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Authors: Howard Fast

Mis gloriosos hermanos (24 page)

BOOK: Mis gloriosos hermanos
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Eleazar encabezó la carga. Se lanzó contra los mercenarios empuñando su gran martillo, apartó a golpes el muro de lanzas, penetró en la falange y la desgranó como desgrana el trigo una trilladora; detrás de él avanzaron Judas, Juan, el bueno de Juan, los negros africanos y la masa de aullantes judíos, presas del furor del combate, que habían sufrido aguardando aquel momento. La falange se rompió, y el resto de nuestro exhausto grupo se unió a la acometida. De la batalla desapareció todo resto de orden y los mercenarios se desbandaron y huyeron. La carga se convirtió en una pelea y la pelea en una carnicería. Algunos mercenarios hicieron frente a la embestida, pero la mayor parte se dispersó y se dio a la fuga.

Unos se lanzaron al pantano, chapoteando hasta las rodillas en el lodo, y fueron perseguidos y muertos. Otros corrieron a las colinas; algunos escaparon, muy pocos, porque nosotros luchábamos con una furia tremenda e implacable. Y siempre, dondequiera que los mercenarios se mantuviesen firmes, allí estaba el gigante Eleazar con su terrible martillo y sus lanceros negros. Por mi parte yo también estaba poseído del furor de la batalla como todos los demás. Nunca, en ninguna oportunidad anterior, había perdido de vista a Jonatás; pero aquella vez sólo pensé que tenía delante a los que habían destruido todo lo que yo amaba, y luché como los otros, a veces junto a mi hermano Judas, otras veces solo, derribando a un mercenario que huía, hundiéndole a otro el cuchillo en las costillas, repetidamente, entre las placas de la armadura.

Me erguí; anochecía, y la batalla había concluido. Sólo se oían los lamentos de los heridos y de los fugitivos. Vi entonces a pocos pies de donde yo estaba a dos hombres frente a frente; el griego Apolonio y mi hermano Judas. El sol ya se había ocultado detrás de las montañas, dejando en el cielo un gran abanico púrpura y rojo; sólo un ligero resplandor sanguíneo iluminaba la profunda ciénaga, reflejándose en las charcas y coloreando las altas cañas. La media luz del crepúsculo, la sangre de las heridas y la sangrienta claridad del cielo producían destellos rojizos sobre Judas y el griego. Mi cansancio era tan grande que la sola idea de volver a luchar me estremecía y me causaba dolores en todo el cuerpo; pero en aquellos dos hombres no había señales de fatiga; sólo se percibía un odio intenso, tan intenso como nunca lo he visto en seres humanos. Había odio en sus rostros, en su postura, en toda su persona, en todos sus gestos y miradas. Ambos empuñaban una larga espada griega; Apolunio había arrojado su escudo en la batalla, pero conservaba el peto, las grebas y el casco; un extenso tajo que tenía en la mejilla lo había cubierto de sangre, pero aparte de ese corte no tenía ninguna otra herida; en tanto que Judas presentaba tajos y cuchilladas en una docena de sitios. Tenían los dos la misma estatura, pero el griego eran tan grueso como Judas delgado, y tan feo como Judas hermoso.

Judas estaba desnudo hasta la cintura y la sangre le había pegado el pantalón a las piernas. En algún momento de la batalla debió de perder las sandalias, porque estaba descalzo. El griego era un toro, pesado, siniestro y peligroso, y Judas era como ese leopardo, delgado y rápido, que merodea en las colinas de Galilea.

Me acerqué penosamente, acusando mis heridas y sintiendo que el dolor me recorría las piernas. Pero Judas me vio y me apartó con un ademán imperioso. Se acercaron otros hombres y Judas y Apolonio seguían sin moverse. Se formó un círculo y finalmente dijo Judas:

-¿Lucharás, griego, o huirás y morirás, como han muerto tus hombres?

La respuesta del griego fue lanzar una rápida estocada, que Judas detuvo, y luego los dos hombres lucharon como nunca he visto hacerlo a seres humanos, con la decisión de animales y el furor de demonios. Avanzaban y retrocedían; las espadas llenaban la noche, cada vez más oscura, de música salvaje; la respiración era jadeante y entrecortada; los pies arrancaban terrones al blando suelo. Un ruedo compacto de judíos circundaba a los contendientes, pero el espacio libre era bastante amplio, y cuando necesitaban más la multitud retrocedía. El que luchaba era el Macabeo, y nadie intervenía; yo lo comprendí. Aunque Judas muriese allí, ni yo ni Juan ni Eleazar ni Jonatás podríamos evitarlo. Yo los vi a todos en aquel momento; pero ellos no me vieron a mí. Sólo veían a los dos hombres que peleaban.

Y entonces el griego descargó un golpe de arriba abajo que habría partido a Judas hasta la cintura si no lo hubiese parado con su propia espada; pero lo paró y se le quebró la hoja, quedándose con sólo un trozo de espada en la mano. La pausa fue de una fracción de segundo y enseguida Judas se lanzó contra el griego, antes de que éste se repusiera, y le hundió el trozo dentado de hierro en la cara. Apolunio cayó al suelo y Judas sobre él, apuñalando una y otra vez el rostro informe, hasta que Eleazar y yo corrimos y lo detuvimos.

Judas se levantó sollozando. Tiró la empuñadura rota, que cayó sobre el cuerpo del griego; luego se inclinó y recogió la espada de Apolonio. Ya era de noche, pero nosotros estábamos demasiado cansados para dar un paso. Nos acostamos a dormir allí mismo, junto a los muertos.

Así fue como nos transformamos en ejército; pero el nuestro no era como los ejércitos corrientes, sino un ejército formado por el pueblo y con la fuerza del pueblo. El único ejército del mundo cuyos hombres no luchaban por dinero ni por poder, sino por las costumbres de sus antepasados y por la tierra de sus antepasados.

Aquella noche dormimos en la acuosa hierba del pantano de Efraín, y al día siguiente despojamos los cuerpos de nuestros enemigos y los enterramos; a todos menos a Apolonio. El cuerpo de Apolonio fue llevado por un grupo de hombres hasta las puertas de Jerusalén y arrojado allí en el barro, para que los judíos ricos que defendían la ciudad y residían en ella pudieran ver al loco a quien habían entregado su confianza.

Pero no hubo descanso para nosotros. Nuestra fuerza aumento.

Ragesh fue con Jonatás a reclutar otro ejército entre los bravos judíos sureños, hombres que durante centenares de años habían defendido su tierra de las interminables oleadas de invasores beduinos vomitados por el desierto. Las aldeas se fueron levantando una tras otra; mataban a la guarnición, daban muerte a los traidores internos y emigraban para reunirse con nosotros en el desierto de Efraín. A medida que pasaban las semanas nuestro número subió primero a veinte mil personas, luego a treinta mil y finalmente a más de cien mil. Y al aumentar la población crecía la fuerza del ejército. Para mí, la tarea de abastecer a esa muchedumbre de gente, de organizarla y alimentarla, resultó una carga agobiadora. Trabajaba todos los días desde el alba hasta la puesta de sol. Salían patrullas a recorrer el país, vaciaban cisternas y depósitos y llevaban a Efraín alimentos, vino y aceite; nosotros los almacenábamos en nuevos depósitos que construimos. Las aldeas entregaban todo lo que podían ahorrar. Los judíos de Alejandría formaron una fuerza propia de defensa con cuya protección nos enviaban caravanas de alimentos. En Efraín mismo, en los valles más inaccesibles, limpiamos montes y matorrales y reparamos los antiguos terraplenes que no habían sido cultivados desde hacia tres siglos.

En esta tarea me ayudó Juan, quien con su infinita paciencia y su amable indulgencia lograba buenos resultados allí donde yo me estrellaba contra las barreras que yo mismo me ponía a causa de mi colérica intolerancia. Entretanto Judas, Eleazar y Jonatás enseñaban al pueblo a combatir. La guerra que nosotros habíamos aprendido a librar con tan buen éxito hasta entonces, la guerra que convertía en trampas todas las aldeas del país, todas las laderas, todos los valles, proseguía sin pausa. Continuamente recorrían el país uno u otro de mis hermanos, desde el desierto del sur hasta las montañas de Galilea en el norte, realizando batidas e incursiones para informar a los griegos y a los judíos de que sólo estarían seguros detrás de los muros de sus fortalezas. Pero pasaron tres meses antes de que libráramos nuestra segunda gran batalla.

No sé, empero, cómo clasificarla. Durante largos años las batallas se fueron sucediendo sin interrupción; y siempre había nuevos mercenarios, más mercenarios, incontable número de mercenarios. Eran un pozo sin fondo, del que salían a millares esos asesinos asalariados que tanto abundaban en el mundo; porque el mundo los producía y los vendía a un rey loco, del norte, que vivía obsesionado por un solo propósito: destruir a los judíos.

El nuevo alcaide de Judea, al que tardaron en nombrar, se llamaba Horón, y con cuatro mil mercenarios, entre ellos cuatrocientos de caballería, tomó por la gran carretera que va a Egipto, dobló luego hacia el noreste en Ekron, para internarse enseguida en nuestras montañas, como había hecho anteriormente Apolonio. Le salimos al encuentro entre Modin y Gibeón y lo destrozamos, atrapándolo entre las colinas y obligándolo a retroceder. Dejó ochocientos muertos en el campo de batalla. Durante dos días perseguimos a las deshechas falanges en retirada, lanzándoles lluvias de flechas desde todas las vertientes y todos los riscos, hasta que finalmente llegaron a las ciudades fortificadas de la costa.

De ese modo destrozamos, en el término de tres meses, a dos grandes ejércitos, después de lo cual, con excepción de la ciudadela de Jerusalén, cuya escasa superficie compartían los judíos ricos con una guarnición de griegos, no había camino, ni sendero ni aldea en toda Judea en la que los mercenarios pudieran moverse en fuerzas menores de mil hombres; y aun así temían a los valles angostos y a las altas montañas como al mismo infierno. La zona liberada se extendía desde Efraín hacia el sur, hasta las mismas murallas de la ciudad, y aún recuerdo perfectamente aquella primera vez en que Judas y yo condujimos a quinientos lanceros judíos hacia Jerusalén, hasta que estuvimos a la vista del Templo.

Permanecimos horas enteras contemplando silenciosamente la ruina y desolación de nuestra ciudad santa. Luego nos retiramos cuando los mercenarios salieron a atacarnos.

En todo el país brotaba una vida nueva. En Efraín comenzaron a florecer los terraplenes, a los que habíamos transportado en canastos el fértil barro de la ciénaga, apilándolo contra paredes de piedra. Muchos regresaron a sus hogares, llegando hasta aldeas tan lejanas como Modín, se instalaron en las ruinas de sus casas, y sembraron y recogieron las cosechas. Pero más que libertad aquello era un alivio momentáneo, como no tardamos en averiguar cuando volvió de Damasco Moisés ben Daniel; un Moisés ben Daniel distinto, más viejo, que traía en la mirada el reflejo de terribles novedades.

-Vengo a quedarme -dijo-. Ya no hay ni un solo judío en Damasco. Antioco está loco; rematadamente, furiosamente loco. Emitió una orden disponiendo que debía darse muerte a todos los judíos de Siria. Por las calles de la ciudad corrió sangre judía como agua. Fuera de la ciudad y en una extensión de diez millas hay una fila de lanzas con una cabeza judía en cada una de ellas. Yo escapé porque conseguí comprar mi libertad, pero se pueden contar con los dedos los que lograron hacer lo mismo. Mataron a mi mujer y a mi otra hija.

Todo esto lo dijo fría y objetivamente; de la misma manera objetiva con que los judíos saben hablar de las cosas más terribles.

-Tienen que morir todos los judíos -dijo con voz opaca-. Todos los judíos de Damasco, Hamón, Sidón, Apolonia y Jopa; y los de Judea. Va a hacer una montaña de calaveras judías y a llenar los valles de Judea con huesos judíos. Eso es lo que dijo, gritando como un loco, y eso mismo es lo que expresa el decreto que envió a todas las ciudades de Siria. Matar a un judío ya no es un crimen, sino una virtud, dice el decreto.

-¿Y cómo piensa matar a todos los judíos de Judea? –preguntó Judas con calma.

Eleazar, que escuchaba, abría y cerraba sus dos poderosos puños, mientras le rodaban las lágrimas por las mejillas.

-Vendrá con más hombres de los que jamás marcharon contra Palestina. Cien mil. Aunque no creo que consiga suficiente dinero para un ejército de esa magnitud. Pero de todos modos ha de ser una hueste poderosa. Te lo prevengo, a ti, joven a quien llaman Macabeo. Aun antes de que yo me fuera de Damasco, la ciudad ya estaba llena de traficantes de esclavos; de Atenas y de Sicilia, y hasta de Roma. Y el tesorero del rey los acosaba pidiéndoles adelantos a cambio de concesiones. En el gran mercado de joyas se pusieron en venta cuatrocientos rubíes del tesoro personal del rey; en todos los alrededores de la ciudad había campamentos de mercenarios, y continuamente iban llegando más...

-Y a nosotros nos transformaron en un pueblo colérico y terrible -susurró Judas.

Y marchó contra nosotros el tercer ejército. No sé cuántos hombres comprendía, pero abarcaba más de siete millas de camino; era una hueste de una magnitud jamás vista en Judea. Imposible contarlos. Unos decían que tenía cincuenta mil hombres; otros ochenta mil. Eleazar, Rubén, yo y tres de los negros ascendimos hasta la cumbre del monte Gilboa y desde allí los vimos llegar. El espectáculo no era nada confortante. Parecía una nube (le langostas que avanzaba; había un sin fin de mercenarios, millas y millas de carretas, traficantes en esclavos, prostitutas y otros acompañantes civiles de diversas actividades. Como si emigrase un país entero. Allí estaban todos los mercenarios que pudieron ser reclutados en Siria, y muchos otros traídos de Egipto, Grecia y Persia. Y contra todos ellos teníamos seis mil hombres.

Lo que nos salvó fue precisamente la gran dimensión del enemigo. Toda aquella masa de hombres, mujeres y animales sólo podía desplazarse por el camino de la costa a razón de unas pocas millas diarias. Nosotros los vigilábamos desde las colinas y cuando destacaban partidas para hacer incursiones en los campos, en procura de botín y alimentos, se encontraban en los desfiladeros con enjambres de flechas judías. Envenenamos todos los pozos y cisternas que estaban en la ruta, y quemamos hasta la última partícula de los alimentos que no podíamos llevarnos. Y todas las noches relampagueaban nuestras señales luminosas alrededor de su extenso campamento. Cuando dormían, Eleazar y sus africanos se internaban en el mismo campamento con pequeñas partidas de hombres, cortaban pescuezos, sembraban la confusión y huían al amparo de su misma enorme vastedad.

Llegaron hasta Hazor. El número de integrantes de la columna había aumentado, porque los tratantes en esclavos habían logrado reunir a dos o tres mil cautivos judíos, y a unos cinco o seis mil
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que vivían en la llanura costera. Movidos por el acicate del dinero que habían adelantado a Antioco, no les preocupaba demasiado quiénes eran los que encadenaban, y nuestros espías nos informaron de que había discordias y enconos entre la gavilla de los tratantes de esclavos, los amos de la prostitución y los oficiales griegos de Antioco.

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