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Authors: China Miéville

Tags: #Ciencia Ficción, #Fantasía

El consejo de hierro

 

Son tiempos de revueltas y revoluciones, conflicto e intriga. Nueva Crobuzón está siendo desgarrada desde dentro y desde fuera. La guerra con la siniestra ciudad estado de Tesh y los disturbios en las calles están llevando a la metrópolis a su fin. En medio de este caos, una misteriosa figura enmascarada alienta una rebelión, mientras la traición y la violencia se incuban en lugares inesperados. En su desesperación, un pequeño grupo de renegados escapa de la ciudad y atraviesa continentes extraños y alienígenas en busca de una esperanza perdida, una leyenda imperecedera. Es el tiempo de El Consejo de Hierro.

China Miéville

El consejo de hierro

Bas-Lag - 3

ePUB v1.0

Roy Batty
15.04.12

Título:
El consejo de hierro

Título original:
The Iron Council

Autor:
China Miéville

Año de publicación:
2004

ISBN:
978-84-9800-205-8

A Jemima,

mi hermana

Agradecimientos

Por la ayuda que me han prestado en este libro, he contraído una enorme deuda de gratitud con Emma Bircham, Mark Bould, Andrew Butler, Mic Cheetham, Deanna Hoak, Simon Kavanagh, Peter Lavery, Claudia Lightfoot, Farah Mendelsohn, Jemima Miéville, Gillian Redfearn, Max Schaefer, Chris Schluep y Jesse Soodalter.

También quiero darles las gracias a Nick Maniatas y a Mehitobel Wilson, y a toda la gente de Macmillan y Del Rey por su trabajo.

Aunque, como siempre, estoy en deuda con incontables escritores, por este libro debo dar especialmente las gracias a William Durbin, John Ehle, Jane Gaskell, Zane Grey, Sembène Ousmane, Tim Powers, TF Powys y Frank Sparman.

«Erigir monumentos portátiles móviles en los andenes de los trenes»

Velimir Khlebnikov, Propuestas

En años que se han ido, hay hombres y mujeres que están trazando una línea por la tierra polvorienta y arrastrando la historia consigo. Están inmóviles, con gritos de guerra sedimentados en los labios. Están en riscos y trincheras de roca, en bosques, en la maleza, a la sombra de los ladrillos. Siempre están llegando.

Y en años que ya se fueron, hay alguien erguido sobre un nudillo de granito, un montañoso puño cerrado. La cima está cubierta de árboles, como si una espuma boscosa se hubiese asentado en ella. Se yergue sobre un mundo verde mientras, debajo de él, una fauna de plumas y piel coriácea motea el aire sin prestarle atención.

Entre pilares de batolito discurre el camino que ha recorrido, y junto a vivaques de tela embreada. Hay hombres y fuegos, parientes castrados de las conflagraciones que fertilizan los bosques.

El hombre apartado está bajo un viento que conservará eternamente este antiguo momento en el hielo, mientras su aliento se coagula sobre su barba en forma de escarcha. Consulta el mercurio, letárgico en su cristal, un barómetro y una cuerda calibrada en centímetros. Se localiza a sí mismo y a los hombres que lo acompañan sobre el vientre del mundo y en un otoño de montaña.

Han ascendido. Columnas de hombres luchando penosamente contra la gravedad, arrimados unos a otros, suspendidos al socaire de paredes y recodos de silicato. Siervos de su equipo, han acarreado por todo el mundo sus baratijas de bronce, madera y vidrio como estúpidos nabobs.

El hombre apartado respira en este momento que ya se ha ido, y escucha el carraspeo de los animales de las montañas, el ritmo del forcejeo de los árboles. Donde había cañadas ha sondeado, para así imponerles un orden y para conocerlas, las ha marcado y ha hecho anotaciones en sus dibujos, y al aprehender los parámetros de la penillanura o de los circos de paredes abiertas, de los cañones tributarios, las barrancas, los ríos y las pampas tapizadas de helechos, los ha dotado de belleza. Donde hay pinos o fresnos confinados, y él registra el radio de una curva, la tierra le impone una lección de humildad.

El frío escoge a seis de sus hombres y los deja blancos y endurecidos en tumbas improvisadas. Los alagith tiñen el grupo de sangre, y los osos y los tenebrae agotan a sus miembros con sus ataques, y algunos hombres, vencidos y sollozantes, se extravían en la oscuridad, y las mulas caen y las excavaciones no dan fruto y hay croquis e indígenas que asesinan sin piedad, pero todos estos son otros momentos. En este tiempo que ya se fue no hay más que un hombre sobre los árboles. Al oeste, las montañas se interponen en su camino, pero en este momento se encuentran todavía a kilómetros de distancia.

Solo el viento le habla, pero él sabe que su nombre se pronuncia con vituperio y respeto. Su estela es la disputa. En las cumbres artificiales de su ciudad, sus obras dividen familias. Algunos que se dicen portavoces de los dioses aseguran que es orgulloso. Es un insulto arrojado a la cara del mundo, y sus planes y la ruta que siguen son una abominación.

El hombre contempla cómo se coloniza la noche. (Ha pasado un largo rato desde este momento.) Observa las secreciones de la oscuridad, y antes de que empiece el tintineo de la cubertería de sus hombres o de que aparezca el aroma de las alimañas de las rocas que compartirá con ellos, solo están él mismo y la montaña y la noche y los libros con sus bosquejos de todo lo que ha visto y las mediciones de aquellas alturas apáticas y sus deseos.

Sonríe, y no con astucia, hartazgo o seguridad, sino con regocijo, porque sabe que sus planes son sagrados.

Primera Parte
Adornos
1

Un hombre corre. Se abre camino entre paredes de corteza y hojas, por las estancias sin propósito del bosque Turbio. Los árboles lo acogotan.

Aquí, en lo profundo del bosque, hay sonidos aborígenes. Las copas se estremecen. El hombre transporta una carga pesada y suda copiosamente por culpa del invisible sol. Está tratando de seguir un camino.

Justo antes del anochecer encontró el lugar. Siguiendo borrosas veredas hotchi llegó hasta un valle cubierto de raíces y de suelo pedregoso. Los árboles se abrieron. La tierra estaba pisoteada y manchada de hollín y sangre. El hombre dejó en el suelo el fardo y su manta, unos cuantos libros y la ropa. Depositó entre la marga y los ciempiés algo cuidadosamente envuelto y pesado.

En el bosque Turbio hacía frío. El hombre hizo una fogata, y con ella tan cerca, la oscuridad le concedió un amplio respiro, pero él siguió mirándola como si esperara que saliera algo de ella. Algo se aproximaba. Constantemente había pequeños ruidos, como el canto bronquial de un ave nocturna o la respiración siseante de un depredador invisible. Era un hombre prudente. Tenía una pistola y un rifle, y en todo momento llevaba al menos una de ellas consigo.

A la luz del fuego vio pasar las horas. El sueño se apoderó de él y volvió a soltarlo a pequeñas bocanadas. Cada vez que se despertaba, exhalaba como si acabara de salir del agua. Estaba acongojado. En su rostro aparecieron el pesar y la rabia.

—Vendrán a buscarte —dijo.

No reparó en la llegada del alba, solo en que el tiempo reemprendía la marcha y de nuevo podía ver los límites del claro. Se movía como si estuviera hecho de ramas, como si hubiera acumulado todo el frío y la humedad de la noche. Mientras comía un poco de carne seca, escuchó los ruidos del bosque y paseó por la terrosa depresión.

Cuando finalmente escuchó unas voces, se pegó a la pared de la cuenca y asomó entre los troncos. Tres hombres se aproximaban por un camino cubierto de moho y desechos vegetales. El hombre los observó con el rifle preparado. Al pasar por unos cilindros de luz más gruesos, pudo verlos con mayor claridad y bajó el rifle.

—Aquí —gritó. Los otros se tiraron al suelo como idiotas y lo buscaron con la mirada. Levantó la mano sobre la pared de tierra.

Eran una mujer y dos hombres, vestidos con ropa aún menos adecuada para el bosque Turbio que la suya. Se plantaron frente a él en la arena y sonrieron.

—Cutter. —Le estrecharon las manos y le dieron palmadas en la espalda.

—Se os oye a cientos de metros de distancia. ¿Y si os han seguido? ¿Quién más viene?

No lo sabían.

—Recibimos tu mensaje —dijo el hombre de menor estatura. Hablaba deprisa y miraba constantemente a su alrededor—. Fui a ver. Estuvimos discutiendo. Los demás dijeron, ya sabes, que debíamos quedarnos. Ya sabes lo que dijeron.

—Sí, Drey. Que estoy loco.

—Tú no.

No lo miraron. La mujer se sentó hinchando la falda. Estaba tan nerviosa que respiraba entrecortadamente. Se mordía las uñas.

—Gracias. Por venir. —Ellos asintieron o desecharon su gratitud: a él mismo le sonó extraña, y seguro que también a ellos. Trató de no parecer sardónico, como le ocurría siempre—. Significa mucho.

Esperaron en la depresión, motivos dibujados sobre la tierra o figuras talladas de madera muerta. Había demasiado que decir.

—Entonces, ¿os dijeron que no vendrían?

La mujer, Elsie, respondió que no, tanto no, con esas palabras no, pero que el Caucus se había burlado del mensaje de Cutter. Lo miró un momento y rápidamente bajó los ojos mientras hablaba. Él asintió y no dijo nada.

—¿Estáis seguros de esto? —dijo, y se negó aceptar sus indiferentes gestos de asentimiento—. Maldición, ¿estáis seguros? Vais a darle la espalda al Caucus. ¿Estáis preparados? ¿Por él? Nos espera un camino muy largo.

—Ya hemos recorrido muchos kilómetros para llegar hasta aquí —dijo Pomeroy.

—Serán muchos más. Cientos. Va a ser larguísimo. Y mucho tiempo. No puedo asegurar que regresemos.

No puedo asegurar que regresemos.

Pomeroy dijo:

—Solo quiero que me digas otra vez que es verdad. Dime que se ha ido y a dónde ha ido y para qué. Dime que es verdad. —El hombretón le dirigió una mirada iracunda y esperó, y al ver que Cutter asentía bruscamente y cerraba los ojos, dijo—: Muy bien.

Otros llegaron luego. Primero otra mujer, Ihona. Y después, mientras le daban la bienvenida, escucharon el crujido de una vegetación reseca violentamente pisoteada, y un vodyanoi apareció entre la maleza. Se agazapó como un sapo, a la manera de su raza, y levantó unas manos palmeadas. Al saltar desde lo alto de la hondonada, su cuerpo —un grueso saco formado por la cabeza y el tronco— se estremeció de arriba abajo a causa del impacto. Fejhechrillen estaba sucio y fatigado, pues su forma de moverse no era la más idónea para un bosque.

Estaban nerviosos, pues no sabían cuánto debían esperar ni si vendría alguien más. Cutter les preguntó a todos cómo se habían enterado de su mensaje. Eso no les gustó. No querían sopesar la decisión de unirse a él: sabían que muchos lo considerarían una traición.

—Os estará muy agradecido —dijo Cutter—. Es un auténtico capullo pero, aunque puede que no lo demuestre, esto significa mucho, para él y para mí.

Tras un silencio, Elsie dijo:

—Eso no lo sabes. No nos preguntó, Cutter. Sólo envió un mensaje, según dices. Puede que se enfade al vernos.

Cutter no podía decirle que se equivocaba. Así que dijo:

—Pero no creo que vayas a marcharte por eso. Además de por él, también estamos aquí por nosotros mismos.

Empezó a contarles lo que podían encontrarse, subrayando los peligros. Parecía que estuviese intentando disuadirlos, aunque todos sabían que no era así. Drey rebatió sus argumentos con voz rápida y nerviosa. Aseguró a Cutter que lo comprendían. Cutter comprendió que estaba tratando de persuadirse a si mismo y guardó silencio. Drey dijo repetidamente que la decisión estaba tomada.

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