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Authors: Guy Gavriel Kay

Tags: #Aventuras, Fantástico

Fuego Errante (6 page)

«Todo tiene sentido», pensó. Y se dio la vuelta. El señor de los Lobos acababa de entrar por la misma puerta que ellos. Y por segunda vez él y Galadan se encararon uno con otro en un lugar donde parecía que el tiempo se había detenido.

Jennifer susurró su nombre. Sin dejar de mirar a Galadan, la oyó decir con una voz sorprendentemente tranquila:

-Es demasiado pronto, Paul. Seas quien seas debes averiguarlo ahora. Si no lo haces, te maldeciré mientras muero.

Todavía estremeciéndose por esas palabras, vio que Galadan se señalaba con un largo y afilado dedo un rojo verdugón sobre la sien.

-Me lo hice -dijo el señor de los andains- con la raíz de tu Árbol.

-Dondequiera que te lo hayas hecho -dijo Paul-, tienes suerte de estar vivo.

-Quizá -contestó el otro, sonriendo de nuevo-, pero no soy más afortunado de lo que vosotros lo habéis sido hasta ahora. Vosotros dos.

Tenía en sus manos un cuchillo, aunque Paul no había visto cómo lo había sacado. Recordaba aquel cuchillo. Galadan se acercó unos pasos. Nadie, Paul lo sabía, nadie iba a entrar en la sala.

Y sabía además otra cosa. Sentía en su interior una extraña agitación, como la del mar, que lo hizo replegarse en sí mismo, lejos de Jennifer, y decir:

-¿Acaso quieres combatir con el Dos Veces Nacido de Mornir?

Y el señor de los Lobos contestó:

-Para eso he venido, aunque además mataré a la muchacha cuando tú ya estés muerto. Recuerda quién soy: los hijos de los dioses se han arrodillado para lavarme los pies. Tú ya no eres nada, Pwyll el Dos Veces Nacido, y serás muerto dos veces antes de que yo permita que entres en posesión de tu poder.

Paul sacudió la cabeza. Su sangre fluía y subía como la marca. Se oyó a sí mismo decir con una voz que parecía venir de muy lejos:

-Tu padre se inclinó ante mí, Galadan. ¿Por qué no ibas a hacerlo tú, hijo de Cernan?

Y sintió una oleada de poder al ver que el otro vacilaba.

Pero fue sólo un momento. Luego, el señor de los Lobos, que había sido una fuerza de poder y un señor del poder durante mil años, soltó una sonora carcajada y, levantando de nuevo la mano, sumió a la sala en la mas completa oscuridad.

-¿Es que has conocido alguna vez a un hijo que siga los pasos de su padre? -dijo-. Ahora no tienes ningún perro que te proteja, y yo puedo ver en la oscuridad.

En el interior de Paul cesó la afluencia de poder.

Pero en su lugar sobrevino algo más: una apacible tranquilidad semejante a la de un estanque en el corazón de un bosque; y supo, instintivamente, que aquello era el verdadero acceso a lo que él era ahora y debería ser. Con aquella calma en su interior, retrocedió hasta donde estaba Jennifer y le dijo:

-Conserva la calma, pero agárrate bien a mí.

Cuando notó que ella asía con fuerza su mano y se colocaba de pie a su lado, habló una vez más al señor de los Lobos; su voz había cambiado:

-¡Esclavo de Maugrim! -dijo-. No puedo vencerte todavía; ni siquiera puedo verte en la oscuridad. Pero nos encontraremos otra vez, y a la tercera va la vencida, como bien sabes. Ahora no puedo perder más tiempo contigo en este lugar.

Y, al tiempo que profería estas palabras, sintió que iba sumergiéndose en aquel apacible y profundo lugar, aquel estanque interior que había logrado encontrar en la más extrema necesidad. Se deslizó más y más y, sin soltar a Jennifer, a través de un frío ya familiar, a través de los entresijos del tiempo, a través del espacio entre los mundos del Tejedor, logró regresar a Fionavar.

SEGUNDA PARTE - Owein
Capítulo 4

Ruana entonó débilmente la melodía, pero sólo Iraima lo secundaba. Si hubiera tenido la más mínima esperanza, habría podido resistir hasta el limite, pero no había nada en que pensar, no había nada que hacer. Por eso permanecía inmóvil en la oscuridad, escuchando cómo los demás iban muriendo a su alrededor, y se limitaba a cantar una y otra vez la canción de amonestación y la canción de salvación. Iraima lo ayudaba todo lo que podía, pero estaba muy débil y apenas se le oía la voz.

Por la mañana sus captores se dieron cuenta de que Tairei había muerto; se lo llevaron y lo devoraron. Luego, los que estaban fuera quemaron sus huesos para defenderse contra el frío. Ruana sentía que se sofocaba por el humo que desprendía la pita. Habían hecho el fuego en la entrada de la caverna para que les resultara más difícil respirar. Oyó la tos de Iraima. Sabía que no los habían matado enseguida por temor a la maldición de la sangre, pero los habían encerrado en la cueva sin alimentos haciéndoles respirar el humo de los huesos de sus hermanos y hermanas. Ruana se preguntaba que clase de sentimientos deberían de ser el odio o la rabia. Cerró los ojos y cantó el kanior esta vez en honor de Tairei, al tiempo que pedía perdón pues era consciente de que no era lo mis indicado según la ortodoxia de los ritos. Después, comenzó de nuevo a cantar una tras otra la canción de amonestación y la canción de salvación. Iraima, y también Ikatere, lo secundaban de tanto en tanto, pero la mayor parte del tiempo cantaba él solo.

Subieron hasta Atronel por encima de las verdes llanuras. Antes que Ra-Tenniel, llegaron los principales de las tres Marcas. Sólo faltaba Brendel, que estaba en el sur, en Paras Derval; por eso Heilyn representaba la Marca de Krestel. Galen y Lydan, los mellizos, habían acudido en nombre de la Marca de Brein, y la hermosísima Leyse en nombre de la de Swan, vestida de blanco, según era costumbre en la Marca de Swan en recuerdo de Lauriel. También estaba allí Enroth, el mis anciano desde que Laien el Lanzaniño se había ido en pos de su canción; no representaba a ninguna Marca, pero las

representaba a la vez a todas, honor que correspondía sólo al mis anciano y al rey.

Ra-Tenniel hizo resplandecer el trono con una brillante luz azul; la impetuosa Galen sonrió, aunque era evidente que su hermano lo desaprobaba.

Leyse le ofreció una flor al rey.

-Te la he traído desde Celyn -murmuró-. Hay allí una hermosa cueva donde crecen rojas y plateadas sylvain.

-Me gustaría ir a verlas en tu compañía –replicó Ra-Tenniel.

Leyse esbozó una esquiva sonrisa, y preguntó:

-¿Vamos a descubrir esta noche el cielo, resplandeciente señor?

El aceptó graciosamente la evasiva, ante la sonrisa de Lydan.

-En efecto -contestó Ra-Tenniel-. ¿Na-Enroth?

-Así ha sido entretejido -corroboró el anciano-. Trataremos de sacarlo de Starkadh.

-¿Qué pasará si lo conseguimos? -preguntó Lydan.

-Estallará la guerra -contestó Ra-Tenniel-. Pero si esperamos, o si la Oscuridad espera tal como parece que se propone hacer, nuestros aliados morirán víctimas del invierno antes de que Maugrim la emprenda con nosotros.

Heilyn tomó la palabra por primera vez:

-¿Ha provocado él el invierno? ¿Está comprobado?

-Así es -respondió Enroth-. Y además es evidente otra cosa: el Baelrath se encendió hace dos noches, aunque no en Fionavar.

Todos se estremecieron ante la noticia.

-¿La vidente? -aventuró Leyse-. ¿En su mundo?

-Eso parece -dijo Enroth-. Algo nuevo se está entretejiendo en el Telar.

-O algo muy antiguo -corrigió Ra-Tenniel.

El anciano asintió con la cabeza.

-Entonces, ¿por qué esperar más? -exclamó Galen. Su hermosa voz de soprano se elevó entre las demás por las laderas de Atronel. Junto al trono seis voces resonaron como una melodía.

-No esperaremos: estamos todos de acuerdo –dijo Ra-Tenniel-. ¿Acaso no es una amarga ironía que nosotros, que hemos sido llamados Hijos de la Luz, hayamos tenido que cubrir de Sombras nuestra tierra durante mil años? ¿Por qué ha tenido que llamarse Daniloth, el País de las Sombras? ¿No os gustaría contemplar las estrellas sobre Atronel y enviarle nuestra propia luz por toda respuesta?

La música de la armonía y el deseo resonó en torno a todos ellos, sobre la montaña. Incluso invadió al cauteloso Lydan, que dejó que sus ojos resplandecieran como el cristal mientras Ra-Tenniel hacía que el trono brillara mis y mis, y, pronunciando las palabras de ritual, deshacía el encanto que Lathen, el Tejedor de Nieblas, había tejido después del Bael Rangat. Y los lios alfar, los Hijos de la Luz, entonaron a una la canción de alabanza al ver que las estrellas resplandecían encima de sus cabezas y al saber que en el norte de Fionavar el brillo de Daniloth iluminaría la noche por primera vez en mil años.

Como era natural, aquella acción los dejaba a ellos inermes, y en eso residía precisamente el valor de su propósito. Se convertían a si mismos en cebo, en el cebo más tentador, para lograr sacar a Maugrim de Starkadh.

Permanecieron toda la noche en vela. Ninguno habría podido dormir con todas aquellas estrellas por contemplar, y la luna creciente luego. No con sus hermanos expuestos allí en el norte, donde con seguridad el Desenmarañador, en su fortaleza entre el Hielo, estaría contemplando la retadora y resplandeciente luz. Y cantaron en alabanza de la luz, para que sus cristalinas voces llegaran también hasta él; y la más cristalina de todas era la voz de Ra-Tenniel, señor de los lios alfar.

Por la mañana devolvieron a su lugar las sombras del Tejedor de Nieblas. Los que habían sido enviados a vigilar las fronteras, regresaron a Atronel para comunicar que una inmensa tormenta estaba atronando hacia el sur sobre la desierta y despoblada llanura.

La luz es más veloz que el viento. En la región al sur del río Rienna, los daireis vieron enseguida el resplandor de Daniloth. La tormenta que se cernía tardaría poco en alcanzarlos.

No hay ni qué decir el frío que hacia en el puesto de guardia junto a las puertas, donde Navon, de la tercera tribu, cumplía su turno. Ser uno de los jinetes de los dalreis era un gran honor para un muchacho que prácticamente acababa de ver su animal, pero para un chico de catorce años no era demasiado agradable vigilar por si llegaban los lobos mientras en la noche nevada el viento desgarraba su capa de eltor y entumecía sus débiles huesos.

Mientras la noticia de la luz se extendía allá lejos, en el noroeste, a través de los campamentos, Navon hacía concienzudamente su guardia. Había fracasado en su primera cacería como jinete; su ostentoso intento de matar un eltor había sido uno de los errores que había obligado a Levon a arriesgar su vida intentando emular la suerte de Revor. Lo había intentado y lo había conseguido. Y, aunque el jefe de cacería de la tercera tribu no le había hecho jamás ningún reproche, Navon se había afanado desde entonces por borrar el recuerdo de su locura.

Tanto más cuanto que cada uno de los miembros de la tercera tribu había sentido que su orgullo y responsabilidad iban en aumento tras los sucesos acontecidos en Celidon cuando la nieve comenzó a caer y los lobos comenzaron a matar eltors. Navon recordaba con horror la primera vez que había visto los cadáveres de aquellos gráciles animales desperdigados en el territorio entre el río Adein y Celidon, irónicamente en el mismo corazón de la Llanura. Los dalreis podían matar en una cacería quince o veinte de aquellas veloces bestias, y siempre ateniéndose a las rígidas restricciones de la Ley, pero aquel día los jinetes de la tercera y de la octava tribu habían cabalgado por un mar de tierra agitada y habían visto que doscientos eltors yacían muertos sobre la nieve; la sangre destacaba escandalosamente roja sobre la blanca Llanura.

La nieve había sido su perdición, pues los eltors, tan veloces sobre la yerba que los hombres hablaban de bandadas de eltors, no de rebaños, no tenían las pezuñas adaptadas para correr sobre capas de nieve tan espesas. Se hundían en ella y su grácil velocidad degeneraba en torpes y desgarbados movimientos, lo que los convertía en fáciles presas para los lobos.

Todos los años los eltors emigraban hacia el sur huyendo de la nieve, todos los años los dalreis los seguían en su marcha hacia territorios de clima más suave, en los limites de los pastizales de Brennin. Pero aquel año la nieve había comenzado a caer muy pronto y en gran abundancia, y había atrapado a los animales en el norte. Y entonces habían llegado los lobos.

Los dalreis soltaron maldiciones volviendo sus rostros llenos de aflicción y rabia hacia el norte. Pero las maldiciones no habían servido para nada ni habían impedido lo peor: el viento había arrastrado la nieve asesina hacia el sur, hacia Brennin; lo cual significaba que ya no había en toda la Llanura un lugar seguro para los eltors.

Por eso Dhira, de la primera tribu, había convocado en la Gran Asamblea de Celidon a los nueve jefes y a sus chamanes y consejeros. Y el venerable Dhira se había levantado -todos conocían ahora la historia- y había preguntado:

-¿Por qué Cernan el de las Fieras permite esta matanza?

Y sólo un hombre en aquella reunión se había puesto en pie para responder.

-Porque -dijo Ivor de la tercera tribu- no puede impedirlo. Maugrim es más fuerte que él, y yo deseo ahora llamarlo por su nombre, es decir Rakoth.

Su voz se había hecho más sonora para acallar el murmullo que había suscitado aquel nombre nunca pronunciado.

-Debemos llamarlo por su nombre y conocerlo en su auténtica esencia, pues ha dejado de ser tan sólo el eco de una pesadilla o de un simple recuerdo. Es real y está aquí, y debemos declararle la guerra para defender nuestro pueblo y nuestra tierra, nosotros solos o con nuestros aliados; de otro modo nuestros descendientes no podrán cabalgar por la Llanura en pos de los eltors; de otro modo seremos esclavos de Starkadh, simples juguetes en manos de los svarts alfar. Cada uno de los hombres de esta Asamblea debe jurar sobre las piedras de Celidon, sobre el corazón de nuestra Llanura, que no está dispuesto a vivir para ver ese funesto día. Y no tenemos a Revor entre nosotros, pero somos los hijos de Revor, los herederos de su orgullo y del regalo de la Llanura que le hizo el soberano rey. Hombres de los dalreis, ¿acaso no vamos a mostrarnos dignos de ese regalo y de ese orgullo?

Navon temblaba en la oscuridad mientras su mente evocaba aquellas palabras. Era del dominio común el clamor que las palabras de Ivor habían suscitado, un clamor que había sobrepasado el recinto de Celidon, como si quisiera extenderse por las blancas tierras del norte, a través de Gwynir y Andarien, y sacudir incluso los muros de Starkadh. Y era también del dominio común lo que había sucedido cuando el pacffico y sabio Tulger de la octava tribu se había levantado a su vez para decir con sencillez:

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