Read El valle del Terror. Sherlock Holmes Online

Authors: Arthur Conan Doyle

Tags: #Policíaca

El valle del Terror. Sherlock Holmes (6 page)

—Muy interesante, pero un poco no convincente.

—¡Hombre, sería algo absolutamente sin sentido si no fuera porque todo lo demás está peor! —gimió MacDonald—. Alguien mató al hombre, y quienquiera que sea fácilmente podría probar que lo hizo de otra forma. ¿Qué pretendía haciendo que su retirada fuera interrumpida de esa manera? ¿Qué pretendía al usar una escopeta cuando su única oportunidad de escapar era el silencio? Venga, Mr. Holmes, está en usted el darnos una guía, porque dice usted que la teoría de Mr. White Mason es no convincente.

Holmes se mantuvo intencionadamente como observador durante esta larga discusión, sin perderse ni una palabra que fuera dicha, con sus diestros ojos siseando de derecha a izquierda, y su frente arrugada con especulación.

—Me gustaría tener algunos hechos más antes de ir tan lejos como para formular una teoría, Mr. Mac —declaró, arrodillándose junto al cadáver—. ¡Oh Dios! Estas heridas son realmente aterradoras. ¿Podemos traer al mayordomo aquí por un momento?... Ames, entiendo que comúnmente había visto esta marca muy inusual, un triángulo saliente dentro de un círculo, sobre el antebrazo de Mr. Douglas.

—Frecuentemente, señor.

—¿Nunca oyó alguna explicación sobre su significado?

—No, señor.

—Debió haber causado un gran dolor al ser colocada. Es sin duda una quemadura. Ahora, presumo, Ames, que hay una pequeña pieza de yeso en el ángulo de la mandíbula de Mr. Douglas. ¿Lo observó eso antes?

—Sí, señor, se cortó ayer en la mañana al afeitarse.

—¿Sabe si alguna vez se cortó al afeitarse antes?

—No por un largo tiempo, señor.

—¡Sugestivo! —exclamó Holmes—. Puede, por cierto, ser una simple coincidencia, o puede indicar nerviosismo lo que indicaría que tenía razones para temer un peligro. ¿Notó algo inusual en su conducta, ayer, Ames?

—Me sorprendió verlo como si no hubiese descansado y además excitado, señor.

—¡Ha! El ataque puede que no hubiese sido completamente inesperado. Parecemos hacer un pequeño progreso, ¿no es así? ¿Tal vez se quiera unir al interrogatorio, Mr. Mac?

—No, Mr. Holmes, está en mejores manos que las mías.

—Bueno, pasaremos a esta tarjeta, V. V. - 341. Es cartón duro. ¿Tiene algunas parecidas en esta casa?

—No lo creo.

Holmes avanzó a través de la carpeta y untó un poco de tinta de cada botella en el papel secante.

—No fue impreso en esta habitación —declaró—. Ésta es tinta negra y la otra es púrpura. Fue hecha con un lapicero grueso, y estos son finos. No, fue hecha en otro lugar, debo decirlo. ¿Puede sacar algo de esta inscripción, Ames?

—No, señor, nada.

—¿Qué es lo que piensa, Mr. Mac?

—Me da la impresión de una sociedad secreta de alguna clase; lo mismo con la divisa en su antebrazo.

—Esa es mi idea también —señaló White Mason.

—Bueno, podemos adoptar como una hipótesis en funcionamiento y luego ver hasta cuán lejos nuestras dificultades desaparecen. Un agente de dicha sociedad hace su camino a la casa, espera por Mr. Douglas, vuela su cabeza con su escopeta, y escapa vadeando el foso, luego de dejar su tarjeta junto al muerto, que, al ser mencionada en los periódicos, le dirá a otros miembros de la sociedad que la venganza ha sido realizada. Eso todo encaja. ¿Pero por qué esta arma, de todas las demás?

—Exactamente.

—¿Y por qué se llevó el anillo?

—Así es.

—¿Y por qué no se produce ningún arresto? Ya son más de las dos ahora. Doy por hecho que desde el alba todos los alguaciles en cuarenta millas han estado buscando por un extraño individuo mojado.

—Eso es, Mr. Holmes.

—Bien, a menos que tenga un escondite cerca o un cambio de ropas listo, difícilmente lo perderán. ¡Y sin embargo no lo han hallado hasta ahora! —Holmes se había acercado a la ventana y examinaba con sus lentes la marca de sangre en el umbral—. Es claramente la huella de un zapato. Es increíblemente ancha; un pie achatado, uno diría. Curioso, porque, tan lejos como alguien pueda rastrear una huella en esta esquina embarrada, uno diría que era una más formada planta del pie. No obstante, son muy indistintas. ¿Qué hay bajo este aparador?

—Las pesas de gimnasia de Mr. Douglas —contestó Ames.

—Pesa, solamente hay una. ¿Dónde está la otra?

—No sé, Mr. Holmes. Probablemente sólo había una. No me he dado cuenta en meses.

—Una pesa... —Holmes señaló seriamente; pero sus pensamientos fueron interrumpidos por un agudo golpeteo en la puerta.

Un alto, quemado por el sol, de parecer capaz, y bien afeitado hombre nos miró. No tuve dificultad en adivinar que era el Cecil Barker del que había escuchado. Sus magistrales ojos viajaron rápidamente con una mirada desterrada de cara a cara.

—Disculpen por interrumpir su conversación —dijo —pero deben prestar atención a las últimas noticias.

—¿Un arresto?

—No tenemos esa suerte. Pero encontraron su bicicleta. El tipo dejó su bicicleta tras de sí. Vengan y véanla. Está a unas cien yardas de la puerta principal.

Hallamos a tres o cuatro mozos y haraganes permaneciendo en el camino inspeccionando una bicicleta que había sido extraída de un grupo de arbustos en los que había sido escondida. Era una bien cuidada Rudge-Whitworth enlodada como si hubiera pasado por un considerable viaje. Ahí estaba la alforja con la llave y la aceitera, pero ninguna pista de su propietario.

—Sería una magnífica ayuda para la policía —observó el inspector— si estas cosas fuesen numeradas y registradas. Pero debemos estar agradecidos de lo que tenemos. Si no podemos saber hacia dónde se fue, por lo menos podemos conocer su origen. ¿Pero qué en nombre de todo lo sorprendente pudo hacer que este individuo la dejara atrás? ¿Y cómo se ha alejado sin ella? No parecemos tener un destello de luz en este caso, Mr. Holmes.

—¿No? —respondió mi amigo pensativamente—. ¡Desearía saberlo!

5. La gente del drama

—¿Ha visto todo lo que desea del estudio? —le interrogó White Mason mientras volvíamos a entrar a la casa.

—Por ahora —declaró el inspector. Holmes asintió.

—Entonces quizá les gustaría oír la evidencia de algunas de las personas de la mansión. Podemos usar el comedor; Ames, por favor entre usted primero y díganos lo que sepa.

El relato del mayordomo fue simple y nítido, y dio una convincente impresión de sinceridad. Había sido contratado hace cinco años, cuando Douglas vino por primera vez a Birlstone. Entendió que Mr. Douglas era un rico caballero que había hecho su fortuna en América. Era un empleador amable y considerado, no como los que Ames se había acostumbrado, tal vez; pero uno no puede obtener todo. Nunca vio signos de recelos en Mr. Douglas. Al contrario, era el hombre con menos temor que haya conocido. Ordenaba levantar el puente levadizo cada noche porque ésa era la antigua costumbre en la vieja mansión y le gustaba seguir con aquellas.

Mr. Douglas raramente iba a Londres o dejaba el pueblo; pero el día anterior al crimen había estado haciendo compras en Tunbridge Wells. Él (Ames) observó falta de sueño y excitación de parte de Mr. Douglas en ese día; parecía impaciente e irritable, lo que era inusual en él. No había ido a la cama aquella noche; sino que estaba en la despensa a la espalda de la casona guardando la vajilla de plata, cuando oyó la campanilla furiosamente. No escuchó disparo alguno, pero era casi imposible que lo lograra, puesto que la despensa y las cocinas se hallaban en la misma espalda de la casa y habían varias puertas cerradas y un largo pasadizo en medio. El ama de llaves había salido de su cuarto, atraída por el violento campanillazo. Habían ido hasta la fachada juntos.

A la vez que llegaban al fondo de las escaleras él vio a Mrs. Douglas bajando de ella. No, no estaba apurada; no le pareció que estuviese particularmente agitada. Justo cuando llegaba al fondo Mr. Barker se apresuró desde el estudio. Detuvo a Mrs. Douglas y le rogó que regresase.

—¡Por el amor de Dios, vuelva a su dormitorio! —exclamó— ¡El pobre Jack está muerto! No puede hacer nada. ¡Por el amor de Dios regrese!

Tras un poco de persuasión en las escaleras, Mrs. Douglas se retiró. No profirió ningún grito. Tampoco clamó. Mrs. Allen, el ama de llaves, la había llevado arriba y estuvo con ella en su habitación. Ames y Mr. Barker regresaron al estudio donde encontraron todo exactamente como la policía lo había visto. La vela no estaba encendida en ese momento; pero la lámpara estaba ardiendo. Miraron por fuera de la ventana; pero la noche era muy oscura y nada podía ser visto ni oído. Luego se precipitaron al pasillo, donde Ames accionó la árgana que descendió el puente levadizo. Mr. Barker se apuró en avisar a la policía.

Ésa era, en su esencia, el relato del despensero.

La historia de Mrs. Allen, el ama de llaves, fue, hasta donde recuerdo, una corroboración de la de su amigo sirviente. Su aposento estaba más cerca al frontis de la casa que a la despensa donde Ames trabajaba. Se preparaba para ir a dormir cuando un fuerte sonido de la campanilla atrajo su atención. Era un poco sorda. Quizás esa fuera la razón por la que no oyó el disparo; pero de cualquier forma, el estudio estaba a un buen trecho. Recuerda haber escuchado un sonido que imaginó ser el cierre de una puerta. Eso fue un poco antes, media hora antes de la campanilla. Cuando Mr. Ames corrió hacia el frontis fue con él. Vio a Mr. Barker, muy pálido y excitado, saliendo del estudio. Interceptó a Mrs. Douglas que venía por las escaleras. Él le suplicó que regresase, y ella le respondió, pero lo que ella dijo no pudo oírlo.

—¡Llévesela! ¡Permanezca con ella! —él le ordenó a Mrs. Allen.

Ella por lo tanto la llevó a su habitación, y se esforzó en consolarla. Estaba muy excitada, temblante, pero no hizo ningún otro intento en bajar. Sólo se sentó con su batín delante de la chimenea del cuarto, con su cabeza hundida entre sus manos. Mrs. Allen estuvo con ella la mayor parte de la noche. En cuanto a los demás sirvientes, todos se habían acostado, y la alarma no les llegó hasta poco antes que la policía llegase. Ellos dormían en el extremo posterior de la casa, y no habían podido prestar atención a nada.

Por ahora el ama de llaves no pudo añadir nada en el contra-interrogatorio aparte de lamentaciones y expresiones de asombro.

Cecil Barker relevó a Mrs. Allen como testigo. En cuanto a los sucesos de la noche anterior tenía muy poco más que decir que lo que ya había declarado a la policía. Personalmente, estaba convencido de que el asesino había escapado por la ventana. La mancha de sangre era conclusiva, en su opinión, en ese punto. Además, como el puente estaba arriba, no había otra posible manera de escape. No podía explicar qué había sido del asesino o por qué no había llevado su bicicleta, si en realidad era suya. Era imposible que se hubiera ahogado en el foso, pues no había sitio más profundo que tres pies.

En su propia opinión tenía una teoría muy definida del asesinato. Douglas era un hombre reservado, y había ciertos capítulos de su vida de los cuales nunca hablaba. Había emigrado a América cuando era muy joven. Prosperó muy bien, y Barker primero lo conoció en California, donde se convirtieron en compañeros en un floreciente terreno minero conocido como Benito Cañón. Les había ido muy bien; pero Douglas súbitamente vendió todo y se vino a Inglaterra. Era ya viudo en esa época. Después Barker convirtió su dinero para partir a Inglaterra. Así habían renovado su amistad.

Douglas le dio la impresión que algún peligro pendía sobre su cabeza, y siempre consideraba su salida desde California y también la renta de una vivienda en un lugar calmado de Inglaterra, como conectadas con dicho peligro. Imaginó que alguna sociedad secreta, una implacable organización, estaba bajo el rastro de Douglas, que no descansaría hasta acabar con él. Ciertas cosas que le había dicho le ofrecieron esta idea; aunque nunca le había dicho qué era la sociedad, o cómo la había ofendido. Sólo podía suponer que la inscripción en el letrero debía tener alguna referencia con esta sociedad secreta.

—¿Cuánto tiempo estuvo con Douglas en California? —interpeló el inspector MacDonald.

—Cinco años en total.

—¿Era soltero, dice usted?

—Viudo.

—¿Alguna vez le oyó hablar de dónde venía su primera esposa?

—No, recuerdo que dijo que era de extracción alemana, y he visto su retrato. Era una mujer muy hermosa. Murió de tifoidea el año anterior a que lo conociese.

—¿No asocia su pasado con algún lugar en particular en América?

—Lo oía hablar de Chicago. Conocía la ciudad adecuadamente y había trabajado allí. Lo escuchaba hablar de los distritos de carbón y hierro. Viajó mucho en sus buenos tiempos.

—¿Era un político? ¿Esta sociedad secreta tenía que ver con políticos?

—No, no le interesaba nada lo político.

—¿Tiene razones para pensar que era un criminal?

—Por el contrario, jamás vi a un hombre más derecho en mi vida.

—¿Hubo algo curioso durante su vida en California?

—Le gustaba mejor quedarse y trabajar en nuestras minas en las montañas. Nunca iba con los demás hombres. Esa fue la razón por la que comencé a pensar que alguien estaba tras él. Luego, cuando repentinamente abandonó California, mis sospechas se hicieron realidad. Creo que recibió una advertencia de algún tipo. Una semana después de su ida media docena de hombres preguntaban por él.

—¿Qué clase de hombres?

—Era un poderoso grupo de hombres rudos. Fueron al campamento y querían saber dónde estaba. Les dije que había ido hacia Europa y que no sabía dónde hallarlo. No significaba nada bueno para él, era fácil saberlo.

—¿Eran estos hombres americanos-californianos?

—Bueno, no sé si californianos. Pero sí eran americanos. Aunque no eran mineros. No sé lo que eran y me alegré mucho al verlos partir.

—¿Eso fue hace seis años?

—Casi siete.

—¿Y entonces ustedes estuvieron juntos cinco años en California, por lo que su negocio dataría de once años como mínimo?

—Debe serlo.

—Debe ser una muy seria enemistad la que sea mantenida con tanto celo por tanto tiempo como ése. No sería algo pequeño lo que la originó.

—Pienso que ensombreció toda su vida. Nunca estaba en sosiego.

—¿Pero si un hombre tiene un peligro que pende sobre él, y sabe lo que es, no cree que debería llamar a la policía por protección?

—Tal vez era un peligro del cual no podía ser protegido. Hay algo que debe saber. Siempre iba armado. Su revólver nunca estaba fuera de su bolsillo. Pero, para su mala suerte, estaba con su batín y lo había abandonado en su dormitorio aquella noche. Una vez que el puente estaba arriba, me imagino que creía que estaba a salvo.

Other books

Don't Blame the Devil by Pat G'Orge-Walker
War To The Knife by Grant, Peter
Those We Love Most by Lee Woodruff
The Tsarina's Legacy by Jennifer Laam
Vampires 3 by J R Rain
The Scalp Hunters by David Thompson
JFK by Stone, Oliver, Prouty, L. Fletcher


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2024