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Authors: Lois Lowry

Tags: #Ciencia ficción - Juvenil

El dador de recuerdos (15 page)

Uno de los niños alzó un rifle imaginario y trató de derribarle con un ruido de disparo: «¡Fsssssss!». Tras eso todos se quedaron callados, sin saber qué hacer, y no se oyó más que la respiración entrecortada de Jonás, que hacía esfuerzos para no llorar.

Poco a poco, viendo que no pasaba nada, que no cambiaba nada, los niños se miraron nerviosos unos a otros y se marcharon. Jonás oyó que cogían las bicis y se alejaban pedaleando por el camino que salía del Área.

Sólo Asher y Fiona se quedaron.

—¿Qué pasa, Jonás? Era sólo un juego —dijo Fiona.

—Lo has estropeado —dijo Asher de mal talante.

—No juguéis más a eso —suplicó Jonás.

—Soy yo el que se está formando para Subdirector de Recreación —señaló Asher, enfadado—. Los juegos no son tu área de complacencia.

—Competencia —le corrigió Jonás automáticamente.

—Lo que sea. Tú no puedes decir a qué tenemos que jugar, aunque vayas a ser el nuevo Receptor —y Asher le miró con precaución—. Pido disculpas por no mostrarte el respeto que mereces —farfulló.

—Asher —dijo Jonás.

Intentó hablar con cuidado, y con amabilidad, para decir exactamente lo que quería decir.

—Tú no tenías manera de saberlo. Yo tampoco lo sabía hasta hace poco. Pero es un juego cruel. En el pasado ha habido...

—Te he pedido disculpas, Jonás.

Jonás dio un suspiro. Era inútil; estaba claro que Asher no lo podía entender.

—Te disculpo, Asher —dijo cansinamente.

—¿Quieres dar un paseo en bici por el río, Jonás? —preguntó Fiona, mordiéndose el labio nerviosa.

Jonás la miró: qué guapa era. Por un instante fugaz pensó que no había nada que más le apeteciera que dar un paseo tranquilo por el camino del río, charlando y riendo con su dulce amiga. Pero sabía que esos ratos se los habían quitado para siempre. Negó con la cabeza.

Pasados unos momentos sus dos amigos se dieron media vuelta y cogieron sus bicis, y él miró cómo se alejaban.

Arrastró los pies hasta el banco que había junto al almacén y se sentó, abrumado por un sentimiento de pérdida. Su niñez, sus amistades, su sensación de seguridad sin preocupaciones, todo aquello parecía irse sin remedio. Con su nueva sensibilidad exaltada, le aplastaba la tristeza de haber visto que los otros reían y gritaban jugando a la guerra. Pero sabía que ellos no podían entender el porqué, sin los recuerdos. ¡Sentía un amor tan grande hacia Asher y Fiona!

Pero ellos no podían sentirlo a su vez, sin los recuerdos. Y él no se los podía pasar. Jonás supo con certeza que no podía cambiar nada.

De regreso en casa, esa noche, Lily parloteó alegremente sobre el maravilloso día que había pasado, jugando con sus amigos, almorzando al aire Ubre y, según confesó, dándose una vueltecita muy corta en la bicicleta de su padre.

—¡Tengo unas ganas de recibir mi bici el mes que viene! La de Papá es demasiado grande para mí. Me caí —explicó como si tal cosa—.

¡Menos mal que Gabi no iba en el sillín de niño!

—Pues sí, menos mal —convino Mamá, frunciendo el gesto sólo de pensarlo.

Gabriel agitó los brazos al oír su nombre. Se había soltado a andar hacía sólo una semana. Decía Papá que los primeros pasos de un Nacido eran siempre motivo de celebración en el Centro de Crianza, pero también eran el momento en que la palmeta entraba en acción.

Ahora Papá se traía a casa ese instrumento todas las noches, por si Gabriel se portaba mal.

Pero Gabriel era un niñito feliz y de buen genio. Ahora se movía por la habitación con pasos vacilantes, riendo. «¡Gay!», trinaba. «¡Gay!»

Era así como él decía su nombre.

Jonás se animó. Había sido un día deprimente para él, después de un comienzo tan bueno. Pero dejó a un lado sus ideas negras. Pensó en empezar a enseñarle a Lily a montar, para que pudiera salir pedaleando muy ufana tras la Ceremonia del Nueve, que sería pronto.

Costaba trabajo creer que ya volviera a ser casi diciembre, que hubiera transcurrido casi un año desde que Jonás a Doce.

Sonrió viendo cómo el Nacido iba plantando cuidadosamente un piececito delante del otro, muy regocijado con cada paso que conseguía dar.

—Hoy quiero irme a dormir pronto —dijo Papá—. Mañana tengo un día de mucho trabajo. Mañana nacen los gemelos y según los resultados de las pruebas son idénticos.

—Uno para aquí, otro para Afuera —canturreó Lily—. Uno para aquí, otro para Afue...

—¿Te lo llevas tú Afuera, Papá? —interrumpió Jonás.

—No, yo únicamente tengo que hacer la selección. Les peso, le entrego el mayor a un Criador que está al lado, esperando, y luego al más pequeño le pongo todo limpito y confortable. Entonces hago una pequeña Ceremonia de Liberación y... —bajó los ojos, sonriendo hacia Gabriel—. Le digo adióoos... —dijo, con la voz dulce especial que ponía para hablar al Nacido, e hizo el gesto familiar de despedir con la mano.

Gabriel rió y repitió el mismo gesto hacia él.

—¿Y viene otra persona a buscarle? ¿Alguien de Afuera?

—Exactamente, Jonasete.

Jonás puso los ojos en blanco al oír en boca de su padre aquel diminutivo tan bobo.

Lily estaba sumida en profundas reflexiones:

—¿Y si al gemelo pequeño le ponen nombre Afuera, un nombre como, por ejemplo, Jonathan? Y aquí, en nuestra Comunidad, al gemelo que se queda aquí se le impone el nombre Jonathan, y entonces habría dos niños con el mismo nombre y parecerían exactamente el mismo, y un día, a lo mejor cuando fueran Seises, un grupo de Seises iría en autobús a visitar otra Comunidad, y allí en la otra Comunidad, en el otro grupo de Seises, habría un Jonathan que sería exactamente igual que el otro Jonathan, y entonces a lo mejor se equivocaban y se traían a casa al Jonathan que no era, y a lo mejor sus padres no se daban cuenta, y entonces...

Hizo una pausa para respirar.

—Lily —dijo Mamá—, tengo una idea estupenda. ¡A lo mejor cuando tú seas Doce te dan la Misión de Cuentacuentos! Me parece que hace mucho tiempo que no tenemos Cuentacuentos en la Comunidad. Pero si yo estuviera en el Comité, ¡te aseguro que te escogía para ese trabajo!

Lily sonrió de oreja a oreja.

—Yo tengo una idea mejor para otro cuento —anunció—. Y si fuéramos todos gemelos y no lo supiéramos, y entonces Afuera habría otra Lily, y otro Jonás, y otro Papá, y otro Asher, y otra Presidenta de los Ancianos, y otro...

Papá dio un gemido.

—Lily —dijo—: ¡es la hora de irse a la cama!

Capítulo Dieciocho

—Dador —preguntó Jonás a la tarde siguiente—, ¿usted piensa alguna vez en la liberación?

—¿Te refieres a mi propia liberación o sólo al tema de la liberación en general?

—A las dos cosas, supongo. Pido discul..., quiero decir, debería haber sido más preciso. Pero no sé exactamente a qué me refería.

—Siéntate. No hay necesidad de que estés tumbado mientras hablamos.

Jonás, que estaba ya tendido en la cama cuando se le ocurrió hacer la pregunta, se sentó.

—Creo que sí pienso en ello de vez en cuando —dijo el Dador—.

Pienso en mi propia liberación cuando sufro un dolor espantoso. A veces desearía poder solicitarla. Pero no se me permite mientras no esté formado el nuevo Receptor.

—Yo —dijo Jonás con voz abatida.

No le apetecía que llegara el final de la formación, porque entonces tendría que ser el nuevo Receptor. Veía claro qué vida tan terriblemente difícil y solitaria era, a pesar del honor.

—Yo tampoco puedo solicitar la liberación —señaló—. Lo decía en mis Normas.

El Dador rió secamente.

—Lo sé. Esas Normas las inventaron tras el fracaso de hace diez años.

Jonás había oído ya innumerables alusiones al fracaso anterior.

Pero seguía sin saber qué había sucedido diez años antes.

—Dador —dijo—, cuénteme lo que pasó. Por favor.

El Dador se encogió de hombros.

—A primera vista fue muy simple. Se seleccionó a un futuro Receptor, lo mismo que a ti. La selección se llevó a cabo sin problemas.

Se hizo la Ceremonia y se anunció la selección. La gente la aclamó, igual que en tu caso. El nuevo Receptor la recibió con perplejidad y un poco de miedo, lo mismo que tú.

—Mis padres me han dicho que era una chica.

El Dador asintió.

Jonás pensó en su chica favorita, Fiona, y se estremeció. Él no querría que su dulce amiga sufriera como él había sufrido al adquirir los recuerdos.

—¿Cómo era? —preguntó al Dador.

El Dador se entristeció al pensarlo.

—Era una muchacha fuera de lo corriente. Muy serena y con un gran dominio de sí. Inteligente, ávida de aprender —sacudió la cabeza y respiró hondo—. Sabes, Jonás, el día que entró en este cuarto, cuando se presentó a mí para comenzar su formación...

Jonás le interrumpió con una pregunta:

—¿Me puede decir cómo se llamaba? Mis padres dijeron que su nombre no se debía volver a pronunciar en la Comunidad. ¿Pero usted no me lo podría decir sólo a mí?

El Dador titubeó dolorosamente, como si ya sólo el pronunciar el nombre pudiera ser muy penoso.

—Se llamaba Rosemary —dijo por fin.

—Rosemary. Me gusta ese nombre.

El Dador continuó:

—Cuando se presentó a mí por primera vez, se sentó ahí en el sillón donde tú te sentaste el primer día. Estaba impaciente y excitada y un poco asustada. Hablamos. Traté de explicarle las cosas lo mejor que pude.

—Lo mismo que a mí.

El Dador rió entre dientes con amargura.

—Las explicaciones son difíciles. ¡Está todo tan alejado de la experiencia! Pero yo lo intenté. Y ella escuchaba atentamente.

Recuerdo que tenía una mirada muy luminosa.

De pronto alzó la vista.

—Jonás, yo te pasé un recuerdo que te dije que era mi preferido.

Todavía me queda un vestigio de él. La habitación con la familia y los abuelos.

Jonás asintió; claro que se acordaba.

—Sí —dijo—. Que tenía aquella sensación maravillosa. Que usted me dijo que era amor.

—Puedes entender entonces que eso es lo que yo sentía por Rosemary —explicó el Dador—. Amor. Y siento lo mismo por ti, también —añadió.

—¿Qué le sucedió? —preguntó Jonás.

—Empezó la formación. La recibía bien, como tú. Estaba muy entusiasmada; encantada de experimentar cosas nuevas. Me acuerdo de su risa...

Su voz tembló y se apagó.

—¿Qué sucedió? —volvió a preguntar Jonás pasado un instante—.

Dígamelo, por favor.

El Dador cerró los ojos.

—A mí me partía el corazón, Jonás, transmitirle dolor. Pero era mi obligación. Era lo que yo tenía que hacer, lo mismo que he tenido que hacerlo contigo.

La habitación quedó en silencio. Jonás esperó. Por fin el Dador siguió adelante.

—Cinco semanas. No duró más. Le pasé recuerdos felices: una subida en tiovivo; un gatito para jugar con él; una salida al campo. A veces los escogía sólo porque sabía que le harían reír, y así yo atesoraba el sonido de aquella risa en esta habitación que siempre había sido tan silenciosa.

—Pero ella era como tú, Jonás. Quería experimentarlo todo. Sabía que ésa era su responsabilidad. Y por eso me pedía recuerdos más difíciles.

Jonás contuvo el aliento unos segundos.

—¿No le pasaría usted la guerra, verdad? ¿Sólo con cinco semanas?

El Dador negó con la cabeza y suspiró.

—No. Ni le di dolor físico. Pero le di desolación. Y le di pérdida. Le transmití el recuerdo de un niño arrancado de sus padres. Ese fue el primero. Al final estaba como conmocionada.

Jonás tragó saliva. Rosemary y su risa habían empezado a parecerle reales y se le representaba alzando los ojos desde la cama de los recuerdos, espantada.

El Dador continuó.

—Yo entonces me eché atrás, le pasé más pequeños placeres.

Pero una vez que hubo conocido el dolor, todo cambió. Se le veía en los ojos.

—¿Es que no era valiente? —insinuó Jonás.

El Dador no respondió a la pregunta.

—Insistió en que siguiéramos, en que no le ahorrara nada. Decía que era su deber. Y yo sabía, claro, que tenía razón.

—No podía decidirme a hacerle daño físico. Pero le di muchas clases de angustia. Pobreza, hambre, terror.

—Tenía que hacerlo, Jonás; era mi obligación. Y la habían elegido a ella.

El Dador le miró implorante. Jonás le acarició una mano.

—Hasta que una tarde acabamos por aquel día. La sesión había sido dura. Yo intenté acabar, como hago contigo, transmitiendo algo feliz y alegre. Pero los tiempos de reír ya habían pasado. Ella se levantó muy callada, con el gesto muy serio, como si estuviera tomando una decisión. Se acercó a mí y me abrazó. Me dio un beso en la mejilla.

Bajo la mirada de Jonás, el Dador se pasó la mano por la mejilla, recordando el tacto de los labios de Rosemary diez años antes.

—Salió de aquí aquel día, salió de esta habitación, y no volvió a su casa. A mí se me comunicó por el altavoz que había ido directamente al Presidente de los Ancianos y había solicitado ser liberada.

—¡Pero lo prohiben las Normas! El Receptor en formación no puede solicitar la...

—Eso está en tus Normas, Jonás, pero no estaba en las de ella.

Ella pidió la liberación y se la tuvieron que dar. Yo no la vi más.

Así que el fracaso era eso, pensó Jonás. Era evidente que para el Dador había sido una pena muy honda; pero no parecía una cosa tan terrible, a fin de cuentas. Y él, Jonás, no lo habría hecho nunca; él no habría solicitado nunca la liberación, por muy difícil que su formación llegara a ser. El Dador necesitaba un sucesor y se le había escogido a él.

Entonces se le ocurrió una idea. Rosemary había sido liberada a poco de comenzar su formación. ¿Y si algo le sucedía a él, a Jonás?

Ahora tenía ya todo un año de recuerdos.

—Dador —preguntó—, yo no puedo solicitar la liberación, ya lo sé.

Pero, ¿y si me pasara algo, un accidente? ¿Y si me cayera al río como aquel Cuatro, el pequeño Caleb? Bueno, eso es absurdo, porque yo soy buen nadador. Pero, ¿y si no supiera nadar y me cayera al río y me perdiera? Entonces no habría nuevo Receptor, pero usted habría cedido ya una cantidad enorme de recuerdos importantes, de modo que aunque se seleccionara un nuevo Receptor, los recuerdos habrían desaparecido, salvo los vestigios que a usted le quedan. Y qué pasaría entonces si...

De repente le dio la risa.

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