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Authors: Lewis Perdue

Tags: #Intriga, #Terror, #Ciencia Ficción

El ojo de fuego (35 page)

Él desapareció con el primer estallido de un arma de fuego y se llevó al
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con él. Luego, todo quedó a oscuras, sólo se oían más disparos, gritos, explosiones, improperios, órdenes a voz en grito y chillidos. Una de las voces era la de Rodríguez. Escuchaba voces en neerlandés, alemán e inglés.

Lara se despertó y saltó de la cama de golpe. La pantalla del reloj de la mesilla de noche le decía con sus cifras rojas que sólo eran las cuatro de la madrugada. Sacó el Colt.380 e hizo retroceder la corredera para que entrase una bala en la recámara; con rapidez se abalanzó hacia la puerta para asegurarse de que estaba cerrada. Respirando profunda y entrecortadamente, puso la oreja sobre la puerta un momento. El violento ruido parecía distante, como si estuviese debajo de ella. Arrastró un pesado sillón y lo empujó contra la puerta. A continuación se puso sus Levi's y la ropa que había dejado tirada por el suelo cuando, cansada, se había echado a dormir.

El ruido de la violencia se hacía cada vez más intenso, se acercaba. Lara buscó ansiosamente por la habitación una vía de escape. Sólo había una ventana abierta que daba al inclinado tejado de la cubierta del edificio contiguo. Miró con recelo las tejas húmedas y resbaladizas y, luego, fue rápidamente al baño. Ni siquiera una ventana.

—¡Es terrible! —murmuró, mientras cerraba la cremallera de su bolsa y se la ponía en bandolera, dejando que descansase cómodamente en su cadera izquierda.

Se oían voces que gritaban con fuerza al otro lado de la puerta. Algo golpeó contra el marco, resonando como un cañón. Luego otra vez. La puerta empezó a astillarse. Lara quitó el seguro del Colt, alzó el brazo y disparó un único disparo a la puerta, justo por encima del respaldo del sillón.

Un hombre gritó de dolor. Los golpes cesaron. Detrás de la puerta, resonaron pasos que corrían a toda prisa. Lara se permitió esbozar una sonrisa al escuchar los sordos juramentos y órdenes urgentes. Las órdenes dominantes provenían de una mujer que hablaba en inglés y alemán.

Es extraño, pensó Lara mientras descorría el pestillo de la ventana y abría las dos puertas. De repente, la puerta estalló bajo una lluvia de balas de una automática.

Lara se lanzó por la ventana para escapar del alcance de la ráfaga mortal de las armas de sus atacantes, pero se enfrentó a la deslizante superficie de las inclinadas y bien lubricadas tejas, mojadas por la lluvia del día anterior. Desesperada, buscó dónde aferrarse, con el Cok bien sujeto, repiqueteando contra las tejas delante de ella. Con el débil resplandor que reflejaban las farolas, Lara vio que estaba cerca del canalón y se dio cuenta de que lo arrancaría si no controlaba la velocidad.

¡Allí! una cañería de los tubos de ventilación sobresalía treinta centímetros del tejado.

Pero estaba demasiado lejos. A medida que la tubería se acercaba, Lara intentó ponerse de rodillas para prepararse y acercarse a ella. Sin embargo, todo estaba demasiado resbaladizo.

Vagamente escuchó voces furiosas y excitadas tras ella, por encima. Desesperada, rodó sobre su espalda y alargó las piernas para tocar la tubería. Ahora podía ver la ventana y con calma, casi con indiferencia, como si estuviese fuera de su cuerpo, vio que un montón de personas se inclinaba sobre el alféizar. Lara vio que una mujer alzaba un arma y apuntaba hacia ella. En aquel instante, el hueco de la rodilla extendida de Lara atrapó el canal de ventilación y la hizo balancear dando la vuelta en un violento círculo. Lara escuchó la detonación de un arma por encima, y después sintió que caía sobre ella una lluvia de metralla de terracota cuando la bala arrancó la teja por donde acababa de pasar. Otro disparo; otro más.

Lara alcanzó la tubería, pero la velocidad de su descenso por el inclinado tejado y la humedad hicieron que resbalase y no se pudiese sujetar. Al mismo tiempo también interrumpió su velocidad y le hizo dar una vuelta en redondo, de forma que se deslizara de espaldas con los pies por delante hacia el canalón. Los balazos la perseguían y cada vez estaban más cerca. Cuando sus pies tocaron la tubería, descendió con cuidado, moviéndose despacio hacia un alero que la separaba del alcance de visión de sus atacantes.

Lara descansó unos segundos, respirando agitadamente, y luego probó la resistencia del canalón, que se derrumbó de inmediato, despidiéndola por el tejado otros diez pies hasta aterrizar en lo alto de una escalera metálica de emergencia. Aturdida por la caída, Lara se esforzó por recuperar el aliento, sin éxito. Al fin, la primera bocanada de aire entró en sus pulmones y luego la siguiente. Se incorporó, apoyándose en los codos, sorprendida al descubrir que donde le dolía más era en el muslo, donde se había golpeado con la maceta de una planta. Se encendieron luces tras la ventana que daba a la escalera de emergencia. Las alteradas voces se oían cada vez más fuerte.

Lara se puso en pie y saltó al suelo con rapidez, aterrizando sobre un montón de cajas y basura del fondo del callejón. En aquel preciso momento, una furgoneta azul dobló por el callejón y derrapó al detenerse. Las puertas se abrieron como si hubiese explotado una granada.

Cuatro hombres enmascarados cubiertos con pasamontañas y vestidos de negro se abalanzaron sobre ella.

—Venga con nosotros —dijo apremiante uno de ellos al abalanzarse sobre ella—. Somos amigos.

—¡No! ¡Alto! ¡Soltadme! —disparó un codo al rostro del hombre y el blando crujido de un hueso roto resonó en la penumbra del callejón. Las piernas del hombre se doblaron y cayó sobre el otro hombre que estaba tras él. Lara echó a correr a toda velocidad pero, segundos después, un gran placaje la derribó al húmedo e irregular pavimento.

Los terribles segundos que siguieron a continuación estuvieron repletos de latidos acelerados, hombres, manos, peso aplastándola, un guante en su boca, la punta de una aguja en la parte trasera de su muslo y después una cálida y confortable oscuridad, la sensación de desvanecerse que siguió a los potentes sedantes cuando le hicieron efecto. Lara sintió el tacto del metal. ¿Esposas? Y, luego, las manos que la sujetaban, manejaban, levantaban, se la llevaban.

Finalmente, se abandonó en el oscuro remolino que la adentró en las fauces de la oscuridad.

Capítulo 37

Voces en el vacío. Palabras sin significado. Sonidos sin contexto. Oscuridad.

Luego, poco a poco, Lara Blackwood sintió que volvía a ser ella misma de nuevo. Recuperaba la conciencia despacio, y con ella el temor y los recuerdos de hombres, uniformes y agujas sumiéndola en sueños narcóticos.

Sintió una suave tela bajo un lado de su cara, olió los olores viciados a humedad y alquitrán de una casa en la que se ha vivido mucho tiempo, las motas de polvo de viejos libros y madera.

Con cada latido de su corazón, las palabras que escuchaba cada vez tenían más sentido, aumentaban en contenido y creaban un contexto hasta que, por fin, pudo distinguir dos voces distintas que hablaban neerlandés. No se dieron cuenta de que podía entenderlos. Las voces parecían amistosas; le habían quitado las ataduras. Sin embargo, lo que era incluso más tranquilizador era la ausencia de los sonidos que hacían todos los edificios de las bulliciosas burocracias, ya sea un hospital o una comisaría. No escuchó ninguno de los constantes ruidos caóticos de fondo, ni teléfonos sonando, ni rumor de pisadas, ni ruido de papeles, ni voces que murmuran, sillas arrastrándose, chasquidos de cajones, puertas al cerrarse, toses o sonido de archivadores.

Por el contrario, sintió una suave brisa que entraba por una ventana abierta y, en la distancia, escuchó voces de niños jugando. Luego, un golpe en la puerta, una voz apagada que hablaba en neerlandés al otro lado, preguntando si podía entrar. A su lado, otra voz, también en neerlandés, dio su consentimiento. El pomo de la puerta resonó, los goznes chirriaron, una voz preocupada habló en inglés.

—¿Cómo está?

—Está —repuso un anciano.

«Un anciano…; Me dio la impresión de que estaba realmente preocupado por ti».

Tras la penumbra de sus párpados cerrados, recordó la descripción de su amigo.

«Cuando marchó, dijo algo verdaderamente extraño…; El anciano me dijo: «Si la ve, por favor, dígale que hay otros que también buscan la verdad»».

El corazón de Lara se aceleró, pero frenó su primer impulso de abrir los ojos y levantarse. Permaneció quieta, como si aún durmiese, oculta tras sus párpados rosados, intentando asimilar lo máximo posible antes de decidir cómo actuar. Estaba acostada sobre su lado derecho, de cara a la conversación.

Al final, Lara abrió los ojos y habló:

—¿Es usted el hombre que también busca la verdad? —Arrastraba las palabras al hablar, tenía la lengua seca e hinchada.

—¡Ah! La bella durmiente se ha despertado.

—¡Cielos! —Lara exclamó cuando sus ojos enfocaron una cara que le resultó algo familiar, de un anciano sin embargo lleno de energía.

—Usted…, ¿no es usted Jan DeGroot? —preguntó.

—El mismo —la saludó con una inclinación propia del Viejo Continente.

—Profesor…, profesor emérito en la Universidad de Leiden —dijo ella vagamente—. Usted fue jefe de investigación de Eurodrug.

—Soy culpable de todo lo que me acuse —sonrió el hombre—. Y éste —señaló al otro neerlandés, un hombre maduro pero mucho más joven que DeGroot—, es Richard Falk, el segundo al mando de las fuerzas armadas neerlandesas y fundador, junto con un servidor, y varias personas más, de
Shinrai
.

—¿Shinrai?

—Es el término japonés para nombrar la verdad. Somos una red de gente establecida por todo el mundo, que cuenta inclusive con muchos japoneses que quisieran ver que concluye la situación a la que usted se ha visto arrastrada —dijo Falk.

—¿La situación?

DeGroot empezó su relato:

—Durante cincuenta años, políticos y escritores se han concentrado en los horrores de la Alemania nazi, contando historias sobre Odessa y tramas para crear un cuarto Reich, ¡perros de paja! —resopló con fuerza—. Tal vez sus esfuerzos y, ciertamente, la admisión de culpa por parte de los alemanes, los llantos judíos de «Nunca más» y la continua presión contra el auge del neofascismo, ha servido para mantener el demonio ario bajo control. Sin embargo, a su vez, esta concentración en Alemania ha desviado la atención de la gente del holocausto japonés y de las atrocidades médicas que se llevaron a cabo, su racismo exacerbado, el sentido de superioridad y del destino wagneriano que aún está vivo en Japón hoy.

Lara escuchó que el anciano inspiraba profundamente. Parecía que al neerlandés le costase más hablar a medida que el tema en cuestión se hacía más emocional y más intenso.

—Verá —continuó DeGroot, con la voz más calmada ahora—, excepto nuestros aliados japoneses, la mayoría de miembros de
Shinrai
sufrieron a manos de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Los japoneses mataron a millones de personas inocentes y a otros, como nosotros, a los que no mataron, los mutilaron física y emocionalmente. No hay nada que quede grabado de forma más permanente en la memoria que ver a nuestros seres queridos, a nuestros camaradas de armas, ser torturados, desmembrados, destripados, defenestrados, desangrados, disecados vivos y delante de nuestros ojos.

—Tal vez sería correcto que nos llamasen fanáticos —continuó DeGroot—. Aunque muchos de nosotros hemos vivido aparentemente vidas normales y algunos de nosotros hayamos alcanzado un substancial reconocimiento en nuestras carreras, no hay nada más importante en nuestras vidas que conseguir aunque fuera el 1% de la justicia que los japoneses nos han denegado a nosotros y al mundo.

—Hemos estado trabajando durante medio siglo para llevar a los arrogantes japoneses al mismo punto de contrición que Alemania aceptó hace más de medio siglo.

Hizo una pausa y en voz más baja añadió:

—Los viejos consideran que aquellos que olvidan la historia están condenados a repetirla, y en este caso es cierto y, además, doloroso; los japoneses nunca han sido castigados, nunca han sido obligados a enfrentarse a sus odiosos actos, nunca han aceptado su responsabilidad. A menos que lo hagan, lo repetirán de nuevo y el mundo volverá a ser un lugar horrible por esa causa.

—Tan sólo eres la última víctima y tal vez puedas ayudarnos a evitar que haya ninguna más —dijo Falk.

El vestíbulo del hotel Casa Blanca olía a colillas, café rancio y temor reciente. Sentado erguido en el borde de un sofá con brocados de oro, el agente de policía Joost Van Dyke entrecerraba los ojos, para que no le cayesen las lágrimas que bañaban su rostro y que le escocían a causa del humo de los cigarrillos que la mujer fumaba sin interrupción. Había tenido la mala suerte de ser el primer policía en responder a la llamada de emergencia por los disparos en la Oude Zijds Acherburgwal. Se encontró delante de la puerta principal del moderno hotel y casa de entretenimiento gay, demolido por lo que parecían ser explosivos preparados por profesionales y, al entrar, con una carnicería. El propietario estaba muerto, así como los dos huéspedes que, imprudentemente, abrieron sus puertas para ver qué era aquel revuelo. Encontraron tres cadáveres más. En el piso superior, el cadáver de un delincuente habitual de Irlanda del Norte, que solía estar bajo condicional y que parecía que había disparado el arma demasiadas veces.

La oscuridad se había llenado de detectives, ambulancias, furgones de la morgue y un flujo continuo de oficiales de policía de las comisarías, cada vez de rango superior, todos formulándole las mismas preguntas mientras el alba daba paso al amanecer, y el amanecer avanzaba hacia el mediodía.

Luego llegó aquella mujer que le recordó a una cobra que una vez había visto en el zoo. Era una mujer formidable: alta, rubia, con un rostro que tenía la belleza letal de una cobra y una voz que te atravesaba hasta la médula de los huesos. Llegó al hotel acompañada por su oficial superior al mando, que le había llevado hasta allí.

La mujer estaba cerca del sofá donde Van Dyke estaba sentado solo.

—Muy bien —dijo ella, echando humo con cada sílaba—. Vamos a repasarlo otra vez más.

Van Dyke lanzó una mirada de súplica a su oficial superior para rogarle que hiciese algo con aquella víbora, que por favor le dejase marchar. El jefe de Van Dyke sacudió la cabeza de forma imperceptible. Ella estaba allí formando parte de un pequeño pero silencioso coro griego que estaba junto al jefe de toda la policía de Ámsterdam, el enlace diplomático de la oficina del alcalde y el número dos de la embajada de Estados Unidos. Una petición personal del presidente estadounidense para que se le dispensase a la víbora todas las atenciones, que había hecho que pasase rápidamente por todas las vías diplomáticas y había caído como una tonelada de adoquines sobre la cabeza de Van Dyke. La continuación o el desenlace de su prometedora carrera dependían de la calidad de sus respuestas. Van Dyke asintió a su oficial, intentó inspirar profundamente y se encontró de nuevo contra una barrera de humo de tabaco. La mujer puso los ojos en blanco mientras tomaba un sorbo de agua de un vaso de plástico.

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