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Authors: Jean M. Auel

El valle de los caballos (3 page)

Recordó que todos le habían estado agradecidos por salvar la vida de la niña. Incluso Brun la ayudó a salir del agua. Entonces había experimentado una cálida sensación de ser aceptada, de ser realmente una de ellos. Sus piernas largas y rectas, su cuerpo delgado, su excesiva estatura, su cabello rubio, sus ojos azules y su frente alta no importaron ya. Algunos del clan intentaron aprender a nadar después de aquello, pero no flotaban bien y les asustaban las aguas profundas.

«Me pregunto si Durc podría aprender. Nunca fue tan pesado como los otros bebés, y nunca será tan musculoso como la mayoría de los hombres. Creo que podría...

»¿Quién va a enseñarle si yo no estoy allí? Uba no sabe. Ella le cuidará; le quiere tanto como yo, pero no sabe nadar. Y Brun tampoco. Brun le enseñará a cazar, lo protegerá. No permitirá que Broud le haga daño a mi hijo, lo prometió... aun cuando se suponía que ya no podía verme. Brun fue un buen jefe, no como Broud...

»¿Es posible que Broud haya hecho que Durc se iniciara dentro de mí?» Ayla se estremeció recordando cómo la había forzado Broud. «Iza decía que los hombres actuaban así con las mujeres que les gustaban, pero Broud sólo lo hacía porque sabía cuánto horror me causaba. Todos dicen que lo que inicia los bebés es el espíritu de un tótem. Pero ningún hombre tiene un tótem lo suficientemente fuerte para vencer a mi León Cavernario. Sólo quedé embarazada después de que Broud comenzara a forzarme, y todos se sorprendieron. Nadie pensó que yo llegaría a tener un bebé...

»Ojalá pueda verle cuando sea grande. Ya está alto para su edad, como yo. Será el hombre más alto del clan, estoy segura...

»¡No, no lo estoy! Nunca lo sabré. No volveré a ver a Durc.

»Deja de pensar en él, se ordenó a sí misma, secándose una lágrima.» Se levantó y echó a andar hacia la orilla del río. «De nada sirve pensar en él. Y con eso no voy a cruzar el río.»

Había estado tan sumida en sus pensamientos que no reparó en el tronco en forma de horquilla que flotaba cerca de la orilla. Miraba con cierta fijeza desinteresada cómo las ramas abiertas del árbol caído lo detenían entre sus ramas enmarañadas, y contemplaba sin verlo el tronco que oscilaba y luchaba por liberarse durante un rato. Pero tan pronto como se fijó en él, vio también las posibilidades que encerraba.

Vadeó las aguas poco profundas y tiró de él arrastrándolo hasta la playa. Era la parte superior del tronco de un árbol de buen tamaño, recientemente quebrado por una violenta inundación río arriba, y no estaba saturado de agua. Con un hacha de mano que llevaba en uno de los repliegues de su capa de cuero, recortó la más larga de las dos ramas bifurcadas hasta dejarla del mismo tamaño que la otra; después las limpió de las ramitas que estorbaban, dejando dos vástagos bastante largos.

Después de echar una mirada en derredor, se dirigió hacia un grupo de abedules cubiertos de clemátides trepadoras. Tirando de una liana leñosa joven consiguió desprender toda una planta larga y resistente. Regresó arrancando las hojas. Entonces extendió su tienda de cuero en el suelo y colocó encima el contenido de su cuévano. Ya era hora de hacer inventario y volver a guardarlo todo ordenadamente.

Puso sus polainas de cuero y sus manoplas de piel en el fondo del cuévano junto con el manto forrado de pieles, ya que ahora usaba el de verano; no los necesitaría antes del próximo invierno. Se detuvo un instante, preguntándose dónde se encontraría el invierno próximo, pero no deseaba pensar en ello. Interrumpió de nuevo su tarea al coger el manto de cuero fino y flexible que había usado para cargar a Durc sobre la cadera cuando le llevaba a cuestas.

No le hacía falta, no era necesario para su supervivencia. Sólo se lo había llevado porque era algo que había estado en contacto con el niño. Lo acercó a su mejilla, después lo dobló cuidadosamente y lo metió en el cuévano. Encima colocó las tiras de cuero suave que utilizaba durante su menstruación. A continuación, un par de protectores de los pies de repuesto. Ahora andaba descalza, pero seguía poniéndoselos cuando hacía frío o humedad, y estaban muy desgastados. Se alegraba de haberse traído un segundo par.

Después examinó sus alimentos. Había un paquete de corteza de abedul lleno de azúcar de arce, el último que le quedaba. Ayla lo abrió, partió un trozo y se lo comió, preguntándose si volvería a probar el azúcar de arce cuando se le acabara aquél.

Le quedaban varios panes de viaje, del tipo del que se llevaban los hombres cuando iban de cacería; se componían de grasa derretida, carne seca molida y frutos secos. Sólo de pensar en la rica grasa se le hizo la boca agua. La mayoría de los animalitos que cazaba con la honda eran magros. Sin los alimentos vegetales que recolectaba, se hubiera consumido poco a poco con una dieta que constaba sólo de proteínas. También las grasas o los carbohidratos eran necesarios en una forma u otra.

Puso los panes de viaje en el cuévano sin caer en la tentación de comer de ellos un solo bocado, reservándolos para casos de emergencia. Agregó algunas tiras de tasajo –duro como el cuero, pero nutritivo–, unas pocas manzanas secas, algunas avellanas, unos saquitos de grano recogido de las hierbas de la estepa cerca de la caverna, y tiró una raíz podrida. Encima de los alimentos colocó su tazón, su capucha de piel de lobo y los protectores de los pies desgastados.

Desató su bolsa de medicinas de la correa que le servía de cinturón y frotó con la mano la suave piel impermeable de nutria, sintiendo los duros huesos de rabo y patas. La correa que cerraba la bolsa estaba enjaretada alrededor del orificio, y la cabeza curiosamente aplastada, que seguía sujeta por la parte posterior del cuello, servía de tapa. Iza la había hecho para ella, transmitiendo el legado de madre a hija, cuando Ayla se convirtió en la curandera del Clan.

Recordó de pronto, al cabo de varios años, la primera bolsa de medicinas que le había hecho Iza, la que Creb había quemado la primera vez que la maldijeron. Brun tuvo que hacerlo. No estaba permitido que las mujeres tocaran las armas, y Ayla había estado empleando la honda durante varios años. Aun así le había dado la oportunidad de regresar... si podía sobrevivir.

«Tal vez me dio una oportunidad mayor de lo que él creía», pensó. «Me pregunto si estaría viva ahora, de no haber aprendido cómo la maldición de muerte le hace desear a una estar muerta. Salvo por haber tenido que abandonar a Durc, creo que la primera vez fue más duro. Cuando Creb quemó todas mis cosas, hubiera querido morirme.»

No había podido pensar en Creb, el dolor era demasiado reciente, la pena demasiado viva. Había amado al viejo mago tanto como a Iza. Él había sido hermano de Iza y también de Brun. Privado de un ojo y de parte del brazo, Creb nunca había cazado, pero era el más grande de todos los hombres santos de los clanes. Mog-ur, respetado y temido... Su rostro viejo, tuerto y cubierto de cicatrices era capaz de amedrentar al más valeroso cazador, pero Ayla había conocido su lado más tierno.

La había protegido, se había preocupado por ella, la había amado como hija de una compañera que nunca tuvo. Ayla había tenido tiempo para acostumbrarse a la idea de que Iza había muerto, tres años antes, y aunque le dolía la separación, sabía que Durc seguía con vida. No había llorado a Creb. De repente, gritó su nombre.

–¡Creb...! ¡Oh, Creb...! ¿Por qué entraste de nuevo en la caverna? ¿Por qué tuviste que morir?

Sollozó desconsoladamente en la bolsa impermeable de piel de nutria. Entonces, desde muy adentro, un gemido agudo estalló en su garganta. Se meció de atrás para adelante, incapaz de contener su angustia, su pena y su desesperación. Pero allí no había un clan amante para unirse a sus lamentos y compartir su duelo. Se lamentaba sola, se lamentaba por su soledad.

Cuando se agotaron sus gemidos, se sintió vacía, pero su tremendo desconsuelo se había aliviado. Al cabo de un rato se acercó al río y se lavó el rostro, ocupándose después de introducir su bolsa de medicinas en el cuévano. No necesitó comprobar el contenido, sabía perfectamente lo que había dentro.

Agarró el palo de cavar y de repente lo arrojó lejos de sí, a impulsos de una ira que había venido a sustituir al dolor y fortalecía su determinación. «¡Broud no conseguirá que me muera!»

Aspiró profundamente y se impuso a sí misma seguir llenando el cuévano. Metió en él los materiales para hacer fuego y el cuerno de uro, después cogió algunas herramientas de pedernal que llevaba entre los pliegues de su manto. De otro repliegue sacó un guijarro redondo, lo lanzó al aire y lo cogió al vuelo. Cualquier piedra que tuviera el tamaño exacto podía ser lanzada con la honda, pero la puntería mejoraba con proyectiles redondos y suaves. Guardó los pocos que tenía.

Entonces llevó la mano a su honda, una tira de piel de venado con una bolsa en el centro para colocar las piedras y con largos extremos retorcidos por el uso. Desde luego que se quedaba con ella. Desató una larga cinta de cuero, colocada alrededor de su manto de piel suave de venado de manera que se formaran pliegues para llevar cosas. Cayó el manto y Ayla se quedó desnuda, excepto por la bolsita de cuero que llevaba colgada de un cordel rodeándole el cuello y que contenía su amuleto. Se lo quitó pasándoselo por la cabeza y se sintió más desnuda sin el amuleto que sin el manto, porque los objetos pequeños y duros que encerraba la pequeña bolsa resultaban tranquilizadores.

Eso era todo: la suma total de sus posesiones, lo único que necesitaba para vivir..., eso y los conocimientos, la habilidad, la experiencia, la inteligencia, la decisión y el valor.

Rápidamente enrolló su amuleto, sus herramientas y su honda en el manto y lo metió todo en el cuévano; después envolvió éste en la piel de oso y lo amarró con la correa más larga. Volvió a enrollarlo todo dentro de la tienda de piel de uro y lo ató al tronco con la liana en el punto en que las ramas formaban la horquilla.

Se quedó mirando al ancho río y al lejano ribazo y pensó en su tótem; a continuación cubrió el fuego con arena y empujó el tronco, con todas sus preciosas posesiones, hacia el agua del río, alejándolo del árbol de la orilla. Colocándose en la horquilla, Ayla agarró los extremos de las ramas y de un empujón puso a flote su balsa.

Todavía helada por el hielo derretido del glaciar, el agua gélida le envolvió el cuerpo desnudo. Jadeó, respirando con dificultad, pero al acostumbrarse al frígido elemento, una especie de entumecimiento se apoderó de ella. La poderosa corriente se adueñó del tronco; trató de terminar su tarea llevándoselo hasta el mar, y lo empujó entre grandes oleadas, pero las ramas separadas impidieron que se diera la vuelta. Pataleando con fuerza, Ayla luchaba por abrirse paso a través del caudaloso río y se desvió en ángulo hacia la orilla opuesta.

Sin embargo, el avance era de una lentitud desesperante. Cada vez que alzaba la vista, le parecía que el otro lado del río estaba más lejos de lo que esperaba. Avanzaba mucho más río abajo que a través. Cuando la corriente la llevó más allá del lugar que había escogido para desembarcar, ya estaba cansada y el frío hacía descender la temperatura de su cuerpo; tiritaba y le dolían los músculos. Parecía como si hubiera estado pataleando desde siempre con piedras colgadas de los pies, pero no cejó en su lucha.

Al fin, agotada, se rindió a la fuerza inexorable de la corriente. El río, aprovechándose, se llevó la balsa improvisada a favor de la corriente, con Ayla desesperadamente aferrada al tronco que ahora la arrastraba a ella.

Sin embargo, más adelante, el curso del río estaba cambiando, su dirección sur derivaba hacia el oeste al rodear un saliente del terreno. Ayla había cruzado más de las tres cuartas partes del camino a través del impetuoso torrente antes de rendirse al agotamiento, y cuando vio la ribera rocosa, en un esfuerzo decidido, recobró el control.

Obligó a sus piernas a que patalearan, esforzándose para llegar a tierra antes de que el río la llevara más allá de aquel punto. Cerrando los ojos, se concentró en mantener las piernas en movimiento. De repente, con un sobresalto, sintió que el tronco rascaba el fondo y se detenía.

Ayla no podía moverse. Medio sumergida, estaba tendida en el agua, cogida a las ramas quebradas. Una oleada de la turbulenta corriente alzó el tronco, liberándolo de las rocas afiladas y llenando de pánico a la joven. Hizo un esfuerzo para ponerse de rodillas y empujó hacia delante el lastimoso tronco, anclándolo en la playa; después cayó de nuevo al agua.

Pero no pudo descansar mucho rato. Presa de violentos escalofríos dentro del agua helada, consiguió nadar hasta el saliente. Tiró de los nudos de la liana y consiguió aflojarlos; tirando de ellos, arrastró el envoltorio hasta la playa. Más difícil resultó desatar el cuero con sus dedos temblorosos.

El destino vino en su auxilio. La correa se rompió en un punto débil. Ayla agarró la larga tira de cuero, la apartó, hizo a un lado el cuévano y, metiéndose en la piel de oso, se cubrió con ella. Para cuando dejó de tiritar, se había quedado dormida.

Ayla se dirigió hacia el norte, ligeramente orientada hacia el oeste, después de su peligrosa travesía del río. Los días del verano se volvían más calurosos a medida que la joven exploraba la inmensa estepa en busca de alguna señal de existencia humana. Las floraciones herbáceas que habían alegrado la corta primavera se apagaron y la hierba alcanzó casi el alto de su cintura.

Agregó a su dieta alfalfa y trébol, y le encantó encontrar chufas ricas en almidón y algo dulces, cuyas raíces descubría siguiendo sus tallos rastreros. Las vainas de astrágalo se hinchaban con bolitas verdes y ovaladas; además, sus raíces también eran comestibles y a la joven no le costaba nada diferenciarlas de las venenosas. Cuando terminó la temporada de las yemas de lirios amarillos, las raíces seguían estando tiernas. Unas cuantas variedades de grosellas enanas, que maduraban temprano, habían comenzado a tomar color, y siempre podía comer algo fresco, pues abundaban las hojas nuevas de amaranto, mostaza u ortigas verdes.

A su honda no le faltaban blancos. Pikas esteparias, marmotas, jerbos grandes, liebres –con el pelaje de un gris oscuro y no blanco como en invierno– y, de cuando en cuando, algún hámster omnívoro, gigante, cazador de ratones, abundaban en las planicies. Pero la ortega del sauce, que vuela bajo, y la perdiz blanca siempre constituían un verdadero manjar. Ayla no podía comer perdiz blanca sin recordar que las gordas aves de patas emplumadas eran las predilectas de Creb.

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