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Authors: Elaine Cunningham

Tags: #Aventuras, #Fantástico, #Juvenil

Sombras de Plata (9 page)

Al final, la puerta se abrió sin esfuerzo sobre unos goznes silenciosos. Arilyn se introdujo en la primera estancia, con el enano pisándole los talones como una sombra achaparrada.

Las cámaras del tesoro estaban sumidas en un silencio absoluto y más oscuras que una noche sin luna, pero tanto el enano como la semielfa tenían ojos con gran sensibilidad y no necesitaban antorchas ni velas. Mientras caminaban de una estancia a otra, la avaricia mantenía los ojos del enano abiertos de par en par y en su boca había en todo momento una exclamación de sorpresa ante tantas maravillas. Su reacción no era en modo alguno exagerada, porque estaban sin duda ante la colección más extraña que Arilyn había visto en su vida. Muchos de los objetos que estaba contemplando no tenían precio; la mayoría eran extremadamente valiosos; algunos, simples curiosidades.

Había instrumentos musicales raros, incluida un arpa de un metro ochenta de altura con una caja de resonancia en la que había esculpida la silueta de una mujer con unos dedos dorados inclinados sobre las cuerdas. Arilyn supuso que debía de ser mágica y que esperaba sólo una orden para empezar a sonar. Varias cámaras estaban repletas de pinturas, esculturas y bajorrelieves de orígenes muy distintos. El arte de la taxidermia también tenía su representación: bestias raras, que no habían sido vistas con vida durante generaciones, completaban una estancia. Había pilas y pilas de monedas de todas las tierras que había oído nombrar Arilyn en su vida, y suficientes libros incunables dignos de satisfacer a una docena de estudiosos voraces. Había un estante completo lleno de jarras de brillantes colores, decoradas con salamandras de fuego obtenidas a partir de la fusión de gemas semipreciosas; había espadas con incrustaciones de joyas, coronas pertenecientes a monarcas que habían muerto hacía ya tiempo, túnicas reales bordadas con hilos de seda y perlas cultivadas, y hasta un cetro de oro con una inscripción en runas de lejanas tierras orientales. Entre todos aquellos tesoros de gemas y oro descubrió finalmente Arilyn el objeto que buscaba: una tiara delicada y con filigrana, salpicada de multitud de amatistas de color púrpura pálido.

La Arpista envolvió con cuidado la corona en un paño suave y la metió en su bolsa.

—Es hora de irse —comentó, volviéndose hacia la sombra del enano.

—¿Eso es
todo
? ¿Esto es todo lo que sacamos de aquí? —preguntó el enano. Al ver que Arilyn asentía, empezó de inmediato a coger objetos pequeños y a introducírselos en los bolsillos—. Son honorarios con carácter retrospectivo —explicó a la defensiva—. He estado trabajando aquí durante más de diez años. Me lo deben.

Arilyn no deseaba privar al enano de sus derechos, pero el oro era un material pesado y le preocupaba el peso que pudiese añadir a su ya de por sí rollizo cuerpo.

—Saldremos nadando —le advirtió.

El enano detuvo la rapiña de inmediato y se la quedó mirando mientras la tez por debajo de la barba palidecía.

—¿No será por el pozo?

Al ver que la Arpista asentía, soltó un gemido, pero luego se encogió de hombros.

—Bueno, siempre supe que saldría por ahí de un modo u otro...; ¡supongo que es mejor irse cuando todavía estás vivo! Pero, antes, dime una cosa: ¿qué nos espera ahí?

Arilyn se lo contó. El enano se mordió el labio y estuvo meditando un rato; luego, se sacó parte del botín de los bolsillos y eligió una daga curva con incrustaciones de piedras preciosas como su principal tesoro.

Desanduvieron el camino hasta la salida. Cuando apareció ante ellos la puerta de la primera cámara, Arilyn se fijó en uno de los tesoros, un gran arcón colocado junto al muro más alejado. El baúl estaba cubierto por una cúpula baja y redonda, recubierta de polvo, y a través del cristal atisbó a ver algo que tenía todos los visos de ser una silueta de mujer. Presa de la curiosidad, la Arpista se acercó y, con la manga de la camisa, limpió un pedazo circular de vidrio para poderse inclinar a mirar.

En el interior se veía el cuerpo de una hermosa elfa; no estaba viva, pero tampoco estaba lo que Arilyn entendía por
muerta
. La elfa parecía propiamente... vacía. No encontraba otro modo de explicarlo. A aquella mujer elfa se le había extraído la esencia, dejando atrás su cuerpo en un tipo de estasis profunda. Arilyn no podía decir cuánto tiempo habría estado así, pero el atavío que llevaba era de diseño antiguo y la cota de malla que envolvía su esbelto cuerpo era más fina y más arcaica de lo que nunca había visto Arilyn.

Aquella elfa le resultaba angustiosamente familiar. Una gruesa trenza de pelo de color zafiro tornasolado le colgaba por encima del hombro. Era un tono de pelo poco usual entre los elfos plateados, un color que Arilyn asociaba con su madre, muerta hacía ya tiempo. El rostro de la mujer también le resultaba en cierto modo familiar, aunque en verdad no se parecía a nadie que Arilyn pudiese nombrar o recordar.

La atribulada mirada de la Arpista recorrió aquella silueta y se detuvo de repente. Junto a la cadera de la elfa reposaba un pequeño escudo blasonado con un extraño sello elfo: un diseño en curva formado por imágenes simétricas que parecían unirse aunque sin llegar a tocarse.

El corazón de Arilyn dejó de latir.
Conocía
aquella marca. Sintió que un puño de hielo le atenazaba el estómago mientras desenfundaba con lentitud su espada. En la hoja antigua había esculpidas nueve runas y una de ellas correspondía exactamente con la marca que veía reflejada en el escudo de la mujer elfa.

—¡Oh, maldita sea mi estampa! —murmuró el enano contemplando con ojos abiertos como platos el baúl—. El sueño más profundo que haya visto yo nunca..., ¡y es cierto! Había oído hablar de estas cosas, pero nunca había creído semejantes historias.

Arilyn no sabía a qué historias se estaba refiriendo, pero apenas tenía importancia. Ella misma había oído contar relatos escalofriantes de princesas o héroes durmientes que permanecían escondidos tras un sopor parecido a la muerte hasta que un tiempo de crisis los hacía resucitar, y nunca les había dado crédito. Sin embargo, algo en el adormecimiento de aquella elfa le hacía pensar que quizá fuesen ciertas todas aquellas antiguas leyendas. Por una vez, Arilyn maldijo su desconocimiento de las costumbres elfas y su total ignorancia de la historia de la espada que portaba.

—Pasa tú primero por el pozo —urgió al enano—. Verás que hay varias aberturas idénticas, pero la que conduce al túnel seco está hacia el este y marcada con un cuchillo. Yo iré enseguida.

El enano sonrió y en sus ojos resplandeció el ansia del combate.

—Iré poniendo el puchero al fuego y troceando el rábano picante para darle sabor..., porque esta noche tendremos un buen plato de camarones para cenar —bromeó en tono alegre mientras echaba a correr hacia la salida. Arilyn oyó cómo respiraba hondo y luego un estrepitoso chapoteo al zambullirse en el agua.

Una vez a solas, la Arpista volvió a concentrarse en el macabro ataúd y, siguiendo un impulso, rozó el vidrio con la hoja de luna. Un estallido de poder mágico recorrió la espada, como si fuera un relámpago incapaz de encontrar un punto de descarga. Como Arilyn y la espada estaban unidos de un modo que ella misma no comprendía,
percibió
el instante de reconocimiento en su cuerpo cuando la sensible hoja identificó a su antigua dueña. No cabía duda en la mente de la semielfa: estaba contemplando a una de sus antepasadas, una de las elfas que habían empuñado la espada que ahora llevaba en su mano. ¿Cómo podía ser cierto y por qué había llegado aquella guerrera elfa a ser condenada a semejante destino?

Arilyn sabía poco de la historia de su hoja de luna, salvo el nombre de los elfos que la habían empuñado y los diferentes poderes con que cada uno de ellos la había imbuido. Su madre había muerto antes de poder contar a Arilyn todo lo referente a su herencia, y su mentor, el traicionero elfo dorado Kymil Nimesin, había estado siempre más interesado en explotar su potencial que en educarla. Mientras la semielfa contemplaba a la mujer elfa durmiente, el impalpable temor que siempre había sentido por su hoja de luna, pero que nunca había podido explicar, la envolvió como un efluvio sofocante.

Intentó mantener a buen recaudo sus emociones mientras pasaba revista con rapidez a lo poco que sabía de la hoja de luna. Desde que había sido forjada en la antigua Myth Drannor, nueve personas, incluida ella, habían blandido aquella espada, y cada una había añadido un poder mágico a la colección. Aunque Arilyn sabía cuáles eran esos poderes, no sabía unir cada poder con su runa, ni cada runa con el elfo que la había originado. No conocía el nombre de la mujer elfa que yacía allí, pero quizá la respuesta a esa pregunta estuviera en el vidrio que le servía de tumba.

La mayoría de los humanos no saben que el vidrio no es un objeto sólido sino un líquido extremadamente viscoso, pero su flujo es tan lento que es imposible que en la brevedad de una vida humana pueda ser medido, y mucho menos percibido. Al cabo de los años, un panel de vidrio se hace más espeso en la base porque las sustancias que fluyen por su interior se van depositando por los puntos más bajos. Los elfos saben que, con el tiempo, todos los cristales acaban abiertos..., por el extremo superior. El problema es cómo medir ese flujo sin acabar rompiendo el cristal. Arilyn no deseaba hacer eso, por miedo a alterar el sueño sobrenatural de aquella mujer elfa.

Sin embargo, a medida que examinaba el ataúd, se dio cuenta de que no debía preocuparse por eso. La cubierta de vidrio no estaba sellada, sino anclada en unas bisagras por el costado, y una larga y sinuosa hendidura empezaba a abrirse camino hacia abajo por el borde superior de la bóveda. Arilyn se sacó un cuchillo del fajín y dio un golpe seco con la empuñadura en un punto de la grieta; luego, lo repitió un tramo más abajo. Una segunda fisura resquebrajó el vidrio y un pedazo curvo de cristal cayó sobre la elfa durmiente. Arilyn alzó con cuidado la cubierta para coger el pedazo, lo midió con una guita y quebró con los dedos un fragmento de cada extremo. Envolvió con cuidado ambas porciones y las colocó con sumo cuidado en su bolsa. Chatarrero sería capaz de calcular la edad del cristal con sólo echarle una ojeada. Una vez hecho esto, se volvió para echar una última ojeada a su antecesora.

La elfa era mucho más pequeña que Arilyn, con facciones más delicadas y huesos más finos. Las manos de largos dedos reposaban a ambos costados del cuerpo, con las palmas hacia arriba. La Arpista notó que la elfa tenía los dedos callosos y las palmas propias de un espadachín, aunque sólo en la mano izquierda, lo que le indicaba que aquélla debía de haber sido una propietaria temprana de la espada, antes de que la hoja de luna adquiriera la velocidad y el poderoso brío que exigía ambas manos para su uso.

Una indignación, fría y profunda, asaltó a la Arpista mientras bajaba con lentitud la cubierta de vidrio. No era justo que aquella noble mujer formara parte de la «colección» de un simple hombre rico, ¡ni que fuera expuesta como un objeto curioso y bonito!

«No siempre será así», se prometió Arilyn mientras salía de las cámaras del tesoro. Un día volvería para llevar a la desconocida portadora de la hoja de luna a un lugar de reposo más apropiado. Pero ahora no podía hacerlo, y menos sola.

Con la mandíbula apretada en un gesto sombrío, la Arpista regresó al pozo y se zambulló en sus aguas.

Parecía que el enano había tenido diversión. Por las arremolinadas aguas flotaban las carcasas rotas y vacías de dos crustáceos gigantes, y su contenido había sido reducido a pedazos comestibles del tamaño de un dedo. Las criaturas supervivientes se agitaban en pleno frenesí y, a juzgar por cómo estaban las cosas, el festín iba a durar varios días.

Una oleada de persistente calor hizo desviar la mirada de Arilyn hacia el fondo del pozo, donde yacía un monstruo de proporciones increíbles a través de cuyo transparente e hinchado caparazón se observaba el conflicto interno que estaba sufriendo. La criatura era lo suficientemente grande, y estúpida, para tragarse entero a un enano vivo, y habría muerto ya a causa de su error a no ser porque el enano había perdido su recién estrenada daga en la contienda. La Arpista captó de reojo un destello de la enjoyada arma, que flotaba alrededor como una ardilla presa de frenesí mientras las múltiples patas del crustáceo pateaban en todas direcciones.

Arilyn se sacó el cuchillo del fajín y se sumergió en las profundidades. El monstruo no llegó a percibir cómo se aproximaba, pues aquella terrible indigestión lo tenía bien entretenido. El crustáceo gigante giraba y se contorsionaba, a veces quedaba patas arriba y otras conseguía enderezarse. Aunque el enano no podría aguantar demasiado tiempo sin aire, estaba librando una batalla digna de los Nueve Infiernos.

Arilyn hundió el filo de su cuchillo profundamente entre dos de las placas de la carcasa del monstruo. Luego, se puso a horcajadas sobre ella y, sujetando el caparazón con las rodillas, empezó a abrirse camino a golpes de cuchillo hacia el enano. En cuando cortó la carne sorprendentemente dura y elástica del estómago, el enano salió disparado hacia arriba.

Agitando las piernas rollizas y los brazos, el enano se dirigió instintivamente en busca de aire. Arilyn lo siguió y, como nadaba más deprisa, lo adelantó antes de llegar a la abertura marcada con la daga. Una vez allí, se volvió y, cogiendo un puñado de barba con las manos, lo arrastró hacia la salida.

Emergieron en el túnel anegado de agua y salieron a la superficie. El enano se asió en las benditas rocas secas que se amontonaban en el suelo del túnel y respiró hondo varias veces de forma entrecortada. Arilyn pasó por su lado nadando y se tumbó sobre el suelo rocoso. Durante largo rato se contentó con permanecer allí tumbada para que su desbocado corazón recuperara el ritmo normal.

Al final se dio cuenta de que el enano, que todavía estaba medio sumergido en el agua, la miraba con rencor.

—Me has estirado de la barba —se quejó—. No deberías haberlo hecho.

—Bienvenido seas —saludó Arilyn con calma.

—Tú también. Me llamo Jill, por cierto.

La semielfa no habría podido esperar más palabras de agradecimiento por parte de un enano, a pesar de la riña inicial. Los enanos a menudo rehusaban decir sus nombres, ni siquiera uno tan abreviado y evidentemente falso como aquél. Arilyn se puso de pie y alargó una mano para sacar a su nuevo amigo del agua.

—¿Jill? —repitió en tono de incredulidad.

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