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Authors: Nicholas Sparks

Fantasmas del pasado (19 page)

BOOK: Fantasmas del pasado
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—Vaya, qué interesante —dijo Jeremy.

—Me parece que todavía no me crees.

Jeremy cambió de posición en el asiento.

—Debe de haber una explicación lógica. Siempre la hay.

—¿No crees en ningún tipo de magia?

—No.

—Qué pena —repuso ella—. Porque a veces es real como la vida misma.

Jeremy sonrió.

—Quién sabe. Igual descubro algo y cambio de parecer mientras estoy aquí.

Ella también sonrió.

—Eso ya ha empezado a pasarte. Lo único es que eres demasiado cabezota como para aceptarlo.

Después de dar buena cuenta de toda la comida, Jeremy puso en marcha el motor y descendieron de Riker's Hill a trompicones, con las ruedas delanteras a punto de hundirse en cada bache profundo. La suspensión hacía el mismo ruido que un colchón de muelles viejo, y cuando llegaron al pie de la montaña, Jeremy exhibía unos nudillos completamente blancos y tensos sobre el volante.

Siguieron la misma carretera del camino de ida. Al pasar por delante del cementerio de Cedar Creek, Jeremy no pudo evitar desviar la vista hacia la cima de Riker's Hill. A pesar de la distancia, pudo distinguir el lugar exacto donde habían aparcado.

—¿Nos queda tiempo para ver un par de sitios más? Me encantaría dar una vuelta por el puerto, la fábrica de papel, y quizás el puente de caballetes por donde pasa el tren.

—Tenemos tiempo —afirmó ella—. Siempre y cuando no nos demoremos demasiado. Los tres sitios se encuentran en la misma zona.

Diez minutos más tarde, siguiendo las indicaciones de Lexie, Jeremy aparcaba nuevamente el coche. Se hallaban en uno de los recodos del pueblo, a un par de manzanas del Herbs y cerca del paseo marítimo paralelo al discurrir del río. El río Pamlico, de cerca de un kilómetro y medio de ancho, fluía enfurecido, con la corriente formando numerosos remolinos de espuma blanca mientras se precipitaba río abajo. En la otra orilla, cerca del puente de caballetes, la fábrica de papel —una imponente estructura— escupía nubes de humo por sus inhóspitas chimeneas.

Jeremy aprovechó para estirar las piernas y los brazos cuando se apeó del coche; en cambio, Lexie se estremeció e intentó hacer frente al notable cambio de temperatura cruzando los brazos.

—¿Hace más frío o es sólo mi imaginación? — preguntó desconcertada, con las mejillas sonrosadas.

—Es cierto; empieza a refrescar —confirmó él—. Parece que hace más frío aquí que en la cima de la montaña, aunque quizá sólo sea que notamos más la diferencia de temperatura porque en el coche había puesto la calefacción.

Jeremy aceleró el paso para no quedarse rezagado cuando ella emprendió la marcha por encima del paseo entarimado. Al cabo de un rato, Lexie empezó a caminar más despacio y finalmente se detuvo y se apoyó en la barandilla mientras Jeremy observaba el puente de caballetes. Quedaba suspendido encima del río, a una gran altura para permitir el paso de los barcos; estaba construido con vigas entrecruzadas, lo que le confería un aspecto de puente colgante.

—Igual querías verlo desde más cerca —comentó ella—. Si tuviéramos más tiempo, te llevaría al otro lado del río, hasta el molino, aunque creo que desde aquí gozas de una vista privilegiada. — Señaló hacia el otro extremo del pueblo—. El puerto queda allí, cerca de la carretera principal. ¿Ves los veleros amarrados?

Jeremy asintió. No sabía por qué, pero se había imaginado que el lugar sería más impresionante.

—¿Los barcos grandes pueden atracar en el puerto?

—Creo que sí. A veces es posible ver algunos yates imponentes de New Bern.

—¿Y las gabarras?

—Supongo que también. El río está dragado para permitir el tránsito de esas grandes embarcaciones que transportan troncos de madera, pero normalmente atracan en el extremo más alejado. Mira. — Señaló hacia lo que parecía ser una pequeña cueva—. Allí hay un par, cargadas con troncos.

Jeremy desvió la vista hacia donde ella le indicaba, y después se fue volviendo lentamente, intentando coordinar diferentes puntos. Con Riker's Hill a lo lejos, el puente de caballetes y la fábrica parecían perfectamente alineados. ¿Coincidencia? ¿O acaso era un dato irrelevante? Observó fijamente la fábrica de papel, pensando si la parte superior de las chimeneas se iluminaba por la noche. Tendría que confirmar ese detalle.

—¿Y todos los troncos se trasportan en esas barcazas, o también recurren al ferrocarril?

—Pues la verdad es que no lo sé, pero seguro que no nos costará demasiado averiguarlo.

—¿Sabes cuántos trenes usan el puente de caballetes?

—No estoy segura. A veces oigo el silbido por la noche, y más de una vez he tenido que detenerme en el cruce del pueblo para dejar pasar a uno, aunque no puedo confirmarte el número preciso de trenes. Sé que realizan muchos viajes hasta el molino, que es donde se detienen.

Jeremy asintió con la cabeza y volvió a observar el puente de caballetes con porte pensativo.

Lexie sonrió.

—Sé lo que estás pensando. Piensas que quizá la luz de los trenes emite destellos cuando pasa por encima del puente y eso es lo que origina las luces, ¿no es cierto?

—Sí, es una posibilidad que se me ha pasado por la cabeza.

—Pues no. Ese no es el motivo —anunció ella, sacudiendo la cabeza repetidas veces.

—¿Estás segura?

—Por la noche todos los trenes se dirigen hacia el enorme patio de la fábrica de papel, para que puedan cargarlos a la mañana siguiente. Así que la luz de la locomotora brilla en dirección opuesta, lejos de Riker's Hill.

Jeremy consideró la explicación mientras se apoyaba en la barandilla al lado de ella. El viento azotaba su melena, aportándole un aspecto desaliñado. Lexie escondió las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—¿Sabes qué? Entiendo perfectamente por qué te sientes tan orgullosa de haberte criado en este lugar —declaró él.

Ella se dio la vuelta para apoyarse de espaldas a la barandilla y clavó la vista en la calle principal del pueblo, con sus pequeñas tiendas pulidas y adornadas con banderas americanas, con su barbería, con su pequeño parque situado al final del paseo entarimado.

La acera estaba transitada por personas que entraban y salían de los establecimientos, trajinando bolsas. A pesar del aire fresco invernal, nadie parecía llevar prisa.

—Bueno, tengo que admitir que en cierta manera se parece bastante a Nueva York.

Jeremy se echó a reír.

—No lo decía por eso. Me refería a que probablemente a mis padres les habría encantado criar a sus hijos en un lugar como éste; con tantas zonas verdes y bosques donde poder jugar, e incluso con un río para bañarse cuando aprieta el calor. Debe de haber sido… idílico.

—Todavía lo es. O al menos eso es lo que algunos pensamos.

—Parece que no abandonarías Boone Creek por nada del mundo.

Lexie se quedó pensativa unos instantes.

—Es cierto, aunque me marché para ir a la universidad, y eso es algo que poca gente hace aquí. Es un condado pobre, y el pueblo ha pasado por numerosas penurias desde que cerraron el molino textil y la mina de fósforo. Además, son muchos los padres que no confían en las ventajas que supone el ofrecer a sus hijos una buena educación. A veces resulta duro convencer a los niños de que existen cosas más importantes en la vida que trabajar en la fábrica de papel que hay justo al otro lado del río. Yo vivo aquí porque quiero, porque así lo he elegido. Pero muchas de estas personas simplemente se quedan porque no pueden marcharse.

—Eso sucede en todas partes. Tampoco ninguno de mis hermanos fue a la universidad, así que siempre he sido el bicho raro de la familia, sólo porque me gustaba estudiar. Mis padres son de la clase obrera y toda su vida han vivido en Queens. Mi padre era conductor de autobuses; se pasó cuarenta años de su vida sentado detrás del volante hasta que finalmente se retiró.

Lexie parecía interesada.

—Vaya, es curioso. Ayer pensaba que eras el típico tipo que se había criado en el Upper East Side. Ya sabes, con porteros que te saludan por tu nombre, escuelas privadas carísimas, ágapes diarios consistentes en cinco platos, un mayordomo que anuncia las visitas…

Jeremy se estremeció con cara de horror.

—Primero me dices que pensabas que era hijo único, y ahora me sueltas eso. Estoy empezando a pensar que me tomas por un remilgado insoportable.

—No, remilgado no, tan sólo…

—No sigas, por favor —la atajó levantando la mano—. Prefiero no saberlo, especialmente porque no es verdad.

—¿Cómo sabes qué es lo que iba a decir?

—Porque ya veo por dónde vas, y tengo la certeza de que no dirás nada positivo sobre mí.

Las comisuras de la boca de Lexie apuntaron hacia arriba sutilmente.

—Lo siento. No hablaba en serio.

—No te creo —contestó él con una sonrisa afable. A continuación se dio la vuelta para apoyarse también de espaldas a la barandilla, y la brisa lo golpeó en plena cara—. Pero no te preocupes; no me lo tomaré como algo personal, porque te aseguro que no soy ningún ricacho malcriado.

—No, eres un periodista objetivo.

—Exactamente.

—Aunque te niegas a mantener una actitud abierta sobre cualquier tema que tenga matices misteriosos.

—Exactamente.

Lexie soltó una carcajada.

—¿Y qué hay acerca de la supuesta aura de misterio que envuelve a las mujeres? ¿Tampoco crees en eso?

—Oh, sé que es verdad —proclamó, pensando en ella en particular—. Pero no es como creer en una fusión fría.

—¿Por qué?

—Porque las mujeres son un misterio subjetivo, no objetivo. Es imposible medir nada respecto a ellas de un modo científico, aunque tengo que admitir que es cierto que existen diferencias genéticas entre los dos géneros. Los hombres sólo tildan a las mujeres de misteriosas porque no se dan cuenta de que ellos ven el mundo de una forma diferente a como lo ven ellas.

—¿De veras?

—Claro que sí. Es una cuestión que se remonta a la evolución de la especie y a las formas más convenientes de conservarla.

—¿Y tú eres un experto en la materia?

—Tengo ciertos conocimientos en esa área, sí.

—Así pues, ¿también te consideras un experto en mujeres?

—No, de ningún modo. No te olvides de que soy muy tímido.

—Ya. Y aún quieres que me lo crea.

Jeremy cruzó los brazos y enarcó una ceja.

—Déjame que lo adivine… Crees que soy incapaz de mantener una relación estable.

Lexie lo miró con desdén.

—Más o menos.

Él se echó a reír.

—¿Qué puedo decir? El periodismo de investigación forma parte de un mundo glamuroso, y hay montones de mujeres que desean formar parte de ese mundo.

Ella esbozó una mueca de hastío.

—Vamos, hombre. Ni que fueras un actor de cine o un cantante de una banda de rock. Escribes para
Scientific American.


¿Y?

—Bueno, aunque sólo sea una chica provinciana, estoy segura de que no es la clase de revista que atraiga a muchas seguidoras femeninas.

Él la miró con aire triunfal.

—Me parece que te contradices.

—Se cree usted muy listo, ¿eh, señor Marsh? — espetó al tiempo que fruncía el ceño.

—Vaya, de nuevo te decantas por el trato formal. ¿Significa eso que estás pensando en retirarme la confianza?

—Quizá —respondió altivamente mientras se arreglaba el pelo detrás de la oreja—. Pero que conste que has sido tú el que ha evitado el tema de que para ser famoso se necesita disponer de un fornido grupo de seguidoras. Mira, todo lo que tienes que hacer es dejarte ver por los sitios de moda y desplegar tus encantos.

—¿Así que crees que soy un tipo encantador?

—Diría que algunas mujeres podrían considerarte un tipo encantador.

—Pero tú no.

—No estamos hablando de mí. Estamos hablando de ti, y ahora estás intentando cambiar de tema otra vez, lo cual significa, probablemente, que tengo razón pero que te niegas a admitirlo.

Jeremy la contempló con admiración.

—Es usted muy lista, señorita Darnell.

—Eso es lo que dicen —asintió ella con orgullo.

—Y encantadora —agregó él a continuación.

Lexie sonrió y desvió la mirada hacia otro lado. Clavó los ojos en la tarima de madera que había debajo de sus pies, luego miró hacia el pueblo, luego hacia el cielo, y finalmente resopló incómoda. Finalmente decidió no decir nada que sirviera para responder al halago, pero notó que se sonrojaba sin poderlo remediar.

Como si le estuviera leyendo el pensamiento, Jeremy decidió cambiar de tema rápidamente.

—Tengo una curiosidad: ¿qué opinas sobre todos los acontecimientos que sucederán en el pueblo este fin de semana?

—¿No estarás aquí para sacar tus propias conclusiones? — inquirió Lexie.

—Probablemente sí. Pero tengo curiosidad por saber tu opinión.

—¿Dejando de lado el que esos acontecimientos trastornan por completo la vida de mucha gente durante varios días? — se lamentó ella—. Bueno, es… Digamos que en esta época del año es necesario. Pasamos del Día de Acción de Gracias a Navidad en un abrir y cerrar de ojos, y luego no hay nada significativo a celebrar hasta la primavera. Y mientras tanto, los días son fríos y grises y lluviosos… Así que hace bastantes años, los del Ayuntamiento decidieron organizar la «Visita guiada por las casas históricas», y desde entonces se las han apañado para ir añadiendo más actos festivos con la esperanza de poder ofrecer un fin de semana completo a los turistas. Este año le toca el turno al cementerio; el año pasado organizaron el desfile, y el anterior fue el baile en el granero el viernes por la noche. Esas actividades están empezando a engrosar la lista de tradiciones del pueblo, así que prácticamente todos las esperan con muchas ganas. — Lo miró altaneramente—. Aunque te parezca un pueblecito de mala muerte, puedes pasártelo francamente bien aquí.

Jeremy había seguido toda la explicación con suma atención. Entonces se acordó de la fotografía del baile en un granero que aparecía en el folleto.

—¿Así que organizan un baile? — preguntó, fingiendo no saber nada al respecto.

Lexie asintió.

—El viernes por la noche. En el granero de tabaco de Meyer, en medio del pueblo. Es bastante divertido, con una orquesta en directo y toda esa parafernalia. Es la única noche del año en la que el Lookilu está prácticamente vacío.

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