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Authors: Dominique Lapierre,Larry Collins

Tags: #Histórico, #Drama, #Biografía

...O llevarás luto por mi (5 page)

En la España cristiana, la fiesta brava siguió siendo esencialmente un festival de muerte, calidad que la soldaba íntimamente al alma española. Pero el carácter español no podía avenirse a perpetuar el sacrificio del toro bravo sin poner en la acción la marca de las virtudes hispanas. El fatal destino del toro bravo no era menos cierto en la fiesta española que en los ritos paganos. Pero el toro dejó de ser únicamente una víctima simbólica. La nación que idolatraba el valor y el honor ofreció al animal que se disponía a sacrificar el noble privilegio de defender con toda su fuerza salvaje su malhadada existencia. En una palabra, la víctima se convirtió en vehículo, el vehículo contra el cual podía medir su valor el español, y el sacrificio pagano recibió la inyección de un nuevo espíritu que alteró sus dimensiones tradicionales introduciendo en él la idea de peligro. Ahora, antes de morir, el toro de la mitología tenía oportunidad de herir o matar al hombre que pretendía quitarle la vida. Fue un gesto digno del orgullo español, que convirtió la fiesta brava en algo más que un deporte o un espectáculo, la plaza de toros en algo más que un teatro, y el toro en algo más que un accesorio de la vanidad del hombre.

El primer nombre que figuró en los carteles de la fiesta brava fue el de Julio César, de quien dicen varios historiadores que lidió toros a caballo en Sevilla, en Cádiz y en el Coliseo de la Roma imperial. Durante diecisiete siglos, hasta la histórica intervención del peón carpintero en el ruedo de Ronda, la corrida de toros fue pasatiempo de príncipes y nobles. En las décadas que siguieron a la intervención de Romero, la institución nacida de los movimientos del sombrero de un carpintero construyó su primer templo en los rocosos riscos de Ronda. Francisco Romero, su nieto Pedro y un grupo de discípulos, convirtieron la corrida, de anárquico combate, en un ritual regido por sus propias normas y tradiciones. Para Romero y aquellos primeros toreros, los diversos actos de la lidia no eran sino fases conducentes al momento culminante de la fiesta: el acto de matar al toro bravo. Pero pronto la fiesta tuvo su cisma, con el auge de otra filosofía del toreo oriunda de la ciudad de Sevilla. Cada acto de la corrida se convirtió por sí solo en una finalidad, y los adeptos de la nueva escuela, al quitar a la lidia parte de su salvajismo, introdujeron en ella los conceptos de gracia y elegancia.

Pero, fuese cual fuere la escuela de la que procedían los ídolos, el espectáculo proporcionaba a España un nuevo filón de héroes nacionales, hombres como Joaquín Rodríguez
Costillares
, pintado por Goya, Rafael Sánchez
Lagartijo
, que mató 4.867 toros en una maratón de cuarenta y dos años, Manuel García
El Espartero
, aclamado en una canción como «rey de todos los toreros».

Estos matadores plantaron los hitos de la historia española y sus personalidades en contraste parecían captar el espíritu de las generaciones que los idolatraban. En los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, la fiesta española estuvo dominada por un hombre considerado a menudo como el torero más grande de la historia: José Miguel Gómez y Ortega
Joselito
. Hijo, sobrino y hermano de toreros, fue retratado a los dos años con un estoque en la mano, saltó a una plaza pueblerina a los nueve y empezó su carrera profesional de lidiador a los doce. Celebró su decimosexto cumpleaños matando seis toros de tres años, y, antes de los veintiuno, fue aclamado como el genio más grande que jamás produjera la fiesta. Con su serena elegancia y con la belleza clásica de sus movimientos, Joselito parecía compendiar toda la gracia y el estilo de un mundo que moría para siempre ante los cañones de 1914. Tan instintiva era su técnica, tan completo su dominio del arte, que toda España decía que «ningún toro pillaría nunca a Joselito». Pero España se equivocó. El 16 de mayo de 1920, dos años justos después del colapso del mundo tan bien simbolizado por su elegancia, un toro llamado
Bailaor
mató en la ciudad de Talavera de la Reina al ídolo a quien España había creído inmortal.

Su sitio en el pedestal fue ocupado por un chico feo y desmedrado, con su tic nervioso y piernas torcidas por la sífilis congénita, hijo de un buhonero del barrio gitano de Triana, en la margen izquierda del río Guadalquivir. Se llamaba Juan Belmonte y llevó sus estevadas piernas a terrenos que nadie se había atrevido a pisar hasta entonces. La multitud que había aplaudido la fría belleza del arte de Joselito se horrorizaba ahora ante el bronco coraje de Belmonte, y se precipitaba a la plaza para verle actuar antes de que le ensartaran los pitones de un toro.

Ni lazos familiares ni tradición alguna le ayudaron a subir. Salió por sí solo de los barrios bajos de Sevilla y a fuerza de voluntad, armó una revolución en el toreo. Cuando se retiró, había modificado casi todos sus cánones. Incluso se cortó la coleta, el horrible mechón de cabello que, durante generaciones, había marcado al torero como un hombre distinto de los demás, e inició la invasión por los toreros de los salones de la alta sociedad española. Así como la elegancia de Joselito había simbolizado la gracia de una era que moría, el tosco valor de Belmonte pareció anunciar el inicio de nuevos tiempos. Era la España que pedía justicia y democracia, que alborotaba con las exigencias de sus sindicatos, de sus socialistas y de sus desenfrenados anarquistas, iniciando el camino hacia la tragedia de la guerra civil española. En cuanto al temerario Belmonte, cuya muerte en el ruedo se había dado por segura, vivió y acabó suicidándose a los setenta años.

El tercer gran ídolo que surgió en el siglo
XX
fue Manuel Rodríguez
Manolete
, el cual entró en escena en el verano de 1939, recién terminada la guerra civil. Tenía ojos negros y tristes, y su rostro anguloso helado en una máscara de melancolía. Esta cara indujo a los críticos a llamarle «el Caballero de la Triste Figura». Sus faenas eran severas y sombrías tragedias, y la nación que lloraba a medio millón de muertos parecía encontrar en ellas el eco de su propio dolor todavía vivo. Durante siete años, su triste y solitaria figura dominó el toreo, coincidiendo su reinado con el angustioso período de la vida española, en el que, tan alejada de los amigos como de los enemigos, España sufrió y pasó hambre en estoico silencio. Cuando Manolete murió en la tragedia de Linares, en 1947, una parte de España pareció morir con él.

Ahora, España tenía un nuevo ídolo, el indómito vagabundo de Andalucía, cuya corrida de esta tarde despertaba tan enorme expectación. Y era una nueva España la que le idolatraba, una nación completamente diferente ya de aquella triste y malherida España que había enterrado a Manolete en el cementerio de Córdoba.

Era la España de la televisión y de la más extraordinaria invasión turística que jamás hubiera visto el mundo; catorce millones de forasteros en un año, casi uno por cada dos españoles, que franqueaban los Pirineos en una interminable carrera en busca de sol y traían en sus Austin, Renault y Volkswagen las semillas de una revolución social que había de cambiar para siempre el carácter aislado de la nación hispana. Era la España de la ayuda americana y del desarrollo económico, de la industrialización y de los pueblos migratorios. Los rascacielos se recortaban ahora en sus horizontes, y la construcción pública de viviendas rebasaba el ámbito de las ciudades, extendiendo sus límites a las áridas llanuras que las rodeaban. El zumbido de los motores ahogaba los chirridos de las carretas tiradas por asnos, y el golpeteo de los martillos mecánicos rompía los tranquilos ritmos de los callados suburbios.

Como una erupción, surgían los establecimientos de baños y los bares en los lugares de descanso: Saint Tropez, Soho y Broadway, símbolos del antaño desdeñado mundo de allende los Pirineos, lanzaban el estruendo del
rock and roll
y vendían pescado frito, hamburguesas y filetes con patatas. Las ayer desiertas playas vieron surgir una profusión de nuevos edificios, inspirados en el estilo de Miami y de California del sur.

Era la España de una juventud nueva e inquieta, de una juventud que miraba perpleja a los dignos caballeros del bar La Alemana, que ponía en tela de juicio el pasado, se mostraba descontenta con su presente y dirigía cada vez más su mirada hacia la Europa occidental en busca de la solución de su futuro. De la misma manera que El Cordobés desafiaba sonriente los cánones seculares del arte taurino, así esta juventud sacudía impaciente los pilares de la rígida y estructurada sociedad española. Llevaban pantalón vaquero y mascaban chiclé, se dejaban crecer el pelo como El Cordobés, bailaban el
monkins
y viajaban en
scooter
, leían las hasta entonces prohibidas obras de Sartre y empezaban a discutir las verdades del dogma religioso y las normas de continencia sexual que les habían inculcado sus mayores. Donde, cinco años antes, había proclamado el cardenal primado de España que era pecado mortal que las parejas se cogieran las manos en público, las jovencitas se lanzaban a la playa en bikini y besaban riendo a sus novios en la oscuridad de los portales de Madrid. Como Brigitte Bardot en Francia, y como habían de hacer más tarde los Beatles en Inglaterra, El Cordobés se había convertido en España en símbolo de esta generación cambiante, en el inconsciente portador de su virus hasta los más remotos rincones de la nación.

También era una España que empezaba a despertar del largo e incómodo sueño impuesto por la guerra civil. El año anterior se había producido un acontecimiento extraordinario: mineros de Asturias y obreros metalúrgicos de Bilbao habían tratado de obtener mejores condiciones de vida empleando un arma ilegal en la España de Franco, la huelga. Jóvenes sacerdotes, desafiando las porras de la Policía y el disgusto oficial de sus obispos, se habían puesto del lado de los trabajadores para ofrecerles apoyo y el aval moral de su presencia. Sucesos similares se habían registrado en Castilla y Cataluña. En Andalucía, la Guardia Civil había sido llamada para poner orden entre sectores campesinos que se agitaban no para conseguir un pedazo de pan, sino una mayor participación en la prosperidad que empezaba a conocerse hasta en sus pobres provincias.

Estos pequeños ataques contra un régimen duro eran manifestaciones indicativas del deseo que sentían las masas españolas de conocer una vida mejor y menos limitada que la ofrecida por los vencedores de la guerra civil. No resultaba sorprendente que mucha gente hubiera convertido en su ídolo al inquieto matador de Palma del Río. Manuel Benítez había conocido una de las pobrezas más desesperadas de España, y había quedado marcado por los pecados de sus padres republicanos. Sin embargo, con un indomable coraje, había conseguido escapar de la miseria que ahogaba su vida. Para muchos españoles, la fulgurante subida de El Cordobés fue como un eco de sus aspiraciones largo tiempo defraudadas; el triunfo de este torero supuso como una victoria colectiva sobre un enemigo común.

Sin embargo, ninguna de estas consideraciones, ni el frenesí emocional levantado por la corrida de hoy desde Málaga a Barcelona, había hecho mella en su actor principal. El joven que, dentro de poco, se enfrentaría con los imperiosos requerimientos de dos toros bravos y de los aficionados más exigentes del mundo, se había mantenido al margen de toda la actividad provocada en Madrid por su persona. Por el contrario, había huido de sus amigos y admiradores, ocultándose en el cuarto piso del Hotel Wellington, en un tranquilo barrio residencial de la capital.

Allí, Manuel Benítez
El Cordobés
había pasado esta mañana de la más importante corrida de su vida sumido en profundo y tranquilo sueño.

Cuatro plantas más abajo de la habitación en que dormía el torero, un par de hombres de aspecto preocupado se abrían paso en el atestado vestíbulo del Hotel Wellington. Ambos eran de baja estatura. Uno de ello era magro y huesudo; llevaba peinados hacia atrás sus largos mechones rubios, y una hilera de dientes de oro iluminaba su rápida y nerviosa sonrisa. Se llamaba Pepín Garrido. Su compañero era más joven, rollizo y con aspecto de osezno. Cuando andaba, parecía elevarse sobre los redondos pies, imprimiendo a sus movimientos un aire de rapidez contenida, como la del gato que acecha a un pájaro incauto. Se llamaba Paco Ruiz.

Una cierta atmósfera de respeto les envolvía mientras avanzaban hacia la jaula de José, el viejo ascensorista del Wellington. Eran los banderilleros de El Cordobés. Media hora antes, habían intervenido en los corrales de Las Ventas en la ceremonia del sorteo, mediante la cual se habían asignado los toros de la corrida de la tarde a los tres toreros del cartel. Y era el resultado del sorteo lo que había impreso en sus rostros su expresión desacostumbradamente preocupada.

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