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—No entiendes hasta qué punto es desesperada tu situación. Pensaste que habías sido más listo que yo y que el Imperio, ¿verdad? Fuiste muy cauteloso, pero no lo suficiente. En estos mismos instantes estás muriendo.

Un fruncimiento de ceño unió las abundantes cejas grises de Bastra.

—¿De qué estás hablando?

—Cuando capturamos el
Viento Estelar
ordené que se te sometiera a una evaluación médica. Quizá hayas olvidado que siempre recuerdo lo que he visto y oído, y al hacerlo también has olvidado cómo te burlaste de mí por haber utilizado el skirtopanol para interrogar a un contrabandista que estaba colaborando con la Rebelión. Entonces me dijiste que el contrabandista murió durante el interrogatorio porque Billey, su jefe, hacía que su gente se administrara dosis de lotiramina. Esa sustancia metaboliza la droga de interrogatorio y puede inducir amnesia química o, en algunos casos, la muerte. Bien, Bastra… —añadió, curvando los labios en una sonrisa helada—. Los resultados del examen médico muestran que hay niveles bastante elevados de lotiramina en tu sangre.

—Pues entonces supongo que tendrás que matarme a la manera antigua. —Bastra sonrió, y la blancura de sus dientes destelló en su rostro curtido y cubierto por una barba de varios días—. Dado que Vader era el último Jedi, supongo que incluso tendrás que ensuciarte las manos para hacerlo.

—Lo dudo.

—Nunca llegaste a derramar ni una sola gota de sudor haciendo algún trabajo en Corellia, ¿verdad, Loor? —Bastra se echó hacia atrás hasta apoyar la espalda en el mamparo—. Creo que no habrías encajado ni aunque te hubieras esforzado por conseguirlo. Siempre fuiste tu peor enemigo.

—No había nacido para encajar. Tú pertenecías a la seguridad corelliana, y yo era un agente de la inteligencia imperial asignado a tu departamento. —Kirtan se obligó a calmarse y relajó los puños. Después se llevó las manos a los costados y tiró de los extremos de su guerrera negra—. Y ahora eres tu peor enemigo, porque padeces blastonecrosis acelerada.

—¿Qué? Estás mintiendo.

—No, no estoy mintiendo. —Kírtan permitió que un poco de piedad se infiltrara en su voz—. La lotiramina resulta altamente efectiva a la hora de ocultar las enzimas indicadoras de la enfermedad. Aquí, en esta nave, disponemos de unas instalaciones médicas muy superiores a cualquiera de las que puedas encontrar entre los rebeldes. Eso nos permitió detectar la presencia de las enzimas.

Los hombros de Gil Bastra se encorvaron y su cabeza canosa se inclinó. Sus manos se entrelazaron encima de su abultado estómago.

—La fatiga, la pérdida del apetito… Pensaba que sólo me estaba haciendo viejo.

—Así es, y además te estás muriendo. —El oficial de inteligencia se acarició distraídamente el puntiagudo mentón con una mano de largos dedos—. Respecto al primer problema no puedo hacer nada, pero siempre hay formas de curar la blastonecrosis.

—¿Y lo único que he de hacer para ser curado es entregar a mis amigos?

Kirtan bajó la mirada hacia la silueta gris del hombre inclinado delante de él, y se sintió momentáneamente invadido por los molestos recuerdos de cómo había temido el juicio que Gil Bastra pudiera llegar a emitir sobre él y sobre su trabajo. Bastra no había sido su supervisor directo, pero se encargaba de asignar a los oficiales para que trabajaran con el servicio de inteligencia, y la falta de respeto de Rastra se había reflejado claramente en el personal enviado a trabajar con Kirtan. Cada vez que Kirtan creyó controlar la situación y empezó a sentirse superior, Bastra siempre había conseguido encontrar alguna forma de obligarle a fracasar y dejarle en ridículo.

«¿Es ésta otra de esas veces?». Kirtan expulsó esos pensamientos de su cabeza y asintió lentamente.

—Todavía dispones de más energías y recursos para luchar de lo que quieres hacerme creer. Sé que creaste las nuevas identidades para tus aliados, y que además hiciste un trabajo magnífico. De hecho, sólo cometiste errores en lo referente a tu propia cobertura. Aun así, sabia que te harías con un carguero y te dedicarías a recorrer la galaxia, porque eso era lo que realmente querías hacer. Ya eras demasiado viejo para cambiar tu forma de vida y convertirla en algo totalmente distinto y ajeno que te permitiera no ser detectado. Decidiste correr el riesgo, y has perdido.

La cabeza de Bastra se fue irguiendo poco a poco. Bastra vio que el viejo fuego aún ardía en sus ojos azules.

—No te daré nada.

—Oh, por supuesto. Ya sé que no lo harás. —El oficial de inteligencia dejó escapar una risita—. Pero olvidas que aprendí el arte de interrogar de varios grandes expertos, tú entre ellos. Te sacaré alguna información. Cuando lo haga, y sé que tarde o temprano lo haré, Corran Horn, Iella Wessiri y su esposo serán míos. Es inevitable.

—Estás sobrestimando tus habilidades, y subestimas las mías.

—¿De veras? No lo creo. Te conozco lo suficientemente bien para saber que sólo cederás bajo una presión extrema. Puedo llevarte hasta los límites de tu resistencia y lo haré, y luego puedo sumergirte en un tanque bacta hasta que estés listo para seguir siendo interrogado. —Kirtan juntó las manos—. Pero no eres más que un eslabón de la cadena que me proporcionará a los demás. Corran Horn es demasiado impulsivo y cambiante para dejarse atrapar por cualquier papel que hayas creado para él, y además sé que ese papel ha tenido que resultarle terriblemente restrictivo.

Un prolongado suspiro hizo temblar el pecho de Bastra.

—¿Y cómo sabes eso?

Kirtan se golpeó suavemente la sien con la punta de un dedo.

—¿Acaso piensas que he olvidado vuestra terrible discusión? Decidiste protegerle porque su padre había sido tu socio cuando empezaste, pero eres un hombre vengativo, Gil Bastra. Sea cual sea el papel que hayas creado para Corran, estoy seguro de que le oprimirá a cada día que pase…, meramente para recordarle que le debe la vida a un hombre al cual odiaba.

La grasa onduló debajo del mono de vuelo gris del prisionero cuando éste se echó a reír.

—Me conoces muy bien.

—Desde luego.

—Pero no lo suficiente —dijo Bastra, obsequiándole con una sonrisa que era toda dientes y desafío—. Soy vengativo…, lo bastante para tirar de los hilos de tal forma que un oficial de inteligencia caído en desgracia tuviera que pasarse el resto de su carrera corriendo de un lado a otro de la galaxia en un intento de capturar a tres personas con las que había trabajado en el pasado. Estoy hablando de tres personas que habían escapado de su pico curvado, y que pudieron escapar porque ese oficial siempre tenía la nariz tan estirada hacia el cielo que era incapaz de darse cuenta incluso de los errores más obvios que cometían esas personas.

Kirtan utilizó el desdén para ocultar su sorpresa.

—Te he atrapado, ¿no?

—Y has necesitado casi dos años para hacerlo. ¿Nunca te has preguntado por qué? ¿Nunca te has preguntado por qué siempre aparecía una nueva pista justo cuando estabas a punto de darte por vencido? —Bastra se levantó. Aunque el prisionero era casi treinta centímetros más bajo que Kirtan, el oficial de inteligencia se sintió extrañamente empequeñecido por su presencia—. Quería que fueras detrás de mí. Cada segundo que dedicabas a seguir mi rastro y cada momento en el que yo parecía más fácil de atrapar que los demás me convenían, porque sabía que te dedicarías a ir detrás de mí. Y mientras me estuvieras persiguiendo, no perseguirías a los demás.

Kirtan dirigió un dedo tembloroso hacia el rostro del prisionero.

—Eso no importa, porque se te puede aplastar…, y se te aplastará. Te arrancaré todo lo que necesito para encontrar a los demás.

—Te equivocas, Kirtan. Soy un agujero negro que está atrayendo a tu carrera hacía su corazón. —Bastra volvió a sentarse en la litera.

—Acuérdate de eso cuando haya muerto, porque me pasaré toda la eternidad riéndome de ti.

«Esto no puede continuar. ¡No voy a consentir que siga humillándome durante más tiempo!».

—Me acordaré de tus palabras, Gil Bastra, pero tardarás mucho tiempo en poder reír. La única eternidad que conocerás será tu interrogatorio…, y te garantizo, y te lo garantizo personalmente, que irás a tu tumba habiendo traicionado a aquellos que confiaban ciegamente en ti.

4

Corran hizo un vano intento de pillar al vuelo la llave hidráulica con la mano derecha cuando la herramienta cayó de la cubierta del motor de estribor del ala-X. Las yemas de sus dedos rozaron el extremo del mango de la llave hidráulica, haciendo que saliera despedida hacia la cubierta de ferrocreto del hangar. Medio segundo después, cuando su rodilla derecha resbaló de repente y le hizo perder el equilibrio, Corran comprendió que no haber logrado coger la herramienta era el menos grave de sus problemas. Intentó meter la mano izquierda en el hueco del compartimiento motriz abierto, pero tampoco lo consiguió, y su fracaso le dejó condenado a precipitarse al vacío, con la cabeza por delante, en pos de la llave hidráulica.

Todavía estaba intentando prepararse para la agonía de dolor causada por un cráneo fracturado cuando se sorprendió al sentir cómo un estallido de dolor florecía en el otro extremo de su cuerpo. Antes de que pudiera entender qué había ocurrido, su todavía convulsa mano izquierda consiguió agarrarse a la capota que no había encontrado antes, abortando así su larga caída al suelo. Corran volvió a izarse a lo alto del estabilizador-S y se quedó acostado sobre el estómago durante unos momentos, considerándose muy afortunado.

Las reprimendas de Silbador fueron ganando volumen a medida que el dolor se iba disipando en el trasero de Corran. El joven corelliano pasó la mano por encima de su nalga izquierda y detectó la presencia de un pequeño desgarrón en su traje de vuelo, y el descubrimiento hizo que se echara a reír.

Sí, Silbador, he tenido mucha suerte de que hayas reaccionado lo suficientemente deprisa para cogerme. Pero ¿crees que la próxima vez tu pinza podría arreglárselas para pillar un poco menos de mi persona y un poco más de mi traje de vuelo?

Silbador se apresuró a emitir una estridente réplica que Corran prefirió ignorar.

El piloto giró sobre su trasero, sintiendo sólo una pequeña punzada al hacerlo.

—Bueno, ¿sigo necesitando la herramienta o ha bastado con el último ajuste?

La voz electrónica del androide pasó de los agudos a los graves en una excelente imitación de un suspiro.

—No, está muy claro que sigo necesitándola. —Corran frunció el ceño.

—Tendrías que haber cogido la llave en vez de cogerme a mí, Silbador. Yo puedo volver a trepar hasta aquí arriba sin ayuda, pero ella no.

Mientras pronunciaba esas palabras y empezaba a deslizarse hacia el borde delantero del estabilizador-S, Corran cayó en la cuenta de que no había oído cómo la llave hidráulica chocaba con el suelo. «Qué extraño…».

Un instante después asomó la cabeza por encima del borde del ala y vio a una sonriente mujer de cabellos castaños que estaba alzando la llave hidráulica hacia él.

—Es tuya, ¿verdad?

Corran asintió.

—Sí. Gracias.

La mujer le pasó la llave hidráulica, y después subió a la carretilla que Corran había utilizado antes para encaramarse a lo alto del estabilizador-S.

—¿Necesitas ayuda?

—No. A pesar de lo que pueda decir el androide, ya casi he conseguido arreglarlo.

—Oh. —La mujer extendió la mano hacia él—. Me llamo Lujayne Forge.

—Lo sé. Te he visto por aquí.

—Has hecho algo más que eso. Pilotaste uno de los incautos a los que tuve que enfrentarme en el escenario del
Redención
. —Apoyó su esbelto cuerpo en el flanco del caza, intersectando las letras de colores verde y blanco que indicaban que el ala-X era propiedad de la Fuerza de Seguridad de Corellia—. Dejaste fuera de combate al
Korolev
.

Corran cerró el receptor de la llave hidráulica sobre el remache primario de ajuste del extractor centrífugo de residuos y la empujó hacia la izquierda.

—Eso fue pura suerte. Nawara Ven ya había derribado los escudos con sus cohetes. El mérito fue más suyo que mío. Aun así, lo hiciste bastante bien.

Los ojos castaños de Lujayne se entrecerraron de manera casi imperceptible.

—Sí, me imagino que sí. Pero de todas maneras me gustaría hacerte una pregunta.

Corran se irguió.

—Adelante.

—Tu manera de perseguirme con ese bombardero… ¿Lo hiciste meramente como parte del ejercicio, o había algo más en ello?

—¿Algo más?

Lujayne pareció titubear, y acabó asintiendo.

—Verás, me estaba preguntando si habías decidido acabar conmigo como fuese meramente porque soy de Kessel…

Corran parpadeó, muy sorprendido.

Lujayne se rió y después golpeó suavemente la insignia de la Fuerza de Seguridad Corelliana con un nudillo.

—Estuviste con ellos, y enviaste gente a Kessel. En lo que a ti concierne, en Kessel sólo había prisioneros o contrabandistas que deberían haber estado prisioneros. Y cuando los prisioneros y los contrabandistas liberaron el planeta de la tiranía de los imperiales, entonces…, bueno, a tus ojos eso no cambió nada, ¿verdad?

Corran depositó la llave hidráulica en un lugar seguro y alzó las manos.

—Eh, un momento… Estás llegando a un montón de conclusiones de una forma demasiado apresurada.

—Quizá. Pero dime una cosa, Corran. ¿Sabías que soy de Kessel o lo ignorabas?

—Bueno, lo sabía.

—Y ahora dime que eso no tiene absolutamente ninguna importancia para ti.

—No la tiene, de veras.

—Oh, apuesto a que no.

La decidida tensión de su mandíbula y la forma en que cruzó los brazos delante del pecho indicaron a Corran que no le creía. Había una considerable cantidad de ira en sus palabras, pero también un poco de dolor y pena. Corran podía enfrentarse a la primera emoción, porque cuando se movía por esos ambientes no había conocido a ningún contrabandista o criminal que no estuviese lleno de ira. Pero el dolor y la pena no resultaban tan usuales, e hicieron que Corran se sintiera bastante incómodo.

—¿Qué te impulsa a pensar que el que procedas de Kessel hace que te considere como una especie de enemiga?

—La forma en que te estás comportando. —La expresión de Lujayne se suavizó un poco y una parte de la ira desapareció de ella, pero eso sólo sirvió para permitir que una fracción todavía mayor de preocupación y pena se hiciera repentinamente perceptible en sus palabras—. Tiendes a mantenerte alejado de los demás. No estableces ninguna clase de relaciones con el resto de nosotros…, dejando aparte un pequeño círculo de pilotos a los que consideras tan buenos como tú. Siempre estás observando y escuchando, y siempre estás evaluando y juzgando. No soy la única que se ha dado cuenta de ello, porque otros también lo han notado.

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