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Authors: Charles Portis

Valor de ley

 

En un viaje para comprar caballos, Frank Ross es asesinado por uno de sus trabajadores para quedarse con una montura, ciento cincuenta dólares y dos piezas de oro. Con catorce años, Mattie, la hija de Ross, está dispuesta a vengar una muerte que ha quedado impune y a reclamar el cuerpo de su padre. Recurrirá al comisario más implacable y cruel de Arkansas, el tuerto Rooster Cogburn. Se adentrará en el Territorio Indio si es necesario. Luchará contra cualquier forajido. Porque Mattie quiere demostrar que el suyo es un corazón noble. Y que su valor es de ley.

Charles Portis

Valor de ley

ePUB v1.2

Bercebus
22.11.11

A la gente no le parece posible que una muchacha de catorce años abandone su casa en pleno invierno para vengar la muerte de su padre, pero entonces no pareció tan extraño, aunque he de admitir que no era una de esas cosas que ocurren a diario. Yo tenía catorce años recién cumplidos cuando un cobarde que utilizaba el nombre de Tom Chaney disparó contra mi padre en Fort Smith, Arkansas, quitándole la vida, el caballo y ciento cincuenta dólares en efectivo, aparte de dos piezas de oro californiano que llevaba en el cinturón.

Esto es lo que ocurrió: Teníamos registradas a nuestro nombre ciento noventa y cuatro hectáreas de buena tierra de cultivo en la orilla sur del río Arkansas, cerca de Dardanelle, en el condado Yell, Arkansas. Tom Chaney era un colono, pero estaba a sueldo y no tenía participación en los beneficios. Un día se presentó, hambriento y montado en un caballo gris que solo traía por silla una sucia manta sobre el lomo y que en vez de riendas llevaba una cuerda. Papá se compadeció del tipo y le dio trabajo y un lugar para vivir. El alojamiento era un almacén de algodón transformado en una pequeña cabaña. El tejado estaba en buenas condiciones.

Tom Chaney dijo que procedía de Louisiana. Era un hombre bajo, de facciones crueles. Más tarde hablaré más extensamente de su rostro. Llevaba un rifle Henry. Era soltero y tenía unos veinticinco años.

En noviembre, cuando hubimos vendido el algodón, a papá se le metió en la cabeza ir a Fort Smith a comprar unos caballos. Había oído decir que un tal coronel Stonehill, tratante de ganado, había adquirido gran cantidad de
cow-ponies
[1]
a unos ganaderos texanos que iban camino de Kansas, y ahora no sabía qué hacer con ellos. Los estaba vendiendo muy baratos, puesto que no deseaba tener que alimentarlos durante el invierno. La gente de Arkansas no tenía en mucha estima los caballos mesteños texanos. Eran pequeños y ariscos. Nunca habían comido otra cosa que hierba y no pesaban más de trescientos cincuenta kilos.

Papá pensaba que esos caballos serían ideales para cazar venados, puesto que eran resistentes y pequeños y podían seguir a los perros a través de los matorrales. Se dijo que podía comprar unos cuantos y, si las cosas iban bien, dedicarse a criarlos y venderlos para ese propósito. Tenía la cabeza llena de planes. De todas formas, la inversión inicial sería muy pequeña, y teníamos un sembrado de forraje de invierno y gran cantidad de heno para alimentar a los caballos hasta la primavera. Entonces los animales podrían pastar en nuestros grandes prados del norte y alimentarse de tréboles más verdes y jugosos que los que habían visto nunca en el estado de la Estrella Solitaria
[2]
. Según recuerdo, en aquellos tiempos, el maíz descascarado costaba menos de cincuenta centavos el
bushel
[3]
.

Papá quería que Tom Chaney se quedase y cuidara de todo durante su ausencia, pero Chaney se empeñó en acompañarle y al fin logró convencerle. Uno de los pocos defectos de papá era su afabilidad. La gente abusaba de él. No fue de él de quien heredé mi vena rencorosa. Frank Ross era el hombre más bueno y honrado que ha vivido. Se educó en una escuela pública. Era presbiteriano de Cumberland y masón, y peleó con ardor en la batalla de Elkhorn Tavern, pero no fue herido en esa «escaramuza», como la llama Lucille Biggers Langford en su obra
El condado de Yell, en los días de ayer
. Creo encontrarme en posición de conocer los hechos. Mi padre fue herido en la terrible batalla de Chickamauga, en el estado de Tennessee, y estuvo a punto de morir por falta de atención médica.

Antes de partir hacia Fort Smith, papá se puso de acuerdo con un negro llamado Yarnell Poindexter para que alimentase al ganado y pasara por casa todos los días a ver si mamá y yo necesitábamos algo. Yarnell y su familia vivían un poco más abajo que nosotros, en unas tierras alquiladas al banco. El hombre había nacido en Illinois, hijo de padres libres, pero un tipo llamado Bloodworth lo raptó en Missouri poco antes de la guerra y lo llevó a Arkansas. Yarnell era un buen hombre, ahorrativo y trabajador, y más tarde se convirtió en un próspero pintor de casas en Memphis, Tennessee. Intercambiamos cartas todas las navidades hasta que él murió por la epidemia de gripe de 1918. Hasta hoy no he conocido a nadie más que se llamase Yarnell, fuera blanco o negro. Junto con mi hermano, el pequeño Frank, asistí a su funeral y visité a su familia en Memphis.

En vez de ir a Fort Smith en barco de vapor o en tren, papá decidió hacer el viaje a caballo y volver con los ponis atados en hilera. Eso no solo resultaría más barato, sino que para él sería un agradable viaje. A nadie le gustaba más que a papá recorrer el campo a caballo. A mí nunca me ha divertido cabalgar, aunque creo que en mi juventud fui una amazona bastante buena. Jamás me dieron miedo los animales. Recuerdo que una vez, por una apuesta, atravesé un macizo de zarzas montada en una cabra.

Desde nuestra casa hasta Fort Smith había unos ciento diez kilómetros en línea recta, y en el trayecto se pasaba frente al hermoso monte Nebo, donde teníamos una pequeña cabaña de verano a la que mamá solía ir huyendo de los mosquitos, y también frente al monte Magazine, el punto más elevado de Arkansas, pero por lo que yo sabía del lugar, Fort Smith lo mismo podía haber estado a mil kilómetros. Los barcos de vapor subían hasta allí, y algunos vendían su algodón; eso era todo cuanto yo sabía. Nosotros vendíamos el algodón en Little Rock, lugar en el que yo había estado dos o tres veces.

Papá emprendió el camino en una gran yegua castaña llamada Judy. Se llevó algunas provisiones y una muda de ropa envuelta en unas mantas cubiertas por una lona. El fardo iba sujeto a la parte de atrás de la silla. Papá llevaba al cinto un gran revólver de pistón, modelo Dragoon, que ya entonces estaba anticuado. Lo utilizó en la guerra. Mi padre era un hombre apuesto, y lo recuerdo aún, montado en Judy, con su chaquetón de lana parda y el negro sombrero de los domingos; y ambos, jinete y cabalgadura, desprendiendo sutiles nubes de vapor en la fría mañana. Mi padre daba la sensación de ser un aguerrido caballero de los viejos tiempos. Tom Chaney montaba en su caballo gris, que era más adecuado para arrastrar una carreta que para servir de montura. Chaney no tenía revólver, pero llevaba su rifle en bandolera, sujeto con una tira de algodón. Así era él de desastrado. Habría podido tomar unos arreos viejos y sacar una tira de cuero para hacer una buena correa para su arma. Pero eso, claro, habría sido mucha molestia.

Según sabía yo, puesto que me encargaba de la contabilidad, papá llevaba unos doscientos cincuenta dólares. Yo me ocupaba de los libros porque mamá nunca supo entendérselas con las sumas y apenas sabía escribir. Y no es que yo presuma de mi capacidad en este sentido. Los números y las letras no lo son todo. Como Martha, siempre he andado atareada y preocupada por los problemas cotidianos, pero mi madre tenía un espíritu sereno y cálido. Era como Mary y eligió esa buena parte. Las dos piezas de oro que papá llevaba en el cinturón eran un regalo de boda de mi abuelo Spurling, que vivía en Monterrey, California. Valían algo más de treinta y seis dólares cada una.

Aquella mañana papá no podía imaginar que nunca volvería a vernos, ni que nunca más volvería a recorrer el condado de Yell entonando una alegre canción a la primavera.

La noticia nos llegó como un rayo. Las cosas sucedieron así: papá y Tom Chaney llegaron a Fort Smith y tomaron una habitación en la posada Monarch. Luego fueron a visitar a Stonehill a su establo y echaron un vistazo a los caballos. Resultó que en todo el lote no había ni una sola yegua; tampoco ningún semental. Por alguna razón, los vaqueros texanos no montan más que potros castrados, y fácilmente se darán cuenta de que eso no es lo más adecuado para iniciar un negocio de cría de caballos. Pero papá no era de los que se desaniman. Estaba decidido a poseer algunos de aquellos pequeños animales y al segundo día compró cuatro de ellos por cien dólares justos, a un precio menor del que pedía Stonehill, que era de ciento cuarenta dólares. La compra fue bastante satisfactoria.

Planeaban salir a la mañana siguiente. Aquella noche Tom Chaney fue a la taberna y se enredó en una partida de cartas con algún tipejo de su misma calaña y perdió todo su dinero. No supo tomárselo como un hombre, sino que volvió a la posada y se emborrachó. Tenía una botella de whisky y se la bebió toda. Papá estaba en la galería, charlando con unos viajantes, cuando Chaney salió del dormitorio con su rifle. Decía que lo habían estafado y que iba a volver a la taberna a recuperar su dinero. Papá le contestó que, si aquello era cierto, lo mejor que podían hacer era recurrir a la justicia. Chaney hizo caso omiso. Papá lo siguió a la calle y le pidió que soltara el rifle, puesto que no se encontraba en condiciones de iniciar una pelea a tiros. En aquellos momentos, mi padre no iba armado.

Tom Chaney alzó su rifle y le disparó en la frente, matándolo en el acto. No hubo más provocación que esta, y yo cuento lo ocurrido según me fue relatado por el sheriff del condado de Sebastian. Alguna gente dirá: «Bueno, ¿qué le iba ni le venía a Frank Ross en todo aquello?». Mi contestación es que intentaba hacer razonar a aquel tipejo. Chaney era empleado suyo y papá se sentía responsable. «Era el guardián de su hermano.» ¿Les satisface esta respuesta?

Después del asesinato, los viajantes no se echaron encima de Chaney ni dispararon contra él. En vez de eso huyeron como gallinas mientras Chaney despojaba al cadáver de mi padre, caliente aún, quitándole la cartera y las piezas de oro que llevaba escondidas. No sabría decir cómo estaba enterado de la existencia de estas últimas. Cuando hubo consumado su robo, corrió hacia el extremo de la calle y le asestó tal golpe, con la culata de su rifle, al vigilante nocturno del establo que lo dejó sin sentido. Puso las riendas a Judy, la yegua de papá, y, montándola a pelo, huyó. La oscuridad se lo tragó. Habría podido entretenerse en ensillar a Judy, e incluso tener tiempo para enganchar tres parejas de muías a una diligencia y fumarse luego una pipa entera, puesto que nadie en aquella ciudad le perseguía. Había tomado a los viajantes por hombres. «Huye el impío sin que nadie lo persiga.»
[4]

El abogado Daggett había ido a Helena a ocuparse de uno de sus pleitos en pro de la compañía de barcos de vapor, así que Yarnell y yo fuimos en tren hasta Fort Smith para hacernos cargo del cadáver de papá. Me llevé unos cien dólares para gastos, yo misma escribí una carta de identificación que firmé como el abogado Daggett, e hice que mamá, que estaba en cama, la firmase también.

En el tren no pudimos encontrar asientos. El motivo era que por sentencia del Tribunal Federal de Fort Smith iba a celebrarse una ejecución triple, y gente de lugares tan distantes como el este de Texas y el norte de Louisiana acudía a presenciarla. Aquello parecía un viaje de placer. Nos metimos en un vagón reservado a los negros, y Yarnell encontró un baúl sobre el que sentarnos.

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