El Cortejo de la Princesa Leia

 

Darth Vader y el Emperador Palpatine han muerto. Sim embargo, el Imperio permanece, y los miembros de la Alianza Rebelde deben continuar su lucha, enfrentándose a la escasez de recursos y a dificultades de financiación tanto como a sus implacables enemigos.

La princesa Leia, buscando aliados ricos y poderosos que pudieran incorporarse a la Alianza Rebelde, así como un nuevo planeta que pudiera convertirse en el hogar de los influyentes refugiados de Alderaan, se ve enfrentada a una proposición que podría decidir el resultado de la inacabable contienda con el Imperio. El cúmulo de Hapes, un grupo de sesenta y tres mundos muy avanzados tecnológicamente, está regido por la Reina Madre, y ésta desea que Leia se prometa en matrimonio con su hijo, el príncipe Isolder, un joven tan apuesto como poderoso.

Cuando Han Solo recibe la noticia de las inminentes nupcias de la princesa Leia, queda totalmente sorprendido. Han siempre había soñado con llegar a casarse con Leia, pero a pesar de todas sus proezas y heroicidades, piensa que ella sólo lo ve como a un pirata corelliano y un rufián sin escrúpulos. En un último intento desesperado por recuperarla, Han engaña a Leia para que le acompañe y huye con ella a Dathomir, un planeta salvaje y paradisíaco en el que espera ser capaz de conquistar su corazón.

Por su parte, Luke Skywalker teme la posible reacción airada de la Reina Madre y decide aliarse con el prícipe Isolder para localizar a los fugitivos. Luke ha estado viajando por los confines más remotos de la galaxia en busca del desperdigado legado de los Caballeros Jedi. Cuando parte hacia Dathomir en compañía de Erredós e Isolder, poco puede imaginar que se avecina el principio de una nueva aventura que le conducirá al descubrimiento de un asombroso tesoro: un grupo de "brujas" adiestradas en los caminos de la Fuerza, pero también al enfrentamiento con un enemigo invencible.

El Cortejo de la Princesa Leia contiene una mezcla explosiva de emoción, aventuras y nuevos peligros a los que se enfrentan los personajes más queridos de la pantalla grande. Su acción transcurre un tiempo después de los acontecimientos narrados en La Tregua de Bakura y antes de los descritos en la trilogía de Timothy Zahn.

Dave Wolverton

El cortejo de la Princesa Leia

ePUB v1.0

LittleAngel
02.11.11

Título Original:
The Courtship of Princess Leia

1994, Editorial Martínez Roca

Traducción: Alberto Solé

Capítulo 1

El general Han Solo estaba inmóvil ante la consola de mandos del visor principal del crucero estelar de Mon Calamari
Mon Remonda.
Los sonidos de advertencia tintineaban como campanillas agitadas por el viento mientras la nave se preparaba para salir del hiperespacio y llegar a la capital de la Nueva República en Coruscant. Había transcurrido mucho tiempo desde la última vez en que vio a Leia: cinco meses, cinco meses persiguiendo al
Puño de Hierro,
el Super Destructor Estelar del señor de la guerra Zsinj.... Hacía cinco meses, la Nueva República parecía controlar firmemente la situación. Bien, el
Puño de Hierro
ya no existía, y eso quizá hubiera supuesto un grave golpe para Zsinj y tal vez se pudiese esperar que todo iría mejor en lo sucesivo. Han ardía en deseos de perder de vista el calor y la humedad de la nave calamariana, y anhelaba todavía más el sabor de los besos de Leia y sentir la caricia de su mano sobre su frente. Había visto demasiada oscuridad durante los últimos tiempos.

La blancura del panorama estelar que mostraba la pantalla cambió cuando los motores hiperespaciales dejaron de funcionar, y Chewbacca lanzó un rugido de alarma: el terciopelo azul del espacio sobre el que las luces de las ciudades de Coruscant ardían entre la noche del planeta, estaba tachonado por docenas de enormes naves espaciales en forma de platillo que Han reconoció inmediatamente como Dragones de Batalla hapanianos. Entre ellos había docenas de siluetas gris pizarra, Destructores Estelares imperiales.

—¡Salgamos de aquí! —gritó Han. Hasta aquel momento sólo había visto una vez a un Dragón de Batalla, pero había sido más que suficiente para él—. ¡Escudos a plena potencia! ¡Acción evasiva!

Clavó la mirada en los tres cañones iónicos dorsales del Dragón de Batalla más próximo, esperando verlos entrar en acción de un momento a otro para borrarle del espacio. Todas las torretas de cañones desintegradores de la circunferencia del platillo giraron hacia él.

El
Mon Remonda
alteró bruscamente su curso y se lanzó en picado hacia el planeta y las luces de Coruscant. Han sintió el repentino vacío de la tensión en su estómago. Su piloto de Mon Calamari estaba muy bien adiestrado y sabía que no podían salir huyendo hasta haber fijado un nuevo curso, por lo que se había lanzado hacia el grueso de la flotilla de navios de combate hapanianos de tal manera que no pudieran disparar sin correr el riesgo de darse los unos a los otros.

Al igual que toda la tecnología de la nave de Mon Calamari, el visor principal era excepcional y se lo podía considerar una auténtica obra de arte, por lo que cuando pasaron a toda velocidad junto al puente de mando de un Dragón de Batalla hapaniano, Han pudo ver con toda claridad los rostros perplejos de tres oficiales de Hapes y los nombres bordados con hilos de plata en los cuellos de sus guerreras. Han nunca había visto a nadie de Hapes. Su sector estelar era famoso por su riqueza, y los hapanianos vigilaban celosamente sus fronteras. Han ya sabía que eran humanos —pues los seres humanos se habían esparcido por la galaxia proliferando como las malas hierbas—, pero le sorprendió descubrir que las tres oficiales —pues las tres eran mujeres— eran asombrosamente hermosas. Parecían soberbios adornos vivos de una delicada fragilidad.

—¡Cesen la acción evasiva! —gritó el capitán Onoma, un oficial calamariano de piel color rosa salmón que estaba sentado ante una consola de control ocupándose de los sensores.

—¿Qué? —exclamó Han, muy sorprendido al ver que aquel calamariano de rango tan inferior se atrevía a revocar sus órdenes.

—Los hapanianos no están disparando, y todas las emisiones suyas que recibimos son amistosas —respondió Onoma volviendo un gran ojo dorado hacia Han.

El crucero calamariano interrumpió su loca huida a toda máquina y empezó a reducir la velocidad.

—¿Amistosas? —preguntó Han—. ¡Son del cúmulo de Hapes! ¡Los hapanianos nunca son amistosos!

—Aun así, parece ser que han venido para negociar un tratado de alguna clase con la Nueva República. Los Destructores Estelares que los acompañan son suyos, y fueron capturados a los imperiales. Como puede ver, nuestras fuerzas de defensa planetaria siguen estando intactas...

El capitán Onoma alzó la cabeza señalando un Destructor Estelar en otro cuadrante, y Han reconoció sus emblemas. Era la nave insignia de Leia, el
Sueño Rebelde.
Cuando lo capturaron arrebatándoselo a los imperiales había parecido increíblemente gigantesco, pero al lado de aquella flota de Hapan parecía pequeño e insignificante. Agrupados a su alrededor y a poca distancia del
Sueño Rebelde,
Han vio una docena de naves más pequeñas, acorazados de la República en cuyos cascos aún estaban pintados los emblemas de la vieja Alianza Rebelde.

Cuando vio por primera vez un navio de combate hapaniano, Han estaba haciendo contrabando de armas con un pequeño convoy bajo el mando del capitán Rula. Hapes aún no había sucumbido al poder del Imperio, por lo que los contrabandistas habían estado utilizando una avanzadilla en territorio neutral cerca de las fronteras del cúmulo estelar de Hapes, con la esperanza de que su proximidad a los hapanianos mantendría alejado al Imperio de ellos. Pero un día emergieron del hiperespacio y se encontraron con un Dragón de Batalla hapaniano inmóvil en pleno centro de su ruta. Estaban en territorio neutral y no emprendieron ninguna acción agresiva, pero aun así sólo tres de las veinte naves de los contrabandistas consiguieron sobrevivir al ataque hapaniano.

—General Solo, estamos recibiendo una llamada de la embajadora Leia Organa —dijo un oficial de comunicaciones.

—Iré a mi camarote y responderé desde allí —dijo Han.

Salió a toda prisa para teclear el código de aceptación de la llamada. La imagen de Leia apareció en la pequeña pantalla.

Leia sonreía y estaba eufórica, y había una expresión soñadora en sus ojos oscuros.

—Oh, Han —dijo con voz entrecortada y en un tono lleno de dulzura—. Me alegra tanto que estés aquí...

Vestía el uniforme totalmente blanco de los embajadores alderaanianos, y llevaba la cabellera suelta. Durante los últimos meses le había crecido mucho el cabello, y Han nunca se lo había visto tan largo. Llevaba los prendedores que le había regalado, hechos con plata y ópalos extraídos de las minas de Alderaan antes de que el gran almirante destruyera el planeta convirtiéndolo en cenizas y polvo espacial con la primera Estrella de la Muerte.

—Yo también te he echado de menos —dijo Han con voz enronquecida.

—Ven a la Gran Sala de Recepción de Coruscant —dijo Leia—. Los embajadores de Hapes están a punto de llegar.

—¿Qué quieren?

—No se trata de lo que quieren, sino de lo que están ofreciendo —dijo Leia—. Hace tres meses fui a Hapes y hablé con la Reina Madre. Le pedí ayuda en nuestra lucha con el Señor de la Guerra Zsinj. Parecía muy distante y nada dispuesta a comprometerse, pero me prometió que pensaría en ello. La única respuesta que se me ocurre es que han venido a prestarnos esa ayuda.

Últimamente Han había empezado a comprender que ganar la guerra contra los restos del Imperio exigiría años de lucha, y quizá incluso décadas. Zsinj y unos cuantos señores de la guerra de segunda fila estaban sólidamente instalados en más de un tercio de la galaxia, pero los señores de la guerra parecían haber decidido entrar en acción, y estaban saqueando sistemas estelares enteros mientras avanzaban como una marea incontenible hacia los mundos libres. La Nueva República no podía patrullar un frente tan grande. Al igual que el viejo Imperio había luchado para rechazar a la Alianza Rebelde, la Nueva República se enfrentaba al poderío de los señores de la guerra y sus grandes flotas. Han no quería que Leia se hiciera demasiadas ilusiones sobre una alianza con Hapes.

—No esperes demasiado de los hapanianos —le dijo—. Que yo sepa, nunca le han dado nada a nadie..., salvo problemas y quebraderos de cabeza.

—¡Pero si ni siquiera les conoces! Limítate a venir al Gran Salón de las Recepciones —replicó Leia en un tono repentinamente seco, como si tuviera muchas cosas que hacer y ni un instante que perder—. Oh, y bienvenido.

Le dio la espalda y cortó la transmisión.

—Sí —murmuró Han—. Yo también te he echado de menos.

Han y Chewbacca recorrieron a toda prisa las calles que llevaban al Gran Salón de las Recepciones de Coruscant. Se encontraban en una parte bastante antigua de Coruscant en la que la ciudad que ocupaba toda la superficie del planeta no había sido construida encima de las ruinas, por lo que los edificios de plastiacero los rodeaban por todas partes alzándose como las paredes de un cañón. Las sombras proyectadas por los edificios eran tan grandes y oscuras que las lanzaderas, que iban y venían a gran velocidad por los huecos que había entre los edificios, se veían obligadas a circular con las luces de navegación encendidas incluso de día, lo cual creaba un gigantesco tapiz luminoso. Cuando Han y Chewie llegaron al Gran Salón de las Recepciones, la banda procesional ya estaba interpretando una marcha extrañamente delicada y estridente utilizando tintineadores y cuernos woot.

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