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Authors: Laura Connors

Tags: #Romántico

Canción de Nueva York

 

Maya regresa a Nueva York quince años después. Pero ¿Por qué vuelve a la ciudad de la que salió huyendo con el corazón roto? Ni siquiera ella misma lo sabe. O tal vez lo sepa, pero no quiera reconocerlo… Catorce misteriosas cartas pueden tener la culpa.

Una historia de amor y odio, de crisis y reencuentros, de celos y promesas, de amargura y esperanza… como la vida misma. Una historia que todos hemos vivido de alguna manera y que, pese a todo, nos ha hecho más fuertes.

Laura Connors

Canción de Nueva York

ePUB v1.0

Mapita
11.04.13

Título original:
New York love song

Laura Connors, 2012

Traducción: Nieves García Bautista

Diseño portada: Laura Moreno Bango

Nº de páginas: 135

Editor original: Mapita (v1.0)

Colaboran: Enylu, Mística y Natg {Grupo EarthQuake}

ePub base v2.1

Capítulo 1

Maya cogió una pastilla roja del pequeño bote, se la metió en la boca y apuró su
gin-tonic
. Era la segunda píldora y el tercer cóctel en menos de dos horas, pero en aquel momento lo necesitaba más que nunca. La mujer miró a través de la ventanilla del avión. Las luces de la ciudad aparecían distorsionadas bajo el intenso manto de lluvia que bañaba el mar de rascacielos. Maya suspiró. Llevaba quince años sin pisar Nueva York. Abrió el bolso y contempló los sobres que guardaba cuidadosamente en su interior. Había exactamente catorce cartas, todas ellas idénticas tanto en apariencia como en contenido.

«¿Por qué no había quince cartas? ¿Por qué no había llegado la última carta?», se preguntó, inquieta.

La azafata pasó a su lado y le dedicó una amplia sonrisa.

—Lo siento, pero tiene que plegar la mesita, vamos a aterrizar dentro de poco —dijo la joven retirándole la copa.

—Por supuesto —respondió sin emoción.

El bufete de abogados para el que iba a trabajar en Nueva York le había proporcionado billetes en primera clase. El personal de vuelo era muy atento y la cena francesa que les habían servido había sido exquisita, pero Maya tenía un nudo en el estómago que amenazaba con hacerle vomitar. El
glamour
de la primera clase perdería gran parte de su encanto si vomitaba sobre el pasajero de al lado, pensó Maya, amagando una sonrisa. En realidad, no tenía claro si se encontraba en ese estado por el retorno a su viejo hogar o por el pavor que le producía el aterrizaje inminente. Odiaba volar.

—¿Te encuentras bien, Maya? —dijo John, a su lado.

—Sí. Solo estoy un poco mareada —mintió ella.

—¿Estás nerviosa? Si te sientes mejor, puedes cogerme el brazo cuando estemos aterrizando.

—No será necesario, gracias —dijo, intentando mostrarse segura. El temblor de su voz la traicionó.

Su compañero de vuelo, John Walls, era un empresario de Florida que viajaba a Nueva York por negocios. Al principio, Maya se había mostrado reacia a entablar conversación con él, pero la charla, junto con el efecto de las pastillas y el alcohol, había terminado por tranquilizarla. En realidad, aquel era un hombre agradable y atento. Debía rondar los cuarenta años y era bastante apuesto. Durante el vuelo, John había intentado averiguar más cosas de la vida de Maya; si estaba casada, si tenía hijos, si tenía novio… Lo había hecho sutilmente, sin resultar avasallador ni molesto, pero Maya estaba convencida de que la intención de su compañero de vuelo era acabar en la cama con ella, en algún hotel de Manhattan. En realidad, ¿qué había de malo en ello? Al fin y al cabo llevaba más de un año sin hacer el amor y no había tenido muchas oportunidades de conocer a nadie en ese tiempo. Cualquiera de sus amigas solteras, y más de una casada, no lo habría dudado y habría acabado la noche entre los brazos de John Walls, y a la mañana siguiente, habría llamado a sus amigas para alardear de su gran conquista. La idea no la seducía demasiado.

—Estoy divorciada —había contestado Maya ante la curiosidad de su acompañante—. Y no, no tuvimos tiempo de tener hijos. Los dos teníamos demasiado trabajo —añadió con cinismo.

John sonrió, pero Maya sintió una pequeña punzada de tristeza y de pérdida ante su propio comentario. Siendo realista, no podía considerar que sus ocho años de matrimonio con Michael hubiesen estado vacíos, ni tampoco que hubiese sido un fracaso rotundo. Al principio, la relación pareció sacada de un cuento de hadas. Los primeros años fueron maravillosos, pero poco a poco y casi sin darse cuenta, la rutina y sobre todo el trabajo les fueron apartando al uno del otro. Michael no era un mal hombre y ni siquiera podía culparle por lo ocurrido. Incluso en una ocasión, cuando las cosas estaban francamente mal, su exmarido le propuso que lo dejasen todo y se marchasen a vivir al campo. Tenía que reconocer que Michael había hecho mucho más esfuerzo por arreglar la situación que ella misma.

Aunque la ruptura había sido inevitable, Maya no podía dejar de sentirse culpable. Sobre todo cuando pensaba en las catorce cartas que llevaba guardadas en el bolso. Le costaba reconocerlo, pero esas cartas habían desempeñado un papel muy importante en su ruptura con Michael. Mejor dicho, Paul, el hombre que las había escrito, había desempeñado un papel muy importante en la ruptura de su matrimonio. Y lo que le asustaba aún más, quizá también tenía mucho que ver en su regreso a Nueva York.

El avión dio una pequeña sacudida mientras descendía hacia el aeropuerto JFK. Maya se agarró al asiento. Desde que era pequeña había tenido muy mala suerte, eso era indudable. La mayoría de la gente que la rodeaba la consideraba gafe y ella no podía hacer otra cosa más que darles la razón. Era gafe. Rematadamente gafe. La mala suerte la acompañaba desde el colegio. Ya entonces, si había un charco de barro, ella estaba allí para caerse de bruces y mancharse el vestido. Si había que saltar al potro, acababa llorando en el suelo con un chichón espantoso.

Después, en la universidad, su mala suerte continuó. Si se compraba un coche, a las dos semanas estaba averiado. Si tenía una cita, acababa llegando tarde por cualquier imprevisto y el chico terminaba yéndose con otra. Y así en todos los aspectos de su vida menos en uno. En su trabajo como abogada era respetada hasta por la mala suerte. Cuando Maya entraba en una sala de audiencias, la fatalidad se quedaba fuera, a las puertas del juzgado, esperando a que Maya saliera para subirse de nuevo a sus espaldas. Dentro de la sala, gracias a la ausencia de la mala suerte y a su valía, Maya se había labrado una reputación como uno de los mejores abogados de Los Ángeles.

Pero ahora no estaban en un tribunal, sino a diez mil pies de altura y no le extrañaría que su mala sombra hiciera que el avión se viniese abajo. Maya estudió la silueta del ala a través de la ventanilla, en busca de alguna señal de alarma, pero no vio nada extraño. Cerró los ojos y trató de concentrarse en otra cosa, pero no podía tranquilizarse. Sacó una de las cartas del bolso y pasó la mano, con mucho cuidado, por el papel. El sobre amarilleaba por los bordes, pero aún no había perdido el olor característico que acompañaba la misiva, incluso después de tantos años. La letra clara y firme de Paul destacaba sobre el fondo. De nuevo, le asaltó la misma duda.

«¿Por qué no había quince cartas? ¿Por qué no había llegado la última carta?».

Aquella que sostenía en las manos era la primera de las catorce misivas. Ni siquiera tenía que leerla para saber qué decía, se la sabía de memoria. Se la había ido bebiendo hasta hacerla suya por completo, palabra a palabra, letra a letra. Maya comenzó a leer, acompañada por la luz azulada de la tormenta. A las pocas líneas la boca se le secó y tuvo que dejarla a un lado. Entonces el avión pegó un bandazo y una de las azafatas estuvo a punto de caer al suelo. Maya gritó, asustada. John le tomó la mano con firmeza y le dedicó unas palabras tranquilizadoras.

—No te preocupes. Hay un poco de viento de costado y estamos virando para enfilar la pista de aterrizaje —dijo con voz cálida—. Es normal que el avión se mueva así. No te lo conté antes porque no quería parecer presuntuoso, pero de joven fui piloto militar y te aseguro que no hay ningún riesgo. En seguida volveremos a estar más tranquilos.

Maya agradeció su contacto y la seguridad que trasmitía. El avión, como si estuviese obedeciendo las palabras de John, recuperó la estabilidad mientras descendía. El aterrizaje fue algo accidentado, pero Maya consiguió superar el trance con ayuda de John y del cóctel de
gin-tonic
con tranquilizantes.

Todavía seguía mareada cuando se despidió de John en la terminal del aeropuerto. El hombre le había ayudado con las dos grandes maletas que llevaba de equipaje. John tenía un chófer esperando su llegada.

—¿Seguro que no quieres que te acerquemos? —preguntó John—. Te podemos dejar donde quieras.

Maya estuvo a punto de aceptar su oferta, pero finalmente la declinó con amabilidad.

—No te preocupes, John —dijo—. Y muchas gracias por todo. Has sido muy amable.

John se despidió de ella sorprendiéndola con un abrazo. El perfume del hombre era fresco y a la vez viril. No se podía negar que era sumamente atractivo.

—Toma —le dijo John tendiéndole una tarjeta con una sonrisa—. Llámame si vuelves a marearte, ¿de acuerdo? Estaré todo el mes por aquí —añadió despidiéndose.

Maya guardó la tarjeta y le vio alejarse acompañado de su chófer. Durante el vuelo, le había dado su número a John, y, aunque no se arrepentía, tampoco estaba muy contenta de haberlo hecho.

Maya arrastró las maletas hasta la cola de los taxis. Llovía a mares y los tacones le bailaban en cada paso que daba. Cuando le llegó su turno, un taxista con turbante le dedicó una sonrisa repleta de dientes blancos que destacaban en su rostro oscuro. El taxista era inmenso, debía pesar más de ciento cincuenta kilos y a Maya le extrañó que pudiese caber en un coche tan pequeño. Probablemente fuese indio o paquistaní. El hombre le tendió amablemente un paraguas ajado.

—Déjeme a mí el equipaje, señorita. Usted suba o se va a empapar. —El taxista hablaba con un marcado acento inglés. Le recordaba mucho a la forma de hablar de Hugh Grant; tanto, que si cerraba los ojos, podía imaginarse perfectamente que se encontraba frente al actor.

Maya le dio las gracias y se subió al vehículo, aturdida. El efecto acumulado de las pastillas comenzaba a pasarle factura. El taxi tenía los cristales de las ventanillas traseras tintados de color oscuro, para evitar que los pasajeros pudiesen ser reconocidos y amortiguar la luz proveniente del exterior. Maya lo agradeció.

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