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Authors: Nicholas Sparks

Fantasmas del pasado (46 page)

BOOK: Fantasmas del pasado
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Abandonó el sendero y anduvo alrededor de una cripta en ruinas, caminando lentamente para no hacer ruido. Sobre él, la luna colgaba del cielo como si alguien la hubiera pegado en una sábana negra. Le pareció oír un murmullo y, cuando aguzó el oído, notó una tremenda subida de adrenalina. Al fin la había encontrado, al fin se había encontrado a sí mismo, y su cuerpo ardía en deseos de saber qué sucedería a continuación. Ascendió por la pequeña colina, consciente de que los padres de Lexie estaban enterrados al otro lado.

Había llegado la hora. Estaba a punto de ver a Lexie, y de que ella lo viera a él. Zanjarían el tema de una vez por todas, en el mismo lugar donde había empezado todo.

Lexie se hallaba de pie, justo en el lugar donde él imaginó que estaría, bañada por una luz plateada. Su cara ofrecía una expresión abierta, casi dolorosa, y sus ojos despedían una luminosidad violeta. Iba vestida para combatir el frío, con una bufanda alrededor del cuello y unos guantes negros que le conferían a sus manos el aspecto de unas meras sombras.

Hablaba en voz baja, y Jeremy no alcanzó a oír lo que decía. Se quedó contemplándola en silencio, y de repente ella se calló y levantó la cara. Por un momento que pareció interminable, se quedaron quietos, mirándose sin parpadear, como si tuvieran miedo a cerrar los ojos ni aunque fuera un segundo.

Lexie parecía haberse quedado petrificada mientras lo miraba fijamente. Al cabo de un rato, apartó la vista. Sus ojos se detuvieron en las tumbas otra vez, y Jeremy se dio cuenta de que no tenía ni idea de lo que ella estaba pensando.

De repente sintió que había sido un grave error desplazarse hasta allí. Lexie no quería que él estuviera en ese lugar, no lo quería en su vida. Sintió un nudo en la garganta, y ya estaba a punto de darse la vuelta para marcharse cuando se fijó en que Lexie esbozaba una mueca y sus facciones se relajaban.

—No deberías mirarme de ese modo tan descarado —dijo ella súbitamente—. A las mujeres nos gustan los hombres que saben comportarse con más sutileza.

La sensación de alivio que lo invadió fue indescriptible, y Jeremy sonrió al tiempo que se aventuraba a dar un paso hacia delante. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de ella como para tocarla, deslizó la mano hasta ponerla en la espalda de Lexie. Ella no se apartó; en lugar de eso, se inclinó hacia él.

Doris tenía razón.

Jeremy estaba en su casa.

—No —susurró él con una alegría incontenible—. A las mujeres os gustan los hombres capaces de seguiros hasta el fin del mundo, o hasta Boone Creek, que más o menos viene a ser lo mismo.

La atrajo hacia sí y la obligó a erguir la cabeza. Entonces la besó, con la absoluta certeza de que jamás volvería a separarse de ella.

Epílogo

Jeremy y Lexie estaban sentados juntos, arropados bajo una manta, contemplando el pueblo a sus pies. Era un jueves por la tarde, tres días después del regreso de Jeremy a Boone Creek. Las luces blancas y amarillas de la localidad, entremezcladas con ocasionales destellos rojos y verdes, titilaban graciosamente, y Jeremy podía ver las columnas de humo que emergían de las chimeneas. El río fluía lentamente como un carbón líquido, reflejando el cielo. A lo lejos, las luces de la fábrica de papel se propagaban en todas direcciones e iluminaban el puente del ferrocarril.

En los últimos dos días, él y Lexie se habían dedicado a hablar largo y tendido. Ella se disculpó por haberle mentido sobre lo de Rodney, y confesó que separarse de Jeremy en el camino de gravilla delante del Greenleaf había sido la decisión más difícil de toda su vida. Le describió lo que había sentido durante esa interminable semana que habían estado separados, unos sentimientos que Jeremy compartió por completo. Él, por su parte, le contó que aunque Nate se había mostrado reacio cuando le contó que quería marcharse de Nueva York, su editor en el
Scientific American
estuvo de acuerdo en continuar contando con su colaboración aunque viviera en Boone Creek, con la condición de que fuera a Nueva York con regularidad.

Jeremy no le mencionó la visita inesperada de Doris. En su segunda noche en el pueblo, Lexie lo invitó a cenar a casa de su abuela, y Doris lo apartó a un lado discretamente y le hizo prometer que no se lo contaría jamás.

—No quiero que Lexie piense que me entrometo en su vida —explicó, con un brillo inusitado en los ojos—. Aunque te cueste creerlo, ella opina que me inmiscuyo demasiado en sus cuestiones amorosas.

A veces a Jeremy le costaba creer que estuviera allí con ella; por otro lado, también le costaba creer que hubiera sido capaz de separarse de ella en primer lugar. Con Lexie todo era muy fácil, se sentía como si ella fuera el hogar que siempre había estado buscando. A pesar de que Lexie parecía sentir lo mismo, no le permitió quedarse en su casa.

—No quiero dar tema de conversación a los del pueblo —insistía. Sin embargo, Jeremy se sentía a gusto en el Greenleaf, a pesar de que Jed todavía no se decidía a sonreír.

—¿Así que lo de Rodney y Rachel va en serio? — preguntó Jeremy

—Parece que sí. Últimamente siempre los veo juntos. Ella no puede disimular su enorme alegría cuando él aparece por el Herbs, e incluso diría que Rodney se sonroja. Creo que forman una pareja estupenda.

—Todavía no puedo creer que me dijeras que te ibas a casar con él.

Ella le dio un golpecito cariñoso con el hombro.

—No me apetece volver a hablar sobre esa cuestión, ¿vale? Ya te pedí perdón, así que preferiría que no me lo recordaras hasta el resto de mis días.

—Pero es que me parece una anécdota realmente divertida.

—Claro, porque tú quedas como un buen chico y en cambio yo quedo fatal.

—Es que soy un buen chico.

—Por supuesto —lo alentó ella, dándole un beso en la mejilla.

Jeremy la abrazó con ternura, contemplando una estrella fugaz que se abría paso por el firmamento. Se quedaron sentados en silencio.

—¿Mañana estás ocupada? — inquirió él.

—Depende. ¿En qué estás pensando?

—He hablado con la señora Reynolds. He quedado con ella para ver un par de casas, y quiero que vengas y me asesores sobre los distintos barrios del pueblo. Me niego a acabar viviendo en un mal vecindario.

Lexie lo abrazó con fuerza.

—Me encantará ayudarte.

—Ah, y otra cosa: también me gustaría que vinieras conmigo a Nueva York. A ver si puedes encontrar un hueco en tu agenda en las próximas dos semanas. Mi madre se muere de ganas por conocerte.

—Yo también tengo muchas ganas de conocerla. Siempre me ha seducido esa ciudad. Además, es la ciudad preferida de una persona muy especial, la persona que más quiero.

Jeremy la miró divertido y se echó a reír.

Por encima de sus cabezas, las nubes flotaban como enormes ovillos de algodón, desplazándose con parsimonia por el cielo, cubriendo la luna ocasionalmente, y en el horizonte, Jeremy pudo ver cómo se acercaba una tormenta. En unas pocas horas llegaría la lluvia, pero por entonces, él y Lexie estarían saboreando un buen vino en el comedor de la casa de Lexie, escuchando el ruido metálico de la lluvia sobre el tejado.

De repente, ella se dio la vuelta y lo miró con dulzura.

—Gracias por volver, por decidirte a vivir aquí…, por todo.

—No me quedaba ninguna otra alternativa. El amor puede hacer que las personas actúen de la forma más insospechada.

Ella sonrió.

—Te quiero, ¿lo sabías?

—Sí.

—¿Y tú? ¿Me quieres?

—¿Es necesario que te lo diga?

—Me gustaría oírlo. Pero hazlo con el tono adecuado, ¿eh? Tienes que decirlo como si realmente lo sintieras de todo corazón.

Jeremy la retó con una simpática mueca de fastidio, como preguntándole si a partir de entonces intentaría controlar siempre su tono.

—Te quiero.

En la distancia se oyó el silbido de un tren, y Jeremy distinguió un rayo de luz en medio del paisaje oscurecido. La niebla empezaba a espesar, por lo que las luces pronto aparecerían en el cementerio. Lexie pareció comprender sus pensamientos.

—Así que, dime, señor periodista, ¿todavía dudas de la existencia de los milagros?

—Ya te lo he dicho. Tú eres un milagro.

Lexie recostó la cabeza en su hombro por un momento antes de darle la mano.

—Me refiero a los verdaderos milagros, cuando pasa algo que jamás has creído que pueda ser posible.

—No —repuso él—. Sigo pensando que si uno escarba lo suficientemente hondo, siempre encuentra una explicación para cualquier misterio.

—¿Y si te dijera que nos ha pasado un milagro?

Su voz era aterciopelada, casi como un susurro, y él la miró con curiosidad. Podía ver el reflejo de las luces del pueblo en sus ojos.

—¿A qué te refieres?

Ella inhaló aire lentamente.

—Hoy Doris me ha dado una maravillosa noticia.

Jeremy la miró fijamente, sin comprender a qué se refería, incluso cuando la expresión en la cara de Lexie pasó de mostrar un cierto nerviosismo a una satisfacción plena. Ella lo observó con amor, esperando que él dijera algo, pero la mente de Jeremy se negaba a procesar sus palabras.

Existe la ciencia y también lo inexplicable, y Jeremy se había pasado toda la vida intentando reconciliar ambos mundos. Habitaba en un mundo real y lógico, se mofaba de la magia y sentía pena por aquellas personas que necesitaban aferrarse a los sueños y a la fantasía para dar sentido a sus vidas, los seguidores incondicionales, como él los llamaba. Sin embargo, mientras observaba a Lexie, intentando descifrar lo que ella trataba de decirle, notó que su férreo pragmatismo empezaba a resquebrajarse.

No hallaba explicación, y en el futuro tampoco la hallaría. Aquello desafiaba las leyes de la biología, hacía añicos la imagen que él tenía de sí mismo. Simplemente era imposible, pero cuando depositó la mano cuidadosamente sobre la barriga de Lexie, todas sus dudas se desvanecieron, y de repente creyó, con una certeza exultante, en las palabras que jamás pensó que llegaría a escuchar.

—Este es nuestro milagro —susurró ella—. Es una niña.

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