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Authors: Erving Goffman

Tags: #Sociología

Los momentos y sus hombres

 

Erving Goffman es objeto en este libro de una biografía intelectual (el origen social del pensador, su estancia en la universidad, su lectura de Freud y Proust) a la que siguen seis textos absolutamente representativos de su obra. Un entrevista y una bibliografía completa acaban de perfilar el conjunto, que se convierte así en una sólida y atractiva introducción a uno de los pensamientos más renovadores de la sensibilidad contemporánea.

Erving Goffman

Los momentos y sus hombres

Textos seleccionados y presentados por Yves Winkin

ePUB v1.0

chungalitos
06.05.12

ediciones

PAIDÓS

Titulo original:
Les moments et leurs hommes

Publicado en francés por Les Editions du Seuil, París

Traducción de Eloy Fuente Herrero (todo excepto texto 6)
Luis Botella (texto 6)

Cubierta de Mario Eskenazi y Pablo Martín

1.ª edición, 1991

© 1988 by Editions du Seuil, París, para el prólogo,
la presentación general y la recopilación

© 1983 by American Sociological Association, para
El orden de la interacción
(texto 6)

© 1964 by American Anthropological Association, para
El olvido de la situación
(texto 4)

Al comienzo de cada texto de Erving Goffman
(a pie de página) figura el copyright de la edición original.

Ediciones Paidós Ibérica, S. A.,

ISBN: 84-7509-708-1

Prólogo

¿De dónde sale esta obra, algo extraña, aparentemente sencilla, atractiva por su sentido de lo cotidiano y, a la vez, chocante por su sentido de la elipsis teórica? La presente introducción se propone contestar a esta pregunta: no en la forma de una interpretación de los textos, sino de una biografía intelectual..., que se detiene cuando en Estados Unidos aparece la primera obra de Goffman. Nos hemos aventurado a concentrarnos en la génesis de la obra y quedarnos ahí. Ordenadas todas las condiciones, puede retirarse el biógrafo: el sistema produce sus efectos con autonomía. Esta empresa se basa en la tesis de que reconstruir las «fuerzas formadoras de hábitos» de un autor es esencial para la comprensión de su obra. Una vez captadas estas fuerzas, lo demás se deduce naturalmente.

El resto son los libros ya publicados, pero también un conjunto de textos que reunimos en la segunda parte de este volumen, y que son otros tantos jalones de una obra abundante. Leyendo estos seis textos, a los que sigue una entrevista con Goffman, se obtendrá una idea general de su producción.

Esta biografía narra los años de 1922 a 1959 de Erving Goffman: su juventud en Canadá, sus estudios en la Universidad de Chicago y su primer trabajo de investigación sobre el terreno en las islas Shetland. Los datos se deben principalmente a conversaciones celebradas, de 1980 a 1987, con colegas, amigos y alumnos suyos. No entrevistamos a la familia, para respetar el deseo de Gillian Sankoff, viuda y albacea de Erving Goffman.

La investigación debe mucho a las instituciones que me permiten trabajar a mi ritmo desde hace casi diez años: el Fondo Nacional Belga de la Investigación Científica y la Universidad de Lieja, así como a las instituciones que me recibieron asiduamente durante el mismo período: la Annenberg School of Communications de la Universidad de Pensilvania, la Universidad de Wisconsin-Parkside, la Universidad de Quebec-Montreal, la Casa de Ciencias del Hombre, la Escuela de Estudios Superiores de Ciencias Sociales, el Centro Nacional de Investigación Científica y el departamento de Sociología de la Universidad de California-Berkeley.

Por muchísimos motivos, he decidido no citar a mis informadores en el cuerpo del texto, con poquísimas excepciones. Pero, evidentemente, están detrás de casi cada frase de esta biografía. Gracias, pues, a Roger Abrahams, Alan Adamson, Howard Becker, Reinhardt Bendix, Bennett Berger, Gerald Berreman, Ray Birdwhistell, Herbert Blumer, Kenneth Bock, Elizabeth Bott, Jacques Brazeau, Tom Burns, Sherry Cavan, Aaron Cicourel, Jim Clark, John Clausen, Randall Collins, William d’Antonio, Regna Darnell, Fred Davis, Lady Elton, John Fought, Renée Fox, Vera Mae Fredericson, Muni Frumhartz, Frank Furstenberg, Todd Gitlin, Henry Glassie, Ward Goodenough, Alian Grimshaw, Larry Gross, John Gumperz, Joseph Gusfield, Arlie Hochschild, Dell Hymes, John Irwin, Jerry Karabel, Edith Kasin, Adam Kendon, Melvin Kohn, William Labov, Charles Lemert, John y Lyn Lofland, David Matza, Hans Mauksch, Dean McCannell, Saúl Mendlovitz, Robert Merton, Sheldon Messinger, Dan Rose, Emanuel Schegloff, Philip Selznick, Beth Simkin, Neil Smelser, John Smith, Anselm Strauss, Harold Wilensky, Jacqueline Wiseman, Dennis Wrong y Leo Zakuta.

En fin, me han ayudado muchas personas con su consejo y estímulo. Pienso particularmente en Pierre Bourdieu, Wendy Leeds-Hurwitz, Steve Murray, Monique de Saint-Martin y Rod Watson. Reciban aquí la expresión de mi gratitud.

Por último, quisiera decir cuán paciente, estimulante y exigente, ha sido Jean-Luc Giribone, un verdadero editor, durante todo el proceso de realización del proyecto. A él se deberá que este estudio aparezca antes de celebrarse el centenario de Goffman.

PRESENTACIÓN GENERAL

ERVING GOFFMAN

RETRATO DEL SOCIÓLOGO JOVEN

Habrá que confiar de entrada la hipótesis que va a ordenar los datos recogidos acá y allá durante estos años pasados: la obra de Goffman es una autobiografía; trivial proposición, sin duda, que podemos enunciar sobre cualquier escritor sirviéndonos de principios explicativos tomados del psicoanálisis (desplazamiento, condensación, etc.), o de las ciencias sociales (táctica de reconversión, adecuación entre la disposición y la posición, etc.), proposición menos corriente, sin embargo, tratándose de un sociólogo. Después de todo, apenas se dice que Parsons esté en su obra (y, por lo demás, el término «obra» sólo puede aplicarse a los trabajos de muy pocos sociólogos: éstos, en su mayoría, se dedican a acumular libros más que a elaborar una unidad armónica, penetrada de una idea general del mundo social). Hablar de autobiografía en cuanto a la obra de Goffman es curioso, de todos modos, porque él no aludió nunca a su vida en sus escritos (exceptuando lo muy concreto de sus experiencias sobre el terreno, que corresponden a su vida profesional: la isla de las Shetland y el hospital Sainte-Elisabeth de Washington). Al contrario que otros sociólogos, sobre todo de Estados Unidos, no recurrió nunca a sus recuerdos juveniles para ilustrar sus argumentos, no practicó nunca la entrevista, el texto de memorias, ni el «diario». Su vida privada parece totalmente opaca e independiente de su obra. No obstante, podemos proponer que Goffman, del mismo modo que Flaubert, «reproduce indefinidamente en su obra la posición que ocupa en la estructura social
[1]
». A esta hipótesis me han llevado dos comentarios:

El primero es el de
La presentación de la persona,
de Luc Boltanski
[2]
. Después de haber expuesto la herencia intelectual de Goffman, Boltanski sugiere que nos remontemos allende la obra para aprehenderla:

Para comprender la intuición en que se basa la obra de Goffman, y que ordena su particular entendimiento del orden social, según la cual las relaciones entre individuos (del mismo modo que las relaciones entre Estados) son siempre relaciones de fuerza basadas en el simulacro, seguramente tendríamos que poder remontarnos, en la génesis de la obra, allende el instante, relativamente arbitrario, en que ésta se objetiva en lo escrito, y aun allende el tiempo en que, mediante el aprendizaje racional del oficio, su autor adquiere el hábito científico, para llegar a las experiencias sociales anteriores que son constitutivas del hábito de clase. En efecto, el hábito científico no goza nunca de una independencia total del hábito de clase que le preexiste y en el cual se fundamenta, de suerte que la obra científica, como la obra literaria, encierra siempre el rastro de la trayectoria social de su productor.

Pero, ¿cómo llegar a las «experiencias sociales» de Goffman a fin de reconstruir su «hábito de clase
[3]
», «constitutivas del hábito de clase» que quedan en sombra? Surge entonces el segundo comentario, el de John M. Cuddihy en
The Ordeal of Civility
[4]
,
Un ensayista «gentil» reelabora una tesis que se oye a menudo, a veces con embarazo, porque puede tener rasgos antijudíos. Mostrando la progresiva inserción, durante el siglo XIX, de los judíos procedentes de Europa Oriental en las distintas capitales de la sociedad noreuropea (Varsovia, Viena, Berlín y París), Cuddihy señala que esta «emancipación», esta escapada de la judería, seguida de un ascenso social en la «sociedad de los gentiles», no se produce sin choques internos y externos. Las sutiles humillaciones se asimilan bajo la forma de una compostura, de una prudencia permanente en la expresión de sí mismo: «Todo debía someterse a las normas occidentales, a la tiranía del decoro burgués y cristiano
[5]
». Según él, en esta experiencia compartida (el paso al Oeste, paso a la vez geográfico, religioso y social), encuentran las comunidades judías de Europa y América una relación común en el mundo.

La primera objeción, sin duda, a la exposición de Cuddihy es que la condición judía no es específica en esta materia: sus dificultades de asimilación son las de cualquier grupo o individuo en tránsito de una cultura a otra o de una clase social a otra. Cuddihy rodea el obstáculo estudiando detalladamente tres carreras, las de Freud, Marx y Lévi-Strauss. Durante la marcha, los incorpora a conjuntos más vastos, de los que surgen los nombres de muchas personalidades judías europeas y americanas. Ciertamente, va demasiado lejos y demasiado deprisa. Pero su interpretación de que Freud medicaliza, bajo la forma de «síntomas», la irrupción en público de ciertos rasgos de una identidad judía todavía mal reprimida da que pensar, sobre todo, cotejándola con la de Lydia Flem, más comedida, en
Freud et ses patients
[6]
.

En el capítulo «Un Juif viennois», muy documentado, Flem muestra cómo ganó Freud poco a poco su clase y su puesto en el seno de la «familia occidental»:

Su descubrimiento del psicoanálisis ocurre sobre la base de la carrera más singular, más autobiográfica: el ascenso de un joven judío llegado de Moravia, procedente de una familia de comerciantes de la Galicia polaca, al seno de la burguesía liberal y universitaria vienesa
[7]
.

Y no podemos eludir la realización de un cotejo con Goffman.

¿No encontraremos en su vida de hijo de inmigrantes judíos la experiencia «constitutiva del hábito de clase» de que hablaba Boltanski? La obra de Goffman, ¿no será, como la de Freud, la autobiografía de un ascenso social? Quizá la respuesta esté en los datos.

Erving Goffman, dicen todas las notas biográficas, nació el 11 de junio de 1922 en Mannville (Alberta). Pero, de hecho, pasó la infancia y la primera adolescencia en Dauphin, al norte de Winnipeg. Sus padres, Max y Ann, nacieron en Rusia, quizás en Ucrania. Dauphin es una de las primeras colonias ucranianas de Manitoba. De 1897 a 1914, se establecen en las llanuras canadienses 200.000 inmigrantes ucranianos (de Rusia y la Galicia polaca)
[8]
. La ciudad de reunión es Winnipeg, de donde los servicios de inmigración los dispersan por Manitoba, Saskatchewan y Alberta. Así es como, en 1896, llegan a Dauphin unas treinta familias ucranianas. Las olas de inmigración son fuertes y rápidas: en 1901, la colonia ucraniana de Dauphin ha llegado a contar 5.500 personas
[9]
. Entre esta población nueva, en cualquier parte, tenemos a los Goffman. Son mercaderes judíos que han acompañado a los emigrantes. Como en Ucrania (y en toda Europa Oriental), estos mercaderes son integrados y rechazados a la vez. Sus «compatriotas» compran en sus «tiendas de todo» lo que necesitan, pero convencidos de que se dejan engañar. Así, el reverendo Nestor Dmytriw, aconsejando a los inmigrantes de fecha reciente en
Svoboda,
diario de los ucranianos de América del Norte, escribe en el número del 10 de junio de 1897:

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