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Authors: John Le Carré

Tags: #Terrorismo, intriga, policíaca

La chica del tambor (46 page)

BOOK: La chica del tambor
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Charlie reconoció el olor que no había conseguido situar antes: era la loción para después del afeitado que José había ido dejando en todos los cuartos de baño que habían compartido.

–¿No quieres hablar con la señorita? -estaba preguntando Kurtz-. ¿No quieres darle la bienvenida a esta nuestra casa? ¡Empiezo a preguntarme por qué demonios ya no quieres cooperar con nosotros! -Poco a poco, la insistencia de Kurtz logró despertar los ojos de Michel, cuyo cuerpo pareció enderezarse en un gesto de sumisión-. ¿Quieres saludar educadamente a esta bella señorita? ¿Quieres desearle buenos días? ¿Sí? ¿Quieres darle los buenos días, pequeño?

Por supuesto que sí:

–Buenos días -dijo Michel en una versión edulcorada de la voz del magnetófono.

–No respondas -le advirtió José al oído.

–Buenos días,
señorita
-insistió Kurtz, todavía sin rencor.

–Señorita -dijo Michel.

–Hacedle escribir algo -ordenó Kurtz.

Le hicieron sentar a la mesa, poniéndole delante una pluma y una hoja de papel, pero Michel no logró gran cosa. A Kurtz no parecía importarle demasiado, pues estaba diciendo: «Mira cómo coge el bolígrafo, mira cómo los dedos se adaptan a la caligrafía árabe.»

–Puede que despertaras en mitad de la noche y te lo encontraras haciendo cuentas, ¿de acuerdo? Pues ése es el aspecto que tenía.

Charlie hablaba mentalmente con José: Sácame de aquí, creo que voy a morir. Oyó el golpe sordo de los pies de Michel cuando se lo llevaron escaleras arriba para que no escuchara, pero Kurtz no le permitió ni un respiro como tampoco se lo permitía a sí mismo.

–Aunque nos cueste un poco más de esfuerzo, Charlie, hay otra escena de esta operación que deberíamos acometer ahora mismo.

En el salón reinaba el silencio, era como estar en un piso cualquiera. Cogida del brazo de José, Charlie siguió a Kurtz al piso de arriba. Sin saber por qué, le sirvió de ayuda cojear un poco, como Michel.

El pasamanos de madera aún estaba pegajoso del sudor. Los peldaños tenían como tiras de papel de lija, pero al pisarlos no oyó el esperado sonido crujiente. Iba fijándose en todos estos detalles porque hay veces en que sólo los detalles pueden proporcionarnos un vínculo con la realidad. Había un retrete con la puerta abierta, pero al mirar otra vez Charlie advirtió que no había tal puerta sino sólo el vano, y que de la cisterna no colgaba cadena alguna; y entonces supuso que si había que andar arrastrando a un prisionero todo el día, aunque éste no pudiera ni pensar de tanta droga como le daban, era necesario tener la casa en orden y calcularlo todo. Sólo tras haber reflexionado seriamente sobre tan importantes asuntos se permitió reconocer que había entrado en una habitación acolchada y con una cama individual adosada a la pared del fondo. Y sobre esa cama, otra vez Michel, completamente desnudo a excepción de su medallón de oro, las manos cubriendo la entrepierna y sin apenas una arruga allí donde el abdomen se doblaba. Tenía la musculatura de los hombres pletórica y redondeada, la del pecho lisa y ancha, y las sombras bajo los músculos eran firmes como líneas trazadas con tinta china. A una orden de Kurtz, los chicos le izaron en vilo y le apartaron las manos de la ingle. Circuncidado, de buen tamaño, hermoso. Expresando en silencio su desaprobación con el ceño fruncido, el chico de la barba señaló la marca de nacimiento que como una pequeña mancha de leche tenía en el flanco izquierdo, la cicatriz de arma blanca en el hombro derecho, y finalmente el cautivador riachuelo de vello negro que le bajaba desde el ombligo. En silencio, le hicieron darse la vuelta y Charlie se acordó de la espalda preferida de Lucy: la espina dorsal rebajada en puro músculo. Pero nada de orificios de bala, ni nada que pudiera estropear la absoluta diafanidad de su belleza.

De nuevo lo levantaron, pero José consideró llegado el momento de que Charlie dejase de mirar, pues la hizo bajar rápidamente por la escalera tomándola por la cintura y agarrándola con la otra mano de la muñeca hasta hacerle daño. En el váter que había junto al recibidor, Charlie se detuvo el tiempo suficiente para vomitar, pero luego sólo quería salir de allí, de aquel piso; fuera de su vista, fuera de su propia mente y de su propio pellejo.

Estaba corriendo. Corría al límite de sus fuerzas; los dientes de hormigón del horizonte circundante daban saltos al pasar. Los jardines de azotea quedaban como unidos por recoletos senderos de ladrillo, letreros de una ciudad de juguete le indicaban lugares cuyos nombres no podía leer, y unas tuberías de plástico azul y amarillo dibujaban sobre su cabeza franjas coloreadas. Corría escaleras arriba y escaleras abajo, sin parar, sintiendo despertar un interés de horticultor por la variada vegetación que observaba a su paso; los geranios airosos, los arbustos de flores atrofiadas, las colillas y los trechos de tierra pelada que parecían sepulturas anónimas. José iba corriendo a su lado y ella le chillaba que se fuera, que la dejara en paz; una pareja de edad sentada en un banco sonreía nostálgicamente a la vista de aquella riña de enamorados. Corrió de esta manera el equivalente de dos andenes, hasta llegar a una cerca y a una abrupta pendiente que daba sobre un aparcamiento. Si no se suicidó fue porque ya había decidido de antemano que no era de las que se suicidan, y por otra parte quería vivir con José, no morir con Michel. Al detenerse vio que apenas jadeaba. La carrera le había sentado bien; tendría que hacerlo más a menudo. Le pidió un cigarrillo, pero José no llevaba tabaco encima; él la llevó hasta un banco e hizo que se sentara, pero Charlie se levantó pensando hacer valer sus derechos. Sabía por experiencia que las escenas emotivas no funcionaban bien entre personas que van andando, de modo que se quedó quieta.

–Te aconsejo que guardes tu compasión para los inocentes -le advirtió José, cortando antes de que ella le lanzase sus invectivas.

–¡Él
era
inocente hasta que vosotros le inventasteis!

Tomando su silencio por confusión, y su confusión por flaqueza, Charlie fingió estar contemplando el monstruoso horizonte de hormigón.

–«Era
necesario
-dijo a continuación con mordacidad-. Yo no estaría aquí si no fuera
necesario.
» Es una cita. «Ningún tribunal sensato nos condenaría por lo que te estamos pidiendo que hagas.» Eso es otra cita. Así lo expresaste tú, creo. ¿Quieres retractarte?

–No, me parece que no.

–Me parece que no. Pues deberías estarás seguro, ¿no crees? Porque si aquí hay alguien que duda, ésa soy yo.

Sin sentarse todavía, Charlie desvió su atención a un punto inmediatamente encima de ella, en la fachada de un edificio que había en frente y que ahora examinaba con la seriedad de un comprador en potencia. Pero José no se había movido, lo cual hizo que de algún modo la escena saliera mal. Deberían haber estado los dos frente a frente o él detrás de ella, mirando hacia el mismo punto distante.

–¿Te importa que añada algunas cosas?

–En absoluto. Adelante.

–Ha matado judíos.

–No sólo ha matado judíos sino también a inocentes espectadores que ni eran judíos ni tenían nada que ver en este conflicto.

–Pues me gustaría escribir un libro sobre la culpabilidad de esos espectadores inocentes de los que siempre hablas. Para empezar, hablaría de los bombardeos sobre el Líbano y seguiría a partir de ahí.

Él se revolvió con más rapidez y dureza de lo que ella había calculado.

–Ese libro ya está escrito, Charlie, y se titula Holocausto.

Con el pulgar y el dedo índice, Charlie hizo una mirilla y miró un balcón lejano.

–Por otra parte, tú personalmente has matado árabes, si no me equivoco.

–Naturalmente.

–¿Muchos?

–Bastantes.

–Pero sólo en defensa propia, ¿no? Los israelíes sólo matan si es en defensa propia. -No hubo respuesta-. «He matado a bastantes árabes, firmado: José». -Seguía sin conseguir que él replicara-. Pues te diré que me sorprende: un israelí que ha matado bastantes árabes…

Su falda escocesa también era regalo de Michel. Tenía bolsillos a los lados, pero hacía poco que lo había descubierto. Hundió las manos en los bolsillos e hizo que la falda ondeara al viento mientras fingía analizar el efecto.

–La verdad es que sois unos hijos de puta -dijo despreocupadamente-. Sin duda, unos hijos de puta, ¿no te parece? -Ella seguía mirándose la falda, realmente interesada por su vuelo-. Y lo cierto es que tú eres el mayor hijo de puta de todos. Porque juegas con dos barajas. Primero te haces el blandengue y luego apareces como guerrero sediento de sangre. Pero en el fondo, y en última instancia, no eres más que un sanguinario judío usurpador.

José no sólo se levantó sino que le pegó. Y dos veces. Después de haberle quitado las gafas de sol. Le pegó más fuerte y más rápido de lo que la habían pegado nunca, y en la misma mejilla. El primer bofetón fue tan fuerte que una abominable sensación de victoria le hizo plantar cara al golpe. Empatados, pensó ella acordándose de lo de Atenas. El segundo fue una nueva explosión en el mismo cráter, que, cuando terminó, la hizo caer en el banco, donde hubiese llorado desconsoladamente, pero Charlie era demasiado orgullosa para derramar una lágrima más. ¿Me ha pegado por él o por mí?, se preguntó. Deseaba desesperadamente que fuera por causa de él; que por fin, en la hora duodécima de su loco matrimonio, hubiera conseguido romper la barrera de su reserva. Pero tuvo suficiente con ver la hermética expresión de su rostro y su serena mirada para comprender que la paciente era ella y no José, quien ahora le tendía un pañuelo. Ella lo desechó con un ademán displicente.

–Déjalo -murmuró.

Charlie le cogió del brazo y se dejó llevar por el camino de cemento. La misma pareja de edad les sonrió al pasar. Son como niños, se dijeron el uno al otro, igual que lo fuimos nosotros. Primero se pelean a muerte y al momento están pensando en acostarse y hacerlo aún mejor que la vez anterior.

El piso de abajo era muy parecido al de arriba, excepto que carecía de balcón y de prisionero. En ocasiones, mientras leía o escuchaba, llegó a convencerse de que jamás había estado en el piso de arriba, que el piso de arriba era una cámara de los horrores que sólo existía en los negros aposentos de su mente. Pero entonces oía en el techo el golpe sordo de una caja de embalaje mientras los muchachos desmontaban el material fotográfico, pues pronto expiraba el contrato de alquiler, y no le quedaba más remedio que admitir que el piso de arriba era a fin de cuentas tan real como el de abajo: más real aún, pues en tanto que las cartas eran pura invención, Michel era de carne y hueso.

Se sentaron los tres formando un círculo y Kurtz abrió el fuego con uno de sus preámbulos. Pero su estilo era más crispado y menos tortuoso que de costumbre, tal vez porque ella había sido ya aceptada como soldado, como veterana «que tiene en su haber nuevas e interesantísimas informaciones que ofrecer», según lo expuso Kurtz. Las cartas estaban en un maletín que había sobre la mesa, y antes de proceder a abrirlo le recordó una vez más cuál era la «ficción», palabra que compartía con José. Según la ficción, Charlie no era sólo una amante apasionada sino una apasionada de la relación epistolar que se veía, en ausencia de Michel, privada de cualquier otra válvula de escape. Mientras explicaba esto, Kurtz se puso unos guantes baratos de algodón. Por consiguiente, las cartas no eran una mera actividad secundaria en su relación, sino por el contrario «el único lugar, querida, donde abrir tu corazón». Daban fe de su cada vez más obsesivo amor por Michel -a menudo con una franqueza que desarmaba-, pero también de su renacer político y de su paso a un «activismo mundial» que daba por sentada la «vinculación» de todas las luchas antirrepresivas a escala planetaria. En conjunto constituían el diario de «una persona emocional y sexualmente excitada», reflejando su paso de una vaga protesta al activismo de palabras mayores, con su implícita aceptación de la violencia.

–Y puesto que, dadas las circunstancias, no podíamos confiar en que nos proporcionaras toda la variedad de tu estilo literario -concluyó Kurtz, abriendo el maletín-, hemos tenido que escribir estas cartas por ti.

Sí, claro, pensó ella, y luego miró a José, que estaba sentado muy erguido y con aspecto casi angelical, unidas las palmas de las manos entre las rodillas como quien no ha roto nunca un plato.

Estaban en dos paquetes de color marrón, uno bastante más grande que el otro. Kurtz escogió el paquete pequeño y lo abrió torpemente con sus dedos enguantados, alisando a continuación los papeles. Charlie reconoció la escritura frágil, como de colegial, de Michel. Al desenvolver Kurtz el segundo paquete, reconoció, como en un sueño hecho realidad, su propia caligrafía. Las cartas que te escribe Michel, querida, están en copia fotostática, le decía Kurtz: los originales te esperan en Inglaterra. Las tuyas sí son originales, y pertenecen a Michel, ¿no es cierto, querida?

–Sí, claro -dijo ella, mirando instintivamente a José, pero esta vez concretamente a sus manos que, entrelazadas, repudiaban toda autoría.

Leyó primero las de Michel porque le pareció que le debía esa atención. Había casi una docena e iban de lo abiertamente sensual y apasionado a lo breve y autoritario. «Asegúrate, por favor, de numerar tus cartas. Si no lo haces, no me escribas. No puedo disfrutar tus cartas si no sé con certeza que las he recibido todas. Va en ello mi seguridad.» Entre párrafos de extasiados elogios a sus dotes de actriz había áridas exhortaciones a representar únicamente «papeles de relevancia social capaces de despertar las conciencias». Al mismo tiempo debía «evitar los actos públicos que puedan revelar tus convicciones políticas». No debía asistir a más reuniones extremistas, manifestaciones ni mítines. Debía comportarse «a la manera burguesa» y aparentar que aceptaba los criterios capitalistas. Debía dejar que pensaran que había «renunciado a la revolución» mientras en secreto seguía adelante «por todos los medios, con tus lecturas extremistas». Había muchos errores de lógica, muchos lapsus de sintaxis y bastantes faltas de ortografía. Se mencionaba una «próxima reunión», refiriéndose probablemente a Atenas, y había un par de tímidas referencias a las uvas blancas, al vodka y a «dormir todo lo que puedas antes de nuestro próximo encuentro».

Mientras iba leyendo, Charlie empezó a hacerse una nueva y más modesta imagen de Michel, una imagen que se acercaba mucho más al prisionero del piso de arriba.

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