Un asesinato musical (13 page)

—Se lo han llevado. Se lo han llevado de aquí. Sólo quedamos nosotros y un policía que está esperando a que nos vayamos para precintar el piso, según dice.

—Siento mucho no poder estar contigo.

Nita hizo caso omiso del puente que le tendía. Su voz apagada tembló al decir:

—Porque no han terminado el registro. Hasta que acaben, no podemos tocar nada salvo lo que hay en la cocina.

—¿Cómo que no han terminado? —estaba asombrado—. ¿Se han ido sin haber acabado el registro?

—Uno sigue aquí, el que no para de hablar.

—¿Balilty?

—Sí —susurró Nita—. Oye —prosiguió con voz trémula—, ya sé que no quieres que diga que te conozco. Y no he dicho nada, pero ¿no sería mejor...?

—No —respondió Michael con firmeza—. Ya te lo explicaré, confía en mí. Es un profesional de primera, créeme, hará todo como es debido sin necesidad de que menciones mi nombre.

Nita quedó en silencio.

—Pregúntale cuándo puedes irte a casa.

—Ya se lo he preguntado. No me ha respondido. Habla mucho, pero nunca te contesta si le preguntas algo.

—No tendréis que esperar mucho más —prometió Michael.

—Como si eso importara ahora —barboteó Nita—. Ahora todo, absolutamente todo... —su voz volvió a adquirir un tono apagado. Al fondo se oían voces masculinas—. Quieren que vaya a repasar la lista de joyas. Como si ahora importase algo.

Michael no volvió a conciliar el sueño. Ido sólo se despertó una vez, la niña dos. Pero, entretanto, Michael fue incapaz de dormir. Se tendió con la niña sobre el pecho. Ella tenía la cara sepultada en el cuello de Michael y los piececitos le llegaban a su cintura. De tanto en tanto la nena respiraba hondo, se estremecía y cambiaba de postura la cabeza. Al cabo, Michael la dejó en la cuna. Tampoco lograba concentrarse en la lectura. Tumbado en la oscuridad, se dedicó a fumar, mirando la punta incandescente del cigarrillo, el oído atento a los sonidos procedentes de la calle, pese a que sabía perfectamente que no iba a oír el motor del coche que trajera a Nita a casa. Se detendrían al otro lado del edificio, a donde daba el balcón de la cocina y no las cristaleras de la sala. Acabó por levantarse para ir al balcón de la cocina, donde siguió fumando junto a la barandilla, tirando la ceniza en un tiesto vacío. Y así, bajo la primera luz pálida y lechosa del amanecer, vio a Gabriel van Gelden sujetando a Nita del brazo para ayudarla a apearse del coche y conducirla a casa.

3
Vanitas

—¡Quién podría haberlo imaginado! —exclamó Theo van Gelden a la vez que se detenía junto a la puerta del dormitorio de Nita. Se quedó mirando la puerta cerrada y luego reanudó su lento deambular por el estrecho pasillo. Llevaba las manos metidas en los bolsillos. De tanto en tanto, a intervalos regulares, pegaba una patada en el suelo, como obedeciendo a un ritmo que le dictaran desde fuera—. Después de todo por lo que ha tenido que pasar en la vida —dijo mientras se aproximaba a la sala, donde estaban sentados Nita y Gabriel—. Un hombre llega a los ochenta y dos, después de sobrevivir a la ocupación nazi de Holanda, después de que le salven la vida una y otra vez, ¡y termina sus días asesinado por un ladrón en su propia casa, en el Estado de Israel!

Ya eran las seis de la mañana y el aguacate de los sándwiches preparados por Gabriel comenzaba a negrear. Gabriel había sido el único que había comido un bocado y había bebido un par de tazas de café. Theo se había limitado a mordisquear distraídamente la miga de un trozo de pan blanco, mientras Nita ni siquiera había mirado la mesita de cobre donde reposaba el plato de comida. Michael supo, desde el instante en que colgó el teléfono tras su primera conversación con Theo, que la opresión que sentía no se iba a disipar. Y en cuanto se hubo enterado de que Danny Balilty era el jefe del Equipo Especial de Investigación, expulsó de su mente todo pensamiento explícito sobre el futuro de la niña. En ese momento lo invadió el convencimiento, súbito y claro como un relámpago, de que la existencia de la nena ya no se podría mantener en secreto. Cuando Danny Balilty estaba implicado en un caso, había que dar por descontado que, a su singular y despreocupada manera, con esa especie de despiste indiferente, desvelaría hasta el último retazo de información al que lo guiara su buen olfato. Al ver a Nita en el umbral, las piernas enfundadas en las medias, los zapatos de tacón en la mano, todavía con su negro traje de noche, un gesto ausente y petrificado en la cara, el remordimiento acongojó a Michael por estar preocupándose de cómo mantener la confidencialidad, de sus propias inquietudes, de cómo conservar a la nena. La estructura que supuestamente iba a protegerlos a ambos se había venido abajo en un instante. Lo que parecía un lugar seguro se había derrumbado como un castillo de naipes. Y como siempre le sucedía últimamente, o más bien desde el momento en que encontró a la nena, sintió miedo de perderla. Estaba abrumado por la amenaza de lo irreversible, de una pérdida para la que no habría consuelo. Desecharía esos pensamientos y dejaría que la ansiedad se deslizara como una rama a la deriva en la corriente general de inquietud, trataría de pensar en Nita.

Nita le dio el biberón a Ido, despertado por la llegada de los Van Gelden, y luego sepultó el rostro en el cuello de su hijo. Le cambió el pañal, sonriéndole. Michael se había ofrecido a hacerlo él, pero Nita rechazó, obstinada, su ofrecimiento. Apoyó la mejilla en el mullido pecho de Ido y se puso a hablarle en susurros. Al cabo, lo metió en la cuna y tomó asiento en el sofá, y allí se quedó en silencio, abrazándose las rodillas contra el cuerpo. A Michael le resultaba lo más natural del mundo hacerles compañía a ella y a sus hermanos en esos momentos. Había pasado muchas horas de su vida con personas dolientes como consecuencia de un asesinato, había escuchado sus conversaciones, les había hecho preguntas. Pero esta vez era diferente. Esta vez no tenía nada que preguntar, y además sentía a Nita muy próxima y, al mismo tiempo, muy distante.

—No es seguro que haya sido un robo normal y corriente —corrigió Gabriel a su hermano—. Puede haber sido alguien que venía directamente a por el cuadro. Ya has oído lo que ha dicho el policía.

Michael quiso preguntar qué había dicho el policía, pero no hubo necesidad, porque Theo, que no podía dejar de hablar, tal como no podía dejar de pasearse de un extremo a otro de la sala, se detuvo junto a las cristaleras, contempló las colinas envueltas en niebla y murmuró:

—He oído lo que ha dicho. Pero no es más que una especulación. Han robado todo el dinero, los dólares y los florines han desaparecido de donde los tenía guardados. Y han puesto toda la casa patas arriba, se han llevado los papeles y las joyas. ¿En qué se basa el policía ese, el tipo ese que nos ha preguntado a nosotros,
a nosotros
, que dónde estábamos antes del concierto?

—Hazme un favor, Theo —dijo Gabriel—, deja quietas las llaves. No soporto más ese ruido.

Theo se sacó la mano del bolsillo y arrojó sobre la mesa el manojo de llaves que no había cesado de agitar. El director de orquesta seguía llevando los pantalones del esmoquin, pero se había quitado la chaqueta. Sus gemelos de madreperla ribeteados en oro destellaron cuando se detuvo bajo la lámpara e hizo un ademán. Después reanudó su deambular por el pasillo, echó una ojeada a la habitación de Ido y comentó que los niños tenían la gran suerte de quedarse dormidos en cualquier circunstancia. Luego continuó paseándose por la sala.

—No es una mera especulación. La perito del laboratorio dijo que ha sido un experto quien ha desmontado el lienzo —apuntó Gabriel. Se llevó la mano al ojo izquierdo, que parpadeaba incontrolablemente. La piedra verde engastada en la última vuelta de su anillo de oro relumbró. Fue entonces cuando Michael reconoció en el anillo la forma de una serpiente.

—Todo ha sido por culpa de ese cuadro. Siempre lo detesté —declaró Theo, y volvió a mirar a través de los ventanales—. ¡Al menos tienes buenas vistas en este estúpido lugar! —le dijo a Nita, quien, acurrucada en una esquina del sofá, seguía sin despegar los labios—. Siempre lo detesté porque, en primer lugar, no me gusta el género
Vanitas,
con todas esas calaveras. No entiendo a qué viene dar tanta importancia al
memento mori
, como si uno se fuera a olvidar de que tiene que morirse. Detesto ese simbolismo, aunque este cuadro en concreto sea magnífico —se quitó las gafas y las dejó sobre la mesita de cobre. Nita reclinó el rostro en las rodillas dobladas—. ¿Recordáis que fuimos a Amsterdam a celebrar el
bar mitzvá
2
de Gabi? —dijo Theo—. ¿Y que vimos la versión grande en el Rijksmuseum?

Gabriel se frotó los ojos, se mesó la barba, sepultó el rostro en las manos, y permaneció callado. Nita levantó la cabeza, impasible, como si nadie hubiera preguntado nada.

—Tú no lo recuerdas, sólo tenías tres años —le dijo Gabi con dulzura.

En pie junto a la puerta de la cocina, Michael se preguntó de nuevo qué hacía allí. ¿No estaría de más su presencia en la reunión de los tres hermanos? Después de ver a Nita ocupándose de Ido, sabía que podía marcharse tranquilo. La niñera llegaría dentro de unas horas y entonces él dejaría a la nena en casa de Nita y se iría a la comisaría del barrio ruso como todos los días. Allí Tzilla le podría informar de hasta qué punto estaba Balilty enterado de la situación. Pero se apresuró a detener el curso de esos pensamientos, recordándose que en esos momentos debía preocuparse por Nita, aunque sólo fuera por el agradecimiento que le debía. En lo que a la niña se refería, tendría que esperar para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Hacía un rato, en la habitación de Ido, mientras su amiga acariciaba al niño y sus dedos revoloteaban sobre el rostro del pequeño, Michael le había preguntado un par de veces, quedamente, si quería que se quedase o prefería que se fuera. Con voz sorda y mortecina, ella le repitió ambas veces que le gustaría que se quedara. «Si te viene bien», añadió asustada por la posibilidad de haber exigido demasiado. Michael comprendió, una vez más, que la preocupación de Nita por el bienestar ajeno, su necesidad de tomarlo en consideración, que era tanto su principal manifestación de vitalidad como el único impulso que la llevaba a salir de sí misma, resultaba agotadora. El tiempo transcurrido desde entonces no justificaba insistir de nuevo en la pregunta.

Michael sabía que la muerte del padre de Nita, y sobre todo la manera en que había ocurrido, darían al traste con lo que parecía el inicio de un proceso de recuperación. Inicio del que, hasta ese momento, él había tenido la inmensa satisfacción de sentirse responsable. Un hondo temor amenazó con apoderarse una vez más de él cuando pensó en que Nita se vendría abajo en los siguientes días. La sombra de la sonrisa de sabelotodo de la enfermera Nehama se cernió sobre ellos en el cuarto de Ido. Pero Michael repelió con rudeza las sombras amenazadoras. Se dijo firmemente que debía tomarse las cosas tal como vinieran. No le cabía otra posibilidad. Los niños percibían las emociones de su madre desde que estaban en su vientre, pensó. ¿Comprendería ya la nena que ahora Michael era la persona principal de su vida? ¿Notaría la fragilidad del mundo en que él se movía? Abrazó a la nena con fuerza. Ella se revolvió. Michael contempló su semblante terso, rosado por el sueño. Con una breve mirada, la nena le transmitió el sosiego perfecto que sentía al estar en sus brazos. Pero al cabo de un instante, todavía con ella en los brazos, volvieron a asaltarlo las dudas.

—Aquel viaje con motivo de tu bar mitzvá fue un horror —dijo Theo con expresión lánguida—. Nos arrastraron de un museo a otro en Viena, Amsterdam y París. Padre nos llevaba a los museos por su propio gusto y por ti. En aquel entonces, a mí no me interesaban esas cosas... y Nita era una mocosa —dirigió una mirada a su hermana, que volvió a sepultar el rostro en las rodillas.

Al entrar en el piso, hacía una hora larga, Nita se había precipitado a la habitación de los niños, donde se detuvo junto a la cama de Ido mientras Michael la observaba desde la puerta; luego fue a toda prisa a su dormitorio y cerró la puerta; salió vestida con una holgada falda de flores y una sudadera negra. Ahora la falda se derramaba a su alrededor, ocultando los contornos de su cuerpo. Su delgadez sólo se apreciaba cuando se abrazaba las rodillas contra el pecho y reposaba sobre ellas la cabeza. Michael sintió de pronto el impulso de sentarse a su lado y rodearla con los brazos. La víspera, en las mejillas de Nita se veían unos hoyuelos y en sus ojos un brillo travieso, y Michael había conseguido sin dificultad que riera a mandíbula batiente. Le daba la impresión de que la hacía plenamente feliz, y eso lo había tenido muy contento durante los últimos días. Hacía pocas horas, mientras se dirigían al concierto, Michael le había dicho: «He decidido que quiero que seas feliz. Lo deseo con todas mis fuerzas, y sé que vas a ser feliz». Y ella lo había mirado con toda inocencia, seria y confiada.

El viento fresco de las madrugadas de Jerusalén entró por las cristaleras, creando la ilusión de que ya había comenzado el otoño, pero Michael sentía en los huesos que aún tendrían que soportar el calor.

—¡Qué desgraciado me sentía en aquella época! —exclamó Theo con un suspiro—. Y todo por culpa de Dora Zackheim, que no estaba nada satisfecha conmigo, aunque sí contigo, ¿te acuerdas, Gabriel? Aquel viaje lo emprendimos por ella. Dora opinaba que, además de la música, necesitábamos otros conocimientos generales, y llevar una vida lo más normal posible. Era parte de su filosofía, como si tuviéramos la menor posibilidad de hacer una vida normal... —se detuvo e inspiró profunda y sonoramente—. Y cuando regresamos del viaje, ya no volví a dar clases de violín con ella. Tuvo que pasar mucho tiempo, años, para que sospechase que había sido una manera elegante de librarse de mí. Pero ya en aquel entonces tenía la sospecha intuitiva de que Dora me había dado por perdido. Ni yo mismo sé por qué abandoné sus clases. Pero tú, Gabi, no te dabas cuenta. Ella te quería mucho —Gabriel se revolvió en el sillón de mimbre, como si no encontrara la postura adecuada, y Theo se frotó los ojos—. En fin, la cuestión es que vi esa pintura en el Rijksmuseum —prosiguió Theo—, y que aún la recuerdo bien, presumiblemente por el cuadro que teníamos en casa.

Michael carraspeó, preparándose para hablar tras su prolongado mutismo, y preguntó tímidamente:

—¿El cuadro de ustedes era una copia? No lo comprendo, si estaba en Amsterdam, ¿cómo llegó a manos de su padre?

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