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Authors: Anónimo

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La muerte del rey Arturo (28 page)

201.
Cuenta la historia que, cuando acabó la batalla de Wincester, se dieron a la fuga aquellos que pudieron de los hijos de Mordrez, y los demás fueron muertos; el rey Boores entró con toda su gente en Wincester, quisieran o no los de dentro. Al enterarse con certeza de que su hermano Lyón había muerto, tuvo una aflicción tan grande que apenas la podría contar. Hizo enterrar el cuerpo en la ciudad de Wincester, tal como merecía el cuerpo de un rey; después de enterrarlo ordenó que buscaran a Lanzarote por todas partes, lejos y cerca, pero nadie lo pudo encontrar. Entonces, dijo a Héctor: «Héctor, buen primo, ya que mi señor se ha perdido así, y no lo podemos encontrar, quiero volver a nuestro país; vendréis conmigo: cuando estemos allí tomad de los dos reinos el que más os agrade, pues lo tendréis a vuestra disposición.» Le contesta que no le apetece irse del reino de Logres y que aún se quedará en él algún tiempo; «cuando me vaya, iré directamente a vuestra presencia, pues sois el hombre del mundo al que yo más amo; y es justo que lo haga.» Así se marchó Boores del reino de Logres, volviéndose a su país con toda su gente. Héctor cabalgó errante por aquella tierra hasta que la ventura lo llevó a la ermita donde estaba Lanzarote, a quien el arzobispo había adoctrinado haciéndolo sacerdote, de manera que todos los días cantaba misa y guardaba gran abstinencia: no comía nada más que pan, agua y raíces que cogía en el monte; cuando se vieron los dos— hermanos derramaron abundantes lágrimas, pues se amaban mucho con buen amor. Héctor le dijo a Lanzarote: «Señor, ya que os he encontrado aquí en tan alto servicio como es el servicio de Jesucristo y como veo que os apetece quedaros, yo no me iré mientras viva, antes bien, os haré compañía el resto de mi vida.» Cuando los de allí lo oyeron, se alegran mucho de que tan buen caballero se ofrezca al servicio de Nuestro Señor; lo recibieron como compañero. Así se quedaron los dos hermanos juntos en la ermita, dedicándose todos los días al servicio de Jesucristo. Cuatro años permaneció Lanzarote de esta manera, que no había hombre que pudiera sufrir penas y trabajos como él soportaba ayunos y vigilias, oraciones y madrugar temprano. El cuarto año murió Héctor y abandonó este mundo, siendo enterrado en la misma ermita.

202.
Quince días antes de mayo, Lanzarote cayó enfermo, y cuando notó que iba a morir, rogó al arzobispo y a Bleoblerís que, tan pronto como dejara la vida, llevaran su cuerpo a la Alegre Guarda y lo metieran en la misma tumba en la que fue enterrado el cuerpo de Galeholt, el señor de las Lejanas Islas. Le prometen como hermanos que harán todo esto. Lanzarote vivió cuatro días después de esta petición, y al quinto abandonó la vida. En el momento en que el alma se alejó del cuerpo no estaban con él ni el arzobispo ni Bleoblerís, pues dormían fuera, bajo un árbol. Bleoblerís se despertó primero y vio al arzobispo que estaba durmiendo a su lado y que en sueños debía tener alguna visión porque manifestaba la mayor alegría del mundo, diciendo: «¡Ay! ¡Dios, bendito seáis! Ahora veo cuanto deseaba ver.» Cuando Bleoblerís lo vio que dormía, reía y hablaba, se admiró mucho y temió que el enemigo se le hubiera metido dentro; entonces le despierta con mucha suavidad; al abrir los ojos y ver a Bleoblerís, dice: «¡Ay! Hermano, ¿por qué me habéis sacado de la gran alegría en la que estaba?». Le pregunta en qué alegría estaba. «Estaba en tan gran gozo y en tan gran compañía de ángeles que nunca vi tanta gente en ningún sitio donde estuve y llevaban al cielo el alma de nuestro hermano Lanzarote. Vayamos a ver si ha dejado la, vida. —Vamos», responde Bleoblerís. Fueron entonces al sitio donde estaba Lanzarote y se encontraron con que el alma se había ido. «¡Ay! ¡Dios, exclamó el arzobispo, bendito seáis! Ahora estoy seguro de que los ángeles hacían la gran fiesta que vi por el alma de éste; ahora sé que la penitencia vale sobre todas las cosas; mientras viva no dejaré de hacer penitencia. Conviene que nos llevemos ya su cuerpo a la Alegre Guarda, pues así se lo prometimos cuando vivía. —Es cierto», responde Bleoblerís. Entonces preparan unas parihuelas, colocan en ellas el cuerpo de Lanzarote y las toman cada uno por un lado, caminando con gran esfuerzo y trabajo hasta que llegaron a la Alegre Guarda. Cuando los de la Alegre Guarda supieron que era el cuerpo de Lanzarote fueron en su búsqueda y lo recibieron con llantos y lágrimas. Alrededor del cuerpo hubierais oído tan gran duelo y tales lamentaciones que apenas se oiría a Dios tronando. Lo bajaron a la iglesia mayor del castillo y le tributaron todo el honor que pudieron, tal como debían hacer a un hombre tan esforzado como él había sido.

203.
El mismo día que llevaron el cuerpo, el rey Boores bajó al castillo con la pobre compañía de un solo caballero y un escudero; al saber que el cuerpo estaba en la iglesia, fue allí e hizo que lo descubrieran y lo contempló hasta que se dio cuenta de que era su señor. Al reconocerlo, se desmayó sobre el cuerpo y comenzó a mostrar un duelo tan grande que nadie vio uno mayor, y a lamentarse con amargura. Aquel día la aflicción fue grande en el castillo; por la noche hicieron abrir la tumba de Galeholt, que era más rica que ninguna. A la mañana siguiente hicieron meter en ella el cuerpo de Lanzarote y después pusieron unas letras que decían:
AQUÍ YACE EL CUERPO DE GALEHOLT, SEÑOR DE LAS LEJANAS ISLAS Y CON ÉL DESCANSA LANZAROTE DEL LAGO, QUE FUE EL MEJOR CABALLERO QUE ENTRÓ EN EL REINO DE LOGRES, A EXCEPCIÓN DE SU HIJO GALAZ
. Cuando el cuerpo fue enterrado, podíais ver a los del castillo besando la tumba; entonces le preguntaron al rey Boores cómo había llegado tan a punto al entierro de Lanzarote: «Ciertamente, les responde Boores, un religioso ermitaño, que vive en el reino de Gaunes me dijo que si yo estaba el día de hoy en este castillo, que vería a Lanzarote, vivo o muerto; ha ocurrido tal como él me dijo. Pero, por Dios, si sabéis dónde ha vivido desde que no lo veo, decídmelo.» El arzobispo le cuenta con rapidez la vida de Lanzarote y su fin; después de escucharlo, el rey Boores dice: «Señor, ya que ha estado con vos hasta el final, yo os haré compañía en su lugar mientras viva; me iré con vos y pasaré el resto de mi vida en la ermita.» El arzobispo da gracias a Nuestro Señor con mucha dulzura.

204.
A la mañana siguiente se fue Boores de la Alegre Guarda y despidió al caballero y al escudero, encargando a sus hombres que eligieran el rey que quisieran, pues él no volvería ya. Así se fue el rey Boores con el arzobispo y con Bleoblerís, y con ellos pasó el resto de su vida, por amor a Nuestro Señor.

Maestro Gautier Map aquí calla lo que concierne a la
Historia de Lanzarote
; pues ha rematado todo según ocurrió y acaba así su libro, de manera que después de esto no se podrá contar nada sin mentir.

Apéndice

Ú
LTIMA ENTREVISTA DE LANZAROTE Y GINEBRA

A continuación cuenta la historia que cuando Lanzarote se alejó de sus primos, después de vencer y destruir a los hijos de Mordrez, cabalgó errante hasta la hora de vísperas, en que llegó a un bosque grande y digno de admiración. Había caminado cuatro leguas en el bosque cuando oyó tañer una campana; se dirige hacia allí y, después de cabalgar un buen rato, ve ante sí una abadía muy hermosa y bien construida; va a la puerta y entra; salen dos criados: uno le toma el caballo y el otro le lleva a una habitación, muy hermosa y bien dispuesta, para desarmarlo. Después de quitarle las armas y haberse lavado la cara y las manos, se apoyó en una ventana de la habitación para mirar al patio; mientras estaba a la ventana, un criado fue a la abadesa y le dijo: «Señora, ha venido a alojarse el caballero más hermoso del mundo.» Al oírlo la abadesa llamó a la reina Ginebra que se había hecho religiosa allí. «Señora, vamos a ver a ese caballero, para saber si lo conocéis.» Ella responde: «Con gusto.» Y van a la sala. Cuando Lanzarote las ve venir, se pone en pie ante ellas. Tan pronto como la reina lo ve, se le enternece el corazón y cae al suelo desmayada. Al volver en sí, cuando puede hablar, dice: «¡Ay! Lanzarote, ¿cuándo habéis Regado?» Lanzarote, al oír que lo nombra de forma tan clara, reconoce a su señora la reina; entonces le entra gran compasión, al verla con el hábito, y cae a tierra, desmayado a sus pies. Cuando vuelve en sí, le dice: «¡Ay! Muy dulce señora, ¿desde cuándo vestís este hábito?» Ella le toma por la mano y lo lleva a que se siente a un lado, sobre una alfombra. La reina le cuenta cómo llegó a vestir el hábito por miedo a los dos hijos de Mordrez. Los dos lloraban con ternura.

«Señora, le responde Lanzarote, sabed que ya no debéis preocuparos de los dos hijos de Mordrez, pues los dos han muerto; pensad ahora qué vais a hacer. Si queréis y os agrada podéis ser señora y reina de todo el país, pues no encontraréis a nadie que os lo niegue. —¡Ay! ¡Ay! Buen y dulce amigo, he tenido tantos bienes y honores en esta vida, que ninguna dama de antes se me podría comparar, ni habrá ninguna comparable. Vos sabéis bien que yo y vos hemos hecho una cosa que no debíamos haber hecho; me parece que deberíamos emplear el resto de nuestras vidas en servir a Nuestro Señor. Tened por seguro que no volveré al siglo, pues he entrado aquí para servir a Dios.» Cuando Lanzarote oye estas palabras, le contesta llorando: «Señora, pues así os place, a mí me agrada. Sabed que yo me iré a algún lugar donde encuentre a un santo hombre, en una ermita, que me reciba por compañero y serviré a Dios el resto de mi vida.» La reina le responde que le parece bien.

Así encuentra Lanzarote a la reina en la abadía en la que había entrado y permaneció dos días completos; al tercer día, tomó Lanzarote permiso de la reina llorando; ella lo encomendó a Nuestro Señor, para que lo proteja de todo mal y lo mantenga a su servicio.

Lanzarote le suplica que le perdone todos los daños, y le responde ella que lo hace con mucho gusto; lo besa y abraza al despedirse; monta sobre su caballo y se marcha; la reina quedó al servicio de Nuestro Señor, con tan buen corazón que no se le escapó ni una misa, ni maitines, de noche ni de día y se ocupó de rogar por el alma del rey Arturo y de Lanzarote; no vivió más que un año desde que Lanzarote se fue. Cuando murió fue enterrada de forma tan alta como correspondía a tan elevada dama.

Al salir de allí Lanzarote cabalgó errante, meditabundo y afligido, hasta que llegó a una montaña de rocas, en la que había una fuente y una ermita bastante alejada y oculta de las gentes; Lanzarote entró en aquella ermita y pasó el resto de su vida allí, por amor de Nuestro Señor.

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