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Authors: Jeannette Walls

Tags: #Memorias, #Narrativa, #Ensayo

El castillo de cristal (5 page)

—¿En cuántos sitios hemos vivido? —le pregunté a Lori.

—Eso depende de lo que quieras decir con «vivir» —replicó—. Si pasas una noche en una ciudad, ¿has vivido allí? ¿Y si son dos noches? ¿Y una semana entera?

Me quedé pensando.

—Si desempaquetas todas tus cosas —dije.

Contamos once sitios en los que habíamos vivido, y luego perdimos la cuenta. No recordábamos los nombres de algunas de las ciudades o cómo eran las casas en las que estuvimos. Lo que recordaba era sobre todo el interior de los coches.

—¿Qué crees que sucedería si no nos cambiáramos siempre de sitio? —pregunté de nuevo.

—Nos atraparían —contestó Lori.

• • •

Cuando mamá y papá salieron del Bar None Bar, nos trajeron un gran trozo de cecina y una golosina para cada uno. Yo empecé por la cecina, y cuando quité el envoltorio a mi chocolatina Mounds, se había derretido convirtiéndose en una masa pringosa de color marrón, así que decidí guardarla hasta la noche, para que el frío del desierto volviera a endurecerla.

Atravesamos el pueblo que venía después del Bar None Bar. Papá conducía y fumaba con una mano y con la otra sostenía una botella marrón de cerveza. Lori iba en el asiento de delante, entre mamá y él, y Brian iba detrás conmigo, intentando convencerme de cambiar la mitad de su chocolatina 3 Musketeers por la mitad de mi Mounds. En ese preciso momento, al pasar sobre unas vías del tren, hicimos un brusco viraje, la puerta se abrió y me caí del coche.

Rodé varios metros por el terraplén, y cuando finalmente me detuve, estaba demasiado aturdida como para llorar, con la respiración entrecortada y la boca y los ojos llenos de polvo y piedrecillas. Alcé la cabeza y pude ver la Vagoneta Verde haciéndose más pequeña hasta desaparecer detrás de una curva.

Me corría sangre por la frente y también me sangraba la nariz. Las rodillas y los codos estaban llenos de arañazos en carne viva y cubiertos de arena. Todavía tenía en la mano la barra de Mounds, pero la había aplastado durante la caída, desgarrando el envoltorio y exprimiendo el relleno blanco de coco, que también estaba cubierto de polvo.

Cuando recuperé la respiración, me arrastré por el terraplén del ferrocarril hasta alcanzar la carretera y me senté a esperar a que volvieran mamá y papá. Me dolía todo el cuerpo. El sol se veía pequeño y blanco y hacía un calor sofocante. Se levantó un viento que arremolinaba el polvo a los lados de la carretera. Esperé lo que me pareció un largo rato antes de llegar a la conclusión de que era posible que mamá y papá no volvieran a buscarme. A lo mejor no se habían dado cuenta de que ya no estaba en el coche. Pero también podrían haber decidido que no valía la pena hacer todo el camino de regreso para rescatarme, y que, al igual que
Quijote,
el gato, yo era una molestia y una carga de la que podían prescindir.

El pueblecito que acabábamos de atravesar estaba sumido en el silencio y no se veían más coches en la carretera. Me puse a llorar, pero lo único que conseguí con ello fue que aumentara mi dolor. Me levanté y empecé a caminar hacia las casas, y luego pensé que si mamá y papá regresaban a buscarme, no me encontrarían, así que volví a las vías del tren y me senté de nuevo.

Me estaba raspando la sangre seca de mis piernas cuando alcé la vista y vi la Vagoneta Verde apareciendo por la curva. Venía hacia mí, volando por la carretera, y agrandándose, hasta que clavó los frenos justo delante de mí. Papá bajó del coche, cayó de rodillas e intentó abrazarme.

Yo le aparté de mí.

—Pensé que me ibais a dejar abandonada —le recriminé.

—Ahhh, jamás haría semejante cosa —dijo él—. Tu hermano intentó decirnos que te habías caído, pero berreaba tan condenadamente fuerte que no podíamos entender ni una palabra de lo que nos decía.

Papá me quitó las piedrecillas del rostro. Algunas se me habían incrustado en la piel. Entonces, buscó en la guantera unos alicates de punta fina. Cuando me extrajo todas las piedrecillas de las mejillas y la frente, sacó su pañuelo e intentó detener la sangre que me salía por la nariz. Goteaba como un grifo averiado.

—Diablos, cariño —dijo—. No veas si te has roto el armario de los mocos.

Reí a carcajadas. «Armario de los mocos» era el nombre más gracioso que jamás había oído para llamar a la nariz. Cuando papá acabó de limpiarme y volví a subir al coche, les hablé de aquella expresión a Brian, a Lori y a mamá, y todos rieron tan estruendosamente como yo. Armario de los mocos. Era divertidísimo.

Estuvimos viviendo en las vegas más o menos un mes, en una habitación de motel con las paredes rojas y dos camas pequeñas. Nosotros tres dormíamos en una y papá y mamá en la otra. Durante el día íbamos a los casinos; papá decía que tenía un método infalible para ganarle a la banca. Brian y yo jugábamos al escondite entre las máquinas tragaperras y revisábamos la bandeja de las monedas por si a alguien se le había olvidado alguna, mientras papá estaba ganando dinero en la mesa de
blackjack.
Yo me quedaba mirando a las coristas de esbeltas piernas que andaban pavoneándose por el salón del casino, con las lentejuelas destellando por todo su cuerpo y los ojos pintados. Cuando trataba de imitar su modo de andar, Brian decía que parecía un avestruz.

Al acabar el día, papá venía a buscarnos, con los bolsillos llenos de dinero. Nos compraba sombreros de
cowboys
y chalecos con flecos e íbamos a tomar filetes de pollo frito a restaurantes helados por el aire acondicionado en los que había unas pequeñas máquinas de discos en cada mesa. Una noche que papá ganó un premio especialmente grande, dijo que era hora de empezar a vivir como los jugadores derrochones en los que nos habíamos convertido. Nos llevó a un restaurante con puertas como las de las tabernas de las películas de vaqueros. En el interior, las paredes estaban decoradas con auténticas herramientas de mineros. Había un hombre con gomas en los brazos tocando el piano y una mujer con guantes hasta los codos acudía a toda prisa a encender los cigarrillos de papá.

Papá nos contó que tomaríamos un postre especial: una tarta helada flambeada. El camarero trajo el dulce en una mesita de ruedas y la mujer de los guantes le prendió fuego con una cerilla del tamaño de un lápiz. Todo el mundo interrumpió su comida para mirar. Las llamas, tenues, hacían un movimiento lento, elevándose en el aire como si fueran cintas. Papá se puso de pie de un salto, agarró el brazo del camarero y lo levantó, como si éste hubiera ganado un primer premio.

Unos días después, mamá y papá se fueron a la mesa de
blackjack
y luego, casi inmediatamente, vinieron a buscarnos. Papá dijo que uno de los corredores de apuestas se imaginó que estaba utilizando algún sistema y había hecho correr la voz sobre ello. Era hora de poner pies en polvorosa.

• • •

Teníamos que irnos lejos de Las Vegas, dijo papá, porque la mafia, que era a quien pertenecían los casinos, le estaba persiguiendo. Nos dirigimos al Oeste, a través del desierto y luego de las montañas. Mamá afirmó que deberíamos vivir cerca del océano Pacífico al menos una vez en la vida, así que seguimos viajando sin parar hasta San Francisco.

Mamá no quería que parásemos en uno de esos hoteles típicos para turistas que están cerca de Fisherman's Wharf, según ella eran artificiosos y estaban aislados de la verdadera vida de la ciudad, así que encontramos uno con mucha más personalidad, en un lugar llamado Tenderloin District. Allí también se alojaban marineros y mujeres muy maquilladas. Papá dijo que era un albergue para vagabundos, pero mamá aclaró que era un SRE, y cuando yo pregunté qué quería decir eso, dijo que el hotel era sólo para residentes especiales.

Cuando mamá y papá estaban fuera buscando dinero para invertir en el Prospector, nosotros nos quedábamos jugando en el hotel. Un día encontré una caja de cerillas medio llena. Me puse loca de contento, porque las cerillas de madera me gustaban mucho más que las delgaduchas que venían en carteritas. Subí con ellas a mi habitación y me encerré en el baño. Cogí un poco de papel higiénico, lo encendí, y cuando empezó a quemarse, lo arrojé al inodoro. Torturaba al fuego: le daba vida y luego se la apagaba. Después se me ocurrió una idea mejor. Puse un montón de papel higiénico en el inodoro, lo encendí y cuando empezó a arder, con la llama brotando silenciosa hacia fuera de la taza, tiré de la cadena para que se la llevara el agua.

Una noche, pocos días después, me desperté repentinamente. El aire era caliente, sofocante. Noté el olor a humo y vi que había llamas trepando por la ventana abierta. Al principio no pude distinguir si el fuego era dentro o fuera, pero luego me di cuenta de que una de las cortinas, a un par de metros de la cama, estaba ardiendo.

Mamá y papá no estaban en la habitación y Lori y Brian todavía dormían. Traté de gritar para advertirles, pero no pude emitir sonido alguno. Quise acercarme a ellos y sacudirlos para despertarlos, pero no podía moverme. El fuego se intensificaba, haciéndose más vivo y más feroz.

Justo en ese momento, la puerta se abrió de un golpe. Alguien nos llamaba pronunciando nuestros nombres. Era papá. Lori y Brian se despertaron y corrieron hacia él, tosiendo por el humo. Yo seguía sin poder moverme. Miraba el fuego, pensando que en cualquier momento mi manta sería alcanzada por las llamas. Papá me envolvió con la manta, me levantó y luego corrió escaleras abajo, guiando a Lori y a Brian con un brazo y sosteniéndome a mí con el otro.

Nos llevó a un bar en la acera de enfrente, y después regresó a ayudar a combatir el fuego. Una camarera con las uñas pintadas de rojo y cabellos negros azulados nos preguntó si queríamos una Coca-Cola o, ¡caray!, incluso una cerveza, porque habíamos pasado por una dura experiencia esa noche. Brian y Lori se decidieron por las Coca-Colas. Yo pregunté si podría tomar, por favor, un Shirley Temple, que era lo que papá me compraba cada vez que me llevaba a un bar. Por alguna razón, la camarera se rió.

La gente en el bar se puso a bromear acerca de las mujeres que salieron corriendo desnudas del hotel en llamas. Todo lo que yo llevaba puesto era mi ropa interior, así que me mantuve bien envuelta en la manta. Después de tomar mi Shirley Temple, traté de regresar y cruzar la calle para mirar el fuego, pero la camarera me retuvo, así que me subí a una banqueta para poder observarlo desde la ventana. Habían llegado los coches de bomberos. Se veían las luces giratorias de las sirenas y hombres vestidos con trajes de goma negra sosteniendo mangueras que echaban enormes chorros de agua.

Me pregunté si el fuego habría salido a buscarme. Me pregunté si todos los fuegos estaban emparentados, igual que papá decía que todos los humanos estaban emparentados; si el fuego que me había quemado el día que cocinaba estaba conectado, de alguna manera, con el fuego que había ahogado tirando de la cadena del inodoro y con el que quemaba el hotel. No tenía las respuestas a esas preguntas, pero lo que sí sabía era que vivía en un mundo que en cualquier momento podía incendiarse. Era la clase de conocimiento que te hacía permanecer alerta.

• • •

Tras el incendio del hotel, vivimos durante unos días en la playa. Al reclinar el asiento trasero de la Vagoneta Verde quedaba espacio para acostarnos todos, aunque a veces los pies de alguno se me incrustaban en la cara. Una noche, apareció un policía y nos llamó con unos golpecitos en la ventanilla, para que nos marcháramos; era ilegal dormir en la playa. Estuvo amable y nos llamó «amigos», e incluso nos hizo un mapa para llegar a un lugar en el que podríamos dormir sin ser arrestados.

Pero cuando se fue, papá le llamó miembro de la condenada Gestapo, diciendo que las personas como él se divertían dedicándose a presionar a la gente como nosotros. Papá estaba hasta el gorro de la civilización. Mamá y él decidieron que volveríamos a trasladarnos al desierto y reanudaríamos nuestra búsqueda de oro sin inversión inicial.

—Estas ciudades os terminarán matando —dijo él.

Tras levantar el campamento en San Francisco, nos dirigimos al desierto de Mojave. Mamá le dijo a papá que detuviera el coche cuando estábamos cerca de las montañas del Águila. Había visto un árbol a un lado de la carretera que le había llamado la atención.

No era un árbol cualquiera. Era un antiquísimo árbol de Josué. Se erguía en una franja de tierra en la que terminaba el desierto y empezaba la montaña, formándose una especie de túnel ventoso. Desde que era un simple retoño, el árbol de Josué había sido tan castigado por el azote del viento que en vez de crecer hacia lo alto lo había hecho en la dirección que éste le había imprimido. Ahora vivía en un estado permanente de inclinación y tan arqueado que parecía a punto de caerse, a pesar de que sus raíces lo sujetaban firmemente a la tierra.

A mí aquel árbol me pareció feo. Estaba esmirriado y tenía un extraño aspecto, permanentemente fijado en su postura torturada, retorcida; me hizo pensar en lo que los adultos decían sobre no deformar el rostro haciendo muecas porque podía suceder que se nos congelaran los rasgos. Sin embargo, mamá pensaba que era uno de los árboles más hermosos que había visto jamás. Nos dijo que tenía que pintar un cuadro con él.

Mientras preparaba el caballete, papá se dirigió carretera arriba para ver qué había más adelante. Encontró unas cuantas casas desperdigadas, resecas por el sol, caravanas medio enterradas en la arena y casuchas con techos de chapa herrumbrosa. El lugar se llamaba Midland. Una de las casitas tenía un letrero de «Se alquila».

—¡Qué diablos! —exclamó papá—. Este lugar es tan bueno como cualquier otro.

• • •

La casa alquilada había sido construida por una compañía minera. Era blanca, tenía dos habitaciones y el techo medio hundido. No había árboles, y la arena del desierto llegaba directamente hasta la puerta trasera. Por la noche se podía oír el aullido de los coyotes.

Durante los primeros días, esos coyotes me mantuvieron despierta, y mientras yacía en mi cama oí otros ruidos: monstruos de Gila (que son unos lagartos venenosos) haciendo crujir los matorrales, polillas golpeando contra el mosquitero y los arbustos sacudidos por el viento. Una noche, cuando las luces ya estaban apagadas y podía ver un gajo de luna por la ventana, oí el ruido de algo deslizándose por el suelo.

—Creo que hay algo debajo de mi cama —le dije a Lori.

—Es sólo producto de tu imaginación hiperactiva —replicó Lori. Cuando estaba fastidiada hablaba como una persona mayor.

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