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Authors: Jeannette Walls

Tags: #Memorias, #Narrativa, #Ensayo

El castillo de cristal (2 page)

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Cuando llegamos al hospital, las enfermeras me pusieron en una camilla. Hablaban entre susurros llenos de preocupación, mientras cortaban lo que quedaba de mi vestido rosa de fantasía con un par de tijeras relucientes. Luego me alzaron, me acostaron en una enorme cama de metal repleta de cubitos de hielo y esparcieron una parte del hielo sobre mi cuerpo. Un médico de cabellos color plata y gafas de montura negra le pidió a mi madre que lo acompañara fuera de la habitación. Cuando salían, le oí decir que mi estado era muy grave. Las enfermeras permanecieron detrás, pendientes de mí. Me di cuenta de que estaba provocando un gran jaleo y me quede quieta. Una de ellas me apretó la mano y me dijo que me pondría bien.

—Lo sé —afirmé—, pero si no es así, está bien igual.

La enfermera volvió a apretarme la mano y se mordió el labio inferior.

La habitación era pequeña y blanca, resplandeciente por las luces y los armarios metálicos. Me quedé mirando un ratito las hileras de puntos minúsculos de los paneles del techo. Cubitos de hielo cubrían mi tripa y mis costillas y me presionaban las mejillas. Con el rabillo del ojo vi una mano minúscula y sucia que se estiraba y agarraba un puñado de cubitos de hielo a unos centímetros de mi rostro. Oí un fuerte crujido y miré hacia abajo. Era Brian; se estaba comiendo el hielo.

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Los médicos afirmaron que sobreviví porque tuve buena suerte. Sacaron trozos de piel de la parte superior de mi muslo y los colocaron sobre las zonas más dañadas por las quemaduras, en la tripa, sobre las costillas y en el pecho. Dijeron que eso se llamaba injerto de piel. Cuando hubieron terminado, envolvieron todo mi costado derecho con vendas.

—Mira, soy media momia —le dije a una de las enfermeras. Ella sonrió y me puso el brazo derecho en cabestrillo, sujetándolo a la cabecera para que no lo moviera.

Las enfermeras y los médicos no dejaron de hacerme preguntas: ¿Cómo te quemaste? ¿Tus padres te han hecho daño alguna vez? ¿Por qué tienes todos esos moratones y heridas? Mis padres nunca me han hecho daño, dije. Las heridas y los moratones me los hice jugando fuera y las quemaduras me las hice cocinando unas salchichas. Me preguntaron qué hacía cocinando sola unas salchichas, si tenía tres años. Era fácil, dije.

Sólo tienes que poner las salchichas en el agua y hervirlas. No era corno esas recetas complicadas que sólo un adulto sabe hacer. El cazo era demasiado pesado para que yo pudiera levantarlo cuando estaba lleno de agua, así que puse una silla al lado del fregadero, me subí y llené un vaso, luego me puse de pie sobre una silla delante de la cocina y vertí el agua en el cazo. Hice eso una y otra vez hasta que el recipiente tuvo suficiente agua. Luego encendí la cocina, y cuando el agua hirvió, eché las salchichas.

—Mamá dice que soy muy madura para mi edad —les conté—, y me deja cocinar sola muchas veces.

Dos enfermeras intercambiaron una mirada, y una de ellas anotó algo en una de esas carpetas sujetapapeles. Le pregunté qué era lo que estaba mal. Nada, dijeron, nada.

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Cada dos días las enfermeras me cambiaban las vendas. Ponían a un lado las vendas sucias, apelmazadas y cubiertas de manchas de sangre, de una sustancia amarilla y de pedacitos de piel quemada. Luego me ponían otro vendaje, una gran tela de gasa, sobre las quemaduras. Por la noche me pasaba la mano izquierda sobre la superficie de la piel sin cubrir por las vendas, áspera y llena de costras. Las enfermeras me habían dicho que no lo hiciera, pero no podía resistir la tentación de tirar de las costras para ver si se desprendía alguna grande. Una vez que lograba que se cayeran algunas, hacía como si estuvieran hablando entre ellas, con voces que parecían el piar de los polluelos.

El hospital era limpio y reluciente. Todo blanco —las paredes, las sábanas y los uniformes de las enfermeras— o plateado —las camas, las bandejas y el instrumental médico—. Todos hablaban con voces tranquilas y amables. Era tan silencioso que uno podía oír los zapatos de suela de goma de las enfermeras a lo largo del pasillo. No estaba acostumbrada al orden y la tranquilidad, y me gustaron.

También me gustó la sensación de tener una habitación para mí sola, porque la de la caravana debía compartirla con mis hermanos. Mi habitación del hospital tenia incluso su propio televisor colgado de la pared. En casa no teníamos televisor, así que estaba encendido casi todo el día. Mis artistas favoritos eran Red Buttons y Lucille Ball.

Las enfermeras y los médicos me preguntaban constantemente cómo me sentía, si tenía hambre o necesitaba algo. Las enfermeras me traían deliciosas comidas tres veces al día, con postres como macedonia de frutas o gelatina, y me cambiaban las sábanas aunque todavía estuvieran limpias. A veces yo les leía algo, y ellas me decían que era muy lista y leía tan bien como un niño de seis años.

Un día, una enfermera de cabello ondulado muy rubio y ojos maquillados de azul entró mascando algo. Le pregunté qué era. Me dijo que era chicle. Nunca había oído hablar de semejante cosa, así que ella salió y me trajo un paquete entero. Extraje una tira, le quité el papel blanco y luego la hoja plateada brillante, estudié la goma color masilla cubierta de un polvillo del mismo color. Me la metí en la boca y me quedé impactada por su intensa dulzura.

—¡Está bueno de verdad! —exclamé.

—Mastícalo, pero no te lo tragues —me recomendó la enfermera, riendo.

Sonrió abiertamente y fue a buscar a algunas de sus compañeras para que me vieran mascar el primer chicle de mi vida. Cuando me trajo la comida, dijo que tenía que tirar el chicle, pero que no me preocupara porque podría tomar otro después de comer. Eso era lo que tenía el hospital. Nunca había que preocuparse de que faltara la comida, el hielo o el chicle. De buen grado me habría quedado allí para siempre.

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Cuando mi familia me visitaba, el eco de sus peleas, risas, cantos y gritos resonaba a través de los pasillos silenciosos. Las enfermeras pedían que guardaran silencio, y mis padres, Lori y Brian bajaban la voz unos minutos, y luego, poco a poco, la iban elevando otra vez. Todo el mundo se giraba siempre para mirar a papá. No estaba segura de si eso se debía a que era muy atractivo o a que se dirigía a las personas llamándolas «amigo» y «colega» y echaba la cabeza hacia atrás cuando se reía.

Un día, papá se inclinó sobre mi cama y me preguntó si las enfermeras y los médicos me trataban bien. Si no era así, dijo, iba a repartir unos cuantos puntapiés en el culo. Yo le conté lo agradables y amables que eran todos.

—Bueno, no podía ser de otra manera —observó—. Saben que eres la hija de Rex Walls.

Cuando mamá quiso saber qué era lo que hacían los médicos y las enfermeras para ser tan agradables, le conté lo del chicle.

—¡Puaj! —exclamó. No aprobaba lo del chicle. Era un desagradable hábito de las clases bajas, y la enfermera debería haberle consultado antes de animarme a incorporar ese comportamiento tan vulgar. Dijo que iba a cantarle las cuarenta a esa mujer, ¡vaya si lo haría!—. Después de todo —continuó mamá—, tu madre soy yo, y debería tener voz y voto en lo que respecta a la forma de educarte.

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—¿Me echáis de menos, chicos? —le pregunté a mi hermana mayor, Lori, en una visita.

—La verdad es que no —respondió—. Han estado pasando demasiadas cosas.

—¿Como cuáles?

—Sólo lo de siempre.

—Tal vez Lori no te eche de menos, corazón, pero yo sí —dijo papá—. No deberías estar en este antro aséptico.

Se sentó en mi cama y empezó a contarme la historia de cuando a Lori la picó un escorpión venenoso. La había oído cientos de veces, pero todavía me gustaba cómo la relataba. Mis padres estaban de excursión por el desierto, y Lori, que tenía cuatro años, levantó una piedra y el escorpión escondido debajo la picó en la pierna. Le dieron convulsiones, se le entumeció el cuerpo y quedó bañada en sudor. Pero papá no confiaba en los hospitales, así que la llevó a un hechicero navajo, que le hizo un tajo en la picadura y la untó con una pasta marrón oscura mientras entonaba unos cánticos. Pronto estuvo repuesta, como nueva.

—Tu madre debería haberte llevado a ese hechicero el día que te quemaste —dijo papá—, no a estos curanderos tontos-del-culo salidos de la facultad de medicina.

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La siguiente vez que me fueron a visitar, Brian traía la cabeza envuelta en un sucio vendaje blanco con manchas de sangre seca. Mamá dijo que se había caído del respaldo del sofá y se había estampado la cabeza contra el suelo, pero que decidieron no llevarlo al hospital.

—Había sangre por todas partes —dijo mamá—, pero ya es suficiente con tener a un hijo en el hospital.

—Además —proclamó papá—, la cabeza de Brian es tan dura que seguramente el suelo se hizo más daño que él.

A Brian esto le pareció cómico, y empezó a reírse sin parar.

Mamá me contó que me había apuntado en un sorteo de una feria y que había ganado una vuelta en helicóptero. Me hizo una ilusión tremenda. Nunca había subido a un helicóptero o un avión.

—¿Cuándo voy a poder ir a dar esa vuelta? —pregunté.

—Vaya, ya lo hemos hecho —respondió mamá—. Ha sido divertido.

Luego papá se puso a discutir con un médico. La cosa empezó porque mi padre pensaba que no debería estar vendada.

—Las quemaduras tienen que airearse —le explicó al médico. El médico le replicó que las vendas eran necesarias para prevenir infecciones. Papá le miró fijamente—. Al diablo las infecciones —soltó, asegurándole que iba a quedar llena de cicatrices por su culpa, pero que no sería la única en salir de allí con cicatrices.

Papá movió el puño hacia atrás como si fuera a golpear al médico, que alzó las manos, apartándose un poco. Antes de que pudiera pasar nada, apareció un guardia de uniforme y les dijo a mis padres, a Lori y a Brian que tenían que marcharse.

Después de aquel suceso, una enfermera me preguntó si estaba bien.

—Por supuesto —afirmé.

Le dije que no me importaba quedarme con alguna vieja y tonta cicatriz. Eso estaba muy bien, me contestó, porque, por lo que ella podía ver, tenía otras cosas de las que preocuparme.

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Unos días después, cuando ya llevaba unas seis semanas en el hospital, apareció papá, solo, en la puerta de mi habitación. Me dijo que íbamos a tramitar la salida al estilo Rex Walls.

—¿Estás seguro de que eso está bien? —pregunté.

—Tú solamente confía en tu viejo —replicó papá.

Soltó mi brazo derecho del cabestrillo que colgaba por encima de mi cabeza. Al sostenerme tan cerca, sentí el olor familiar a whisky Vitalis y a humo de cigarrillos. Me acordé de casa.

Papá se dirigió al pasillo a toda prisa, llevándome en brazos. Una enfermera nos gritó que nos detuviéramos, pero él se puso a correr. Abrió de un empujón la puerta de una salida de emergencia y bajó apresuradamente las escaleras hasta alcanzar la calle. Nuestro coche, un Plymouth maltrecho al que llamábamos el Ganso Azul, estaba aparcado a la vuelta, con el motor en marcha. Mamá delante, Lori y Brian detrás, con
Juju
. Papá me deslizó en el asiento, al lado de mamá, y se puso al volante.

—Ya no tienes que preocuparte por nada, pequeña —susurró papá—. Ahora estás a salvo.

Unos días después de que mamá y papá me trajeran a casa, cociné unas salchichas. Tenía hambre, mamá estaba trabajando en un cuadro, y no había nadie más que me las preparara.

—Muy bien hecho —me felicitó mamá cuando me vio cocinando—. Tienes que volver a coger las riendas. No puedes vivir con miedo a algo tan básico como el fuego.

Y así fue. Al contrario, el fuego se convirtió en algo fascinante para mí. Papá también pensaba que yo debía enfrentarme cara a cara con mi enemigo y me enseñó a pasar el dedo a través de la llama de una vela. Lo hacía una y otra vez, cada vez más lentamente, mirando cómo mi dedo parecía cortar la llama por la mitad, intentando ver cuánto podía aguantar sin llegar a quemarme. Siempre andaba a la caza de un fuego cada vez más grande. Cuando los vecinos quemaban residuos, iba corriendo hacia la llamarada intentando escaparse del bidón de basura. Me aproximaba lentamente, más y más, sintiendo el calor en el rostro hasta que estar tan cerca se volvía insoportable, y luego me echaba atrás sólo lo mínimo indispensable para poder aguantarlo. La vecina que me llevó al hospital estaba sorprendida de que no saliera corriendo en dirección contraria cuando veía cualquier fuego.

—¿Por qué habría de hacerlo? —bramaba mi padre con una sonrisa burlona y orgullosa—. Ella luchó contra el fuego una vez, y venció.

Empecé a robarle cerillas a papá. Me iba a la parte posterior de la caravana y las encendía. Me encantaba el ruido de la cerilla al rasparla contra la tira de papel de lija marrón y cómo saltaba la llama en la punta roja con una pequeña explosión y un silbido. Sentía su calor cerca de las puntas de los dedos. Luego la sacudía triunfal. Encendía pedazos de papel y pequeños montones de paja, conteniendo la respiración hasta el momento en que parecía que el incendio iba a quedar fuera de control. Entonces daba unos pisotones encima de las llamas y gritaba las palabrotas que usaba papá, como «¡Mamón hijoputa!» y «¡Soplapollas!».

Una vez me fui allí detrás con mi juguete favorito, una muñequita de plástico de Campanilla. Era de unos cinco centímetros, con el cabello amarillo atado en una cola de caballo encima de la cabeza y las manos en las caderas, en una postura de chulita segura de sí misma que yo admiraba. Encendí una cerilla y la puse cerca del rostro de Campanilla para enseñarle la sensación. Ella parecía todavía más hermosa bajo el resplandor de la llama. Cuando se apagó esa cerilla, encendí otra y, esta vez, la puse mucho más cerca del rostro de la muñeca. De pronto, sus ojos se abrieron de par en par, como si tuviera miedo; me di cuenta, con horror, de que su rostro estaba empezando a derretirse. Retiré la cerilla, pero era demasiado tarde. La naricilla de Campanilla, que antes había sido perfecta, desapareció completamente y sus insolentes labios rojos fueron reemplazados por una espantosa mancha retorcida. Traté de suavizarle los rasgos para dejarlos como eran antes, pero lo único que logré fue empeorarlos. Casi inmediatamente su rostro se enfrió y volvió a endurecerse. Le puse vendas. Deseaba poder hacerle un injerto de piel, pero para ello habría debido cortarla en pedazos. Aun con su rostro derretido, seguía siendo mi juguete preferido.

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