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Authors: Jeannette Walls

Tags: #Memorias, #Narrativa, #Ensayo

El castillo de cristal (42 page)

El tren aminoró la marcha hasta detenerse. Los motores eléctricos zumbaban y vibraban, y tras una larga pausa, se abrieron las puertas. El andén se llenó de pasajeros, con sus periódicos plegados, sus bolsas de tela de fin de semana y sus abrigos de colores brillantes. En medio de la multitud, vi a mamá y a Lori, descendiendo de uno de los últimos vagones, y les hice señas con la mano.

Hacía cinco años que había muerto papá. Desde entonces sólo había visto a mamá esporádicamente, y ella aún no conocía a John ni había estado en la vieja casa de campo que compramos el año anterior. Había sido idea de mi marido invitarla a ella, y también a Lori y a Brian para el día de Acción de Gracias, la primera reunión de la familia Walls desde el funeral de papá.

Mamá nos dirigió una enorme sonrisa y empezó a correr hacia nosotros. En lugar de un abrigo, traía puestos lo que parecían ser cuatro jerseys y un mantón, un par de pantalones de pana y unas viejas zapatillas de deporte. Llevaba abultadas bolsas de la compra en ambas manos. Lori, detrás de ella, venía con una capa negra y un sombrero de fieltro negro. Formaban una curiosa pareja.

Mamá me abrazó. Sus largos cabellos estaban casi completamente grises, pero sus mejillas asomaban rosadas y sus ojos tan brillantes como siempre. Luego me abrazó Lori, y les presenté a John.

—Disculpadme por mi atuendo —dijo mamá—, pero mi plan es cambiarme estas zapatillas tan cómodas por unos zapatos de vestir para la cena. —Metió la mano en una de sus bolsas de compra y sacó un par de mocasines medio destrozados.

• • •

La sinuosa carretera que llevaba a la casa pasaba por debajo de puentes de piedra, bosques y pueblecitos, y al lado de pantanos en los que flotaban cisnes en los espejos de agua. La mayor parte de las hojas habían caído y las ráfagas de viento describían espirales a lo largo del camino. A través de las ramas desnudas de los árboles se vislumbraban las casas, invisibles durante el verano.

Mientras conducía, John les contaba a mamá y a Lori cosas sobre la zona, las granjas de patos y flores y del origen indio del nombre de nuestro pueblo. Sentada a su lado, examiné su perfil y no pude evitar sonreír. John escribía libros y artículos para revistas. Al igual que yo, cuando era niño vivió en diferentes lugares, pero su madre había sido criada en un pueblecito de los Apalaches en Tennessee, a unos ciento cincuenta kilómetros al suroeste de Welch, así que se podía decir que nuestras familias eran de la misma región. Nunca había conocido un hombre como él, con el que quisiera compartir todo mi tiempo. Le amaba por muchas razones: cocinaba sin recetas, escribía poemas en estilo absurdo para sus sobrinas; su numerosa y cálida familia me aceptó como una más. Y cuando le mostré mi cicatriz por primera vez, dijo que era interesante. Usó la palabra
«texturada».
Explicó que «suave» era aburrida pero
«texturada»
era interesante, y la cicatriz significaba que era más fuerte que aquello que trató de herirme, fuera lo que fuera.

• • •

Nos detuvimos en la entrada del garaje. Jessica, la hija del primer matrimonio de John, que tenía quince años, salió de la casa, junto a Brian, su hija de ocho años, Verónica, y su mastín,
Charlie.
Brian tampoco había visto demasiadas veces a mamá desde el funeral de papá. La abrazó e inmediatamente empezó a hacerle bromas por sus regalos «recogidos en el contenedor de basura» que ella trajo para todos en sus bolsas de la compra: cubiertos oxidados, viejos libros y revistas, unas cuantas piezas de porcelana fina de los años veinte que sólo tenían algunas grietas.

Brian había ascendido a sargento detective condecorado y dirigía una unidad especial que investigaba el crimen organizado. Él y su esposa se separaron en la misma época que Eric y yo, pero halló consuelo en la compra y rehabilitación de las ruinas de una antigua casa en Brooklyn. Hizo una nueva instalación eléctrica, cambió la fontanería, puso una nueva caldera, reforzó las vigas del suelo y construyó un nuevo porche, todo él solo. Era la segunda vez que compraba una auténtica ruina y la restauraba a la perfección. Además, había tíos mujeres, al menos, que andaban tras él con intenciones de casarse. Le iba bastante bien.

Les enseñamos los jardines, preparados para el invierno. John y yo hicimos el trabajo solos: rastrillamos las hojas y las molimos en la trituradora, cortamos las plantas perennes muertas y preparamos los mantillos, luego extendimos el compost en el huerto para, finalmente, cultivar. También desenterramos los bulbos de dalia para almacenarlos en un cubo de arena en el sótano. Además, John cortó y amontonó la leña de un arce seco talado y se subió al tejado para reemplazar algunas tejas de cedro deterioradas.

Mamá sacudía la cabeza ante nuestros preparativos; siempre había apreciado la autosuficiencia. Admiró la glicinia trepando alrededor del cobertizo, las trompetas de Virginia en la pérgola y el gran bosquecillo de bambú en el fondo. Cuando vio la piscina, se apoderó de ella un impulso, fue corriendo a subirse a la cubierta elástica verde para comprobar su resistencia y se cayó, chillando de risa. John y Brian tuvieron que tirar de ella para sacarla, mientras la hija de Brian, Verónica —que no había visto a mamá desde que era pequeñita—, miraba con los ojos como platos.

—La abuela Walls es distinta a tu otra abuela —le dije.

—Vaya si es distinta —convino Verónica.

La hija de John, Jessica, se volvió hacia mí y dijo:

—Pero se ríe exactamente igual que tú.

• • •

Les mostré la casa. Todavía iba a la oficina en la ciudad una vez por semana, pero era aquí donde vivíamos y trabajábamos John y yo, nuestro hogar —la primera casa propia que había tenido jamás—. Mamá y Lori admiraron los suelos de entarugado de madera, las grandes chimeneas y las vigas del techo hechas de troncos de algarrobo, con las marcas de los hachazos de cuando fueron talados. Mamá puso sus ojos en un sofá egipcio comprado en un mercado de segunda mano. Tenía las patas talladas y el respaldo de madera con incrustaciones de triángulos de nácar. Sacudió la cabeza en señal de aprobación.

—Toda casa que se precie —afirmó— necesita un mueble de verdadero mal gusto.

La cocina estaba inundada del olor del pavo al horno preparado por John, con un relleno de salchichas, setas, nueces, manzanas y miga de pan con especias. También había hecho cebollas con nata, arroz salvaje, salsa de arándanos y calabazas guisadas. Yo preparé tres tartas con manzanas de un huerto cercano.

—¡Un tesoro! —gritó Brian.

—¡La hora del banquete! —repliqué yo.

Miró los platos. Sabía lo que estaba pensando, lo que pensaba cada vez que veía un despliegue semejante. Sacudió la cabeza y dijo:

—Vaya, realmente no es tan difícil poner comida en la mesa si uno está decidido a hacerlo.

—Venga, nada de recriminaciones —dijo Lori.

Tras sentarnos a cenar, mamá nos dio sus buenas noticias. Había sido una
squatter
durante casi quince años y, finalmente, la ciudad decidió venderles los apartamentos a ella y a los demás
squatters
por un dólar cada uno. No podía aceptar nuestra invitación a quedarse más tiempo, dijo, porque tenía que regresar para una reunión del comité de
squatters.
Mamá también dijo que hablaba con Maureen, que todavía vivía en California, y que nuestra hermanita, con quien yo no había hablado desde que se marchó de Nueva York, estaba pensando en hacernos una visita.

Empezamos a contar algunas de las grandes historias de papá: acariciar el guepardo, llevarnos a la cacería del Demonio, regalarnos estrellas por Navidad.

—Tendríamos que brindar por Rex —dijo John.

Mamá miró hacia el techo, poniendo cara de estar pensando con aire desconcertado.

—Lo tengo. —Levantó su copa—. La vida con vuestro padre nunca resultó aburrida.

Levantamos nuestras copas. Casi podía oír a papá riéndose por el comentario de mamá de aquella forma peculiar que tenía cuando disfrutaba verdaderamente de algo. Fuera había oscurecido. Se levantó viento, vibraron las ventanas, y las llamas de las velas, de pronto, empezaron a moverse, bailando en el límite entre el caos y el orden.

— FIN —

Agradecimientos

Quisiera darle las gracias a mi hermano, Brian, por haber estado siempre a mi lado, cuando crecíamos y mientras redactaba estas memorias. Tengo también una deuda de gratitud con mi madre, por creer en el arte y la verdad, y por apoyar la idea de escribir este libro; con mi brillante y talentosa hermana mayor, Lori, por haberlo aprobado con indulgencia; y con mi hermana menor, Maureen, a quien siempre amaré. Y con mi padre, Rex S. Walls, por soñar todos aquellos grandes sueños.

También me siento especialmente agradecida a mi agente, Jennifer Rudolph Walsh, por su compasión, perspicacia, tenacidad y apoyo entusiasta; a mi editora, Nan Graham, por su agudo sentido para decidir cuánto es suficiente y por ser tan profundamente cuidadosa; y a Alexis Gargagliano por su lectura reflexiva y sensible.

Vaya mi agradecimiento, por animarme desde el primer momento, a Jay y Betsy Taylor, Laurie Peck, Cynthia y David Young, Amy y Jim Scully, Ashley Pearson, Dan Mathews, Susan Watson y Jessica Taylor y Alex Guerrios.

Nunca podré llegar a agradecer lo suficiente a mi marido, John Taylor, quien me convenció de que ya había llegado el momento de contar mi historia y luego tiró del hilo hasta hacerla salir de mí.

Notas

[1]
En español en el original.
[N. del T.]

[2]
Niggers.
Forma despectiva de nombrar a las personas de raza negra.
[N. del T.]

[3]
Famosa autora y activista estadounidense, que quedó sorda, ciega e incapaz de hablar tras una larga enfermedad cuando era niña.
[N. del E.]

[4]
Poke:
hierbas tóxicas que sólo sirven para ensalada si se hierven tres veces en diferentes aguas.
[N. del T.]

[5]
Balancéate suavemente, dulce carruaje / vienes a llevarme a casa.
[N. del T.]

[6]
Miré más allá del Jordán, y ¿qué vi / que venía a llevarme a casa? / Un grupo de ángeles venía a buscarme / venía a llevarme a casa.
[N. del T.]

[7]
Fink
significa mequetrefe y
Gross
obeso.
[N. del T.]

[8]
Squatters:
ocupantes de edificios abandonados; lo que en España equivale a okupas.
[N. del T.]

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