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Authors: Federico García Lorca

Tags: #Clásico, poesía

Poeta en Nueva York (3 page)

New York, 27 de diciembre de 1929.

CIUDAD SIN SUEÑO

(NOCTURNO DE BROOKLYN BRIDGE)

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Las criaturas de la luna huelen y rondan sus
cabañas.

Vendrán las iguanas vivas a morder a los
hombres que no sueñan

y el que huye con el corazón roto encontrará por
las esquinas

al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna
protesta de los astros.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Hay un muerto en el cementerio más lejano

que se queja tres años

porque tiene un paisaje seco en la rodilla;

y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto

que hubo necesidad de llamar a los perros para
que callase.

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

Nos caemos por las escaleras para comer la tierra
húmeda

o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.

Pero no hay olvido, ni sueño:

carne viva. Los besos atan las bocas

en una maraña de venas recientes

y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso

y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.

Un día

los caballos vivirán en las tabernas

y las hormigas furiosas

atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

Otro día

veremos la resurrección de las mariposas
disecadas

y aún andando por un paisaje de esponjas grises
y barcos mudos

veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de
nuestra lengua.

¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

A los que guardan todavía huellas de zarpa
y aguacero,

a aquel muchacho que llora porque no sabe la
invención del puente

o a aquel muerto que ya no tiene más que la
cabeza y un zapato,

hay que llevarlos al muro donde iguanas y
sierpes esperan,

donde espera la dentadura del oso,

donde espera la mano momificada del niño

y la piel del camello se eriza con un violento
escalofrío azul.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Pero si alguien cierra los ojos,

¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!

Haya un panorama de ojos abiertos

y amargas llagas encendidas.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

Ya lo he dicho.

No duerme nadie.

Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,

abrid los escotillones para que vea bajo la luna

las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

PANORAMA CIEGO
DE NUEVA YORK

Si no son los pájaros

cubiertos de ceniza,

si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda,

serán las delicadas criaturas del aire

que manan la sangre nueva por la oscuridad
inextinguible.

Pero no, no son los pájaros,

porque los pájaros están a punto de ser bueyes;

pueden ser rocas blancas con la ayuda de la luna

y son siempre muchachos heridos

antes de que los jueces levanten la tela.

Todos comprenden el dolor que se relaciona con
la muerte,

pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.

No está en el aire ni en nuestra vida,

ni en estas terrazas llenas de humo.

El verdadero dolor que mantiene
despiertas las cosas

es una pequeña quemadura infinita

en los ojos inocentes de los otros sistemas.

Un traje abandonado pesa tanto en los hombros

que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas
manadas.

Y las que mueren de parto saben en la última hora

que todo rumor será piedra y toda huella latido.

Nosotros ignoramos que el pensamiento tiene
arrabales

donde el filósofo es devorado por los chinos
y las orugas.

Y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas

pequeñas golondrinas con muletas

que sabían pronunciar la palabra amor.

No, no son los pájaros.

No es un pájaro el que expresa la turbia fiebre
de laguna,

ni el ansia de asesinato que nos oprime cada momento,

ni el metálico rumor de suicidio que nos anima
cada madrugada.

Es una cápsula de aire donde nos duele todo
el mundo,

es un pequeño espacio vivo al loco unisón de la luz,

es una escala indefinible donde las nubes y
rosas olvidan

el griterío chino que bulle por el
desembarcadero de la sangre.

Yo muchas veces me he perdido

para buscar la quemadura que mantiene
despiertas las cosas

y sólo he encontrado marineros echados sobre
las barandillas

y pequeñas criaturas del cielo enterradas bajo la nieve.

Pero el verdadero dolor estaba en otras plazas

donde los peces cristalizados agonizaban dentro de los troncos;

plazas del cielo extraño para las antiguas estatuas
ilesas

y para la tierna intimidad de los volcanes.

No hay dolor en la voz. Sólo existen los dientes,

pero dientes que callarán aislados por el raso negro.

No hay dolor en la voz. Aquí sólo existe la
Tierra.

La Tierra con sus puertas de siempre

que llevan al rubor de los frutos.

NACIMIENTO DE CRISTO

Un pastor pide teta por la nieve que ondula

blancos perros tendidos entre linternas sordas.

El Cristito de barro se ha partido los dedos

en los tilos eternos de la madera rota.

¡Ya vienen las hormigas y los pies ateridos!

Dos hilillos de sangre quiebran el cielo duro.

Los vientres del demonio resuenan por los valles

golpes y resonancias de carne de molusco.

Lobos y sapos cantan en las hogueras verdes

coronadas por vivos hormigueros del alba.

La luna tiene un sueño de grandes abanicos

y el toro sueña un toro de agujeros y de agua.

El niño llora y mira con un tres en la frente,

San José ve en el heno tres espinas de bronce.

Los pañales exhalan un rumor de desierto

con cítaras sin cuerdas y degolladas voces.

La nieve de Manhattan empuja los anuncios

y lleva gracia pura por las falsas ojivas.

Sacerdotes idiotas y querubes de pluma

van detrás de Lutero por las altas esquinas.

LA AURORA

La aurora de Nueva York tiene

cuatro columnas de cieno

y un huracán de negras palomas

que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime

por las inmensas escaleras

buscando entre las aristas

nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca

porque allí no hay mañana ni esperanza posible.

A veces las monedas en enjambres furiosos

taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos

que no habrá paraíso ni amores deshojados;

saben que van al cieno de números y leyes,

a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos

en impúdico reto de ciencia sin raíces.

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes

como recién salidas de un naufragio de sangre.

IV
POEMAS DEL LAGO EDEN MILLS

A EDUARDO UGARTE

POEMA DOBLE DEL LAGO EDEN

Nuestro ganado pace, el viento espira

GARCILASO

Era mi voz antigua

ignorante de los densos jugos amargos.

La adivino lamiendo mis pies

bajo los frágiles helechos mojados.

¡Ay voz antigua de mi amor,

ay voz de mi verdad,

ay voz de mi abierto costado,

cuando todas las rosas manaban de mi lengua

y el césped no conocía la impasible dentadura
del caballo!

Estás aquí bebiendo mi sangre,

bebiendo mi humor de niño pesado,

mientras mis ojos se quiebran en el viento

con el aluminio y las voces de los borrachos.

Déjame pasar la puerta

donde Eva come hormigas

y Adán fecunda peces deslumbrados.

Déjame pasar, hombrecillo de los cuernos,

al bosque de los desperezos

y los alegrísimos saltos.

Yo sé el uso más secreto

que tiene un viejo alfiler oxidado

y sé del horror de unos ojos despiertos

sobre la superficie concreta del plato.

Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,

quiero mi libertad, mi amor humano

en el rincón más oscuro de la brisa que nadie quiera.

¡Mi amor humano!

Esos perros marinos se persiguen

y el viento acecha troncos descuidados.

¡Oh voz antigua, quema con tu lengua

esta voz de hojalata y de talco!

Quiero llorar porque me da la gana

como lloran los niños del último banco,

porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,

pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.

Quiero llorar diciendo mi nombre,

rosa, niño y abeto a la orilla de este lago,

para decir mi verdad de hombre de sangre

matando en mí la burla y la sugestión del
vocablo.

No, no, yo no pregunto, yo deseo,

voz mía libertada que me lames las manos.

En el laberinto de biombos es mi desnudo el que recibe

la luna de castigo y el reloj encenizado.

Así hablaba yo.

Así hablaba yo cuando Saturno detuvo los trenes

y la bruma y el Sueño y la Muerte me estaban
buscando.

Me estaban buscando

allí donde mugen las vacas que tienen patitas de paje

y allí donde flota mi cuerpo, entre los equilibrios
contrarios.

CIELO VIVO

Yo no podré quejarme

si no encontré lo que buscaba.

Cerca de las piedras sin jugo y los insectos vacíos

no veré el duelo del sol con las criaturas en carne viva.

Pero me iré al primer paisaje

de choques, líquidos y rumores

que trasmina a niño recién nacido

y donde toda superficie es evitada,

para entender que lo que busco tendrá su blanco
de alegría

cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.

Allí no llega la escarcha de los ojos apagados

ni el mugido del árbol asesinado por la oruga.

Allí todas las formas guardan entrelazadas

una sola expresión frenética de avance.

No puedes avanzar por los enjambres de corolas

porque el aire disuelve tus dientes de azúcar,

ni puedes acariciar la fugaz hoja del helecho

sin sentir el asombro definitivo del marfil.

Allí bajo las raíces y en la médula del aire,

se comprende la verdad de las cosas
equivocadas.

El nadador de níquel que acecha la onda más fina

y el rebaño de vacas nocturnas con rojas patitas
de mujer.

Yo no podré quejarme

si no encontré lo que buscaba;

pero me iré al primer paisaje de humedades
y latidos

para entender que lo que busco tendrá su blanco
de alegría

cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.

Vuelo fresco de siempre sobre lechos vacíos,

sobre grupos de brisas y barcos encallados.

Tropiezo vacilante por la dura eternidad fija

y amor al fin sin alba. Amor, ¡Amor visible!

Edem Mills, Vermont. 24 de agosto de 1929.

V
EN LA CABAÑA DEL FARMER

(Campo de Newburg)

A CONCHA MÉNDEZ Y
MANUEL ALTOLAGUIRRE

EL NIÑO STANTON

Do you like me?

—Yes, and you?

—Yes, yes.

Cuando me quedo solo

me quedan todavía tus diez años,

los tres caballos ciegos,

tus quince rostros con el rostro de la pedrada

y las fiebres pequeñas heladas sobre las hojas del maíz.

Stanton, hijo mío, Stanton.

A las doce de la noche el cáncer salía por los
pasillos

y hablaba con los caracoles vacíos de los
documentos,

el vivísimo cáncer lleno de nubes y termómetros

con su casto afán de manzana para que lo piquen los
ruiseñores.

En la casa donde hay un cáncer

se quiebran las blancas paredes en el delirio de
la astronomía

y por los establos más pequeños y en las cruces
de los bosques

brilla por muchos años el fulgor de la
quemadura.

Mi dolor sangraba por las tardes

cuando tus ojos eran dos muros,

cuando tus manos eran dos países

y mi cuerpo rumor de hierba.

Mi agonía buscaba su traje,

polvorienta. mordida por los perros,

y tú la acompañaste sin temblar

hasta la puerta del agua oscura.

¡Oh mi Stanton, idiota y bello entre los pequeños
animalitos,

con tu madre fracturada por los herreros de
las aldeas,

con un hermano bajo los arcos,

otro comido por los hormigueros,

y el cáncer sin alambradas latiendo por las
habitaciones!

Hay nodrizas que dan a los niños

ríos de musgo y amargura de pie

y algunas negras suben a los pisos para repartir filtro de rata.

Porque es verdad que la gente

quiere echar las palomas a las alcantarillas

y yo sé lo que esperan los que por la calle

nos oprimen de pronto las yemas de los dedos.

Tu ignorancia es un monte de leones, Stanton.

El día que el cáncer te dio una paliza

y te escupió en el dormitorio donde murieron los
huéspedes en la epidemia

y abrió su quebrada rosa de vidrios secos y
manos blandas

para salpicar de lodo las pupilas de los que
navegan,

tú buscaste en la hierba mi agonía,

mi agonía con flores de terror,

mientras que el agrio cáncer mudo que quiere
acostarse contigo

pulverizaba rojos paisajes por las sábanas de
amargura,

y ponía sobre los ataúdes

helados arbolitos de ácido bórico.

Stanton, vete al bosque con tus arpas judías,

vete para aprender celestiales palabras

que duermen en los troncos, en nubes, en
tortugas,

en los perros dormidos, en el plomo, en el viento,

en lirios que no duermen, en aguas que no
copian,

para que aprendas, hijo, lo que tu pueblo olvida.

Cuando empiece el tumulto de la guerra

dejaré un pedazo de queso para tu perro en la oficina.

Tus diez años serán las hojas

que vuelan en los trajes de los muertos,

diez rosas de azufre débil

en el hombro de mi madrugada.

Y yo, Stanton, yo solo, en olvido,

con tus caras marchitas sobre mi boca,

iré penetrando a voces las verdes estatuas de
la Malaria.

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