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Authors: Linda Howard

Tags: #Romántico

Amanecer contigo (8 page)

En cuanto entró en su cuarto vio que sus piernas parecían torcidas, como cuando intentaba cambiar de postura. Le puso suavemente la mano izquierda sobre el hombro y la derecha sobre las piernas, lista para moverlo.

—¿Dione?

Su voz baja e insegura la sobresaltó, y retrocedió de un salto. Estaba tan concentrada en sus piernas que no había notado que tenía los ojos abiertos, aunque la luz de la luna que jugueteaba sobre la cama era lo bastante intensa como para que le viera con claridad.

—Creía que estabas dormido —murmuró.

—¿Qué estabas haciendo?

—Ayudarte a ponerte de lado. Lo hago cada noche. Es la primera vez que te despiertas.

—No, ya estaba despierto —un acento de curiosidad se filtró en su voz mientras movía los hombros, inquieto—. ¿Quieres decir que entras aquí cada noche para darme la vuelta?

—Pareces dormir mejor de lado —contestó ella a modo de explicación.

Él soltó una risa breve y amarga.

—Duermo mejor boca abajo, o por lo menos así era antes. Hace dos años que no duermo boca abajo.

La apacible intimidad de la noche, el cuarto iluminado por la luna, daban la impresión de que eran las únicas personas sobre la faz de la tierra. Dione percibía en él un profundo desaliento. Quizás él sintiera también por ella una extraña complicidad; quizás ahora, emboscado a medias en la oscuridad, quisiera hablarle de lo que le angustiaba.

Dione se sentó sin vacilar al borde de la cama y se envolvió las piernas con el camisón.

—¿Qué te sucede, Blake? Hay algo que te inquieta —dijo suavemente.

—Bingo —masculló él—. ¿También estudiaste psicología cuando te entrenabas para Superwoman?

Ella ignoró el sarcasmo y le puso una mano sobre el brazo.

—Dímelo, por favor. Sea lo que sea, está interfiriendo en tu terapia. El gimnasio está listo, pero tú no.

—Eso podría habértelo dicho yo. Mira, todo esto es una pérdida de tiempo —dijo, y Dione casi sintió su cansancio como una gran piedra que le oprimiera—. Puedes atiborrarme de vitaminas y estimular mi circulación, pero ¿puedes prometerme que volveré a ser el de antes? ¿Es que no lo entiendes? No quiero sólo mejorar, ni cualquier otra solución de compromiso. Si no puedo ser yo al cien por cien, el mismo de antes, entonces no me interesa.

Ella se quedó callada. No, no podía prometerle de buena fe que no sufriría ninguna discapacidad, una cojera o dificultades que le acompañarían el resto de su vida. Según su experiencia, el cuerpo humano podía recuperarse de manera prodigiosa, pero las lesiones que sufría siempre dejaban vestigios de dolor y cicatrices.

—¿Tanto te importaría cojear? —preguntó por fin—. Yo tampoco soy como me gustaría ser. Todo el mundo tiene debilidades, pero no todos se dan por vencidos y se dejan marchitar por eso. ¿Y si pudieras cambiarte por Serena, por ejemplo? ¿Querrías que se quedara ahí tendida y se fuera deteriorando lentamente hasta convertirse en un vegetal? ¿No querrías que luchase, que intentara superar el problema con todas sus fuerzas?

Él levantó el antebrazo para taparse los ojos.

—Juegas sucio, Dione. Sí, querría que Serena luchara. Pero yo no soy Serena, ni mi vida es la de ella. Antes del accidente nunca me había dado cuenta de lo importante que es la calidad de vida. Las cosas que hacía eran temerarias y peligrosas, pero, Dios mío, ¡estaba vivo! Nunca he sido un hombre de los que van a la oficina de nueve a cinco. Preferiría estar muerto, aunque sé que millones de personas son perfectamente felices con esa clase de rutina, y se conforman. Eso está bien para ellos, pero no para mí.

—¿Y una cojera te impediría volver a hacer todas esas cosas? —insistió ella—. Puedes volver a tirarte en paracaídas, o escalar montañas. Puedes seguir pilotando aviones. ¿Tan importante es el ritmo al que andes que estás dispuesto a morir por eso?

Él bajó el brazo bruscamente y la miró.

—¿Por qué te empeñas en decir eso? —preguntó con aspereza—. No recuerdo haberme tirado con la silla de ruedas por la escalera, si es eso lo que estás pensando.

—No, pero te estás matando de otro modo. Estás dejando que tu cuerpo muera de abandono. Richard estaba desesperado cuando fue a buscarme a Florida. Me dijo que no vivirías otro año tal como estabas, y después de verte creo que tenía razón.

Él se quedó callado, contemplando el techo que había mirado ya más horas de las que Dione podía imaginar. Ella deseó estrecharle en sus brazos y ofrecerle consuelo, como hacía con los niños con los que trabajaba; Blake era un hombre, pero parecía tan perdido y asustado como un crío. Turbada de pronto por aquella extraña necesidad de tocarle, cruzó los brazos con fuerza sobre el regazo.

—¿Cuál es tu debilidad? —preguntó él—. Has dicho que todo el mundo tiene una. Háblame de tus tormentos, Dione.

La pregunta era tan inesperada que Dione no pudo refrenar una oleada de dolor y un súbito estremecimiento que recorrió su cuerpo. La debilidad de Blake era evidente, cualquiera podía verla en sus piernas atrofiadas e inermes. La suya era también una herida que casi había sido fatal, a pesar de que no se viera. Había habido una época oscura en que la muerte le había parecido la salida más fácil, un suave colchón para una mente y un cuerpo vapuleados que habían recibido demasiados abusos. Pero, en el fondo de su alma, había también una chispa de vida luminosa y enérgica que le había impedido incluso intentarlo, como si supiera que dar el primer paso sería ya demasiado. Había luchado, y vivía, y había sanado sus heridas lo mejor posible.

—¿Qué ocurre? —insistió él suavemente—. Puedes husmear en los secretos de los demás, así que ¿por qué no compartes un poco los tuyos? ¿Cuáles son tus debilidades? ¿Robas en las tiendas? ¿Te acuestas con extraños? ¿Defraudas a Hacienda?

Dione se estremeció otra vez. Tenía las manos tan fuertemente apretadas que se le transparentaban los nudillos. No podía contárselo, al menos no todo, y sin embargo, en cierto modo, Blake tenía derecho a conocer parte de su dolor. Ella ya había presenciado gran parte del suyo, sabía lo que pensaba, conocía sus anhelos y su desesperación. Ningún otro paciente le había exigido tanto, pero Blake no era como los demás. Le estaba pidiendo más de lo que pensaba, al igual que ella le pedía un esfuerzo sobrehumano. En el fondo, Dione sabía que, si le rechazaba ahora, no volvería a confiar en ella. Su recuperación dependía de ella, de la confianza que pudiera establecer entre los dos.

Estaba temblando a ojos vista, su cuerpo se estremecía de la cabeza a los pies. Sabía que la cama vibraba, sabía que él lo notaba. Blake frunció las cejas y dijo en tono indeciso:

—Dione, escucha, yo…

—Soy hija ilegítima —dijo ella con esfuerzo mientras le castañeteaban los dientes. El esfuerzo de hablar la hacía jadear, y sentía una película de sudor en todo el cuerpo. Respiró con un sollozo que volvió a estremecerla y luego, haciendo un esfuerzo, logró aquietar su cuerpo—. No sé quién era mi padre. Mi madre ni siquiera sabía su nombre. Ella estaba borracha, él andaba por allí, y en fin… Tuvo una hija. Yo. Pero no me quería. Me daba de comer, supongo, ya que he vivido para contarlo. Pero nunca me abrazó, ni me besó, ni me dijo que me quería. En realidad, aprovechaba cualquier oportunidad para decirme que me odiaba, que detestaba tener que ocuparse de mí, que ni siquiera soportaba verme. Seguramente me habría abandonado en un cubo de basura si no hubiera sido por la paga de bienestar social que le daban por mí.

—Eso no lo sabes —contestó, incorporándose sobre un codo. Dione notó que le sorprendía el tono amargo de su voz, pero ahora que había empezado, no podía parar. Tenía que soltar el veneno, aunque la matara.

—Me lo dijo ella —insistió con voz plana—. Ya sabes cómo son los niños. Hacía todo lo que podía para intentar que me quisiera. No podía tener más de tres años, pero recuerdo que me subía en las sillas y me aupaba a los armarios para llevarle la botella de whisky. No servía de nada, claro. Aprendí a no llorar porque, si lloraba, me daba una bofetada. Aprendí a comer lo que pudiera, si ella no estaba en casa, o estaba borracha y se desmayaba. Pan duro, un trozo de queso, daba igual. A veces no había nada que comer porque ella se gastaba toda la paga en whisky. Si esperaba un poco, acababa yéndose con algún hombre y volvía con algún dinero, lo justo para aguantar hasta la paga siguiente, o hasta el próximo hombre.

—Dios mío, para —dijo él con aspereza, poniéndole la mano en el brazo y zarandeándola.

Ella se apartó bruscamente.

—Tú has preguntado —dijo jadeando. Le dolían los pulmones del esfuerzo que le costaba insuflar aire en su pecho constreñido—. Así que tendrás que oírlo. Cada vez cometía el error de molestarla, y para eso no hacía falta mucho, me pegaba. Una vez me tiró una botella de whisky. Tuve suerte porque sólo me hice un pequeño corte en la frente, aunque ella estaba tan enfadada por haberse quedado sin el whisky que me pegó con el zapato. ¿Sabes qué me decía una y otra vez? «Sólo eres una bastarda, y nadie quiere a una bastarda». Una y otra vez, hasta que llegué a creérmelo. Recuerdo el día preciso en que me convencí de ello. Era mi séptimo cumpleaños. Había empezado a ir al colegio, ¿sabes?, y sabía que se suponía que los cumpleaños tenían que ser algo especial. Era cuando tus padres te hacían regalos para demostrarte cuánto te querían. Me desperté y fui corriendo a su cuarto, convencida de que ese día por fin me querría. Me pegó una bofetada por haberla despertado y me metió a empujones en el armario. Me tuvo allí encerrada todo el día. Ésa era la opinión que le merecía mi cumpleaños, ¿entiendes? Odiaba verme.

Estaba inclinada, el cuerpo crispado por el dolor, pero tenía los ojos secos y doloridos.

—A los diez años vivía en la calle —musitó; las fuerzas empezaban a abandonarla—. Estaba mejor allí que en casa. No sé qué fue de ella. Un día volví y la casa estaba vacía.

Su áspera respiración era el único sonido que se oía en la habitación. Blake yacía como petrificado, los ojos ardientes clavados en ella. Dione podría haberse derrumbado; de pronto se sentía agotada. Haciendo un esfuerzo, se enderezó.

—¿Alguna otra pregunta? —preguntó con voz apagada.

—Sólo una —dijo Blake, y Dione se tensó dolorosamente, pero no se quejó. Aguardó, preguntándose, exhausta, qué más querría saber—. ¿Al final te adoptó alguien?

—No —susurró y, cerrando los ojos, se meció un poco—. Acabé en un orfanato, un sitio como otro cualquiera. Tenía comida y un lugar donde dormir, y podía ir al colegio con regularidad. Era demasiado mayor para que me adoptaran, y nadie quiso acogerme. Supongo que tenía un aspecto demasiado extraño —moviéndose como una anciana, se puso en pie y salió despacio de la habitación, consciente de que el aire seguía cargado de preguntas que Blake quería formularle, pero ya había recordado suficiente. Daba igual lo que hubiera conseguido, cuántos años hubieran pasado desde que era una niña solitaria y desconcertada. La falta del amor de una madre seguía siendo un vacío por llenar. El cariño materno era la base de la vida de cualquier niño, y su ausencia la había dejado lisiada por dentro, del mismo modo que el accidente había dejado lisiado a Blake.

Se tumbó boca abajo en la cama y durmió profundamente, sin soñar, pero al sonar la alarma del reloj se despejó al instante. Con el paso de los años había aprendido a funcionar incluso cuando sentía como si una parte de su ser hubiera sido masacrada, y así era como se sentía esa mañana. Al principio tuvo que obligarse a cumplir la rutina diaria, pero al cabo de un rato su dura autodisciplina tomó el mando, y logró ahuyentar de su recuerdo la crisis de esa noche. No permitiría que la hundiera. Tenía una labor que cumplir, y la cumpliría.

Puede que llevara la determinación escrita en la cara cuando entró en el dormitorio de Blake, porque él levantó las manos y dijo con voz suave:

—Me rindo.

Dione se paró en seco y lo miró inquisitivamente. Él sonreía un poco; su cara pálida y delgada tenía una expresión fatigada, pero ya no parecía una máscara de indiferencia.

—Pero si ni siquiera te he atacado aún —protestó ella—. Así no tiene gracia.

—Sé cuando estoy en desventaja —hizo una mueca y admitió—: No sé cómo voy a rendirme sin haberlo intentando por lo menos otra vez. Tú no te rendiste, y yo nunca me he acobardado ante un desafío.

El nudo de angustia que Dione sentía en el estómago desde que él había caído de nuevo en la depresión se fue aflojando lentamente hasta deshacerse por completo. Su espíritu alzó el vuelo, y le dedicó una sonrisa deslumbrante. Con su ayuda, se sentía capaz de hacer cualquier cosa.

Al principio apenas pudo levantar las pesas. Hasta las más pequeñas podían con él, a pesar de que apretaba los dientes e intentaba seguir incluso cuando Dione le decía que parara. Decir que era tenaz habría sido quedarse corto. Estaba empeñado en llegar al límite de su resistencia, que por suerte no era mucha. Después, siempre le hacía falta una larga sesión en la bañera de hidromasaje para aliviar el dolor de sus músculos torturados, pero seguía y seguía, pese a ser consciente de que luego lo pagaría con dolor.

Para alivio de Dione, no volvió a hacerle más preguntas ni a referirse en modo alguno a lo que le había contado sobre su niñez. A causa de lo mucho que le exigía a su cuerpo, siempre estaba profundamente dormido cuando de noche entraba en su habitación para ver cómo estaba, de modo que su conversación no volvió a repetirse.

Haciendo caso omiso de las quejas de Serena, comenzó a darle terapia en la piscina. A Serena le horrorizaba que pudiera ahogarse, ya que tenía las piernas atrofiadas y obviamente no podía patalear, pero el propio Blake se encargó de desautorizar sus objeciones. Dijo que le gustaban los desafíos, y que no pensaba arredrarse ante aquél. Gracias a su experiencia como ingeniero diseñó y dirigió la construcción de un sistema de rieles y poleas que permitía a Dione bajarlo a la piscina y sacarlo de ella cuando acababa la sesión, cosa que pronto podría hacer Blake por sí mismo.

Una mañana, cuando llevaba allí poco más de dos semanas, Dione lo estaba observando devorar el desayuno que había preparado Alberta. Ya parecía haber empezado a ganar peso. Tenía la cara más llena, y menos macilenta que antes. Se había quemado un poco los primeros días que pasó al sol, pero no se había pelado, y su leve bronceado hacía que sus ojos parecieran aún más azules.

—¿Qué estás mirando? —preguntó mientras Alberta le retiraba el plato y ponía delante de él un cuenco de fresas con nata.

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