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Authors: Clive Barker

Tags: #Fantástico

El ladrón de días

 

Harvey tiene diez años. A Harvey, como a todos los niños, le fastidia ir a la escuela; sobre todo en febrero, un mes muy tonto, de clima pésimo y sin buenas fiestas. Conoce entonces a Rictus, un simpático hombrecillo que le ofrece la solución a su problema: la casa de vacaciones del señor Hood, donde siempre es fiesta. Harvey no lo duda. ¡Qué maravilla es la casa del señor Hood! Cada día se despierta en primavera, come en un plácido verano, disfruta de juegos hogareños en la tarde de otoño y goza de los entrañables ritos navideños antes de irse a dormir. Tan perfecto... que es demasiado perfecto. Harvey es un chico listo. Descubre cosas y tiene que huir de allí. Y eso no es —también va a descubrirlo— fácil.

El ladrón de días
recupera la tradición del cuento infantil, en el que la tragedia, el paisaje mágico y la satisfacción se entremezclan. Una obra sorprendente, pletórica de imaginación. Tan apasionante y aparentemente ingenua como, en el fondo, cuidadosamente pensada.

Clive Barker

El ladrón de días

ePUB v1.1

GONZALEZ
16.02.12

Título Original:
The Thief of Always

Autor: (1992) Clive Barker

Traducción: (1993) Enric Canals

Fecha Edición: 11/1993

Publicación: Grijalbo

ISBN 13: 978-84-253-2226-6

ISBN 10: 84-253-2226-X

I

Febrero, la gran bestia se había tragado vivo a Harvey Swick. Ahí estaba, enterrado en la barriga de aquel horrible mes, sin saber cómo ni cuándo encontraría el camino de salida para recorrer la fría espiral que conducía a Pascua.

No pensaba mucho en las probabilidades. Lo cierto era que se hallaba tan cansado, a medida que se acumulaban las horas, que simplemente pensaba que algún día se olvidaría de respirar. Luego, la gente se preguntaría cómo aquel lindo muchacho había perecido en el alba de la vida. Su muerte se convertiría en un sonado misterio que no podría resolverse hasta que algún gran detective decidiera reconstruir un día en la vida de Harvey.

Luego, y solamente luego, se descubriría la triste verdad. Ante todo, el detective seguiría el camino que todas las mañanas hacía Harvey para ir a la escuela, atravesando funestas calles. Luego se sentaría al pupitre de Harvey y escucharía los pesados rollos del profesor de historia y del de ciencias, asombrándose del heroísmo de aquel muchacho que
había
sabido mantener en todo momento los ojos abiertos. Al consumirse el día, ya al oscurecer, recorrería el camino de regreso a casa, y cuando pusiera el pie en el escalón del cual había partido aquella mañana y la gente le preguntara —como así lo haría— por qué una dulce criatura como Harvey había muerto, movería la cabeza, diciendo:

—Es muy simple.

—¿Ah, sí? —preguntaría la gente con curiosidad—. Explíquese.

Y, quitándose una lágrima, el detective respondería: —Harvey Swick fue devorado por una gran bestia llamada Febrero.

Fue un mes monstruoso, esto es seguro. Un horrendo y espantoso mes. Los placeres de Navidad, a la vez desabridos y dulces, todavía empañaban la memoria de Harvey, y la promesa del verano era tan remota como mítica. Habría entretanto la pausa de primavera, es cierto, pero ¡cuan lejos estaba! ¿Cinco semanas? ¿Seis? Las matemáticas no eran su fuerte, por lo que se atormentó todavía más intentando —y fallando— el cálculo de los días que faltaban. Él, simplemente sabía que mucho tiempo antes de que el sol viniera a salvarle se consumiría en la barriga de aquel monstruo.

—No deberías perder el tiempo ahí sentado —dijo su madre cuando entró en su habitación y le encontró observando cómo las gotas de agua se alcanzaban unas a otras en el cristal de la ventana.

—No tengo nada mejor que hacer —respondió Harvey, sin mover la cabeza.

—Bien, podrías hacer algo útil —dijo la madre.

Harvey se encogió de hombros. ¿Útil? Otra palabra que sonaba a trabajo duro. Se volvió de repente, poniendo en orden sus excusas —él no había hecho esto, no había hecho aquello—, pero era ya demasiado tarde.

—Podrías empezar arreglando esta habitación —dijo su madre.

—Pero...

—No te quedes ahí sentado dejando pasar los días, querido. La vida es demasiado corta.

—Pero...

—Eres un buen chico .

Y así le dejó. Musitando algo para sí mismo, su vista recorrió la habitación. ¿Arreglarla? En realidad no estaba desarreglada. Había uno o dos juegos tirados por el suelo; un par de cajones abiertos; unas cuantas prendas colgadas... Su aspecto era correcto.

—Tengo diez años —se dijo a sí mismo (al no tener hermanos ni hermanas hablaba mucho consigo mismo)—: Quiero decir que ya no soy un niño. No tengo que arreglar la habitación sólo porque ella lo diga. Es insoportable.

Harvey ya no estaba musitando; estaba hablando en voz alta.

—Quiero... Quiero... —Fue hacia el espejo y se miró de hito en hito—. ¿Qué es lo que quiero? —Aquel niño chato, de pelo pajizo y ojos pardos que vio ante él, sacudió la cabeza—. No sé lo que quiero —dijo—, sólo sé que quiero morir si no me divierto un poco.

Mientras hablaba, la ventana rechinó. Fue una ráfaga de viento. Hubo otra, y después otra. Harvey no recordaba que la ventana estuviera abierta ni siquiera unos centímetros; y, sin embargo, se abrió de golpe. La fría lluvia salpicó su cara. Cerrando un poco los ojos fue a la ventana y la cerró, asegurándose de que el cerrojo estuviera esta vez en su sitio.

El viento había empezado a mover la lámpara; y cuando ésta se dio la vuelta, toda la habitación pareció girar. La luz le deslumbró un instante; luego dio directamente en la pared opuesta, pero entretanto había iluminado el centro del cuarto y allí, de pie, sacudiéndose la lluvia del sombrero, había un intruso.

Parecía inofensivo. No era más que unos quince centímetros más alto que Harvey, de complexión esquelética y piel amarillenta. Llevaba un traje de fantasía, gafas y una pródiga sonrisa.

—¿Quién es usted? —le preguntó Harvey, sin saber cómo aquel entrometido había podido atravesar la puerta.

—No te pongas nervioso —respondió el hombre, quitándose uno de sus guantes de gamuza y cogiendo, acto seguido, la mano de Harvey para estrechársela—. Mi nombre es Rictus. Tú eres Harvey Swick, ¿verdad?

—Sí...

—Pensé por un momento que me había equivocado de casa.

Harvey no podía apartar los ojos de la sonrisa de Rictus. Era lo bastante ancha para avergonzar a un tiburón, con dos filas de fulgurantes dientes perfectamente alineados.

Rictus se quitó las gafas, sacó un pañuelo del bolsillo de su empapada chaqueta y empezó a limpiarlas de las gotas de lluvia. El olor que despedía, él o el pañuelo, no podía llamarse precisamente fragancia. En realidad era flatulento.

—Tendrás algunas preguntas que hacerme. Lo veo —dijo Rictus a Harvey.

—Sí.

—Pues pregunta. No tengo nada que esconder.

—Bien; en primer lugar, ¿cómo entró usted aquí?

—Por la ventana, naturalmente.

—Hay un buen trecho desde la calle.

—No, si puedes volar.

—¿Volar?

—Ya lo creo. ¿Qué otra cosa podía hacer en una nochecita como ésta? Los que somos bajitos tenemos que andar con cuidado en una noche así. Un paso en falso y te encuentras nadando. —Mirando a Harvey, en plan guasón, añadió—: ¿Tú nadas?

—En verano, algunas veces —respondió Harvey, deseando volver al tema del vuelo.

Pero Rictus orientó la conversación en un sentido totalmente distinto.

—En noches como ésta —dijo—, ¿no te parece como si nunca pudiera haber otro verano?

—Efectivamente —dijo Harvey.

—Te he oído suspirar a más de un kilómetro de distancia y me dije: «Allí hay un chico que necesita unas vacaciones». —Consultó su reloj—. Si estás dispuesto, ya es la hora.

—¿La hora?

—¡Para emprender un viaje, muchacho, un viaje! Necesitas una aventura, jovencito. En algún lugar... fuera de este mundo.

—¿Cómo puede haberme oído suspirar a más de un kilómetro de distancia? —quiso saber Harvey.

—¿Por qué ha de preocuparte? Yo te oí. Esto es lo que importa.

—¿Se trata de alguna forma de magia?

—Puede.

—Y ¿por qué no me lo explica?

Rictus miró a Harvey fijamente.

—Creo que eres demasiado inquisitivo para tu bien, he ahí el porqué —dijo, dejando decaer un poco su sonrisa—. Si no quieres cooperar, por mí no hay inconveniente.

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