Read El valle de los caballos Online

Authors: Jean M. Auel

El valle de los caballos (7 page)

–Lamento que no vengáis a visitarnos..., no hemos tenido muchos visitantes últimamente. ¿Hasta dónde pensáis llegar en este Viaje?

–Thonolan habla de seguir el Donau hasta el final. Pero todo el mundo habla de un largo Viaje cuando lo empieza. ¿Quién sabe?

–Pensé que los Zelandonii vivían cerca del Agua Grande; al menos así era cuando efectué mi Viaje. Llegué muy al oeste y después al sur. ¿Dices que es sólo el comienzo?

–Me explicaré mejor. Tienes razón, el Agua Grande está sólo a pocos días de nuestra Caverna, pero Dalanar de los Lanzadonii era compañero de mi madre cuando yo nací y también su Caverna es como mi hogar. Pasé tres años allí mientras él me enseñaba el oficio. Mi hermano y yo permanecimos con él. La única distancia que hemos recorrido desde el principio ha sido a través del glaciar y un par de días más hasta llegar aquí.

–¡Dalanar! ¡Por supuesto! Me parecías familiar. Debes de ser un hijo de su espíritu; te pareces muchísimo a él. Y también tallador de pedernal. Si eres tan parecido a él en el oficio como en el aspecto, tienes que ser muy bueno. Es el mejor que conozco. Iba a visitarle el año que viene para conseguir material de la mina de pedernal de los Lanzadonii; no hay piedra mejor.

La gente empezaba a acercarse al fuego con tazones de madera, y los deliciosos aromas que venían de aquella dirección hicieron a Jondalar tomar conciencia del hambre que tenía. Recogió su mochila para quitarla del camino y, de repente, se le ocurrió una idea.

–Laduni, traigo aquí un poco de pedernal lanzadonii. Iba a utilizarlo para reparar alguna herramienta rota durante el viaje, pero pesa mucho y no me vendría mal deshacerme de una o dos piedras. Me gustaría regalártelas si te gustan.

La mirada de Laduni se iluminó.

–Me alegraría aceptarlas pero querría darte algo a cambio. No tengo nada en contra de hacer un buen negocio, pero no me gustaría aprovecharme del hijo del hogar de Dalanar.

–Pero si ya te brindas a aliviar mi carga y me invitas a una comida caliente.

–Eso no basta para agradecer la buena piedra de los Lanzadonii. Me lo facilitas demasiado, Jondalar. Lastimas mi orgullo.

Una muchedumbre animada les rodeaba en aquellos momentos, y cuando Jondalar soltó la carcajada, le hicieron coro.

–Está bien, Laduni. No te lo voy a facilitar. Ahora mismo no me hace falta nada..., estoy tratando de aligerar mi carga. Sólo te pido que me hagas algún favor más adelante. ¿De acuerdo?

–Ahora es él quien quiere aprovecharse de mí –dijo el hombre a los espectadores–. Por lo menos, di lo que es.

–¿Cómo podría decirlo? Pero conste que pienso cobrarme cuando regrese. ¿Entendido?

–¿Y cómo sabré si te lo puedo dar?

–No pediría nada que no pudieras darme.

–Tus condiciones son duras, Jondalar, pero si puedo, te daré lo que me pidas. Quedamos en eso.

Jondalar abrió su mochila, sacó lo que había encima de todo y luego cogió la bolsa de herramientas y le dio a Laduni dos nódulos de pedernal que ya estaban preparados.

–Dalanar los escogió y realizó el trabajo preliminar –explicó.

La expresión de Laduni daba a entender bien a las claras que no le parecía mal recibir dos trozos de pedernal seleccionados y preparados por Dalanar para el hijo de su hogar, pero rezongó en voz lo suficientemente alta como para que todos le oyeran:

–Probablemente esté dando mi vida a cambio de dos trozos de piedra.

Nadie hizo el menor comentario acerca de la probabilidad de que Jondalar regresara algún día para cobrarse.

–Jondalar, ¿te vas a quedar ahí de charla toda la vida? –dijo Thonolan–. Nos han invitado a compartir una comida y esa carne de venado huele que alimenta –sonreía ampliamente y Filonia estaba a su lado.

–Sí, ya está la comida –dijo Filonia–, y la caza ha sido tan buena que no hemos consumido mucha carne seca de la que traíamos. Ahora que has aligerado tu carga te quedará espacio para llevarte un poco, ¿no es cierto? –preguntó, mirando de soslayo a Laduni con pícara expresión.

–Será muy de agradecer. Laduni, todavía no me has presentado a la preciosa hija de tu hogar –dijo Jondalar.

–Es un día terrible cuando la hija del propio hogar socava los negocios que hace uno –murmuró el hombre, pero su sonrisa estaba llena de orgullo–. Jondalar de los Zenlandonii, Filonia de los Losadunai.

Ella se volvió para mirar al hermano mayor, y de repente se encontró perdida en unos ojos abrumadoramente vivos y azules que le sonreían. Se ruborizó con una mezcla de emociones al sentirse súbitamente atraída hacia el otro hermano, y agachó la cabeza para disimular su confusión.

–¡Jondalar! No creas que no veo ese brillo de tus ojos. Recuerda que yo la vi primero –bromeó Thonolan–. Vamos, Filonia, voy a apartarte de aquí. Déjame que te prevenga: mantente lejos de este hermano mío. Créeme, bien sé yo que no querrás tener nada que ver con él –se volvió hacia Laduni y, con enojo fingido, exclamó–: ¡Siempre lo hace! Una mirada le basta. ¡Ojalá hubiera nacido yo con las prendas de mi hermano!

–Tienes más prendas de las que le hacen falta a ningún hombre, hermanito –dijo Jondalar, y soltó su alegre, cálida y vigorosa carcajada.

Filonia se volvió hacia Thonolan y pareció aliviada al comprobar que le encontraba tan atractivo como cuando le vio al principio. Él le rodeó los hombros con el brazo y la llevó hacia el lado opuesto del fuego, pero ella volvió la cabeza para mirar de nuevo al otro. Sonriendo más confiada, dijo:

–Siempre celebramos un festival en honor de Duna cuando vienen visitantes a la Caverna.

–No van a ir a la Caverna, Filonia –dijo Laduni. La joven pareció desilusionada por un instante; después se volvió hacia Thonolan y sonrió.

–¡Ah, ser de nuevo joven! –exclamó Laduni con una risa ahogada–. Pero las mujeres que más honran a Duna parecen tener más frecuentemente la bendición de los hijos. La Gran Madre Tierra sonríe a quienes aprecian sus dones.

Jondalar colocó su petate detrás del tronco y se dirigió al fuego. Un caldo de venado cocía en una olla constituida por un pellejo de cuero sostenido por un armazón de huesos atados entre sí. Colgaba directamente encima del fuego. El líquido hirviente, aunque suficientemente caliente para cocer el guisado, mantenía la temperatura de la olla al nivel necesario para que no se quemara. La temperatura de combustión del cuero era mucho más elevada que el caldo hirviendo.

Una mujer le tendió un tazón de madera lleno del sabroso caldo y se sentó junto a él sobre el tronco. Él utilizó su cuchillo de pedernal para pinchar los trozos de carne y verduras –trozos de raíces secas que habían traído consigo– y bebió el líquido del tazón. Cuando hubo terminado, la mujer le llevó una taza más pequeña llena de té de hierbas; él se lo agradeció con una sonrisa. Ella contaba unos cuantos años más que Jondalar, los suficientes para haber cambiado la gracia de la juventud por la verdadera belleza que es fruto de la madurez. Le sonrió a su vez y volvió a sentarse a su lado.

–¿Hablas zelandonii? –preguntó Jondalar.

–Hablo poco, entiendo más –fue la respuesta.

–¿Tendré que pedirle a Laduni que nos presente o puedo preguntar cuál es tu nombre?

La mujer sonrió de nuevo con ese matiz de condescendencia que caracteriza a la mujer mayor.

–Sólo las muchachas jóvenes necesitan que alguien diga nombre. Yo, Lanalia. ¿Tú, Jondalar?

–Sí –respondió el joven. Podía sentir el calor de la pierna de ella y la excitación que experimentó se reflejó en su mirada. Ella le devolvió una mirada ardiente. Él acercó su mano al muslo de ella, que se aproximó con un movimiento que le alentó y era promesa de experiencia. Asintió con la cabeza a la mirada invitadora aunque no hacía falta: los ojos de él correspondían a la invitación. Lanalia echó una mirada por encima del hombro; Jondalar siguió la dirección de aquella mirada y vio que Laduni se acercaba a ellos. La mujer se quedó tranquilamente sentada a su lado; esperarían a que fuera más tarde para cumplir la promesa.

Laduni se acercó a ellos y poco después Thonolan acudió al lado de su hermano, junto al fuego, con Filonia. Muy pronto todo el mundo estuvo apiñado alrededor de los dos visitantes. Hubo chistes y bromas, traducidos para los que no comprendían. Finalmente, Jondalar decidió abordar un tema más serio.

–Laduni, ¿conoces bien a la gente que hay río abajo?

–Solíamos recibir algún visitante eventual de los Sarmunai. Viven río abajo, en la orilla norte, pero ya hace años. Sucede en ocasiones. Los jóvenes siguen todos el mismo camino en sus Viajes. Después se convierte en algo conocido y menos excitante, de modo que toman otro rumbo. Después de aproximadamente una generación, sólo los viejos recuerdan, y se convierte en una aventura volver al primer camino. Todos los jóvenes creen que sus descubrimientos son nuevos. No importa que sus antepasados hayan hecho lo mismo.

–Es una novedad para ellos –dijo Jondalar, pero no continuó por el terreno filosófico. Quería información consistente antes que dejarse arrastrar a una discusión que podría ser agradable pero sin resultados prácticos inmediatos–. ¿Puedes decirme algo de sus costumbres? ¿Conoces algunas palabras de su lengua? ¿Saludos? ¿Qué deberemos evitar? ¿Qué podría resultar ofensivo?

–No sé mucho, y lo que sé no es reciente. Había un hombre que se fue hacia el este hace años, pero no ha regresado. Quién sabe, tal vez decidiera establecerse en otra parte –dijo Laduni–. Dicen que hacen sus donai con barro, pero sólo son habladurías. No sé por qué va nadie a querer hacer imágenes de la Madre con barro. Al secarse, se desharían.

–Quizá porque está cerca de la tierra. Hay gente que prefiere la piedra por esa razón.

Al hablar, Jondalar metió involuntariamente la mano en la bolsa que llevaba colgada del cinturón y tocó la figurilla de piedra que representaba una mujer obesa. Sintió los enormes senos, el prominente vientre y sus muslos y nalgas inmensas. Los brazos y las piernas eran insignificantes, los atributos de la Madre eran lo que importaba, y los miembros de la figurilla de piedra sólo estaban apenas esbozados. La cabeza era una bola con un esbozo de cabellos que caían sobre un rostro sin facciones.

Nadie podía mirar la espantosa cara de Doni, la Gran Madre Tierra, la Antepasada Antigua, la Primera Madre, Creadora y Sustentadora de toda vida. La que bendecía a las mujeres con Su poder de crear y traer vida al mundo. Y ninguna de las pequeñas imágenes de Ella que portaban Su Espíritu, el donii, se atrevió jamás a esbozar Su rostro. Incluso cuando se revelaba en sueños, Su rostro solía ser borroso, pero los hombres la veían frecuentemente con un cuerpo joven y núbil. Algunas mujeres afirmaban que podían tomar la forma de Su espíritu y volar como el viento para llevar la suerte o infligir venganza, y Su venganza podía ser grande.

Si Ella se sentía enojada o deshonrada, era capaz de muchos hechos temibles, el mayor de los cuales consistía en retirar Su maravilloso Don del Placer que llegaba cuando una mujer decidía abrirse a un hombre. La Gran Madre y, se decía, algunas de Las Que La Servían podían proporcionar a un hombre el poder de compartir Su Don con tantas mujeres y con toda la frecuencia que quisiera, pero también podían hacer que se secara y no le fuera posible proporcionar Placer a ninguna ni encontrarlo él.

Jondalar acarició distraídamente los enormes senos pétreos de la donii que llevaba en la bolsa, deseando tener suerte mientras pensaba en su Viaje. Era cierto que algunos nunca regresaban, pero eso formaba parte de la aventura. Entonces Thonolan hizo una pregunta a Laduni y la atención de Jondalar volvió a despertarse.

–¿Qué sabes de los cabezas chatas que hay por aquí? Tropezamos con una manada hace un par de días. Creí que nuestro Viaje había terminado. –De repente, todos se dispusieron a escuchar a Thonolan.

–¿Qué pasó? –preguntó Laduni, y había tensión en su voz. Thonolan relató el incidente con los cabezas chatas.

–¡Charoli! –exclamó Laduni, como escupiendo.

–¿Quién es Charoli? –preguntó Jondolar.

–Un joven de la Caverna Tomasi; el instigador de una pandilla de rufianes que se han empeñado en divertirse a costa de los cabezas chatas. Antes nunca habíamos tenido problemas con ellos. Ellos permanecían en su lado del río y nosotros en el nuestro. Si cruzábamos, se mantenían fuera de la vista a menos que nos quedáramos demasiado tiempo. Entonces lo único que hacían era demostrar que nos estaban observando. Con eso bastaba. Se pone uno nervioso cuando una partida de cabezas chatas se le planta delante.

–¡No cabe la menor duda! –dijo Thonolan–. Pero, ¿qué quiere decir eso de «divertirse con los cabezas chatas»? A mí no se me ocurriría meterme en líos con ellos.

–Todo empezó como una broma. Charoli y sus camaradas se retaban a ver cuál de ellos se atrevía a correr y tocar a un cabeza chata. Pueden volverse bastante feroces si les fastidias. Un día los jóvenes se agruparon en torno de un cabeza chata que encontraron aislado..., hostigándole para que los persiguiera. Por lo general, cualquier hombre puede ganarles a la carrera, pero tendrá que seguir corriendo: los cabezas chatas tienen las piernas cortas pero mucho aliento. No sé exactamente cómo empezó todo, pero al cabo de poco tiempo la pandilla de Charoli se dedicaba a propinarles palizas. Sospecho que uno de esos cabezas chatas a quienes fastidiaban atrapó a alguno de los muchachos y los demás intervinieron para defender a su amigo. Sea como fuere, lo tomaron por costumbre, pero incluso siendo varios contra un solo cabeza chata, no se iban sin unas cuantas magulladuras.

–Me lo creo –dijo Thonolan.

–Pero lo que hicieron después fue peor aún –agregó Filonia.

–¡Filonia! ¡Es repugnante! No quiero que hables de eso –dijo Laduni, realmente enfadado.

–¿Qué hicieron? –preguntó Jondalar–. Si vamos a cruzar por territorio de los cabezas chatas, será mejor que lo sepamos.

–Supongo que tienes razón, Jondalar. Lo que pasa es que me desagrada hablar de ello delante de Filonia.

–Soy una mujer adulta –afirmó ella, pero su voz no sonó muy convincente.

El hombre la miró, reflexionando, después pareció tomar una decisión:

–Los machos comenzaron a salir sólo por parejas o grupos, y eso fue demasiado para la pandilla de Charoli. De manera que empezaron a tratar de fastidiar a las hembras. Pero las hembras de los cabezas chatas no pelean. No es divertido meterse con ellas, sólo se asustan y echan a correr. De modo que la pandilla decidió utilizarlas para otro tipo de juego. No sé quién se atrevería primero..., probablemente fue Charoli quien los incitó. Es la clase de cosas que es capaz de hacer.

Other books

The Road to Love by Linda Ford
Blackass by A. Igoni Barrett
Arabel and Mortimer by Joan Aiken
Gilead's Craft by Nik Vincent
My Lost Daughter by Nancy Taylor Rosenberg
The Darkest Lie by Pintip Dunn
The Deep Blue Good-By by John D. MacDonald


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2024