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Authors: Antonio Muñoz Molina

Tags: #Drama, Relato

CARLOTA FAINBERG (5 page)

Dijo que lucía una gran melena rubia, un traje de chaqueta oscuro, ancho en los hombros y muy ceñido a las caderas, unos tacones que la hacían parecer más alta, «aunque sin la menor necesidad», unos ojos rasgados, verdes, felinos (el adjetivo es suyo), espléndidamente maquillados, que se fijaron enseguida en él al mismo tiempo que su boca grande y carnal le sonreía sin reserva ninguna, la típica sonrisa de la mujer porteña, me anunció, como quien le anticipa las maravillas de un país al viajero que se dispone a visitarlo por primera vez.

—Pero no la vi más que unos segundos —prosiguió, right to the point, ajeno a toda incertidumbre, a todo sobresalto teórico —. Por que vino un apagón y yo no tenía mechero ni cerillas. Justo un poco antes me había quitado del tabaco, el cuatro de abril, ahora ha hecho cinco años.

Dio unos pasos en la total oscuridad y rápidamente se sintió perdido. Su acendrado miedo al ridículo —otro rasgo arqueológico de españolidad — le impedía pedir auxilio, llamar a la mujer para que le ayudara a orientarse. No escuchó pasos, ni el sonido de ninguna puerta, pero le pareció que sonaba muy cerca el motor de una aspiradora. También olió un aroma fuerte de colonia o perfume, tal vez de madreselva, que lo excitó mucho, me dijo, ya que una de sus flaquezas eran esos olores refinados de las mujeres, «que las envuelven», añadió, ya emocionado, «y al oler el aire cerca de ellas parece que uno estuviera oliéndoles la piel debajo de la ropa».

Pensó en el hueco de las escaleras y en el del ascensor, en los quince pisos de profundidad que podrían abrirse ante él si daba un mal paso. En la oscuridad notaba de golpe todo el derrumbamiento físico de las catorce horas de vuelo transatlántico. Entonces volvió la luz y se encontró paralizado y absurdo en medio del pasillo, y ya no vio ni rastro de la mujer que lo había mirado tan prometedoramente unos segundos atrás. Sí vio a una criada de uniforme que cruzó al fondo, de una habitación a otra, con una aspiradora en la mano, moviéndose como furtivamente, volviendo un segundo la cabeza hacia él y haciendo luego como que no le había visto, quizás por temor a que le pidiera algo. Durante un segundo le pareció que atisbaba en el aire un olor a madreselva. Pensó distraídamente que el ruido que le había llegado unos segundos antes no podía ser el de la aspiradora. ¿Cómo iba a serlo, si no había corriente eléctrica? Pero de nuevo Abengoa se aventuraba a un twist narrativo:

—Claudio, por cierto, ¿tú estás casado? —dijo de pronto.

—Lo estuve —creo que no pude evitar un gesto de desagrado o de melancolía al responderle. ¿Pensaba que el impudor con que se refería a su propia vida le autorizaba a enterarse de la mía? Iba a decirle, casi contra mi voluntad, que estaba divorciado de una mujer norteamericana, y que me quedaba el triste alivio de no haber tenido hijos que siguieran atándome a ella a pesar de la ruptura y la distancia, pero Abengoa ya estaba en otra cosa, en lo suyo, apenas habría oído mi respuesta.

—Pues entonces comprenderás lo que voy a decirte. Los hombres, Claudio, no tenemos arreglo. Yo no sé éstos de aquí, pero lo que es a nosotros, los latinos, los españoles, no hay quien nos corrija. Como yo digo, la jodienda no tiene enmienda. Unos minutos antes yo estaba sintiéndome solo en la habitación del hotel y pensando en las ganas que tenía de que llegara Mariluz. Ya sabes: Buenos Aires, el tango, la segunda luna de miel y tal. Y que conste que yo a Mariluz la idolatro, Claudio, veintidós años casados y ni un solo día me he arrepentido ni he tenido la tentación de dejarla por otra. Bueno, pues vi a la rubia en la puerta de aquella habitación y me olvidé completamente de Mariluz. Peor todavía, Claudio, para que no digas que te oculto nada, me puse a calcular el tiempo que me faltaba para intentar beneficiarme a la rubia antes de que Mariluz llegara a Buenos Aires, menos de cuarenta y ocho horas después.

Era muy improbable que aquel hombre hubiera leído
Les Confessions
de Rousseau: y sin embargo había heredado su influjo, casi hacía paráfrasis de sus peores excesos de exhibicionismo. Abengoa, como Rousseau, parecía incapaz de callarse nada, no por simpatía hacia mí, ni por necesidad de confiarse a alguien, sino nada más que por hablar, por la pura urgencia española de conversar con quien sea, o de pegar la hebra, como dice siempre mi colega C.W Waynne, de Lincoln, Nebraska, que es un enamorado de Delibes, hasta tal punto que en invierno lleva boina, y no gorro de nieve, y está teniendo problemas en su departamento, radicalmente non smoking, por su afición a fumar picadura.

—Las cosas como son, Claudio, yo me conozco: si estoy en casa, en España, no hay ningún peligro, me encuentro en la gloria con Mariluz, y con mis dos hijas, que son estupendas, la mayor hace Filología Inglesa y la pequeña empieza el curso que viene Empresariales. Pero cuando salgo al extranjero, cuando me veo solo en un hotel, en otro país, no tengo remedio, incluso antes, nada más llegar a la terminal internacional de Barajas ya se me están yendo los ojos, ¿no te pasa a ti? Ese bullicio, todas esas mujeres, de todas las razas, tan misteriosas, empujando sus carritos de equipajes, llamando por teléfono cualquiera sabe adónde. Si se me cruza una que me gusta no paro hasta tirarle los tejos, y nunca me doy por vencido antes de presentar batalla, que es lo que les pasa a tantos hombres, que se rinden sin luchar, como yo digo, sobre todo ahora, que hay tantos como afeminados, como debilitados, con esos pendientes y esas coletas que se dejan. ¿Has leído eso que dice un informe científico, que cada vez producen menos espermatozoides? Yo subo al avión y ya voy pensando si me tocará en el asiento de al lado una de esas rubias estupendas que he visto esperando en la cola, o fumando en la cafetería, pasan cerca de mi y abro bien la nariz para oler mejor esas colonias extranjeras que se ponen, y si me roza una en el pasillo del avión, o al entrar o al salir del lavabo, en esos vuelos que duran toda la noche, me da como un instinto de irme detrás de ella, como siguen los perros el rastro de las hembras, aunque esté fea la comparación. ¿No te pasa lo mismo cuando sales al extranjero?

«Yo es que vivo en el extranjero», pensaba haberle dicho, pero en ese momento Abengoa había dejado de hacerme caso, tal vez sumergido en un paréntesis de contratiempo y actividad frustrada que lo apartaba de su narración, y hasta de mi presencia. Miró el reloj, se removió en el asiento, miró de soslayo a una chica que pasaba, y que sin duda no merecería su interés: una rubia mustia, con anchas gafas de miope, con coleta, en bermudas, con sneakers de colores reflectantes. Qué raro no haber notado hasta entonces lo que a él le desazonaba tanto, que no hubiera mujeres bien vestidas en el aeropuerto, que no se escucharan entre tantos pasos cansados y bovinos el redoble de unos zapatos de tacón...

Hacía un rato que era noche cerrada y ya no soplaba el viento. La nieve caía muy tupida, suave, vertical, porosa, y a la luz de los grandes reflectores se distinguían algunos aviones inmóviles en las pistas de aterrizaje. Tenía hambre, y le ofrecí a Abengoa uno de los whole wheat sandwiches que me había preparado en casa antes del viaje, a fin de evitar los precios delictivos que cargan en los snack bars de los aeropuertos, así como las muy dudosas cualidades nutritivas de los alimentos que expenden. Comió con agradecimiento y voracidad, aunque no sin manifestar su añoranza por la, según él, incomparable comida española, por la dieta mediterránea. Yo creo que la euforia del lunch —modesto, pero sustancioso — le animaba a continuar más enérgicamente su relato. Si en ese momento hubieran anunciado la salida de su vuelo o del mío estoy seguro de que se habría sentido disappointed. ¿Pero no me habría ocurrido lo mismo a mí? ¿No es el relato, y sobre todo el relato oral, un territorio cómplice?

—Podía haber esperado a encontrármela abajo, en el bar o en el hall, pero para ganar tiempo, ya sabes que yo lo tenía muy justo, me armé de valor y llamé a su puerta, sin preocuparme siquiera de inventar un pretexto. Pero no me contestó nadie, y además no se veía luz, ni se oía nada dentro de la habitación, así que pensé que a lo mejor había llamado a una puerta que no era. Rondé un rato por el pasillo, pero no vi ni oí nada, y además la misma criada vieja de antes, la mucama, andaba por allí con su aspiradora y sus trapos de limpieza, sin limpiar nada, desde luego, pero mirándome raro, como si supiera lo que yo estaba buscando. Llamé al ascensor para bajar al hall. Tardó una eternidad en subir, y cuando el ascensorista abrió y volvió a cerrar la cortina metálica y empezó a manejar aquellos botones y manubrios tan antiguos, la caja se movía de una manera muy brusca, como desplomándose y parándose luego, y todo crujía y gruñía, ya sabes, como esos armatostes antiguos, y yo pensaba, estoy a quince pisos de altura, verás como haya un corte de luz o este tío tan pálido se equivoque de palanca.

—No se preocupe —le dijo el ascensorista, acostumbrado sin duda a adivinarles el pensamiento a los viajeros novatos —. Le informo al señor de que en sesenta años esta maquinaria sólo ha fallado una vez.

Por aprensión, Abengoa no quiso preguntar cuándo, ni con qué consecuencias. En el lobby vio con cierta sorpresa que había dos o tres recién llegados con bolsas y maletas rellenando impresos en el desk de recepción. La burocracia en Argentina es terrible, me dijo, siempre proclive a las informaciones pedagógicas, mucho peor que en España, para que nos quejemos tanto: hasta para salir del país le hacen a uno rellenar papeles y papeles, y poner sellos, y pagar tasas. En aquel momento, en el lobby del hotel Town Hall, la inquietud erótica que se le despertaba en el extranjero llegaba a borrarle su preciado instinto profesional: sólo tenía ojos para buscar a la mujer a la que había visto un instante en el pasillo del piso quince.

Examinó el bar, que era inmenso y estaba en penumbra, y tenía anchas columnas blancas cuyos capiteles dorados se perdían en las oscuridades del techo y arañas tremendas, aunque cubiertas de polvo y sin duda inservibles, que él sentía gravitar sobre su cabeza como si estuvieran a punto de caérsele encima. Todo eran reliquias de viejas grandezas decaídas, dijo Abengoa, «estilo inglés, que es lo que les gusta a los argentinos»: había hondos sillones de cuero deslucidos o desollados, estanterías con libros que no tenían pinta de haber sido abiertas en medio siglo, mesas bajas sobre las cuales podía encontrarse un ejemplar de
La Nación
o
The Times
sujeto por un bastidor de madera, «ya sabes, como en los clubs ingleses».

En la barra, un barman con smoking rojo agitaba una coctelera. Inclinó exageradamente la cabeza lamida de gomina cuando Abengoa pasó cerca de él, dedicándole una sonrisa cuyo servilismo quedaba malogrado por la notoria ausencia de un diente.

Del bar se pasaba al comedor por un arco de proporciones catedralicias. Había, calculó con ojo experto, unas doscientas mesas, y todas ellas tenían puesto un mantel y un servicio perfectamente ordenado para la cena, con cubiertos de plata ligeramente amarilla y cristalería exquisita, pero no se veía el menor rastro de camareros ni de comensales. Vio fugazmente, o creyó que veía, a alguien sentado muy al fondo, medio oculto por una columna. Su instinto de cazador, de skirt chaser para decirlo con más exactitud, se sobresaltó durante unos segundos, los que tardó en darse cuenta de que aquella figura inmóvil, iluminada por la luz de la mesa en la que apoyaba los codos, no era la mujer a la que había visto en el corredor. En realidad, descubrió fijándose con más cuidado, después de un parpadeo, aquella figura que había imaginado ver con tanta exactitud, el pelo rubio y el rojo de los labios tentadoramente resaltados por la luz artificial, incluso el hilo vertical de humo de un cigarrillo, no era más que una sombra, y ni siquiera de una presencia humana, sino tal vez de uno de los brazos de las arañas del techo, un espejismo de su propio cerebro y de sus ojos fatigados.

La soledad entonces lo desalentó, cosa muy poco habitual en él, que atribuía tales abatimientos a los desarreglos horarios y alimenticios, al mero efecto del jet —lag. Habría debido quedarse a cenar en el hotel, para investigar la calidad de la comida y del servicio, pero imaginaba de antemano que ambos serían espantosos, y aunque no era nada tímido lo arredraba un poco sentarse a solas en aquel comedor tan inmenso, tan abrumado por la proximidad de la ruina.

Decidió que saldría a cenar algo: lo desanimó el aspecto de la ciudad solitaria y a oscuras. «Parecía que todo el mundo se había marchado, Claudio, que habían dado al país por imposible. En la plaza de Mayo, ni siquiera en las ventanas de la Casa Rosada había luz. Como si hubieran dicho, apaga y vámonos.»

La única luz de toda la plaza era una llama que ardía, dijo Abengoa, en uno de esos braseros de bronce que se ven en las películas de romanos, junto al muro de un edificio con columnas «de templo clásico», precisó, no sin volver a informarme de la pasión de su mujer por todo lo que tuviera que ver con la Antigüedad. La llama, agitada por el viento, difundía una claridad rojiza e inestable sobre la acera: esta vez Abengoa sí vio con exacta nitidez a la mujer del hotel, con el mismo traje de chaqueta, la melena ahora pelirroja por el brillo del fuego. Sin que lo detuvieran consideraciones de decoro o cansancio se lanzó a cruzar entre los jardines de la plaza, de pronto animoso y lúcido, despejado, sin rastro de jet —lag, sintiendo que su deseo crecía con una oleada cálida de certidumbre: la mujer estaba sola en Buenos Aires, tan sola como él, había salido a cenar y al verle a él había resuelto, con la desenvoltura admirable de las extranjeras, que irían juntos a un restaurante, ahorrándose el oprobio que pesa siempre sobre los comensales solitarios. «Imagínate, Claudio, me puse a cien cuando vi que me reconocía, que me hacía un saludo con la mano.»

Pero el saludo no debió de ser de bienvenida, sino de adiós: cuando Abengoa llegó al otro lado la mujer ya no estaba parada junto a las columnas de aquel edificio, que resultó ser la catedral. Buscó en las zonas oscuras del atrio, siguió caminando por la acera en dirección a una calle muy ancha y algo mejor iluminada, aunque no mucho, con tal aire de desolación que se sorprendió al comprobar que era la famosa avenida de Mayo. Se sentía estafado, humillado: con la desilusión regresaba el abatimiento. En una pequeña trattoria tomó una pizza y media frasca de vino. El tinto italiano, ácido y ligero, lo reanimó, y terminó la cena con una copita de grappa. La misteriosa mujer rubia, según él mismo la denominó, seguía siendo el centro de sus prioridades.

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