Las señoritas de escasos medios (4 page)

Las chicas volvieron a entrar en la casa.

—Greggie y sus intuiciones —dijo Jane, tan harta del asunto que le daban ganas de ponerse a gritar—. Esta noche hay tarta de queso —añadió—. ¿Cuántas calorías tendrá?

La respuesta, cuando lo miraron en el gráfico, era de aproximadamente trescientas cincuenta calorías.

—Luego hay compota de cerezas —dijo Jane—. Una ración normal son noventa y cuatro calorías, a no ser que le pongas sacarina, en cuyo caso son sesenta y cuatro calorías. Hoy ya llevamos más de mil calorías. Los domingos siempre pasa lo mismo. Solo el budín de pan con mantequilla ya tiene…

—Yo ni lo he probado —dijo Anne—. El budín de pan con mantequilla es puro suicidio.

—Lo que hago yo es comer un poquito de todo —dijo Selina—. Aunque me paso el día muerta de hambre, la verdad.

—Ya, pero es que yo hago una labor intelectual —dijo Jane.

Anne estaba paseando por el rellano, quitándose la margarina con una esponja.

—Además de la margarina, en esto me he gastado todo el jabón —dijo.

—Pues yo no te puedo prestar nada de jabón este mes —dijo Selina.

Selina tenía asegurado un lote de jabón todos los meses, gracias a un soldado americano que lo sacaba de un sitio llamado el Economato, donde había muchísimas cosas apetecibles. Pero Selina estaba haciendo acopio y por eso no le prestaba a nadie.

—Me trae sin cuidado tu puñetero jabón —dijo Anne—. Pero tú tampoco vuelvas a pedirme el tafetán.

Se refería al traje de noche de tafetán, un Schiaparelli que le había regalado una tía suya fabulosamente rica, después de ponérselo una sola vez. El maravilloso vestido, que siempre lograba crear un cierto revuelo, lo usaban todas las inquilinas del piso superior en ocasiones especiales, menos Jane, porque le quedaba pequeño. A cambio del préstamo, Anne conseguía una serie de cosas gratis, como vales para ropa o trozos de jabón a medio usar.

Jane regresó a su labor intelectual, cerrando la puerta con un rotundo clic. En esta cuestión era algo tiránica, y se pasaba el día quejándose del ruido de las radios en el rellano y de lo tontas que eran las discusiones con Anne cuando alguna de las chicas le pedía el vestido, dado que cada vez estaban más de moda las noches de largo.

—Para ir al Milroy no te lo puedes poner. En el Milroy ya lo han visto dos veces… Y en Quaglinos también lo tienen visto. Selina se lo puso una noche para ir al Quag's. La verdad es que ya lo conocen en todo Londres.

—Pero si me lo pongo yo parecerá otro vestido distinto, Anne. Y te daría una hoja entera de vales para caramelos…

—No me interesan tus malditos vales para caramelos. Si yo los míos se los doy todos a mi abuela…

Entonces Jane asomaba la cabeza por la puerta.

—Dejad de decir simplezas y no gritéis tanto —decía—. Así no hay quien piense.

Jane tenía un solo tesoro en su armario, una falda negra y una chaqueta a juego, sacados de un traje de noche de su padre. Después de la guerra, en Inglaterra quedaban pocos trajes de vestir que no hubieran sido sometidos a algún arreglo. Pero la valiosa prenda de Jane era demasiado grandona para prestársela a nadie; alguna ventaja tendría estar tan gorda. La naturaleza exacta de su labor intelectual era un misterio para las socias del club, porque al preguntarle sobre el asunto les recitaba de carrerilla una lista de prolijos detalles sobre costes, imprentas, listas, manuscritos, galeradas y contratos.

—Oye, Jane, deberías cobrarles la cantidad de tiempo libre que le dedicas a ese trabajo.

—El mundo de los libros es ante todo altruista —decía Jane.

Siempre se refería al negocio de la edición como «el mundo de los libros». Solía andar mal de dinero, así que probablemente tendría un sueldo escaso. Precisamente por querer ahorrar unos chelines para el contador de gas de la calefacción, no podía, según ella, ponerse a dieta en invierno, justo cuando había que mantener la habitación caliente además de alimentar el cerebro.

El club otorgaba a Jane, gracias a su labor intelectual y a su empleo en una editorial, un respeto considerable que se neutralizaba desde el punto de vista social cuando entraba en el vestíbulo, todas las semanas más o menos, un extranjero pálido y delgado, que claramente rebasada los treinta, vestido con un abrigo oscuro manchado de caspa, y que preguntaba en la entrada por la señorita Jane Wright, añadiendo siempre la frase: «Deseo verla en privado, por favor». Las secretarias corrieron la voz de que muchas de las llamadas de teléfono que recibía Jane eran de aquel hombre.

—¿Es el club May of Teck?

—Sí.

—¿Puedo hablar con la señorita Jane Wright, por favor? En privado.

En una de las ocasiones la secretaria que le atendió le dijo:

—Todas las llamadas que reciben las socias son privadas. No nos dedicamos a escuchar.

—Bien. De no ser así lo sabría, porque espero a oír el clic antes de empezar a hablar. Le ruego que lo tenga en cuenta.

A raíz de este incidente, Jane tuvo que pedir disculpas a las secretarias.

—Es extranjero —dijo—. Tiene que ver con el mundo de los libros. No es culpa mía.

Pero otro hombre distinto, y más presentable, también del mundo de los libros, había ido a ver a Jane recientemente. Tras hacerle pasar al salón, se lo presentó a Selina, a Anne y a la chalada de Pauline Fox, la que se vestía de tiros largos para ver a Jack Buchanan en sus noches lunáticas.

El hombre en cuestión, Nicholas Farringdon, era bastante simpático, aunque tímido.

—Es reservado —dijo Jane—. Nos parece listo, pero en el mundo de los libros es un recién llegado.

—¿Trabaja en una editorial?

—Todavía no. Es un recién llegado. Está escribiendo algo.

La labor intelectual de Jane era de tres tipos. En primer lugar, y en secreto, escribía una poesía de orden estrictamente no racional, compuesta —en proporción similar a la de las cerezas de una tarta— de palabras que ella describía como «de una naturaleza ardiente», tales como «entrañas y desvelos», «la raíz», «la rosa», «el sargazo» y «la mortaja». En segundo lugar, y también en secreto, escribía cartas en tono amistoso, pero con clara intención comercial, bajo los auspicios del pálido extranjero. En tercer lugar, y más abiertamente, a veces trabajaba un poco en su habitación, labor que se solapaba con sus responsabilidades diarias en la pequeña editorial.

En Huy Throvis-Mew Ltd. la única oficinista era ella. Huy Throvis-Mew era el dueño de la empresa, y la señora de Huy Throvis-Mew aparecía como directora en el membrete de las cartas. El nombre secreto de Huy Throvis-Mew era George Johnson, o al menos lo había sido durante varios años, aunque algunos de sus buenos amigos le llamaban Con y los más antiguos le llamaban Arthur o Jimmie. Sea como fuere, en la época de Jane se le conocía por el nombre de George, y ella era capaz de darlo todo por George, su jefe el de la barba blanca. Jane envolvía los libros, los llevaba a la oficina de correos o los repartía ella misma, contestaba el teléfono, preparaba el té, cuidaba al niño cuando Tilly, la esposa de George, se marchaba a ponerse en la cola de la pescadería, anotaba los ingresos en el libro de cuentas, mantenía dos versiones paralelas de los gastos generales y del resto de la contabilidad empresarial, y en última instancia era ella quien llevaba el pequeño negocio editorial. Al cabo de un año George le permitió hacer de detective con algunos de los autores nuevos, labor que consideraba esencial para la buena marcha del negocio editorial, y le encargó investigar su situación económica y carencias psicológicas, para así poder sacarles el máximo beneficio.

Al igual que su costumbre de cambiarse el nombre cada cierto tiempo, cosa que hacía con la sola esperanza de mejorar su suerte, esta práctica de George era bastante inocente, pues nunca lograba descubrir toda la verdad sobre ningún autor, como tampoco le sirvieron nunca de nada sus investigaciones. Sin embargo, aquel era el sistema que seguía, y sus maquinaciones daban una cierta emoción al trabajo de cada día. En otra época esas pesquisas básicas las había hecho él mismo, pero en los últimos tiempos había decidido que tal vez tuviera más suerte si le encomendaba a Jane seguir al autor más reciente. Un envío de libros destinados a George le había sido confiscado en el puerto de Harwich,
y
los magistrados locales tenían orden de quemarlos por su obscenidad, lo que hacía que George se sintiera poco afortunado en aquel preciso momento.

Por otra parte, gracias a Jane se ahorraba los gastos
y
el agotamiento nervioso que implicaban los cordiales almuerzos con escritores imprevisibles, durante los que se lograba determinar quién sufría un caso de paranoia grave. Entre unas cosas
y
otras, resultaba más conveniente dejar que hablaran con Jane en una cafetería, o en la cama, o donde fuera que a ella se le antojara llevarlos. Bastante angustioso le resultaba ya a George tener que esperar a recibir sus informes. Estaba convencido de que Jane le había librado en numerosas ocasiones de pagar más de lo necesario por un libro, como cuando le informaba de que algún escritor tenía una necesidad urgente de dinero en metálico, o cuando le decía exactamente qué parte del manuscrito era la que fallaba —generalmente la que le proporcionaba un mayor orgullo al autor—, para propiciar una menor resistencia, por no hablar del derrumbe total, del autor en cuestión.

George había obtenido tres esposas jóvenes en rápida sucesión gracias a su tenaz elocuencia sobre el mundo de los libros, que ellas consideraban un tema elevado —fue él quien abandonó a las dos anteriores, no ellas a él—, y jamás se había arruinado, a pesar de que a lo largo de los años había emprendido varias modalidades confusas de reconstrucción empresarial, circunstancia que a sus acreedores debía de suponerles una excesiva inquietud legal, puesto que ninguno lo había llevado aún los tribunales.

En estos momentos le interesaba mucho la experiencia de Jane en el manejo de un autor literario en concreto. En contraste con la verborrea que desplegaba con su esposa Tilly junto a la chimenea, a Jane le daba en la editorial unos consejos muy cautelosos, pues en lo crepuscular de su mente tenía la vaga noción de que los autores eran tan astutos como para hacerse invisibles, y podían llegar incluso a remansarse bajo las sillas de las editoriales.

—Verás, Jane —decía George—. Estas tácticas mías constituyen una parte esencial de la profesión. Todos los editores las usan. Y las grandes firmas también lo hacen, casi de forma automática. Los peces gordos se pueden permitir el lujo de hacerlo así, automáticamente, sin trabajárselo a conciencia como hago yo, porque tienen demasiado que perder. A mí me ha tocado discurrir cada paso sin ayuda de nadie, pero teniendo muy claro todo lo referente a los autores. En edición uno se enfrenta a una materia prima cargada de temperamento.

Acercándose a un rincón del despacho, apartó la cortina que ocultaba el perchero, lo atisbo durante unos segundos y volvió a cubrirlo, diciendo:

—Si piensas seguir trabajando en el mundo de los libros, Jane, siempre debes considerar a los autores como tu materia prima.

Ella, por su parte, estaba convencida de ese particular. Ahora le habían encargado inspeccionar a Nicho— las Farringdon. Según George, apostar por él suponía un tremendo riesgo. Jane calculaba que debía de tener poco más de treinta años. De momento era considerado un poeta de talento escaso, y un anarquista de dudosa lealtad a la causa; pero al principio Jane ni siquiera estaba al tanto de esos pequeños detalles. Había traído a George un fajo mustio de páginas mecanografiadas, sueltas en una carpeta marrón. El título de aquello era
Los cuadernos sabáticos.

En ciertos aspectos cruciales, Nicholas Farringdon era distinto de los otros escritores a los que había conocido. Destacaba, sin evidenciarlo de momento, en que se sabía investigado. Jane también observaba en él una mayor arrogancia e impaciencia que la de otros autores de tipo intelectual. Por eso le parecía más atractivo.

De momento, nuestra chica se había apuntado un tanto con el intelectualísimo autor de
El simbolismo de Louisa May Alcott,
que George estaba vendiendo muy bien y muy rápido, en determinados ámbitos, gracias a su notorio componente lésbico. También había tenido un cierto éxito con Rudi Bittesch, el rumano que solía ir a verla al club.

Pero Nicholas había logrado desconcertar más de lo normal a George, que se mostraba incapaz de decidir entre su admiración por un libro que no lograba entender y su miedo a que resultara un fracaso. En cuanto a Nicholas, tras habérselo encomendado a Jane para que lo pusiera en tratamiento, George pudo al fin pasar las noches quejándose a Tilly por estar en manos de un escritor vago, irresponsable, insufrible y astuto.

En un momento de inspiración, Jane le había preguntado una vez a un escritor:

—¿Cuál es tu
raison d'étre?

Aquella estrategia le funcionó maravillosamente. Por eso decidió ensayarla con Nicholas Farringdon cuando se dejó caer por la editorial para preguntar por su manuscrito, un día en que George estaba «reunido», es decir, bien escondido en la habitación del fondo.

—¿Cuál es su razón de ser, señor Farringdon?

La respuesta de él fue una mueca algo abstracta, como si Jane fuese un altavoz averiado.

En otro de sus momentos de inspiración Jane le invitó a cenar en el club May of Teck, cosa que aceptó con una humildad considerable, obviamente debida al interés por su libro. Ya se lo habían rechazado diez editoriales, como ocurría, por lo demás, con la mayoría de los libros que caían en manos de George.

Gracias a su visita, Jane ganó terreno en el club. No se le había pasado por la cabeza que su invitado pudiera reaccionar con tanto entusiasmo. Mientras Nicholas se tomaba un Nescafé sin leche en el salón, en compañía de Jane, Selina, la pequeña y morena Judy Redwood y Anne, el escritor miró a su alrededor y esbozó una sonrisa complacida. Jane había elegido a sus acompañantes de esa noche con el instinto de una alcahueta experimental. Al caer en la cuenta del alcance de su éxito se arrepintió y alegró a partes iguales, pues, por lo que había oído, no estaba claro si Nicholas era de esos a los que les gustaban los hombres, y ahora al menos sabía que le iban los dos sexos. Las largas e insuperables piernas de Selina se organizaron en diagonal desde las profundidades de la butaca en que estaba apoltronada con aire de ser la única mujer presente que podía permitirse el lujo de apoltronarse. En el apoltronamiento de Selina había algo que recordaba a la grandeza de una reina. Mientras escudriñaba a Nicholas con aire regio, él se dedicaba a pasear la mirada por la habitación, observando a los grupos de chicas que charlaban aquí y allá. Por las puertas abiertas de la terraza entraba el frescor de la noche, momento en que les llegó de la sala de juegos la voz de Joanna, que estaba dando una de sus clases de elocución:

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