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Authors: James Joyce

Tags: #Narrativa, #Clásico

Ulises

 

La obra monumental de James Joyce.
Ulises
es el relato de un día en la vida de 3 personajes: Leopold Bloom, su mujer Molly y el joven Stephen Dedalus. Un viaje de un día, una Odisea inversa, en la que los temás tópicamente homéricos se invierten y subvierten a través de un grupo decididamente antiheroico cuya tragedia raya la comicidad. Relato paródico de la épica de la condición humana y de Dublín y sus buenas costumbres cuya estructura, desbordantemente vanguardista, avisa a cada rato de su dificultad y exige la máxima dedicación.
Ulises
es un libro altisonante, soez y erudito donde los haya que ofrece una literatura distinta, extraña, ocasinalmente molesta y sin duda excepcional.

James Joyce

Ulises

ePUB v1.0

Elle518
01.11.11

Título original:
Ulysses

Prólogo y traducción: Jose María Valverde

Premio Nacional de Traducción, 1978

James Joyce, 1922.

ISBN: 978-84-9793-096-3

Esta edición sigue exactamente

las directrices de la edición crítica

(Garland, New York, 1984)

PRÓLOGO

La mejor manera de leer
Ulises
sería zambullirse directamente en sus páginas, dejándose llevar por el poderío musical y ambiental de su palabra, y encomendando confiadamente sus oscuridades a la esperanza de una gradual familiarización con la obra. Sólo para la relectura —esencial, como en toda gran cima de la literatura universal— sería ya plenamente lícito utilizar informaciones y referencias externas. De hecho, lo relatado en
Ulises
es sencillísimo, y aun vulgar: la dificultad del libro radica en que su autor, como gran poeta que es, aunque en prosa, tiene una viva memoria verbal —incluso auditiva—, y no sólo incorpora las innumerables asociaciones lingüísticas que hay en su mente —citas literarias, trozos de óperas, canciones, vocablos extranjeros, chistes y juegos de palabras, términos teológicos y científicos, etc.—, sino que supone que su lector ha de tener el mismo don de buena memoria —aparte de que, lo que ya es demasiado pedir, ha de poseer su mismo archivo de recuerdos sonoros. Y ese requerimiento de buena memoria verbal es hoy día aún más aventurado que cuando se escribió
Ulises
: la educación y la técnica contemporáneas están debilitando y desprestigiando la memoria —sobre todo en cuanto memoria verbal. Ya los niños no aprenden versos de memoria en la escuela, y se considera elegante, y aun típico de un intelectual, presumir de mala memoria (nadie presume de mala inteligencia, en cambio).

A cada momento, en efecto, hay en
Ulises
frases y expresiones cuyo sentido radica en que son repeticiones o parodias de alguna frase que apareció antes —a lo mejor, quinientas páginas antes. Por supuesto, esto resulta más grave en el lenguaje en sordina de una traducción, aun suponiendo que el traductor, por su parte, tenga suficiente memoria verbal como para haber reconocido la repetición en el original. Y no le era dado al traductor —ni para este problema, ni para ningún otro de los muchos que hay en
Ulises
— recurrir a las notas a pie de página: una traducción de
Ulises
no puede llevar notas porque, en caso de darlas con un mínimo de homogeneidad informativa, alcanzarían mayor extensión que el texto mismo (sólo para las alusiones literarias existe un índice de más de quinientas páginas: Weldon Thornton,
Allusions in «Ulysses»
, Nueva York, 1973). El lector ha de suponer que en cualquier momento Joyce puede estar citando o caricaturizando un texto previo —que ni siquiera reconoce la inmensa mayoría de los lectores de lengua inglesa. En otro sentido, tampoco hubiera valido la pena poner la nota de «En español en el original» en los casos en que van aquí en cursiva palabras por lo demás normales —especialmente claro es el caso cuando se reproducen en forma gramaticalmente incorrecta. Tampoco había verdadera necesidad de poner nota en el caso de los innumerables juegos de palabras: a veces, se ha logrado reproducir el juego en español, o sustituirlo por otro parecido; otras veces, ha habido que dejarlo perder; en algunos casos, había que mantener a toda costa el juego de palabras como tal, porque luego reaparecería como
leitmotiv
, pero, a la vez, no se encontraba un chiste equivalente: entonces se ha dejado el juego en inglés, acompañándolo de su versión literal y sin gracia, para que el lector sepa a qué atenerse (al fin y al cabo, Cortázar y Carlos Fuentes nos han acostumbrado a los juegos de palabras en inglés en boca de hispanohablantes). Al final del libro, en el Apéndice, para quien quiera entretenerse en semejantes crucigramas, se incluye el esquema de interpretación simbólica que trazó el propio Joyce para uso de amigos, pero prohibiéndoles que lo publicaran: hubo siempre un conflicto entre el Joyce creador —narrador poético y musical de la sencilla realidad humana en su Dublín familiar— y el Joyce aficionado a los juegos de palabras, los paralelismos y los simbolismos historico-culturales, que serían pedantescos si no fueran humorísticos. Djuna Barnes cuenta que, en vísperas de la publicación de
Ulises
, James Joyce le confió, en el café Les Deux Magots: «Lo malo es que el público pedirá y encontrará una moraleja en mi libro, o peor, que lo tomará de algún modo serio, y, por mi honor de caballero, no hay en él una sola línea en serio».

Aquí, en estas páginas de información previa, procuraremos atenernos a lo directamente dado en
Ulises
y a la circunstancia histórica en que surge y que retrata, reduciendo a su mínimo inevitable las referencias homéricas (en rigor, sólo presentes en el título de la obra: los títulos de alusión a la
Odisea
que presidían los capítulos publicados en revistas, fueron suprimidos en el libro). Sabemos que Joyce recomendaba a sus amigos que releyeran despacio la
Odisea
antes de abordar
Ulises
, pero no hay ninguna razón para que las referencias externas aconsejadas por un autor sean realmente convenientes para la lectura. Más bien parece obvio que al lector de
Ulises
le conviene conocer una buena parte de la obra anterior de James Joyce, es decir,
Dublineses
, como estampas de ambiente y presentación de algunas de las figuras de
Ulises
, y, sobre todo,
A Portrait of the Artist as a Young Man
, que en la memorable traducción de Alfonso Donado (Dámaso Alonso) se tituló
El artista adolescente
, pero cuyo título quizá convenga entender poniéndolo dentro de la terminología de la historia del arte, algo así como
Retrato del artista joven
o
Autorretrato juvenil
. Casi cabe considerar el
Autorretrato
como el primer volumen de
Ulises
: su protagonista, Stephen Dedalus, contrafigura del autor (en su juventud), será protagonista de los tres primeros capítulos y del noveno de
Ulises
y deuteragonista de algunos de los restantes, en contrapunto con Leopold Bloom, «autorretrato» de un posible y malogrado «artista ya no joven» y ya no artista —autocaricatura, en realidad, del Joyce maduro.

Pero con esto estamos preludiando ya la apoyatura informativa que, en todo caso, no le viene mal tener al lector de
Ulises
, bien sea para usar antes de la lectura, o, mejor, después, en recapitulación preparatoria a la relectura, o, aún mejor, nunca, simplemente sabiendo que está ahí y la podría consultar si quisiera. Tras la información sucinta sobre la circunstancia histórica, vida del autor, y génesis de
Ulises
, damos una síntesis de los capítulos de la obra, a modo de plano o guía: por cierto que, al aludir a los capítulos, lo haremos siempre mediante su número de orden, puesto entre corchetes, ya que el autor no los numeró, y, en el libro, apenas indicó su separación, sino que sólo los agrupó en tres secuencias: 1, que comprende los capítulos [
1
] a [
3
]; 2, de [
4
] a [
15
]; y 3, de [
16
] a [
18
]. Es de notar cómo van creciendo en extensión los capítulos: así, los tres primeros, sumados (o sea, toda la secuencia 1) no equivalen ni a la mitad de la extensión del capítulo [
15
]. Los críticos acostumbran a designar las tres secuencias y los dieciocho capítulos de
Ulises
por sus respectivas referencias a episodios o entidades de la
Odisea
, según hizo Joyce al publicar en revista algunos de esos capítulos. Pero, como ya se advirtió, Joyce suprimió esos títulos en el libro, por lo que preferimos indicarlos sólo de pasada en estas informaciones previas, para no imponer demasiado al lector tal referencia clásica —a veces, como se señalará, traída por los pelos. Después, en el cuerpo del libro mismo, también nos hemos permitido añadir esos números entre corchetes en la cabecera de los capítulos para que el lector pueda hacer más fácil uso de las informaciones que aquí ofrecemos, si es que así lo desea.

Ulises
cuenta lo que les ocurre a esos dos personajes de James Joyce —Stephen Dedalus y Leopold Bloom— en Dublín, desde las 8 de la mañana del jueves 4 de junio de 1904 hasta las 2 de la madrugada siguiente (las tres primeras horas, por separado, duplicando el relato), con un apéndice, desde las 2 hasta alrededor de las 3 de esa madrugada, en la mente en duermevela de Molly Bloom, esposa de Leopold. La ciudad y la vida del autor, pues, forman el material del libro: un material que Joyce hace maravillosamente perceptible a sus lectores, pero sin duda contando con que éstos supieran de su propio mundo más de lo que cabe pedir que sepa un lector hispano actual. Aunque Joyce no se propone hacer «novela social», su Dublín resulta tan palpable como el Londres de Dickens o el París de Balzac o el de Zola: sin ánimo especial de exponer luchas por el dinero y el poder —o, simplemente, la subsistencia—, como los clásicos de la novela decimonónica, nos sumerge directamente en la sensación de las estrecheces de la pequeña clase media dublinesa, con el alcohol, la música —y, tal vez, la mujer— como únicas aperturas de evasión y olvido. Cierto que esto, que hubiera sido suficiente para otros novelistas, en Joyce no es más que el telón de fondo, pero también cuenta mucho como tal.

Irlanda era entonces —con poco más de cinco millones de habitantes— parte del Reino Unido británico, bajo una peculiar autonomía presidida por un virrey que residía en «el Castillo»: su comitiva recorre las calles en los capítulos [
10
] y [
11
]. En comparación con la gran expansión económica inglesa durante el siglo XIX, Irlanda había quedado rezagada —salvo en el Ulster, la zona del nordeste que no se independizaría de Inglaterra y que aún es famosa por la endémica guerra civil que los medios informativos presentan como guerra religiosa entre católicos y protestantes, callando el hecho de que aquéllos sean la clase oprimida y éstos la opresora. La secular miseria irlandesa no se había resuelto más que a medias durante el siglo XIX —uno de sus más sólidos progresos fue la difusión de la patata como alimento humano (es curioso que Leopold Bloom lleve siempre en el bolsillo, como talismán heredado de su madre, una pequeña patata vieja y arrugada). La emigración a Norteamérica, en los famosos «barcos-ataúd», tomaba caracteres desesperados en los años de mala cosecha de patata (una de las informaciones de la prensa dublinesa del 16 de junio de 1904, aludida en
Ulises
, es la vista judicial de una estafa prometiendo pasaje barato al Canadá).

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