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Authors: David Liss

Tags: #Histórica, Intriga, Misterio

Una conspiración de papel (5 page)

—Me encanta cruzarme en el camino de Wild —le prometí. Aunque Wild y yo nos habíamos visto una sola vez, competíamos de manera vigorosa, y nada me divertía más que encontrar las cosas que sus hombres robaban. Mi proceder, en la medida de lo posible, consistía en no delatar a los ladrones que trabajaban para Wild, puesto que su amo no tenía los mismos escrúpulos, y mi piedad para con estos faltreros me había procurado cierta gratitud.

Sir Owen sonrió abiertamente.

—Me gustan los hombres con sus agallas —me dijo, y luego me estrechó la mano con contundencia.

Sonreí al replegar la mano de la entusiasta agarrada de Sir Owen.

—Dedicaré todos mis esfuerzos a recuperar sus pertenencias con toda celeridad y me pondré en contacto con usted en cuanto tenga noticias.

Sir Owen se echó a un lado del camino para dejar paso a una apuesta colección de parejas jóvenes.

—Me gusta usted, Weaver —dijo—. Nunca he sido un fanático en temas de religión, y ahora entiendo por qué. ¿Qué importancia tiene un hombre coma o no cerdo? Consígame mi cartera, y declararé que es usted un hombre tan bueno como cualquiera, y mejor que la mayoría.

Me di cuenta de que se estaba despidiendo, así que le hice una reverencia y dejé que se fuera a saludar a un grupo de caballeros a quienes conocía. Di la vuelta para dirigirme a mi casa, animado por la feroz determinación de resolver el problema de Sir Owen tan deprisa y tan eficazmente como pudiera. Tenía tal confianza en mis habilidades que veía la cartera ya en mi poder. Mi estado de ánimo era tan optimista que nunca hubiera podido imaginar que el negocio estallaría de manera tan peligrosa.

Tres

El asunto tendría que haber sido sencillo. Me disfracé de caballero: espada y abrigo ostentosos, peluca larga, brillantes hebillas plateadas en los zapatos. Había aprendido a parecer el perfecto caballero cuando, en mi época menos escrupulosa, pasé algún tiempo viajando por todo el país trabajando de lo que se daba en llamar «faltrero fino». Me presentaba ante un casero como si fuera un caballero, le alquilaba unas habitaciones amuebladas sin ofrecer más garantía que mi aspecto, y luego me dedicaba a limpiar el lugar de todo lo que contuviera de valor. Ahora, por motivos más honorables, mi labor había de ser la de imitar a un hombre de posibles con objeto de remediar un robo, y esta tarea requería un particular tipo de caballero. Me coloqué, por tanto, un poco de relleno por la parte central del cuerpo, fabricándome un aspecto más tendente a la grasa que al músculo. Sabiendo que la noche requeriría ebriedad, y que la ebriedad era sin duda un enemigo, me fortifiqué como pude. Primero engullí tanta nata como me fue posible, para que me ayudase a absorber el alcohol que bebiera. Luego hice gárgaras de vino y me salpiqué un poco la ropa con él, para oler como alguien a quien le faltase poco para perder la consciencia. Así preparado, alquilé un coche para que me llevara a la taberna, me senté en un lugar bien iluminado y pedí vino bulliciosamente.

El Barrel and Bale era el tipo de establecimiento que uno espera encontrar en las zonas más coloridas de la ciudad. Estaba cerca del río, cerca de los juzgados, pero los parroquianos en su mayoría eran obreros y porteros, aparte de un reducido número de estudiantes de leyes buscando solaz. Yo destacaba en este lugar, pero tampoco llamaba excesivamente la atención. Ya habían visto a gente como yo: de hecho, habían visto a alguien parecido a mí en Sir Owen. De modo que, con pocas miradas fijándose en mí, excepto por las de aquellos que calibraban cómo conocer más de cerca el contenido de mi monedero, me senté a una mesa y observé las distintas caras de la vida pasar. La taberna estaba llena, pero no tan atestada como pueden llegar a estar estos sitios. El olor a cuerpos mugrientos y a perfumes baratos y a tabaco espeso y asfixiante le obligaba a uno a respirar forzadamente. No se oía más música que las agudas risas de las mujeres y los gritos de los hombres y el inconfundible triquitraque de los dados sobre el tablero. Un soldado herido insistía en ponerse de pie en la silla cada cuarto de hora y cantar a bramidos una canción obscena sobre una puta española con una sola pierna. Rugía con escaso sentido de la melodía hasta que los amigos tiraban de él para que se sentara y, con la jovialidad inherente a este tipo de hombres, le tupían a golpes basta que callaba.

Mis lectores más refinados quizá sólo tengan noticia de estos lugares por las crónicas que hayan leído, pero yo había transitado por estas guaridas con anterioridad, y no me resultó difícil abstraerme del escándalo circundante. Tenía la cabeza puesta en el negocio, y ya que el barón me había descrito a la mujer que buscaba, examinaba la estancia una y otra vez, intentando siempre parecer un borracho en busca de compañía. Lo intenté con demasiada dedicación, ya que tuve que desembarazarme de varias colegas de Kate Cole. Un hombre como yo, de aspecto adinerado y, si me permiten ser franco, con un físico bastante más atractivo que el del cliente corrientón que venía en busca de amistades, siempre podía apostar a tener éxito entre las señoritas.

La que yo buscaba, según Sir Owen, no tendría más de diecinueve años, era pelirroja, de complexión pálida y pecosa, y tenía un llamativo lunar en el puente de la nariz. Por fin la vi sentarse a una mesa y entablar conversación con un mozo enorme que, por su aspecto, podría haberse defendido bien en el cuadrilátero. Era un pedazo de carne, alto, ancho y musculoso, con el gesto contorsionado en una mueca inmutable. Pude ver que el dorso de su mano mostraba señales de haber sido marcada con un hierro candente, así que deduje que habría vulnerado la ley al menos una vez: sin duda un caso de robo, aunque me sorprendería que ése fuera el único crimen de su historial.

No podía adivinar la relación entre la puta y el canalla, y me temía que ella pudiera estar ocupada toda la noche. Pero me pareció poco probable que una mujer como ésta fuera a permitir que esperase largo rato un caballero con cartera, de manera que, con una variedad de guiños y sonrisas, le transmití mi agrado, y la esperanza de que lo que tuviera entre manos con ese sujeto pudiera despacharse pronto.

Mis deseos fueron satisfechos. En menos de un cuarto de hora, el individuo se levantó y abandonó el establecimiento, y yo empecé a fijar los ojos en Kate, mirándola de la forma menos civilizada y más lasciva que se pueda imaginar. No se hizo la tímida ante mis intenciones, y no perdió tiempo en venirse a mi mesa a sentarse muy cerca de mí. Poniéndome una mano en la pierna se inclinó hacia delante y susurró, dejando que su aliento me acariciase la oreja, que le gustaría tomar un vaso de vino.

Mi entusiasmo era auténtico, aunque no de la clase que ella hubiera previsto, y, fingiendo gran ebriedad, pedí que nos trajeran una botella del amargo orín que el Barrel and Bale se enorgullecía de servir.

De cerca pude comprobar que Kate no era una mujer desprovista de encantos, para los caballeros a quienes esto les place, pero tenía ese aire duro y hueco de la calle, y eso siempre me resultaba suficiente para amansar mis deseos más lujuriosos. No sentía ningún cariño por mujeres a quienes no pudiese confiar mi cartera en caso de echar una cabezadita. Además, a Kate le urgía un baño, y su vestido, aunque ajustado en torno a su agradable figura, estaba manchado por los desperdicios de algunos clientes. La muselina, que había sido de color marfil, presentaba ahora un color amarillento, y el basto corsé en tono tostado estaba tan mugriento que casi necesitaba que lo despiojaran.

—Eres muy bonita —le dije, arrastrando las palabras lo suficiente como para que creyese que ya había sobrepasado mi cupo de alcohol—. No he podido evitar fijarme en ti, querida.

—¿Y qué es lo que ha visto? —me preguntó con coquetería.

Confieso que en mis años de juventud tuve algo de libertino, y que incluso en este asunto de negocios no podía resistirme a la tentación de ganarme a esta mujer. Era una de mis grandes debilidades, supongo. Muchos de mis amigos disfrutaban conquistando a mujeres a las que encontraban encantadoras, pero yo sentía cierta necesidad de que las mujeres me encontrasen encantador a mí.

—¿Qué es lo que he visto? —repuse—. He visto el rojo de tus labios, el blanco de tu cuello y la delicada curva de tu barbilla —alargué la mano y la posé sobre su mejilla— y la maravillosa línea de tus pómulos. A mis ojos pareces un ángel glorioso y sensual en una pintura italiana.

Kate me miró de soslayo.

—Pues la mayoría de los caballeros me dicen que les gusta mi culo.

—Es que estabas sentada sobre él cuando te he visto —le expliqué.

Satisfecha, Kate se rió y se volvió hacia su bebida.

Yo me uní a ella, dando largos tragos, y dejé que Kate me animase a beber más. Incluso cuando bebía grandes cantidades era raro que el alcohol me hiciese perder la cabeza, pero además la nata que tenía en el estómago me protegía bien. Para mi consternación, estaba empezando a agriarse, y tuve que concentrarme en mantener a raya la desafortunada mezcla de líquidos. Apreté los dientes e hice caso omiso de mi incomodidad, fingiendo ser un bobo borracho, gritando, trastabillando las palabras y, en una ocasión, cayéndome de la silla.

—Se le sube enseguida el vino ¿eh, hombretón? —me dijo con una sonrisa de dientes irregulares—. Lo que necesita es un buen paseo, eso es. Para despejarse la cabeza. Y si nos buscamos un sitio más tranquilo. ¿Qué tiene eso de malo, eh? —me dio un buen apretón en el brazo y entonces se detuvo un instante, sorprendida por la resistencia del músculo donde esperaba encontrar una carne más flácida.

Después de rebuscar en el monedero para pagar la cuenta, procurando en todo momento que Kate viera que había más monedas de donde salían las primeras, me interné con ella en la noche de octubre. El anochecer había traído más frío y, estrechándola contra mí, dejé que Kate me guiase por un dédalo tortuoso de callejones londinenses. Comprendí que su objetivo era desorientarme, y, aunque tenía el seso mucho menos nublado por el vino de lo que ella creía, consiguió que estuviera completamente confundido en pocos minutos, ya que conocía bien las calles oscuras y laberínticas. Sólo podía estar seguro de que nos manteníamos cerca del río y de que avanzábamos en dirección al muelle de Puddle.

Era tarde y estaba bastante oscuro, y como estábamos tan cerca del río podríamos haber corrido peligro caminando en esa dirección. Un fuerte viento me soplaba a la cara la fétida peste del Támesis. Kate se abrazaba a mí tanto en busca de calor como para dirigirme hacia un camino en el que ella sabía que ningún caballero sobrio se aventuraría gustoso. Incluso un hombre avezado en el arte de la defensa personal evita adentrarse en las calles oscuras cerca del río, ya que en una época en la que bandas de ladrones violentos, en grupos de más de una docena, deambulaban libremente por las calles, uno podía ofrecer poca protección a sí mismo o a un compañero. Una mujer joven del brazo de un caballero que se tambaleaba debía de ser un objetivo muy apetecible; no podía más que esperar que los pasos rápidos que oíamos a nuestro alrededor perteneciesen a atracadores y a faltreros que conocían a Kate y que entendían lo que estaba haciendo, porque ciertamente había otros por allí que se acercaban sigilosamente a inspeccionarnos, pero siempre se iban, a veces entre carcajadas. En una ocasión nos rodeó un grupo de pajes de hacha, intentando molestar a Kate para que accediese a pagarle a uno de ellos para que nos iluminase el camino, pero ella ya conocía a estos pillos y los despachó con algunas afables agudezas.

Por fin me llevó hasta el final de un callejón sin salida donde la oscuridad era casi total. Debíamos de estar a unas diez yardas de la entrada y a sólo unos pocos pasos del final. El callejón era estrecho y las paredes de piedra despedían frescor; el suelo que pisábamos estaba húmedo, y de los charcos de agua podrida y de la basura en descomposición esparcida por el suelo ascendía un hedor fétido. Descubrimos un cajón de madera apoyado contra la pared casi a propósito para nosotros, y apenas pude creer que en esta zona de la ciudad pudiese existir un objeto, al que se le podían sacar al menos unos pocos peniques, que no hubiese sido aprovechado y vendido a los minutos de ser abandonado. De hecho, debiera haber sospechado algo, pero como estaba más preocupado por Kate, dejé a un lado mi curiosidad casi inmediatamente.

—Aquí nadie nos molestará —dijo—. Podemos tener un poco de intimidad.

La seguí en silencio, cual cómplice servicial de una aventura lujuriosa. Debo decir que no entiendo a los caballeros a quienes les place mantener apresurados escarceos en húmedos callejones o bajo puentes mohosos. Sin embargo, si los hombres renunciasen a semejantes satisfacciones callejeras, creo que la mitad de las putas de Londres se verían obligadas a recurrir a las casas de caridad.

Me senté en el cajón y dejé caer la cabeza a un lado. Kate se agachó y me dio un beso en la comisura de los labios. Era una chica lista, ya que lo que quería saber era si mi borrachera era más poderosa que mi deseo. Si yo la hubiese estrechado contra mí para centrar el beso, habría sabido que aún no estaba fuera de juego.

No me moví.

—No estará pensando en quedarse dormido antes de que podamos conocernos mejor, ¿no? —me preguntó, con la esperanza de que fuera eso precisamente lo que iba a hacer.

Kate Cole conocía bien su oficio. Algunas putas rateras hubieran atacado entonces, pero ella se quedó de pie en silencio, observándome durante unos buenos cinco minutos, dejando, según ella creía, que me durmiese más profunda y certeramente hasta estar segura de no interrumpir mi reposo. Entonces se arrodilló a mi lado y empezó a desabrocharme la chaqueta; sus dedos encontraron hábilmente la faltriquera de mi reloj. Kate tenía mucho talento, cosa que advertí con vacilante admiración, puesto que ella también había estado bebiendo vino, pero el licor parecía no haberle afectado en absoluto; movía los dedos con destreza por mi barriga, y supe que si no actuaba con celeridad tendría que pedir que me devolviese el reloj además de la cartera de Sir Owen.

Con un movimiento rápido y abrupto que calculé que sorprendería a Kate y le haría perder el equilibrio, me puse en pie y la derribé sobre la mugre de la calle. Se cayó de espaldas, como yo quería, y sólo se mantuvo separada del suelo apoyándose en las manos. Su postura me beneficiaba, porque no iba a poder moverse rápidamente. Yo, mientras, saqué una imponente pistola de bolsillo que siempre me aseguraba de llevar encima y la apunté con ella.

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