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Authors: Eduardo Sacheri

El secreto de sus ojos (20 page)

Esa turbación Chaparro sí la entiende, porque delata… ¿qué es lo que delata? Por empezar, que se han quedado sin tema para hablar. Chaparro ya le ha contado los últimos vaivenes de su libro. Irene lo ha puesto al tanto de los últimos chismes tribunalicios. Si ahora están en silencio, si ahora en ese silencio están interrogándose, si no quiebran ese silencio en el que están interrogándose con una sonrisa muda, es porque nada los retiene allí salvo eso, salvo estar sencillamente el uno frente al otro, dejando pasar el tiempo sin más objeto que tenerse cerca, y eso es lo bello de estar en silencio interrogándose.

26

El 26 de mayo de 1973 Sandoval y yo nos quedamos trabajando hasta tarde, y aunque no tenía ni idea de qué estaba pasando, la historia de Morales y de Gómez acababa de ponerse a rodar nuevamente.

Ya era de noche cuando se abrió la puerta de la Secretaría y entró un guardiacárcel.

—Servicio Penitenciario. Buenas tardes —saludó identificándose, como si su uniforme gris con insignias rojas no fuese suficiente credencial.

—Buenas tardes —respondí. ¿Qué hora era?

—Yo lo atiendo —me avisó Sandoval, y se encaminó a la mesa de entradas.

—Pensé que capaz que ya no encontraba a nadie. Por la hora, digo.

—Y… la verdad —dijo Sandoval mientras buscaba el sello para estamparlo en el libro de recibos que cargaba el otro y que en ese momento le ofrecía señalando el sitio donde debía firmar.

—Hasta luego —saludó el guardia una vez que Sandoval le puso el sello.

—Adiós —contesté. Sandoval no respondió porque estaba leyendo el oficio que acababa de llegar.

—¿De qué se trata? —le pregunté. No me contestó. ¿Era muy largo o lo estaba releyendo? Insistí—: Pablo… ¿qué dice?

Giró con el oficio en la mano y se acercó a mi escritorio. Me extendió la hoja, que llevaba el membrete y los sellos del Servicio Penitenciario y los de la unidad carcelaria de Villa Devoto.

—Acaban de soltar al hijo de puta de Isidoro Gómez —dijo en un murmullo.

27

Me descalabró de tal modo lo que acababa de decirme que dejé el papel que me tendía, sin leerlo, sobre mi escritorio.

—¿Qué? —fue todo lo que atiné a preguntarle.

Sandoval caminó hasta la ventana y la abrió de un tirón. El aire frío del atardecer penetró en la oficina. Se acodó en la baranda y maldijo, en un tono de desolación infinita:

—La recontramil reputísima madre que lo remil parió.

Lo primero que hice fue llamar a Báez, con la urgencia de la desesperación y con cierta furia torpe de pretender pedirle explicaciones a alguien de confianza como si de esa persona fuera la culpa de lo ocurrido.

—Déjeme ver. Ahora lo llamo —dijo, y colgó.

A los quince minutos se comunicó conmigo.

—Es así, Chaparro. Lo soltaron anoche, con la amnistía que dictaron para los presos políticos.

—¿Y desde cuándo ese hijo de puta es un preso político? —vociferé.

—De eso no tengo ni idea. No se ponga así. Deme un par de días para averiguar qué pasó y lo llamo.

—Tiene razón —recapacité—. Discúlpeme. Es que no me cabe en la cabeza que hayan soltado a semejante basura, y encima con lo que costó agarrarlo.

—No se disculpe. A mí también me da bronca. Igual no es el único caso, no crea. Ya me llamaron dos más por lo mismo. Estoy pensando que mejor nos vemos en un café. Digo, para no andar hablando por teléfono.

—De acuerdo. Y gracias, Báez.

—Hasta luego.

Colgamos. Me volví hacia Sandoval. Seguía acodado en la baranda de la ventana, con la vista perdida en los edificios de la vereda de enfrente.

—Pablo —intenté hacerlo volver en sí.

Se volvió hacia mí.

—Mirá que hay pocas cosas de las que uno pueda sentirse orgulloso, ¿eh?

Giró de nuevo hacia la ventana. Creo que entonces tomé conciencia de lo importante que había sido para él su participación estelar en la indagatoria de ese malparido. Y esa especie de condecoración íntima acababa de hacérsele trizas. Supe que su rostro vuelto hacia la calle Tucumán debía estar húmedo de lágrimas. En ese momento el dolor por mi amigo fue más fuerte que la bronca que sentía por lo que acababa de ocurrir con Gómez.

—¿Qué te parece si nos vamos a cenar por ahí? —pregunté.

—¡Buena idea! —no pudo evitar el sarcasmo—. ¿Querés que te enseñe a beber whisky hasta que te desmayes? El problema es quién va a venir a buscarnos en taxi a los dos.

—No, tarado. ¿Y si vamos a tu casa, cenamos con Alejandra y le contamos?

Me miró como un chico que acaba de pedir que lo lleven al cine y al que, en cambio, se pretende conformar con un chupetín bolita. Supongo que el estrago que vio en mi propio rostro sirvió para hacerlo entrar en razones.

—De acuerdo —respondió por fin.

Dejamos el oficio sobre mi escritorio, apagamos la calefacción y las luces y pasamos todas las llaves. Bajamos. Era tarde y como la puerta de Tucumán ya estaba cerrada, tuvimos que salir por Talcahuano. A punto de tomar el colectivo, Sandoval me dijo que esperase. Corrió hasta un puesto de flores y compró un ramo. Cuando volvió a alcanzarme dijo, con voz amarga:

—Ya que vamos a portarnos bien, hagámosla completa.

Asentí. El colectivo vino enseguida.

28

Hacía un par de años que no nos veíamos con Báez, los que habían transcurrido desde que al juez Fortuna se le habían apaciguado los delirios de camarista inminente.

—Veamos, amigo. Lo que voy a decirle tómelo con pinzas. Estos días, después de que largaron a todos estos tipos, Devoto es un quilombo padre.

Asentí. Sabía que el policía no iba a perder tiempo refiriéndose a ese desbarajuste general que ambos asumíamos como esencial en la realidad que nos tocaba, y cuya complejidad, aceptábamos, estaba más allá de nuestras entendederas.

—Parece que la cosa vino más o menos así. Ustedes a Gómez lo remiten a Devoto en junio de 1972. ¿Digo bien? Lo alojan en un pabellón cualquiera… no sé… póngale que es el número siete. A las pocas semanas nuestro amigo Gómez se manda una de las suyas: se mete en una riña que casi lo deja frito. En realidad, parece que se hizo el malo con los dos tipos más inofensivos del pabellón, y lo cagaron a golpes.

Yo lo escuchaba. Me reportaba cierto placer pensar en un Gómez que sufría porque equivocaba las decisiones.

—Pero este Gómez parece que tiene un Dios aparte. En lugar de terminar seco en el piso con cuarenta y cinco agujeros de faca, llega a cortar a uno de los internos que lo han atacado. En el tumulto subsiguiente, y porque los presos temen que se les desangre el compañero, llaman a la guardia y se los llevan a los dos. Gómez se ha salvado. Pero aquí tenemos la primera curiosidad, porque… ¿sabe dónde consta todo este incidente de la riña, los heridos y la mar en coche? En ningún lado. A ninguno de los dos heridos lo remiten al hospital. Los atienden ahí nomás, en la enfermería del Penal. No hay una sola actuación administrativa, ni la declaración de un solo guardia, ni de un solo preso. Lo que hay, lo único que hay en el legajo de Gómez, es una orden de traslado a otro pabellón, dos semanas más tarde, cuando al tipo le dan el alta. Usted dirá: es lógico, porque si vuelve al mismo pabellón lo hacen fruta. Sí y no, vea. Puede ocurrir que, si lo mandan al pabellón en el que lo fajaron, ahora que entra con el copete caído, alguno lo tome de mina y a otra cosa, todos en paz. Pero bueno, igual no es lo que ocurre. Lo que termina pasando es que lo envían al pabellón de delitos políticos. Acá le confieso que me desorienté feo: ¿qué podía tener que ver Gómez y su asesinato pasional con todos esos tipos de las FAR, el ERP, los Montoneros? Y encima esos presos estaban a disposición del fuero especial, y no del fuero penal común de los otros, ¿me sigue? Gómez no tiene nada que ver con eso, me dije.

Hizo una pausa para revolver lo que le quedaba de café y apurarlo en un último trago. El pocillo quedaba ridículamente pequeño en semejante manaza. Me preparé para escuchar la médula del asunto. Esa era la diferencia entre Báez y los otros policías que conocía: otros se hubieran conformado con llevar la pesquisa hasta ahí, hasta el límite de sus posibilidades lógicas. Báez no.

—Bien —prosiguió—, esto que le conté hasta acá lo averigüé más o menos fácil. De acá en adelante fue mucho más complicado. Primero, por esto que le digo del fuero especial: no tengo muchos contactos en el asunto de la contraguerrilla. Han armado como un clan separado. Se mandan la parte, la juegan medio de misteriosos, no sé si me entiende. Y, segundo, porque después de lo de la amnistía del otro día están desmantelando a las patadas toda la tienda de circo que tenían armada. Se han quedado sin laburo, por ahora. Pero bueno, en medio del quilombo uno siempre encuentra algún nostálgico rencoroso con ganas de contar sus cuitas, ¿sabe?

Alzó la mano para pedir otro café.

—En fin. Parece ser que dentro del penal armaron un pequeño centro de inteligencia, dependiente del gobierno. Acá se pone más y más confuso. No sé si dependían de la Secretaría de Inteligencia, o del Ministerio del Interior, o del Ejército. Para el caso da igual, porque los que están en ese baile andan todos mezclados, vengan de donde vengan. El asunto es que dentro de la cárcel armaron ese quilombito de espionaje para vigilar a los «cuadros», como les dicen en la jerga a los de la guerrilla, y todo eso. Les daba pánico que pudiera pasarles algo como lo de Rawson, cuando la fuga. ¿Comprende?

Ya era como una novela de intrigas, y Báez era un narrador consumado, pero yo seguía sin entender qué tenía que ver Gómez en todo esto. Se lo pregunté directamente.

—Ya llegamos, mi amigo, ya llegamos. Pero si no le explico esto no va a entender lo otro. Parece que el fulano que estaba a cargo de todo el asunto de esa oficina en Devoto, y que se hacía llamar Peralta, trató de infiltrar a algunos de sus hombres en el pabellón de presos políticos. Ojo. Era un riesgo. Y parece que a uno o dos que los descubrieron se los devolvieron tiesos, al tal Peralta. Por eso no tuvo mejor idea que reclutar algunos presos comunes para eso. ¿Suena peligroso? Sí, pero para él era gratis. En el peor de los casos, un preso menos. En el mejor, un testigo directo, casi como ponerles un micrófono a los famosos «cuadros», como esos aparatitos que se ven en las películas de espías. ¿Me comprende? A Gómez lo reclutan ahí adentro, porque lo toma el tal Peralta, ni más ni menos, para que haga ese laburo. No solo a él, guarda. Parece que en total eran tres o cuatro, no estoy seguro.

Se detuvo un instante mientras el mozo nos servía nuevamente.

—Y acá es donde tuve que preguntarme: ¿por qué uno de esos es Gómez? Porque esa es la pregunta jodida. Lo otro, lo que sigue, es casi natural. Gómez habrá cumplido: después de todo es un tipo despierto y frío como una estatua, cuando no se sale de sus casillas. Joyitas como esa no aparecen todos los días. Bah, si fue una joyita yo no lo sé. Pero si llegó vivo hasta mayo en ese pabellón tan mal no lo habrá hecho. ¿Por qué no seguir usándolo afuera? Así que el procedimiento para sacarlo es sencillísimo. En realidad, no hay tal procedimiento. Se hace solo. Cuando los detenidos que saben que van a salir con la amnistía armen las listas, van a incluirlo también a Gómez con todo gusto y con todos los honores. Y, si no, igual no hay problema. Lo agrega al pie la gente de Peralta, y listo.

Báez hizo ademán de buscar plata para pagar. Lo contuve y saqué unos pesos del bolsillo del saco.

—Así que la pregunta que queda colgada es anterior a eso. ¿Qué lo lleva a este Peralta a meter a Gómez? Primero, le llama la atención la prestancia del fulano, eso de entrar poco menos que rugiendo a la jaula de los leones. Segundo, es gratis. Ya le dije. Si sale mal, el tal Peralta no pierde nada. Y tercero… ¿quiere lo mejor?

A juzgar por el gesto amargo del policía «lo mejor» era, en realidad, lo peor de todo.

—Porque, si con todo lo anterior el jefe no se decide a usarlo, cuando pida datos de la causa por la que está preso, allí no le quedan dudas. Le mete para adelante como una tromba. Acá, en la propia causa penal está la cosa, Benjamín.

«Carajo», pensé. ¿Podía ser tan grave el asunto como para que tratara de suavizarlo llamándome por mi nombre de pila por primera vez en su vida?

—Usarlo a este pibe es una manera brillante de cagarlo a usted.

Me confundió absolutamente. ¿Qué podía tener que ver yo con todo eso? Hasta aquí el relato de Báez sonaba lógico, deprimente pero lógico. Pero esto último sonaba desafinado, como esas pesadillas que soñamos y que de entrada no parecen pesadillas, y que empiezan a serlo precisamente cuando saltan la cornisa de la lógica y de la razón y se vuelven incomprensibles e inquietantes.

—Cuando me quedé sin datos para seguir preguntando por Gómez, se me ocurrió tratar de sujetar el otro cabo de la cuerda. El famoso jefe, ese Peralta. Se suponía que iba a ser un poco complicado, tratándose de una oficina de inteligencia del gobierno, y adentro de una cárcel. Pero tampoco fue para tanto. No dejan de ser argentinos, y rascando un poco uno se da cuenta de que la armaron con alambre. De lo contrario no habría sido tan sencillo conseguir la descripción y el nombre verdadero del supuesto Peralta.

El mozo levantó los billetes de la mesa y empezó a demorar la entrega del cambio, como para convencerme de que le dejara el vuelto como propina. Lo despaché con un gesto.

—Parece que es un tipo de su edad, Chaparro. Es pelado, usa un bigote grueso, dicen que parecido al mío, no es muy alto. De más joven era flaco, pero ahora parece que está bastante obeso. ¿Y sabe qué? Trabajó varios años en Tribunales, en un Juzgado de Instrucción. ¿Ya lo adivinó?

No podía ser. No era posible.

—Sí, señor. Piense lo peor, mi amigo. Así, en general, acierta. Trabajó con usted en el Juzgado de Instrucción n.° 41, como oficial primero de la otra Secretaría. Hasta que lo sumariaron por una denuncia por apremios ilegales en 1968. La cosa quedó en nada, porque lo frenaron desde arriba. Pero el suegro parece que andaba en la pesada (coronel, general, algo por el estilo) y lo llevó de la mano a Inteligencia, parece. ¿Lo ubica? Romano, de apellido.

29

—No puede ser, tanta mala leche —dije por fin cuando conseguí, después de varios minutos de furiosa incredulidad, aceptar que lo que ocurría estaba, nomás, ocurriendo.

Báez me miraba esperando tal vez que le brindara las dos o tres piezas que le restaban para terminar de armar el conjunto. Le recordé aquel suceso de los albañiles y la paliza salvaje que les había dado Sicora casi por orden y recomendación de Romano. Báez me escuchó con una mezcla de sorpresa y curiosidad, porque en su momento casi no se había enterado del asunto. Él había andado unos cuantos días de licencia por unas vacaciones que le debían, y Sicora y el otro hijo de puta lo habían manejado desde la seccional. Ni siquiera estaba seguro de que a Sicora lo hubiesen sumariado, como habíamos hecho en Tribunales con Romano. Le confirmé que la denuncia contra mi entonces colega había quedado en nada. Cuando terminé, me pidió que lo esperara un segundo. Fue hasta el fondo del café y habló un par de minutos por el teléfono público. Cuando volvió, me dijo que Sicora había muerto en el '71 en un accidente en la ruta 2, así que por ahí no podíamos profundizar nada.

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