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Authors: Alber Vázquez

Tags: #Aventuras, Bélico, Histórico

Mediohombre (16 page)

Además, tampoco le quedaban demasiadas alternativas más. Atacar y atacar y volver a hacerlo una vez más. Era lo que su consejo militar solicitaba de él y lo que él estaba condenado a intentar una y otra vez. Pero las malditas murallas del fuerte de San Luis no acababan de venirse abajo y los españoles continuaban disparando, día y noche, desde ellas.

En la cubierta del Princess Carolina, el almirante inglés observaba la batalla. Un día más. Miles de disparos más. Cañoneo intensivo e, incluso, algún temerario acercamiento para efectuar una desmoralizante carga de mosquetería que no parecía desmoralizar demasiado al enemigo. O los planes de Wentworth empezaban a dar fruto, o los miembros de consejo comenzarían a presionarle para que iniciara la retirada.

Y eso era algo que Vernon no tenía previsto emprender. Ni por lo más remoto. Dios santo, si ya había enviado una nave a Inglaterra adelantando su victoria en la campaña… No, algo así simplemente no podía contemplarse. Wentworth tendría éxito y el San Luis caería cualquier día de estos. No podía ser de otra manera. A pesar de que varios navíos ingleses habían sido inutilizados para el combate por las baterías cartageneras. A pesar de que cada día sumaba más y más muertos y los buques habilitados como hospitales en retaguardia se hallaban repletos de heridos. A pesar de que el maldito vómito negro se estaba cebando en sus tripulaciones. A pesar de todo. Ganarían.

En la cubierta del Galicia, por su parte, eran de la misma opinión. Al menos, el virrey y Desnaux. Claro, ganarían. De hecho, la batalla estaba prácticamente ganada. Los ingleses no avanzaban y sus progresos eran casi nulos desde que muchos días atrás hicieran el primer disparo de aviso sobre las defensas españolas. Así que no convenía preocuparse demasiado. Se trataba, únicamente, de aguantar a que el enemigo se cansara de atacar y atacar, y no conseguir nada con ello.

Porque, a pesar de que Lezo insistiera continuamente en lo contrario, esto era lo único que los ingleses sabían hacer: atacar sin demasiadas consecuencias. ¿Habían hecho otra cosa desde que arribaran a Cartagena y fondearan frente a sus costas? No. Entonces, ¿por qué habría que esperar algo distinto, sobre todo ahora que estaban siendo comidos por los mosquitos del manglar? Aquellos pobres diablos perdidos en Tierra Bomba tenían los días contados. Si no salían rápido de allí, morirían todos sin que desde el fuerte de San Luis tuvieran que gastar una sola bala disparándoles. Estaban muertos, sí. Y si no fueran completamente estúpidos, lo sabrían.

Estaban muertos. Eso mismo, exactamente, pensaba Vernon. O, al menos, tenían que estarlo. Confiaba en Wentworth para lograrlo. Leyó la nota que acababa de llegarle desde el campamento en tierra firme. Cuando cayera la tarde, todo se hallaría preparado para lanzar un ataque definitivo. Veinte piezas instaladas a corta distancia del fuerte de San Luis. La mitad, cañones de a dieciocho libras servidos cada uno de ellos por diez artilleros junto a diez más en misión de refresco. Munición suficiente para mantener el fuego ininterrumpido durante dos jornadas completas. Y toda la infantería preparada para atacar en cuanto los artilleros ablandaran las defensas enemigas.

Sólo solicitaba de Vernon una cosa: que en ningún momento cesara el ataque por mar. Que, en suma, unos y otros sometieran al San Luis a un acoso tan insoportable que no les quedara más remedio que abandonarlo desordenadamente. Esta era la aportación de Wentworth a los planes de Johnson: no bastaba con atacar, sino que había que hacer prisioneros a todos los soldados españoles que se pudiera. Un soldado preso suponía un soldado menos en la defensa de la plaza. Un soldado español en manos inglesas suponía una oportunidad menos para Lezo. Y una baza importante a la hora de negociar la rendición.

Se atendería la petición de Wentworth. Por supuesto que sí. Si hacía falta, Vernon enviaría más navíos al canal. Todos los de tres puentes, llegado el caso. Cualquier cosa con tal de apoyar a las fuerzas de tierra. Lo que fuera preciso para cubrir el avance de la infantería.

¡El avance de la infantería! Vernon no daba crédito a lo que leía en la nota escrita del puño y letra del general Wentworth. En una o dos jornadas, el fuerte sería vulnerable y ya no sería necesario batirlo más con la artillería. Llegaba el momento de tomarlo al asalto.

Sólo de pensarlo, Vernon se sintió excitado. La entrada en combate de la infantería señalaba un punto del que sería imposible retornar. A partir de él, sólo quedaba ganar o perder, pero nunca abandonar. ¡Por fin! ¡Por fin los españoles sabrían a quién se enfrentaban!

Y lo sabían. O, más exactamente, creían saberlo.

—Tengo la impresión de que el movimiento ha menguado en el destacamento inglés —dijo Desnaux mirando atentamente por su catalejo.

—Sí, creo que sí… —añadía Eslava, haciendo lo propio.

—La enfermedad los tiene tomados…

—Se mueren por momentos…

—¿No le parece que ha disminuido un poco la intensidad de los disparos provenientes de los navíos?

—Es cierto… Los ingleses disparan más despacio…

Lezo se pasó la mano por el mentón. No miraba a los dos hombres absortos en la contemplación de lo que veían a través de sus catalejos. Prefería observar la contienda. El fuego inglés batiendo las murallas del San Luis. Los disparos lanzados desde el África y el San Carlos contra la línea enemiga. Los vanos intentos de romperla y la inmunidad de esta a su castigo.

Los ingleses habían titubeado mucho, pero ningún inglés titubea siempre. Lezo llevaba demasiados años embarcado como para ignorar algo tan simple. Vernon estaba buscando el modo de lanzar el ataque definitivo contra las defensas españolas. Carecía de tiempo, pero no de músculo y en el músculo depositaría todas sus esperanzas. Sólo necesitaba poner un poco de orden en sus filas. Tenía las tropas en tierra, tenía los cañones, los artilleros y tantos navíos de apoyo como quisiera. ¿Acaso sólo él se daba cuenta de que estaban perdidos?

Sí.

CAPÍTULO 10

5 de abril de 1741

El capitán Alderete gritó como si fuera preciso que su grito se oyera en todo el manglar: —¡Fuego!

Se hallaba sobre la cubierta del Galicia junto a doce soldados. Había anochecido hacía una hora y ya el último de los supervivientes de la derrota del fuerte de San Luis se hallaba rumbo al castillo de San Felipe. Sólo él y un puñado de hombres habían quedado atrás para cumplir la última orden dada por Lezo:

—Reducidlo todo a cenizas y hundid los restos. Que esos bastardos no se apoderen de nada.

Alderete se sintió orgulloso de haber sido elegido por el almirante para cubrir la retirada hacia el castillo. Cumpliría las instrucciones aunque ello le costara la vida.

—¡Fuego, maldita sea! —rugió el capitán en medio de la noche.

Los ingleses se aproximaban muy rápido en lanchas y en botes, pero a Alderete eso le traía sin cuidado. Ni siquiera disparaban contra ellos, sino contra el San Carlos, el África y el Neptuno. Los incendiarían y los hundirían antes de entregárselos al enemigo. Desde luego que sí.

El Galicia hizo cinco disparos al unísono contra el África y abrieron varias vías de agua en él. Después, volvieron a disparar una vez más, esta vez con el San Carlos como objetivo. Algunos hombres tomaron un bote y subieron al Neptuno con la intención de quemar toda la pólvora abandonada, prender fuego al velamen y barrenar lo que quedara. Todo ello bajo el fuego de mosquete de los cada vez más próximos ingleses.

El San Luis había caído hacía un par de horas y el canal de Bocachica estaba perdido por completo. En la oscuridad, Alderete podía ver que los navíos ingleses se aproximaban hacia ellos, echaban al agua todas sus lanchas y las llenaban hasta arriba de casacas rojas armados. No serían capaces de cumplir la orden de Lezo y huir a tiempo. No, todo estaba perdido para ellos. Alderete lo sabía.

Siete días atrás había dado comienzo el ataque definitivo de Vernon contra el San Luis. Como Lezo predijo, los ingleses lograron reorganizar sus tropas en tierra y comenzaron, desde allí, un bombardeo tan constante e intenso que nada ni nadie pudo contrarrestar. En dos días, en el San Luis sólo se limitaban a encajar las balas de cañón y a resguardase de ellas como quien esperara a que la tormenta escampe. Pero aquello jamás sucedió. Los ingleses insistieron e insistieron, a la manera en la que un inglés insiste cuando está obsesionado con algo, y desmontaron todas y cada una de las baterías presentes en el fuerte. Todas, sin dejar una. Los hombres corrieron a refugiarse en el sótano de la edificación y, desde allí, escucharon cómo las balas impactaban sobre sus cabezas y resquebrajaban las ya maltrechas murallas del fuerte.

Como a ratas, había dicho Lezo. Así los habían acorralado y así los iban a matar a todos. Como a ratas y por no escucharle ni seguir sus órdenes cuando aún estaban a tiempo.

En la estancia de los oficiales se apiñaban más de veinte hombres y alrededor de cuarenta artilleros que no lograron alcanzar una posición mejor. Caía un infierno de hierro sobre ellos. A bocajarro.

—Las paredes no aguantarán durante mucho tiempo — dijo Lezo, que, a diferencia del resto, no se había sentado en el suelo y permanecía en pie—. Caerán sobre nuestras cabezas, Desnaux, y esta será nuestra tumba.

Desnaux, muy cerca de él, no respondía nada. Se limitaba a hundir el rostro en el pecho y a soportar estoicamente los comentarios del almirante.

—Vamos a morir, sí… —continuaba Lezo—. De esta no salimos. No estaría de más que alguien comenzara a rezar. Quizás Dios se apiade de este montón de idiotas y acuda en nuestra ayuda. Aunque, sinceramente, dudo mucho que pierda el tiempo con un hatajo de imbéciles como nosotros.

Si no fuera porque la situación era verdaderamente dramática, Alderete hubiera dicho que Lezo disfrutaba con aquello. Le conocía desde hacía bastante tiempo y estaba familiarizado con sus cambios de humor. Más que eso, con su humor a pie cambiado: contento cuando debía estar triste y apesadumbrado cuando no existía motivo para ello.

Así que, sí, de alguna forma diría que Lezo experimentaba cierto gozo en medio de toda aquella lamentable situación. ¿Por qué? Quizás porque, como se rumoreaba entre los oficiales, con el inminente hundimiento del San Luis, el almirante perdía un bastión importante en la defensa de la ciudad, perdía más de doscientos hombres muertos en la batalla y perdía casi toda posibilidad de enfrentarse con éxito a los ingleses; perdía todo eso, pero demostraba que él tenía razón desde el principio. Que si hubieran seguido al pie de la letra sus indicaciones, todavía se podría hacer algo por Cartagena. No habrían muerto tantos hombres ni tanta pólvora se habría gastado en vano.

Sin embargo, el virrey y el ahora cabizbajo Desnaux se empeñaron en lo contrario. En contradecir a Lezo y en creer firmemente que las evoluciones de los casacas rojas en Tierra Bomba no irían a ninguna parte. Pocos, mal dotados y hundiendo sus pies en la humedad del manglar. Y enfermos, sí, muy enfermos, como las patrullas españolas enviadas a la zona se habían encargado de recordar una y otra vez.

Un error de cálculo. Eso era todo. Un error de cálculo y una mala interpretación de los datos disponibles. Datos, por otra parte, incompletos. Porque los capitanes Agresot y Pedrol habían visto enfermos e incluso muertos entre las filas inglesas desembarcadas, pero ni muchos ni pocos: un número indeterminado de víctimas. Así lo habían escrito en sus informes y así podría leerlo en ellos Lezo, y cualquiera, si tuviera interés. ¿Que se estimó que el daño que la fiebre amarilla podría causar en las filas invasoras sería mucho mayor del que, a la hora de la verdad, había sido? Pues sí, pero como toda estimación: se realiza un cálculo y una previsión, y tras ese cálculo y esa previsión, puede suceder una cosa o la otra.

—Padre nuestro, que estás en los cielos… —comenzó a rezar el propio Lezo.

Lezo nunca reía y apenas sonreía, pero Alderete habría apostado el dedo de disparar el mosquete a que el almirante se lo estaba pasando en grande. Tanto, que nadie le secundó en la oración y, hasta el amén final, sólo su voz resonó sobre las cabezas de los que no estaban demasiado seguros de salir con vida de aquella.

Deberían haberlo hecho, pues no les habría venido mal a la vista de las noticias que el alba les iba a traer: un soldado consiguió llegar desde el otro lado del canal en un pequeño bote e informó de que el fuerte de San José había sido reducido a escombro y que todos los hombres que servían en él estaban muertos. Los oficiales al mando, también.

Lezo se giró bruscamente y buscó con la mirada a Desnaux. Si hubiera dispuesto de dos ojos, no habría podido acusar con mayor ímpetu. Todos los hombres muertos, ¿entendido? Esto significaba que más de sesenta almas habían partido hacia el otro mundo por culpa de la ineptitud de Desnaux y la aquiescencia de Eslava.

El coronel le sostuvo la mirada sin demasiado interés. No podía más y aceptaría todos los reproches que Lezo quisiera hacerle. Porque, ¿podían ir los acontecimientos a peor? En lo que a él respectaba, como autoridad al mando del San Luis, no. Estaban a punto de perderlo, Lezo tenía razón y la vida de cada uno de sus hombres pendía de un hilo. Inglés, además.

—El cañoneo ha cesado —dijo, sin fuerza, Desnaux—. Propongo que salgamos de aquí y busquemos algo de comida.

Lezo replicó de inmediato las palabras de su subordinado:

—Usted no propone nada, coronel. El fuerte está bajo su mando y, en consecuencia, debe dar órdenes precisas a todos los soldados que aquí sirven.

El almirante dejó que sus últimas palabras quedaran en suspenso para que nadie las olvidara. Soldados bajo el mando de Desnaux. Eso eran todos allí. Incluso él, si hacía falta. Porque una cosa podía ser criticar con fiereza las acciones emprendidas y otra, muy distinta, olvidar quiénes eran y por qué estaban allí.

—De acuerdo… —titubeó Desnaux. Y añadió en tono más firme—: ¡Vamos, todo el mundo fuera! Comprobemos los daños, recompongamos nuestra defensa y tratemos de comer algo. ¡Todavía hay mucho trabajo que hacer!

Los soldados, uno a uno, abandonaron la estancia y salieron al exterior. Los hombres ocultos en otros lugares del San Luis, al percatarse de que tanto Desnaux como Lezo caminaban a cielo abierto, hicieron lo propio y se reunieron con el resto de la tropa en la plaza de armas.

—Sugiero que organice la defensa, coronel —dijo Lezo mientras observaba sus navíos fondeados en mitad del canal.

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