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Authors: Lincoln Child

Tags: #Intriga, Thriller

Utopía

 

Sobre los desfiladeros rocosos de Nevada se levanta Utopia, un parque temático visitado por 65.000 personas al día, cuyas atracciones han inaugurado una nueva generación de centros de entretenimiento. Pero una serie ininterrumpida de averías en algunos de sus avanzados robots amenaza, no solo el buen funcionamiento del parque, sino la vida de algunos de sus visitantes. Es necesario que Andrew Warne, el genio informático que desarrolló la robótica que lo controla, viaje hasta él para intentar averiguar qué es lo que pasa. Pero, el día de su llegada, Utopía parece inmerso en algo mucho más siniestro que simples, aunque peligrosas, averías. Un grupo de terroristas se ha infiltrado en el sistema informático del parque y ha tomado el control del mismo. Y si no se les da lo que piden, cada hombre, mujer o niño que visita el parque podría convertirse en su blanco. Warne ha de representar un papel para el que no creyó estar preparado nunca: el de salvador de miles de personas inocentes… Incluida su propia hija.

Lincoln Child

Utopía

ePUB v1.0

Sarah
11.09.12

Título original:
Utopia

© 2002, Lincoln Child

Traducción: © 2006, Alberto Coscarelli

Ilustración portada: Xavier Alamany

Editor original: Sarah (v1.0)

ePub base v2.0

Para mi hija, Verónica.

A
GRADECIMIENTOS

Muchas personas ayudaron a convertir este libro en una realidad. Mi primo, Greg Tear, participó casi desde el principio, y demostró ser una fuente de ideas y un crítico incansable. Eric Simonoff, mi agente en Janklow amp; Nesbit, realizó la heroica tarea de leer (y, bendito sea, releer) el manuscrito y ofrecer unas críticas vitales. Betsy Mitchell, además de darme todo su apoyo, resultó ser una perspicaz lectora, y la novela es mucho mejor gracias a los aportes de ella y sus socios. Matthew Snider, de Creative Artists Agency, demostró de nuevo ser el más listo de la Costa Oeste.

Quiero dar las gracias a mi editor en Doubleday, Jason Kaufman, por su entusiasmo y valiosa ayuda con el manuscrito. También al agente especial Douglas Margini, por su asesoramiento en el tema de las armas y los procedimientos de los agentes de la ley. Un agradecimiento muy especial a mi compinche y compañero escritor, Douglas Preston, por su inmensa ayuda y por alentarme a escribir este libro a solas. En las siete novelas que hemos escrito juntos ha demostrado ser un compañero leal y un gran amigo, y espero con entusiasmo nuestras siguientes siete colaboraciones. Doug, mil gracias.

También hay otros cuyas contribuciones, grandes o pequeñas, se merecen un agradecimiento: Bob Wincott, Lee Suckno, Pat Allocco, Tony Trischka, Stan Wood, Bob Przybylski, sin duda hay más que he omitido, y a todos ellos mis más sinceras disculpas.

Quiero dar las gracias a los numerosos miembros del boletín online de Preston-Child; nunca olvidaré su entusiasmo y dedicación.

Por último, quiero dar las gracias a las tres mujeres de mi vida —mi madre, Nancy; mi esposa, Luchie; y mi hija, Verónica— por hacer posible este libro.

No es necesario decir que Utopía, el personal y los visitantes son absolutamente imaginarios. Las referencias a personas, lugares y cosas externas al parque son ficticias o utilizadas ficticiamente.

Utopía
f. 1.
Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación
. 2.
Un lugar o ubicación ideal, frecuentemente imaginario
.

Plano general de Utopía

P
ROLOGO

Era el último triunfo, y Corey lo sabía. No solo había conseguido la camiseta de Jack el Destripador —aquella que su madre había jurado durante tres meses que nunca le compraría— sino que ahora toda la familia se disponía a participar en la Caza de Notting Hill. Todos sabían que era el viaje más alucinante, no solo en Luz de Gas sino en todo el parque. Dos de sus compañeros de clase habían estado allí el mes pasado durante las vacaciones, y a ninguno de los dos le habían permitido subir. Pero Corey estaba decidido.

Había visto que sus padres también mostraban entusiasmo a pesar de sí mismos, tal como él había sabido que ocurriría. Después de todo, aquel era el mejor parque temático del mundo entero, y el más nuevo. Una tras otra, habían caído las pequeñas reglas familiares, hasta que al final él había ido por el Gran Kahuna. Media hora de lloriqueos había conseguido acabar con las resistencias. Ahora, a medida que la cola se hacía cada vez más corta, Corey tenía claro que se había salido con la suya.

Incluso desde esa distancia, veía que el viaje era realmente fantástico. Se encontraban en un sinuoso callejón con viejas casonas a ambos lados, y soplaba una muy ligera brisa que olía a moho. ¿Cómo lo harán?, se preguntó. Las farolas de gas estaban encendidas. Había bruma, por supuesto, como en todo el resto de Luz de Gas. Ahora ya alcanzaba a ver la plataforma de embarque. Dos mujeres con largos vestidos oscuros y unos sombreros ridículos ayudaban a un grupo a sentarse en una vagoneta con grandes ruedas de madera.

Las mujeres cerraron las puertas y se apartaron. El vehículo se puso en marcha y desapareció debajo de un alero mientras aparecía otra vagoneta vacía que se detuvo delante de la plataforma. Subió otro grupo, la vagoneta desapareció de la vista, y una tercera vagoneta ocupó su lugar. Había llegado su turno.

Pasó cierta angustia cuando pensó que quizá era demasiado bajo para el viaje; pero, con un tremendo esfuerzo para erguirse al máximo, Corey consiguió que la frente le quedara por encima del listón de altura mínima. Se estremeció de emoción cuando una de las mujeres los acompañó hasta la vagoneta. Se lanzó como un rayo al asiento delantero y se sentó, muy decidido. Su padre frunció el entrecejo.

—¿Estás seguro de que quieres sentarte allí, Capitán?

Corey asintió vigorosamente. Después de todo, esto era lo que hacía que el viaje fuera espeluznante. Los asientos estaban encarados, lo cual significaba que los dos sentados adelante viajarían de espaldas.

—No me gusta —gimoteó su hermana, mientras se sentaba a su lado. Él la hizo callar con un brutal codazo. ¿Por qué no tenía un hermano mayor, como tenía Roger Prescott? A él le había tocado una hermana quejica que leía libros de caballos y creía que los videojuegos eran espantosos.

—Por favor, no saquen en ningún momentos los brazos y las piernas fuera del birlocho —les advirtió la mujer con aquel extraño acento que Corey suponía que era inglés. No sabía qué era un birlocho, pero no le importaba. Estaba a punto de viajar en el Notting Hill, y ahora nadie podía detenerlo.

La mujer cerró la puerta, y la barra de seguridad bajó automáticamente por delante del pecho de Corey. La vagoneta se sacudió; su hermana chilló, asustada. Corey resopló.

En cuanto avanzaron, asomó la cabeza por un costado, y miró primero arriba, después abajo. Su madre se apresuró a reñirlo, pero no antes de que él viera que la vagoneta estaba colocada en algo parecido a una cinta transportadora, muy bien disimulada y casi invisible en la penumbra, y que las ruedas solo giraban para aparentar. No tenía importancia. La vagoneta avanzó en la oscuridad, mientras aumentaba el estruendo de los cascos de los caballos al galope. Corey contuvo el aliento, incapaz de reprimir la sonrisa de entusiasmo cuando notó que la vagoneta comenzaba a subir bruscamente. Ahora, en la oscuridad, vio la vaga silueta de una ciudad que se extendía a su alrededor: un millar de tejados, las luces y el humo en el aire nocturno, y, más lejos, un torre fantástica. Ni se dio cuenta de la pequeña cámara de rayos infrarrojos oculta en la ventana superior.

Quince metros más abajo, Allan Presley miraba aburrido el monitor, mientras el chico de la camiseta de Jack el Destripador subía en la vagoneta Alfa. La camiseta había sido el éxito de ventas en Luz de Gas durante los últimos cuatro meses, pese a que se vendían a veintinueve dólares. Era sorprendente ver cómo se abrían las carteras cuando la gente venía aquí. Y, hablando de cosas abiertas, el chico abría la boca como una caricatura: movía la cabeza de aquí para allá y dejaba un rastro verdoso en el monitor de infrarrojos a medida que la vagoneta subía por encima de los tejados del Londres victoria— no. Por supuesto, el chico no se daba cuenta de que subía por una pantalla cilíndrica que mostraba la imagen digital transmitida por dos docenas de proyectores a las luces de fibra óptica del paisaje urbano. Era una ilusión, por supuesto. En Utopía, la ilusión lo era todo.

La mirada de Presley se fijó por unos segundos en la chica sentada junto al chico.

Demasiado oven para tener algún interés. Además, los acompañaban los padres. Exhaló un suspiro.

En la mayoría de los entretenimientos más espectaculares había cámaras estratégicamente situadas al final de las espeluznantes bajadas que fotografiaban los rostros de los viajeros.

Por cinco dólares uno se podía comprar en la salida su foto, donde aparecía sonriendo como un loco o aterrado. Pero se había convertido en una tradición clandestina entre las muchachas más atrevidas enseñar los pechos a la cámara. Por su— puesto, las fotos nunca llegaban al público. Pero los empleados disfrutaban de lo lindo. Incluso se habían inventado una palabra para el caso: tetamen. Presley sacudió la cabeza. Los que trabajan en el tobogán acuático gigante del Paseo conseguían entre doce y quince fotos todos los días. Aquí en Luz de Gas era mucho menos común, sobre todo tan temprano.

Con otro suspiro, dejó a un lado las
Geórgicas
de Virgilio y echó un rápido vistazo al resto de los treinta y seis monitores instalados en la sala de control. Todo estaba tranquilo, como siempre. Para los niveles de Utopía, la Caza era una montaña rusa de baja tecnología, pero así y todo era casi automático. El único cambio en la rutina que disfrutaba Presley era cuando algún idiota se bajaba de la vagoneta en mitad del viaje. Pero también eso estaba previsto: Se activaban los sensores a lo largo de la cinta transportadora; él avisaba al operador de la torre que detuviera el viaje, y después enviaba a los de seguridad para que escoltaran al tipo fuera del parque.

Presley miró de nuevo la cámara 4. El chico se encontraba ahora en la cúspide de la primera subida. Dentro de un segundo, la poca luz que quedaba desaparecería, la vagoneta se inclinaría y se lanzaría por la primera caída; aquí comenzaba la diversión. Advirtió que estaba atento al entusiasmo reflejado en el pequeño rostro —visíble incluso en la fantasmal imagen de los infrarrojos— e intentó recordar la primera vez que había hecho el recorrido.

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