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Authors: Lois Lowry

Tags: #Ciencia ficción - Juvenil

El dador de recuerdos (2 page)

—¡Ah, no! —murmuró Mamá, compasiva—. ¡Qué triste tiene que ser eso para ti!

También Jonás y Lily hicieron gestos de condolencia. La liberación de niños siempre era triste, porque aún no habían tenido ocasión de disfrutar de la vida en la Comunidad. Y no habían hecho nada malo.

Sólo en dos casos la liberación no era castigo. Uno era la liberación de las personas muy ancianas, que era un momento de celebración por una vida vivida bien y con plenitud; y la liberación de los Nacidos, que siempre dejaba pensando: «¿Qué podíamos haber hecho?». Esto era especialmente desagradable para los Criadores como Papá, que sentían que de algún modo habían fracasado. Pero sucedía muy rara vez.

—En fin —dijo Papá—, yo lo voy a seguir intentando. Es posible que pida permiso al Comité para traerle aquí por las noches, si no os molesta. Ya sabéis cómo son los criadores del turno de noche. Yo creo que este muchachito necesita algo más.

—Por supuesto —dijo Mamá, y Jonás y Lily asintieron.

Ya otras veces habían oído a Papá quejarse del turno de noche.

Era una ocupación de menos categoría, la de Criador de noche, que se asignaba a quienes no tenían la afición o la preparación o la inteligencia necesarias para el trabajo más vital de la jornada diurna. A la mayoría de los criadores de noche ni siquiera se les había dado cónyuge, porque por una razón u otra carecían de la capacidad esencial de relacionarse con los demás, que era requisito fundamental para crear una Unidad Familiar.

—A lo mejor hasta podríamos quedarnos con él —sugirió Lily dulcemente, poniendo cara de inocencia.

Jonás sabía que era una inocencia fingida; todos lo sabían.

—Lily —le recordó Mamá sonriendo—, ya conoces las Normas.

Dos hijos, chico y chica, por cada Unidad Familiar. Estaba escrito en las Normas con toda claridad.

Lily soltó una risilla.

—Bueno —dijo—, pensé que a lo mejor, por una sola vez...

A continuación habló de sus sentimientos Mamá, que ocupaba un alto cargo en el Departamento de Justicia. Ese día había comparecido ante ella un reincidente, un hombre que ya en otra ocasión había quebrantado las Normas. Un hombre que ella suponía que habría recibido un castigo adecuado y justo, y que había sido reinsertado en su trabajo, en su casa, en su Unidad Familiar. Verle llevado ante ella por segunda vez le causó unos sentimientos abrumadores de frustración y de ira. E incluso de culpa, por no haber sabido enderezar aquella vida.

—Además, temo por él —confesó—. Ya sabéis que a la tercera va la vencida. Las Normas dicen que si comete una tercera transgresión no queda otra alternativa que liberarle.

Jonás sintió un escalofrío. Sabía que sucedía. Incluso había un chico en su grupo de Onces cuyo padre había sido liberado hacía años.

Nadie lo mencionaba nunca; era una deshonra que no se podía ni nombrar. Costaba trabajo imaginarlo.

Lily se puso en pie, se acercó a su madre y le acarició un brazo.

Papá, desde su sitio en la mesa, la tomó de la mano. Jonás la tomó de la otra.

Uno por uno la fueron consolando. No tardó en sonreír; les dio las gracias y murmuró que se sentía calmada.

El ritual continuó.

—¿Y tú, Jonás? —preguntó Papá—. Te has quedado el último esta noche.

Jonás suspiró. Aquella noche casi hubiera preferido no descubrir sus sentimientos. Pero eso era contrario a las Normas, claro.

—Me siento intranquilo —confesó, satisfecho de que por fin se le hubiera ocurrido la palabra apropiada.

—¿Y eso por qué, hijo?

Su padre se puso serio.

—Sé que en realidad no hay motivo para estarlo —explicó Jonás—, y que todos los adultos han pasado por ello. Sé que tú lo pasaste, Papá, y tú también, Mamá. Pero es la Ceremonia lo que me tiene intranquilo.

Ya estamos casi en diciembre.

Lily alzó la vista, abriendo mucho los ojos.

—La Ceremonia del Doce —susurró en tono reverente.

Hasta los más pequeños, los de la edad de Lily y más jóvenes, sabían que a todos les esperaba en el futuro.

—Me alegro de que nos hayas dicho cómo te sientes —dijo Papá.

—Lily —dijo Mamá haciéndole una seña—, vete ya a ponerte el camisón. Papá y yo vamos a quedarnos un rato de charla con Jonás.

Lily suspiró, pero se bajó obedientemente de la silla.

—¿En privado? —preguntó.

Mamá asintió.

—Sí —dijo—, será una charla con Jonás en privado.

Capítulo Dos

Jonás esperó mientras su padre se servía otra taza de café.

—Te diré que a mí, cuando era joven —dijo por fin su padre—, cada mes de diciembre me ponía en tensión. Como seguro que os ha puesto también a ti y a Lily. Son muchos cambios los que trae cada diciembre.

Jonás asintió. Recordaba todos los diciembres desde aquel en que había pasado a ser, probablemente, Cuatro. Los anteriores se le habían borrado. Pero los presenciaba cada año y recordaba los diciembres de Lily desde el primero. Recordaba cuando su familia recibió a Lily, el día en que le pusieron nombre, el día en que Lily pasó a ser Uno.

La Ceremonia del Uno era siempre ruidosa y divertida. Cada mes de diciembre, todos los niños que habían nacido en el año anterior pasaban a ser Unos. Uno por uno —eran siempre cincuenta los que formaban el grupo del año, si ninguno había sido liberado— les iban subiendo al escenario los Criadores que les habían cuidado desde su nacimiento. Algunos ya andaban, tambaleándose sobre sus piernas inseguras; otros tenían sólo pocos días, y sus Criadores les sostenían en brazos, envueltos en mantitas.

—A mí me gusta la Imposición de Nombres —dijo Jonás, y su madre asintió sonriendo.

—El año que nos dieron a Lily —dijo—, nosotros sabíamos, por supuesto, que íbamos a recibir a nuestra hija, porque habíamos presentado la solicitud y nos la habían aceptado. Pero yo no hacía más que darle vueltas a qué nombre traería.

—Yo podía haber fisgado en la lista antes de la Ceremonia —confesó Papá—. El Comité siempre prepara la lista con antelación y está ahí, en la oficina del Centro de Crianza. Y, la verdad, me siento un poco culpable —prosiguió tras una pausa—, pero esta tarde sí he ido a mirar si estaba hecha la lista de nombres de este año. Estaba allí, en la oficina, y miré el número treinta y seis, que es el muchachito que me viene preocupando, porque se me ocurrió pensar que tal vez se criara mejor si yo le pudiera llamar por su nombre. Sólo en privado, claro está; cuando no haya nadie más.

—¿Y lo encontraste? —preguntó Jonás.

Estaba fascinado. No parecía una norma importantísima, pero el hecho de que su padre hubiera quebrantado una norma le impresionaba profundamente. Echó una mirada a su madre, la responsable del cumplimiento de las Normas, y le tranquilizó ver que sonreía.

Su padre asintió.

—Se va a llamar (suponiendo, claro está, que llegue a la Imposición sin ser liberado) Gabriel. Así que yo le llamo así en voz baja cuando le alimento cada cuatro horas, y durante el ejercicio y el tiempo de juego.

Si no me oye nadie. Bueno, la verdad es que le llamo Gabi —añadió risueño.

—¡Gabi!

Jonás lo ensayó y le pareció un buen nombre.

Él, Jonás, pasaba a Cinco nada más el año en que les Lily y supieron su nombre, pero recordaba la emoción, las conversaciones en casa pensando en ella: cómo sería, qué aspecto tendría, cómo encajaría en la Unidad Familiar ya constituida. Recordaba cómo subió al escenario con sus padres; su padre estaba aquel año a su lado en vez de estar con los Criadores, porque era el año en que iba a recibir a un Nacido para él.

Recordaba que su madre tomó en brazos al Nacido, su hermana, mientras se leía el documento a las Unidades Familiares congregadas.

—Niño veintitrés —había leído el Nombrador—. Lily.

Recordaba la cara de alegría que puso su padre y que había dicho en voz baja: «Es una de mis favoritas. Estaba deseando que fuera ésa».

La gente aplaudió y Jonás se puso muy contento. Le gustó el nombre de su hermana. Lily, apenas despierta, había agitado un puñito cerrado.

Luego bajaron del escenario para dejar el sitio a la siguiente Unidad Familiar.

—Cuando yo era Once como tú, Jonás —decía ahora su padre—, estaba muy impaciente esperando la Ceremonia del Doce. Son dos días que se hacen largos. Me acuerdo de que disfruté con los Unos, como disfruto siempre, pero no presté mucha atención a las otras Ceremonias, excepto a la de mi hermana. Ese año mi hermana pasaba a Nueve y recibía la bicicleta. Yo le había estado enseñando a montar en la mía, aunque técnicamente no debía hacerlo.

Jonás se echó a reír. Era una de las pocas Normas que no se tomaban muy en serio y casi siempre se quebrantaban. Todos los niños recibían sus bicicletas al llegar a Nueve; antes no les estaba permitido montar en bici. Pero casi siempre el hermano o la hermana mayor había enseñado en secreto al más pequeño. Jonás estaba pensando ya en enseñar a Lily.

Se hablaba de cambiar la Norma y dar las bicicletas antes. Un comité estaba estudiando la idea. Cuando algo pasaba a ser estudiado por una comisión, la gente siempre hacía chistes; se decía que los miembros de la comisión llegarían a Ancianos antes de que la Norma se cambiara.

Era muy difícil cambiar las Normas. A veces, si la Norma era muy importante (no como la de la edad de montar en bici), había que acabar pidiendo dictamen al Receptor. El Receptor era el más importante de los Ancianos. Jonás no tenía idea de haberle visto nunca; una persona con un cargo tan importante vivía y trabajaba sola. Pero la comisión jamás molestaría al Receptor por un asunto de bicicletas. Se limitarían a analizarlo y discutirlo entre ellos durante años y años, hasta que a los ciudadanos se les olvidara que se les había encargado estudiarlo.

Su padre siguió hablando.

—Así que cuando mi hermana Katia pasó a Nueve y se quitó las cintas del pelo y recibió su bicicleta, estuve atento y me uní a las aclamaciones —continuó—. Luego, a los Dieces y a los Onces no les hice mucho caso. Y por fin, al final del segundo día, que pareció que no se acababa nunca, mi turno. La Ceremonia del Doce.

Jonás se estremeció. Se imaginó a su padre, que tenía que haber sido un niño callado y tímido, porque era un hombre callado y tímido, sentado con su grupo, esperando que le llamaran al escenario. La Ceremonia del Doce era la última de las Ceremonias. La más importante.

—Me acuerdo de lo ufanos que estaban mis padres, y mi hermana también; aunque estaba deseando salir a pasear con la bici en público, cuando mi turno dejó de brincar y se estuvo muy quieta y muy atenta. Pero si hemos de ser sinceros, Jonás —añadió su padre—, digamos que para mí no había el elemento de misterio que hay en el caso de tu Ceremonia. Porque yo iba ya bastante seguro de cuál iba a ser mi Misión.

Jonás se sorprendió. No había manera, realmente, de saberlo por adelantado. Era una selección secreta, que hacían los Jefes de la Comunidad, el Comité de Ancianos; y se tomaban tan en serio esa responsabilidad que sobre las Misiones ni siquiera se hacían chistes jamás.

También Mamá puso cara de sorpresa.

—¿Cómo podías saberlo? —preguntó.

Papá sonrió con su gesto bondadoso.

—Para mí estaba claro cuál era mi aptitud; y mis padres me confesaron después que también para ellos había sido evidente. A mí siempre me habían gustado los Nacidos más que nada. Cuando los amigos de mi grupo de edad echaban carreras en bici, o hacían vehículos o puentes con sus juegos de construcciones, o...

—Todas las cosas que yo hago con mis amigos —señaló Jonás, y su madre asintió.

—Yo participaba siempre, por supuesto, porque de niños tenemos que experimentar todas esas cosas. Y en la escuela era muy aplicado, como tú, Jonás. Pero un día sí y otro también, lo que me atraía en el tiempo libre eran los Nacidos. Me pasaba casi todas las horas de voluntariado ayudando en el Centro de Crianza. Y claro está que eso lo sabían los Ancianos, por su observación.

Jonás asintió. Durante aquel año se había dado cuenta de que la observación era más intensa. En la escuela, en el tiempo de recreación y durante las horas de voluntariado, había notado que los Ancianos los observaban, a él y a los otros Onces. Les había visto tomar notas.

Sabía, además, que los Ancianos mantenían largas reuniones con todos los Instructores que él y los demás Onces habían tenido durante sus años de escolaridad.

—Así que me lo esperaba, y cuando se anunció que mi Misión era la de Criador, me alegré, pero no me llevé ninguna sorpresa —explicó Papá.

—¿Y aplaudieron todos, aunque no fuera sorpresa? —preguntó Jonás.

—¡Ah, claro que sí! Se alegraron por mí de que mi Misión fuera lo que más me gustaba. Yo me sentí muy afortunado.

Y su padre sonrió.

—¿Alguno de los Onces se llevó una decepción en tu año?

—preguntó Jonás.

Él, a diferencia de su padre, no tenía ni idea de cuál sería su Misión. Pero sabía que algunas le decepcionarían. Respetaba el trabajo de su padre, pero no le apetecía ser Criador. Y los Obreros tampoco le daban ninguna envidia.

Su padre hizo memoria.

—No, creo que no. Es verdad que los Ancianos hacen muy bien sus observaciones y su selección.

—Yo diría que probablemente es el trabajo más importante de nuestra Comunidad —comentó Mamá.

—Mi amiga Yoshiko se sorprendió de ser seleccionada para Médico —dijo Papá—, pero la entusiasmó. Y vamos a ver, en el caso de Andrei..., recuerdo que cuando éramos pequeños Andrei nunca quería hacer esfuerzos físicos. Se pasaba todo el tiempo de recreación que podía con el juego de construcciones y las horas de voluntariado siempre en solares en obras. Los Ancianos lo sabían, cómo no. A Andrei se le dio la Misión de Ingeniero y le encantó.

—Andrei fue después quien diseñó el puente que cruza el río al oeste de la ciudad —dijo la madre de Jonás—. Cuando éramos pequeños no existía.

—Es muy raro que haya decepciones, Jonás. Yo que tú no me preocuparía —le tranquilizó su padre—. Y en todo caso, ya sabes que hay un procedimiento de apelación.

Pero ante eso se echaron a reír los tres: las apelaciones pasaban a ser estudiadas por una comisión.

—Me preocupa un poco la Misión de Asher —confesó Jonás—. Asher es muy divertido, pero la realidad es que no le interesa nada en serio.

De todo hace un juego.

Su padre rió por lo bajo.

—Sabes —dijo—, yo me acuerdo de Asher cuando era un Nacido en el Centro de Crianza, cuando aún no tenía nombre. No lloraba jamás, se reía con cualquier cosa. A todo el personal le gustaba atender a Asher.

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