Las señoritas de escasos medios (7 page)

En el encuentro poético, Nicholas adoptó una actitud claramente distante, pero, aunque saludaba a sus amigos con una manifiesta frialdad, tenía la clara intención de que Jane disfrutara al máximo de la ocasión. De hecho, quería que le volviera a invitar al club May of Teck, cosa que ella descubrió conforme fue avanzando la tarde.

Los poetas leyeron sus poemas, dos por persona, y recibieron los consiguientes aplausos. Varios de ellos fracasarían con el tiempo, perdiéndose al cabo de unos años entre las brumas de los bares del Soho, convertidos en los típicos juguetes rotos del mundo literario. Algunos de ellos, pese a sus muchos talentos, se acabarían malogrando por pura flojedad y claudicarían, metiéndose a trabajar en publicidad o en alguna editorial desde la que se dedicarían a detestar a los literatos más que a ninguna otra cosa en el mundo. Otros tendrían éxito, pero convertidos en paradojas andantes, incapaces de escribir poesía de manera continua ni exclusiva.

Uno de estos jóvenes poetas, Ernest Claymore, llegaría a ser uno de esos místicos agentes de bolsa de la década de 1960, viviendo apresuradamente en la City entre semana y pasando tres fines de semana al mes en su casa de campo —un inmueble de catorce habitaciones donde le resultaba fácil ignorar a su esposa y, encerrado en su despacho, se dedicaba a escribir ensayos— y el fin de semana restante retirado en un monasterio. En aquellos tiempos, Ernest Claymore leía un libro a la semana, en la cama, antes de dormirse, y en ocasiones escribía a algún periódico comentando la crítica literaria de turno: «Muy señor mío, tal vez sea algo corto de luces. He leído su reseña de… ». El propio Claymore tenía pensado publicar tres breves textos de filosofía que podía haber entendido cualquiera. Pero, en el momento que nos concierne, el verano de 1945, era un joven poeta de ojos oscuros que había acudido al recital y que acababa de leer, con ronca frescura, su segunda aportación:

Yo, en la turbulenta noche de la tórtola hendí fúlgida la senda mía

incesante desde la tumba del amor para reparar la matriz mía

viviente, esa nueva y necesaria rosa mía, pubescente…

Ernest pertenecía a la escuela de poetas cósmicos. Tras decidir que era ortodoxo en sus preferencias sexuales, merced a su conducta y aspecto, Jane dudó entre cultivar su amistad con vistas al futuro o bien conformarse con Nicholas. Al final consiguió hacer las dos cosas a la vez, puesto que Nicholas se llevó consigo al poeta moreno de la voz ronca, al agente de bolsa en ciernes, a la subsiguiente fiesta, donde Jane logró hacerle un encargo antes de que Nicholas la abordara en un aparte para seguir indagando sobre los misterios del club May of Teck.

—Es una residencia de chicas —dijo—. Y no hay mucho más que decir.

La cerveza se la dieron en tarros de mermelada, una impostura verdaderamente extraordinaria, ya que en aquel momento los tarros de mermelada escaseaban más que los vasos y las jarras. La fiesta era en Hampstead, en una casa donde había una cantidad agobiante de gente. Los anfitriones, según Nicholas, eran unos intelectuales comunistas. Al poco de llegar la hizo subir a la planta de arriba y se metieron los dos en un dormitorio donde se sentaron en el borde de una cama deshecha y se quedaron mirando —él con el hastío de un filósofo, ella con el entusiasmo de una bohemia neòfita— los maderos desnudos del suelo. Los dueños de la casa, según Nicholas, tenían que ser a la fuerza unos intelectuales comunistas, a juzgar por la cantidad de medicamentos para la dispepsia que había en el armario del cuarto de baño. Ya se los señalaría de lejos, le dijo al bajar las escaleras de vuelta a la fiesta. Los anfitriones de la velada, según parecía, no tenían la menor intención de conocer a sus invitados.

—Cuéntame cosas de Selina —dijo Nicholas.

Jane llevaba el pelo oscuro recogido sobre la coronilla. Tenía una cara más bien ancha. Su gran baza era la juventud, y tal vez esa bisoñez intelectual de la que no era ni remotamente consciente. Habiendo olvidado de momento que su labor era reducir al mínimo las expectativas literarias de Nicholas, Jane fingió con toda su perfidia que el escritor era el genio que decía ser, cosa que ella misma se encargaría de rubricar a los pocos días en una carta que falsificó en nombre de Charles Morgan. En cuanto al propio Nicholas, había decidido ser decente con Jane y hacer cualquier cosa para complacerla salvo acostarse con ella, con vistas a sus dos proyectos pendientes: la publicación del libro y la infiltración en el club May of Teck en general para llegar hasta Selina en particular.

—Cuéntame cosas de Selina —repitió Nicholas por enésima vez.

Lo que Jane no había sabido ver, ni entonces ni en ningún momento posterior, fue que Nicholas se había forjado una imagen poética del club May of Teck desde el primer momento en que lo vio, imagen que le atormentaría a partir de entonces, tanto como él la atormentaba a ella pidiéndole información sobre sus in— quilinas. Jane no sospechaba en absoluto lo mucho que se aburría Nicholas, ni sabía de su insatisfacción social.

Tampoco veía el club May of Teck como un microcosmos representativo de una sociedad ideal, ni mucho menos. La hermosa serenidad de una heroica pobreza era una noción que no se le pasaba por la imaginación a una chica sana cuya vida en un cuarto con calefacción por horas era tan solo un arreglo provisional a la espera de que surgieran mejores oportunidades.

La dama del dulcémele.

Supe que era ella,

la abisinia doncella

La voz entraba en el salón merced a la brisa de la noche. Al oírla, Nicholas dijo:

—Cuéntame cosas de la profesora de elocución.

—Ah, Joanna —dijo ella—. Te la tengo que presentar.

—Cuéntame lo de que os prestáis la ropa unas a otras.

Ante la insistencia de Nicholas, Jane caviló sobre lo que podía pedir a cambio de esa información que tanto parecía interesarle. En el piso de abajo, la fiesta continuaba sin ellos. Ni el tosco suelo de madera ni las paredes cubiertas de lamparones mejorarían con la luz de la mañana, pensó Jane.

—Tendríamos que hablar de tu libro en algún momento —le dijo—. George y yo queríamos plantearte una serie de dudas.

Dejándose caer sobre la cama deshecha, Nicholas cayó en la cuenta de que le convenía pergeñar una estrategia defensiva frente a George. Al fin y al cabo, tenía vacío el tarro de la mermelada.

—Cuéntame cosas de Selina —dijo—. Además de ser la secretaria de un sarasa, ¿qué hace?

Lo que Jane quería era saber cómo estaba de borracha, pero no se atrevía a ponerse de pie, que era la prueba infalible.

—Vente a comer el domingo —le dijo a Nicholas.

Llevar a un invitado a comer al club el domingo suponía un desembolso de dos chelines y seis peniques. Era posible que Nicholas la llevara a más fiestas como aquella, con el círculo íntimo de los poetas, aunque lo más seguro era que quisiera salir con Selina, y probablemente se querría acostar con ella, pero como Selina ya se había acostado con dos hombres, Jane no veía impedimentos a que hubiera un tercero. Le daba pena pensar, pues lo pensaba, que el verdadero interés de Nicholas por el club May of Teck, y el motivo de que estuvieran los dos sentados en esa lúgubre habitación, era que él quisiera acostarse con Selina.

—¿Qué partes dirías tú que son las más importantes? —le preguntó.

—¿Qué partes de qué?

—De tu libro —dijo ella—. De
Los cuadernos sabáticos.
George anda buscando un genio. Me temo que tendrás que ser tú…

—Es importante todo, el libro entero —dijo Nicho— las.

Inmediatamente se le ocurrió la idea de falsificar una carta firmada por algún personaje medio famoso, diciendo que su libro parecía la obra de un genio. De ningún modo lo pensaba, ni mucho menos, porque Nicholas no perdería el tiempo pensando en un atributo tan poco concreto como el de la genialidad. Sin embargo, sabía reconocer una palabra útil cuando la tenía delante y al oír lo que insinuaba Jane con su pregunta, trazó rápidamente un plan.

—Cuéntame eso tan delicioso que recita Selina sobre la compostura —le dijo.

—La compostura es el equilibrio perfecto, una ecuanimidad del cuerpo y la mente, una serenidad perfecta en cualquier entorno social. Vestimenta elegante, limpieza inmaculada… Ay, por Dios —dijo—. Estoy harta de intentar sacar las migajas de carne del pastel usando el tenedor para separarlas de los trozos de patata. No sabes lo que es intentar comer bien teniendo que evitar siempre las grasas y los hidratos de carbono.

Nicholas le dio un beso cariñoso. En ese momento le pareció vislumbrar la ternura que había en Jane, pues no hay nada tan revelador como un estallido de miseria acumulada por parte de una criatura de naturaleza flemática.

—Y todo para alimentarme el cerebro —dijo Jane.

Para consolarla, Nicholas le dijo que intentaría conseguirle un par de medias de nailon, sacándoselas al americano con el que trabajaba. Le miró las piernas, desnudas y cubiertas de pelo oscuro. Sin dudarlo, arrancó de su cartilla seis vales para ropa y se los dio a Jane. También se ofreció a darle el huevo de la semana siguiente.

—El huevo te hará falta para el cerebro —le dijo ella.

—Siempre desayuno en la cantina americana —dijo él—. Allí nos dan huevos y zumo de naranja.

Ella le dijo que aceptaba su ofrecimiento. En aquellos momentos, al inicio de la etapa más dura del racionamiento, el cupo era de un huevo semanal pues también había que aprovisionar a los países liberados. El tenía un hornillo en su habitación alquilada, donde se preparaba algo de cenar cuando estaba en casa y se acordaba de que tenía que comer.

—Te doy todo mi té —dijo él—. Yo solo tomo café y lo consigo por los americanos.

Ella le dijo que le vendría bien el té. El cupo era de sesenta gramos una semana y noventa gramos la semana siguiente, alternativamente. Pero el té era valioso para intercambiarlo por otras cosas. Jane pensó que en esta ocasión no iba a tener más remedio que ponerse de parte del autor y procurar engatusar a George. Nicholas era un artista verdadero, dotado de una sensibilidad tremenda. George, en cambio, era un simple editor. Iba a tener que poner al día a Nicholas en cuanto a las técnicas empresariales de George, que consistían sobre todo en descubrir las flaquezas de los autores.

—Vamos abajo —dijo Nicholas.

Entonces se abrió la puerta y apareció Rudi Bittesch, que se les quedó mirando durante unos instantes. Rudi jamás estaba borracho.

—¡Rudi! —dijo Jane con inusitado entusiasmo.

Estaba encantada de conocer a alguien que no le hubiera presentado Nicholas. Así demostraba que ella también pertenecía a ese entorno.

—Vaya, vaya —dijo Rudi—. ¿Qué tal te va últimamente, Nick, por cierto?

Nicholas contestó que vivía de prestar sus servicios a los americanos.

Rudi soltó una carcajada hueca, como si fuera el tío cínico de la familia, y dijo que él también podía haber trabajado para los americanos si hubiera querido venderse.

—¿Venderte? —dijo Nicholas.

—Vender mi integridad para trabajar solamente por la paz —dijo Rudi—. Por cierto, bajaos conmigo a la fiesta y dejemos el asunto.

Cuando bajaban por la escalera le dijo a Nicholas:

—Así que te van a publicar en Throvis-Mew. Me he enterado por Jane.

—Es un libro medio anarquista —dijo ella rápidamente, por si Rudi admitía haberlo leído.

—Por cierto, ¿sigues creyendo en eso de la anarquía? —le dijo Rudi a Nicholas.

—En lo que no sigo creyendo es en los anarquistas —dijo Nicholas— Al menos no en todos, por cierto.

—¿Cómo ha muerto, por cierto? —dijo Rudi.

—Un asesinato político, según parece —dijo Jane.

—¿En Haití? ¿Cómo ha sido?

—Solo sé lo que han dado en las noticias. Según Reuters ha sido una revuelta popular. Associated News tiene información más reciente… Pero estaba acordándome del manuscrito ese,
Los cuadernos sabáticos.

—Aún lo tengo. Si se hace famoso por haber muerto, lo busco. ¿Cómo ha muerto… ?

—No te oigo. Hay interferencias. Te digo que no te oigo, Rudi…

—Te pregunto que cómo ha muerto ¿De qué manera?

—El libro va a valer mucho ahora, Rudi.

—Lo buscaré. Hay interferencias, por cierto. ¿Me oyes? ¿Cómo ha muerto… ?

—… una cabaña…

—No te oigo…

—… en un valle…

—Habla más alto.

—… en un palmeral… el desierto… ese día había mercado y habían salido todos menos él…

—Lo buscaré. Puede que
Los cuadernos sabáticos
sí que tenga su público. ¿No le habrán sometido a uno de esos martirios rituales, por cierto?

—Se estaba entrometiendo en las supersticiones locales, según parece —dijo Jane—. En Haití se están cargando a muchos curas católicos.

—No oigo nada. Esta noche te llamo, Jane. Luego nos vemos.

Capítulo 5

S
elina entró en el salón con un sombrero azul de ala ancha y unos zapatos de tacón con cuña, esa moda francesa que, según se decía, se consideraba un símbolo de la Resistencia. Era un domingo a última hora de la mañana. Selina venía de darse un elegante paseo por los senderos de los jardines de Kensington, en compañía de Greggie.

Se quitó el sombrero y lo dejó en el sofá, a su lado.

—He invitado a una persona a comer —dijo—. A Felix.

Felix era el coronel G. Felix Dobell, director de una sección del servicio de inteligencia americano instalada en la planta superior del hotel contiguo al club. Estaba entre el grupo de hombres que había acudido a uno de los bailes del club, ocasión en que decidió que Selina era para él.

—Pues yo he invitado a comer a Nicholas Farringdon —dijo Jane.

—Pero si ya ha venido otro día esta misma semana —dijo alguien.

—Ya, pero vuelve hoy. Estuve en una fiesta con él.

—Me alegro —dijo Selina—. Me cae bien.

—Nicholas trabaja en el servicio de inteligencia americano —dijo Jane—. Seguro que conoce a ese coronel tuyo.

Al final resultó que los dos hombres no se conocían. Compartieron una mesa de cuatro con las dos chicas, que se encargaron de atenderles, yendo a buscar la comida al montacargas. El almuerzo del domingo era el mejor de toda la semana. Cada vez que una de las chicas se levantaba a llevar o traer algo, Felix Dobell hacía un amago de levantarse y se volvía a sentar, como gesto de cortesía. Nicholas, en cambio, seguía arrellanado en su silla, dejándose atender por las chicas como un caballero inglés orgulloso de sus derechos señoriales.

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