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Authors: Alicia Giménez Bartlett

Un barco cargado de arroz (41 page)

»Por desgracia, los cazaron arrastrando al muerto en plena calle, ¡qué barbaridad! Aun cuando uno cree que en Barcelona reina la calma absoluta, siempre hay testigos dispuestos a complicar la vida a los demás. De cualquier modo, si hubiera citado a Arcadio en cualquier otro sitio, lo hubiera hecho escamarse. A partir de ese instante ya era cuestión de suerte, y de confiar en que la policía española fuera tan torpe como cualquier cuerpo de policía del mundo. Pero no es así, ustedes tardaron, pero lo hicieron bien. Se me ocurrió entonces implicar a mi hijo, él parecía ser el objetivo principal de su investigación. ¿Le horroriza este detalle más que cualquier otro de los que acabo de contarle, inspectora?

—A mí no me horroriza nada, señor Ayguals. Me limito a cumplir con mi trabajo.

—Me alegro. No es bueno juzgar cuando no se conocen todos los motivos de una persona. ¿Sabe cuál fue mi motivo? ¡La empresa, inspectora, la empresa! No estoy dispuesto en ningún caso a dejarla en manos de mi hijo. Eso significaría su lenta decadencia, la bancarrota, el descrédito, algo que no puedo consentir. Yo no he fracasado. Prefiero regalarla a los pobres y que todo el mundo lo sepa. Como de hecho me dispongo a hacer. He variado mi testamento. A mi hijo no puedo desheredarlo, por ley le corresponde una tercera parte de mi capital. Y eso es lo que recibirá cuando yo muera. He dispuesto que la empresa se ponga en venta y que los beneficios se dediquen a obras benéficas. ¡Bueno, de ese modo por fin ejerceré la caridad! Espero que gracias a ello Dios me perdone los pecados cometidos.

—Para implicar a su hijo recogió varios de sus pelos de la ducha y los trasladó a este despacho. ¿Es así? Usted sabía que él se ratificaría en afirmar que nunca había pisado este despacho porque era la verdad.

—Correcto, inspectora. Ese maldito jabón la ha puesto sobre mi pista. Y la verdad es que casi me alegro, sinceramente. Estoy cansado, estoy abrumado por la magnitud de los hechos. No me veía con ánimos de soportar el proceso de detención de mi hijo, los interrogatorios... y luego continuar, y continuar, ¿hacia dónde, inspectora, hacia dónde? Todo ha perdido sentido ya. Estoy arrepentido, escandalizado por mi propia capacidad para hacer daño.

Bajó la vista y se quedó con la cabeza caída. Toda la animación que había presidido su relato desapareció. De repente, vi ante mí a un viejo abrumado, solo, sobrepasado por la vida y sin un lugar donde refugiarse. Haciendo un esfuerzo, me miró con ojos turbios.

—Sólo falta una prueba que complete mi confesión: el arma del crimen. La llaman así, ¿verdad?

Abrió un cajón y sacó la pistola, me la mostró. Instintivamente eché mano a la mía.

—Déjela sobre la mesa, señor Ayguals, con mucha suavidad.

—No tema, inspectora, no voy a dispararle. Ya es suficiente con lo que ha pasado, suficiente. Ahora todo se acabó. Es bonita, ¿verdad?, una arma de la guerra civil, cuando se mataba por ideales y no por dinero. Pero todo eso también quedó atrás, acabó.

Dirigió el cañón hacia su boca y, sin que yo pudiera hacer ni un solo movimiento para impedirlo, disparó. Entonces fue como un hermoso fuego artificial que estallara en el cielo: rojo, brillante, intenso. Su sangre y su cerebro salpicaron por completo las paredes, los muebles, mi propia cara. Me quedé absorta mirando el espectáculo, sin pensar, sin reaccionar. Notaba su sangre caliente que me bajaba por las mejillas. Un olor indefinible se extendió. Entraron las dos secretarias. Una de ellas se puso a aullar como un animal herido. No paraba, enlazaba un lamento con el siguiente hasta que su grito parecía la sirena de una alarma, un extraño ritual más propio de alimañas que de una mujer. La de más edad se acercó al cadáver de Ayguals y rodeó el guiñapo sanguinolento que había sido su cabeza con las manos. Empezó a susurrar:

—Don Adolfo, por Dios, don Adolfo, ¿qué ha hecho?, ¿por qué?

En ese momento entró Garzón con dos guardias. Se dirigió directamente hacia mí. Con su cuerpo robusto me impidió la visión del cadáver. Me tomó de los brazos:

—Vámonos, inspectora, salgamos de aquí.

—Atienda a esas mujeres.

—Sólo están histéricas, otros lo harán.

Me llevó hasta el lavabo. Abrió el grifo. Hizo que me inclinara y me lavó la cara. El agua fresca me devolvió la respiración.

—¿Está bien, inspectora, se encuentra bien?

De repente, algo se desmoronó en mí y empecé a llorar. Garzón me abrazó. Su cuerpo, que era torpe y rechoncho, emanaba, sin embargo, un consuelo caliente, una gran seguridad.

—Llore todo lo que quiera, Petra.

—¡Sí, pues vaya plan! —solté con enfado.

—¿Vaya plan, qué?

—Llorar.

—Pues, entonces, llore y proteste a la vez. Seguro que usted sabe hacerlo.

Bendije a Fermín Garzón.

EPÍLOGO

Coronas no nos felicitó, por supuesto. El caso había tardado en resolverse, yo no había redactado los informes con puntualidad ni había ido a hincarme de rodillas ante su persona pidiendo perdón por tal cantidad de equivocaciones. Para colmo, el asesino se me había suicidado ante las propias narices, lo cual suele considerarse un fallo garrafal en medios policiales. El objetivo era entregarlo a la justicia, y si podía ser, con la cabeza entera. Garzón restaba importancia a todas estas circunstancias:

—Un caso resuelto es un caso resuelto, y si encima el cabrón del asesino da muestras de arrepentimiento, pues tanto mejor.

—Aquí las muestras han sido demasiado contundentes, ¿no le parece?

—Cada cual obra según su conciencia, y contra eso nada se puede hacer.

—Me temo que el comisario no sea tan fatalista.

—¿Qué esperaba, una condecoración?

—No, pero me siento culpable.

—Pues olvídese. Los casos se resuelven como buenamente se puede, tampoco estamos actuando en una película. Además, usted ha vengado a sus mendigos, ¿no?

—Una victoria pírrica. No ha quedado vivo ni el apuntador.

—Eso pasa en las buenas tragedias.

—Ni William Shakespeare escabechaba a tanto personal.

—Oiga, inspectora, ¿qué quiere, que nos pongamos a darnos golpes de pecho? Yo le prometí a Coronas que le serviríamos al culpable en bandeja, ¡y bien que lo hemos hecho, convenientemente troceado, además!

—Eso es de mal gusto, Fermín.

—De acuerdo, lo retiro. ¿Nos vamos a comer?

—¡¿A comer?!

—O a cenar. Eso es lo que tradicionalmente hacemos tras un caso resuelto, ¿no?

—No sé si tengo el estómago para comidas.

—Pida vegetales. ¿Qué día es hoy?

—Viernes, ¿por qué?

—¿Quiere que vayamos al restaurante de Genoveva? Durante este mes, los viernes me parece que toca menestra.

—¿Es que ha vuelto por allí?

—Voy algún día suelto a comer. Genoveva tiene unas manos maravillosas para la cocina tradicional. Además, me trata muy bien.

—Por eso ha engordado, yo creí que era el estrés por la investigación.

—¿He engordado?

—Le estaba tomando el pelo, Garzón.

—Para no variar.

El restaurante de Genoveva estaba extraordinariamente animado. Trabajadores con mono llenaban las mesas, y Genoveva se movía entre todos ellos con la gracia de un ánade en un lago cristalino. Le contamos el final del caso, todo, exceptuando el suicidio de Adolfo Ayguals, que no era apto para la hora de comer.

—¡Hay que ver, ¿eh, señores?!, gente con posibles y con educación que son capaces de traicionar a quien sea necesario, de matar, de atacarse entre padres e hijos. En el fondo, ¡qué bien estoy yo aquí con mi familia y mi negocio! Tranquila, sabiendo que las cosas no me van mal, día y medio de descanso a la semana. ¡Soy feliz, en serio, soy feliz!

—¿No hay nada que le hubiera gustado y que no haya podido hacer, Genoveva? —le pregunté.

Se quedó mirando al techo, embobada, enjugándose las manos ya secas en el delantal.

—Pues... de jovencita mi madre siempre me decía: «Me gustaría que fueras dama de la Cruz Roja para que estuvieras en una mesa petitoria con otras señoras de sociedad. Bien vestida, elegante, enjoyada, y encima haciendo caridad para los necesitados.» Mi madre, la pobre, no tuvo ni la mitad de suerte que yo en la vida.

—Pero ése era un sueño de su madre, no suyo. ¿Usted no los tuvo nunca?

—¡Bah, los sueños... los sueños son para fracasados, y yo no lo soy!

Dio un airoso cabezazo y sonrió:

—Tengo natillas de postre, señores, naturalmente, hechas por mí. Van a ver lo que es bueno.

Se alejó entre sus famélicas huestes como una generala visitando a las tropas.

—¿Ha visto lo que ha dicho? —señaló Garzón.

—Supongo que es verdad. Todos los fracasados tienen sueños y los exitosos tienen aspiraciones.

—No sueñan con barcos cargados de arroz.

—Jamás.

—¿Y usted, inspectora, tiene en algún rinconcito su barco cargado de arroz?

—No sé, me hubiera gustado ser bióloga, vivir en la selva entregada al estudio de alguna especie animal.

—¡Joder, qué aburrimiento!

Me eché a reír.

—¿Y usted, Fermín? Cuénteme su barco cargado de arroz.

—¡Puaf!, no soy de muchos barcos, ni de muchas aspiraciones tampoco. Cuando era pequeño soñaba que la ciudad se quedaba sin habitantes y yo me metía en todas las pastelerías. Pero era mientras estaba dormido, cuando me despertaba sabía que me correspondía un pastelito de crema algún domingo y un poco de turrón en Navidad. En seguida me conformaba, ¡a ver qué iba a hacer!

—Por ningún sueño vale la pena luchar demasiado, cuando ya lo has conseguido deja de hacerte ilusión. Lo bueno sería que la vida te lo regalara sin tú despeinarte.

—Es verdad.

Me llamaron por el teléfono móvil. Contesté.

—Sí, ven a buscarme. ¿En qué dirección estamos, Garzón?

El subinspector la sabía de memoria, me la dijo, colgué. Se quedó mirándome con curiosidad. Seguimos charlando, pedimos café. Un rato más tarde entró Sergio. Se acercó hasta nosotros, me besó en los labios. Saludó a Garzón.

—He dejado la moto mal aparcada, ¿vas a tardar?

—Salgo en seguida.

—Te espero en la esquina.

Tardé un momento en mirar a Garzón. Al hacerlo lo encontré con la boca abierta, como si fuera una alegoría de la Sorpresa.

—¿Ése no es el novio de Yolanda? —dijo señalando en la dirección por la que Sergio se había marchado.

—Ya no lo es.

—¿Le ha birlado el novio a Yolanda?

—No es tan sencillo, algún día se lo contaré.

—¡Pero, Petra, ese chico no le va nada a usted!

—Es algo temporal. Hemos quedado en vernos diez veces, diez veces nada más, luego desapareceremos el uno para el otro. ¿Ha probado a hacer algún trato de ese tipo? ¡Es genial!, da la sensación de estar en una de esas películas antiguas en las que los amantes saben que la guerra va a separarlos o cosas así. Resulta muy emocionante.

—¿Películas antiguas? No entiendo ni una sola palabra.

—Hay veces en las que uno debe inventarse la realidad, subinspector, hacerla frívola y llevadera.

—Sigo sin entender.

—¿Echar una cana al aire le suena de algo?

—Eso sí que me suena.

—Pues dejémoslo así. Bueno, me voy, ese muchacho hortera e impetuoso debe de estar impaciente.

Le di dos sonoras palmadas en la espalda a mi compañero y lo dejé, con la boca entreabierta aún. Llegué hasta donde Sergio estaba, me puse el casco que me tendió y subí a horcajadas en la moto, sujetándome a su musculosa cintura. Cuando pasamos por delante del local de Genoveva, allí estaba Fermín Garzón en la puerta, como un rechoncho poste estupefacto. Lo saludé y Sergio tocó el claxon, y aceleró haciendo un ruido infernal. El subinspector soltó una enorme carcajada y se golpeó la pierna con la mano. Entonces fue como si reaccionara por primera vez, corrió varias zancadas tras de nosotros y gritó riendo:

—¡Adiós, Petra, adiós!

Imaginé lo que debía de estar pensando.

Alicia Giménez Bartlett, 2004

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