incordiando hasta que te lo diga, y pretendo pasar unas Navidades tranquilas como cualquier mortal. Por lo tanto, allá voy: hace veinticinco años, Ward y Campion se hicieron novios. Traynor se lo tomó fatal, les montó todo tipo de escenas desagradables en las que, totalmente borracho, les amenazó de forma violenta. Campion no pudo soportarlo, y decidió cortar con Ward. Entonces se hizo religiosa y se metió en la orden de las hospitalarias. Siempre tuvo una vena impredecible, según el ministro. Fue enviada al convento, al norte del condado de Dublín, aunque continuó en contacto con él. El tiempo pasó. El fervor religioso de Campion se volvió muy tenue. Ward la convenció para verse por última vez. Ella se escapó una noche, se emborracharon, hicieron el amor y, entonces, se quedó embarazada. Sin embargo se las apañó para disimular su embarazo y tuvo el niño con la ayuda de Úrsula Roche… ¿Sigues ahí?

—Más o menos.

—OK. Aquí está lo que más te va a interesar. El bebé nació muerto. ¿Y adivina qué? Lo enterraron en Monashee.

—¿Cómo descubrió Traynor lo del bebé?

—Campion escribió a Ward poco tiempo después contándole lo que había pasado. Desafortunadamente, Ward enseñó la carta a Traynor mucho tiempo después, una noche, tras haber salido de copas. Ward acababa de ser elegido por primera vez. Traynor había ayudado con fondos a su campaña, con lo que el ministro creyó que el pasado, pasado era. Pero Traynor no pensaba así. Campion había sido elegida para hacerse cargo de la abadía de Grange y Ward estaba a punto de casarse. Entonces, Traynor le dijo que lo diría todo si no se sometía a su juego.

—¿Y usó esa intimidación durante todos estos años para sacarle favores?

—Y metió también a otros en el saco, como Muriel Blunden. Se volvió un ambicioso. Ward reconoce que ha estado presionando últimamente a Campion para que le vendiera los terrenos por debajo del valor del mercado. Sostiene que la razón por la que apoyó el plan de Traynor de construir un hotel era porque sabía que Campion dejaría el lugar en cuanto la abadía estuviera vendida, y así los chantajes de Traynor se debilitarían. Eso podría explicar por qué Traynor estaba subiendo el precio, según Ward.

—¿Para hacer que se quedara, quieres decir?

—Sí. A pesar de haberla exprimido todo lo que podía y a la orden también, todavía necesitaba que ella estuviera cerca para mantener a Ward a raya.

—Hum… O sea, que empezó a excavar la parcela sólo para demostrar que iba en serio, y no pensando en encontrar restos. Entonces, cuando se enteró de que el cuerpo de un bebé había sido desenterrado por la excavadora, supuso que era el de ella, y nunca se le ocurrió que se tratara de un
cillín
y que podía haber muchos más allí.

—¿Acaso no es posible que fuera su hijo? —preguntó Gallagher.

—No. Las pruebas del carbono y las secuelas de la talidomida lo sitúan a principios de los años sesenta. Veinte años antes.

—Pero Traynor no podía saberlo, ¿no?

—Exacto. Por lo tanto supongamos que se puso en contacto con la hermana Campion y le contó que los restos de su bebé habían sido encontrados y, si hacía falta, podrían vincularla a ella por el ADN.

—Debió de ser muy angustioso para ella, y quizá no tuvo la suficiente templanza para pensar que no tenía por qué ser necesariamente el suyo, de modo que se avino a sus planes.

—¿Pero por qué le iba a asustar tanto el descubrimiento? Quiero decir que parir un niño puede que sea un pecado, pero no un crimen.

Gallagher se quedó unos segundos en silencio al otro lado de la línea. Los dos estábamos dándole vueltas a lo que acababa de decir.

—Salvo… salvo que el bebé de la hermana Campion no naciera muerto, sino que fuera asesinado —me alegré de que fuera Gallagher quien lo dijera. Al fin había dejado de lado sus ideas fijas.

—Eso explicaría un montón de cosas.

—He fijado una entrevista con la hermana Campion para las siete.

—Eso es en menos de una hora.

—Celebran algún tipo de servicio en la abadía a las ocho.

—Sí. La hermana Gabriela mencionó que tienen una coral el día de Nochebuena, entre las vísperas y la Misa del Gallo. Me comentó que los hombres no podían asistir, pero tengo razones para creer que eso puede haber cambiado.

—Quizá me quede a verlo.

—¿Lo dices en serio?

—Para nada. Estoy deseando ver a mis chicos antes de que se vayan a la cama.

—¿Te va a acompañar Fitzgibbon?

—Qué va. Es Navidad. Necesita tener vacaciones.

Eso me preocupó.

—No creo que debas ir solo.

—Oye, ¿qué es esto? Es a un convento adonde voy, no a un campo de entrenamiento de terroristas.

—Lo sé. Pero hay algo en ese lugar que no me gusta. Por favor, ten cuidado, ¿de acuerdo?

—No te preocupes. Es sólo una visita preliminar, para hacerme una idea de la situación. La repetiré en un par de días.

—Al menos prométeme que me llamarás o me enviarás un mensaje tan pronto como salgas de allí.

—De acuerdo. No te diré Feliz Navidad hasta entonces. Si no tienes noticias mías, ¡ven a rescatarme!

—Una vez más, el último verso. Quiero oír el contrapunto, suena demasiado tímido.

Gillian nos había preparado un par de villancicos difíciles para suavizarnos las voces antes de que la vigilia de Navidad comenzara.

Acometimos el tercer verso de
Una vez en el Reino de la Ciudad de David,
pero Gillian no estaba contenta y el órgano cesó.

—Tenores y bajos vais cada uno por vuestro lado. Cojámoslo desde el principio una vez más… Sopranos y altos, ¿estáis preparadas?

La gente ya estaba ocupando su sitio en la iglesia, a pesar de que todavía faltaba casi una hora. Lo que una vez se llamó la Misa de
medianoche,
con los años se ha convertido en algo más familiar a lo que asistir y menos propicio para borrachos que salen de los pubs y se meten a roncar o reír en la iglesia durante la liturgia.

Pero mis pensamientos no estaban plenamente centrados en el servicio. Como si estuviera abriendo un paquete de regalo en privado, rememoré la escena con Finian, las ramas verdes, los adornos dorados, el fuego en la chimenea, el collar, el beso… estaba tan exultante que no había querido pintarme los labios desde entonces; quería conservarlo. De vez en cuando me llevaba los dedos a los labios. Él seguía ahí, quizá ahora un poco desvanecido, igual que el deseo físico que sentí había cedido a una pequeña quemazón, aunque no dolorosa. A su callada manera, Finian me había cortejado esta última semana, para culminar con la llamativa escena teatral de esta noche. Había sido un manipulador, como lo son, en el fondo, todos los gestos románticos; pero si una mujer quiere que su pretendiente sea atento, entonces tiene que seguirle cuando hace un esfuerzo ímprobo. Por ahora me confortaba con el calor de saber que Finian había confesado finalmente sus verdaderos sentimientos hacia mí.

Acabábamos de rematar brillantemente otro villancico cuando el padre Burke, nuestro párroco de pelo cano, llegó a la galería para hablar con Gillian. Mientras discutían algunos detalles de la liturgia nocturna, me pregunté si la iglesia de la abadía de Grange, vacía como estaba de mobiliario y ornamentos religiosos, estaría desacralizada. ¿Qué tipo de servicio tendrían ahora? Tenía que haberle contado a Gallagher que los hombres estuvieron cantando una canción sobre el acebo, pero me hubiera sentido ridícula al hacerlo. Eso me trajo a la memoria
El hombre de mimbre,
donde el paganismo de los isleños escoceses, expresado en picantes baladas y danzas de fertilidad embarazosas de presenciar, es tomado a la ligera por el sargento de policía que les visita, el cual, siendo un católico fundamentalista, no entiende que del mismo modo que él es tan coherente con sus creencias, los lugareños lo son con las suyas, mortalmente serios, como se descubrirá.

El padre Burke nos deseó a todos una Navidad llena de paz y felicidad y se fue. Gillian se sentó de nuevo al órgano y comenzamos nuestra selección de villancicos mientras la congregación aumentaba hasta abarrotar la iglesia. Un momento antes de que el padre y sus concelebrantes entraran en procesión desde el atrio interior de la puerta oeste, saqué mi móvil del bolso y comprobé la pantalla. No tenía mensajes.

Traté de desechar mi creciente ansiedad y concentrarme en la ceremonia, para mí la más alegre y libre de las celebraciones cristianas. En teoría la Pascua de Resurrección es el momento álgido, la victoria gloriosa sobre la muerte anunciada, el destino de todos; pero está tan próxima a los funestos hechos, que muestran el lado más oscuro del alma humana. La Navidad no nos exige reflexionar sobre nuestros más recónditos deseos. Insiste en que compartamos la alegría y el optimismo del nuevo nacimiento, ese momento de la vida que, no importa cuáles sean las circunstancias, emociona profundamente a aquellos que lo presencian.

«Estás siendo muy ingenua, Illaun. No todos los nacimientos son motivo de celebración. Piensa en los relieves del pórtico».

No quería ver esas imágenes en mi cabeza. «Canta».

Noche de paz, noche de amor,

ha nacido el niño Dios…

«Piensa en Herodes».

Y los ángeles cantando están,

gloria a Dios, gloria al Rey Celestial…

«Piensa en lo que viste en la morgue».

Duerme el niño Jesús…

«Piensa en Traynor y O’Hagan, en sus bocas sin labios derramando bayas de acebo».

Duerme el niño Jesús.

Salí de la iglesia en cuanto la misa terminó, sin pararme a hablar con nadie. En cuanto estuve fuera, comprobé el teléfono de nuevo. Gallagher no me había llamado. Traté de telefonearle, pero no me contestó. Llamé a la comisaría de policía de Drogheda, me identifiqué y pedí que me dieran el número de su casa; el agente con quien hablé no supo encontrarlo, por lo que pregunté por el móvil del sargento Fitzgibbon. Cuando me respondió, el ruido de voces y una música alta de fondo impedían a Fitzgibbon entender lo que le decía. Estaba en un pub. Le sugerí que saliera a la calle, lo que hizo a regañadientes.

—¿Cuál es su problema? Hace frío aquí fuera.

Le expliqué que Gallagher tenía intención de pasarse un momento por la abadía de Grange y que había prometido llamarme al salir.

—Seguramente habrá ido a visitar a sus hijos.

—¿A visitarlos?

—Sí, se ha separado hace poco. Los chicos están con su mujer.

—¿Tiene el teléfono de ella?

—No. No se llevan bien. Y Matt acaba de trasladarse a un apartamento nuevo y no tiene teléfono todavía. Lo mejor es que siga intentándolo con el móvil.

Era inútil.

—Maldita sea, sargento, ¿es que no está preocupado por él?

—¿Preocupado? ¿Por qué habría de estar preocupado? Tenemos al jodido asesino encerrado. Y estoy seguro de que Matt, en cuanto acueste a sus hijos, se irá a tomar unas merecidas cervezas. Lo que me recuerda que alguien me está esperando dentro. Feliz Navidad.

Fitzgibbon no quería enterarse. Pero era Nochebuena y no podía reprochárselo.

Cuando llegué a casa, Richard y Greta estaban viendo en la televisión una versión para ballet de
Blancanieves.
Eoín se había quedado dormido supuestamente en la última media hora. El árbol de Navidad estaba encendido junto al mirador, y mi madre había abierto las cortinas y encendido una vela roja en el alféizar. Ahora estaba en la cocina, poniendo clavo y rodajas de piña en la salsa que cubría la pata de jamón, que previamente había sido macerada en cerveza durante tres horas y dejada en reposo. Después se recubría con azúcar moreno y, tras una hora de horno, se completaría el proceso.

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