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Authors: Alicia Giménez Bartlett

Serpientes en el paraíso

 

En una urbanización residencial aparece flotando en la piscina el cuerpo de un joven, socio de un prestigioso bufete de abogados. El suceso conmociona a su esposa y a otras dos parejas de amigos que lo compartían casi todo en ese entorno privilegiado. Pero en cuanto Petra Delicado y su ayudante Fermín Garzón meten la nariz en el caso, empiezan a preguntarse sobre las frágiles fronteras que separan la amistad y la traición, la sinceridad y el engaño, la apariencia y la verdad.

Con
Serpientes en el paraíso
, Alicia Giménez Bartlett vuelve a hacernos cómplices de una historia de intriga que no se resuelve hasta la última página.

Alicia Giménez Bartlett

Serpientes en el paraíso

Petra Delicado - 5

ePUB v1.0

RufusFire
13.02.12

AGRADECIMIENTOS

Agradezco a Cynthia Cáceres, psicóloga especialista en enfermedades degenerativas y trastornos de la memoria, toda la valiosa información que me ha dado sobre el mal de Alzheimer, imprescindible para la elaboración de uno de los personajes de este libro.

También debo dar las gracias a Agustín Febrer Bosch, experto en armas, que escogió a su leal saber y entender las armas que tanto Petra Delicado como Fermín Garzón portarán a partir de ahora entodas las novelas que protagonicen.

1

El primer recibimiento fue una bofetada de calor, húmedo, adhesivo. El segundo no existió. Nadie fue a esperarme al aeropuerto de El Prat. A nadie avisé de mi llegada. Ésa pudo ser una buena razón que justificara el desierto humano con el que me encontré. Sin embargo, contra toda lógica, siempre se tiene la esperanza de que, al llegar, un pequeño comité agite una pancarta con tu nombre y se lance a tus brazos en señal de amistad.

Bobadas, pensé, ese tipo de cosas no pasa nunca, sobre todo a alguien como yo, que se ha convertido en celosa cancerbera de su tranquilidad. En el fondo, me sentí feliz de que nadie estuviera montando numeritos a mi costa poniéndome en evidencia ante los pasajeros de tránsito internacional.

Yo misma busco siempre la soledad. De hecho, regresaba de pasar mis veinte días de vacaciones en un lugar recóndito del mapa, el lago Vaërn, en el corazón de Suecia. Allí alquilé una cabaña de somera decoración y precio moderado y empleé el tiempo en leer, pasear, dormir, y constatar a cada instante que no hacía calor, que esa lámpara eterna del sol mediterráneo permanecía apagada allí. El sol, la pretendida bendición de los países sureños, ofrecía una tregua en aquella latitud. Todo lo que presuntamente caracterizaba a mi país: casas encaladas, comida aromática, brisa de mar, me parecía una mitología de pacotilla para atraer turistas. Agosto en España es inhumano, absurdo, agotador. El calor mata cualquier posibilidad de pensamiento y paz interior, cualquier vestigio de actitud civilizada. Por eso cogí las maletas, me largué rumbo norte y acerté.

Los suecos son los encargados de que el concepto de «paraíso» exista aún en alguna parte. Había sido una estancia deliciosa que nunca podría olvidar. El único punto que falló fue la frustración que experimenté al no llegar a ver pasar las bandadas de patos salvajes surcando los cielos en su migración anual. Era algo que deseaba vivamente. Desde que en mi infancia leí
Las aventuras de Nils Holgerson,
los patos salvajes me traen al pensamiento espacios abiertos y libertad. La autora, Sëlma Lagerloff, hace montar a Nils, un niño de corta edad, a lomos de un pato. Éste sobrevuela Suecia majestuosamente mientras Nils, confiado, observa el panorama maravilloso: bosques espesos, ríos limpios, casitas de madera... Supongo que mi mente inexperta soñó con hacer lo mismo alguna vez aunque fuera en versión española, algo así como contemplar el secarral de Castilla montada en una perdiz. En cualquier caso, la imagen se me quedó grabada y me sorprendí a mí misma intentando revivirla en Suecia, como si el tiempo no hubiera pasado y la vida fuera un juego de niños.

Cuando recuperé mi equipaje ya había empezado a sudar. Y un minuto después de que el taxi me hubiera depositado frente a mi casa de Poble Nou, ya me encontraba de vuelta en la más descarnada realidad que le aguarda a un viajero: abrir la puerta de su hogar después de un mes de ausencia. En efecto, el aire olía a polvo concentrado, el suelo del
hall
estaba alfombrado de cartas y la luz del contestador automático parpadeaba tan locamente como si avisara de una alarma nuclear. El último testigo de que alguna vez había existido allí vida inteligente era un escuálido pepino que destacaba su figura en la nevera, acusando los síntomas de la putrefacción. Coloqué una bolsa de plástico en el cubo de basura y lo tiré. Estaba perdida, ya había realizado mi primera acción cotidiana y razonable. El hecho de precipitar aquel simple pepino en ruinas marcaba el auténtico final del sueño de libertad. Ahora sí que no conseguiría avistar a los gansos salvajes, mis vacaciones habían terminado. Los demás desastres vendrían solos.

En la tarde libre que aún me quedaba, tenía que aprovechar el tiempo a fondo para lograr una mínima organización: llevar mi ropa a la lavandería, comprar comida para sustituir el pepino extinto y localizar a la asistenta para que volviera a venir regularmente. Debía, en definitiva, hacer todo lo posible para devolver a mi vida una cierta normalidad, si es que eso significa algo.

Sin embargo, por un sentido mínimo del deber —otra frase de cuyo significado auténtico dudo—, no tenía más remedio que oír todos aquellos mensajes telefónicos acumulados en el contestador. Miré la pantallita digital. Catorce mensajes. ¿Catorce?, ¿catorce recados en un mes de agosto, fecha tradicional para desaparecer? El mundo no se olvidaba de mí aunque yo intentara abandonarlo. Apreté la tecla correspondiente con tanta cautela como curiosidad. El primero correspondía a mi asistenta. Me hacía saber que se encontraba dispuesta para empezar a trabajar. Bien, un avance en mi reorganización. Luego pasé al segundo, al tercero, al cuarto, pasé todos y cada uno de ellos hasta el número catorce. No lo podía creer, el montante entero pertenecía a una sola voz y había sido efectuado en su totalidad aquella misma mañana. El sentido último de aquel mensaje universal era más o menos el mismo en cada caso: «Petra: si no ha llegado aún, debe de estar a punto de hacerlo. Llámeme en cuanto lo haga sin dilación. La necesito con urgencia en comisaría.»

La voz no se daba a conocer, seguramente porque no era necesario. ¿Qué otra persona podía tener necesidad urgente de mí si no era el comisario Coronas? Deploré su habitual estilo descuidado, la reiteración inconveniente del verbo «hacer». Aunque, reconocí, la gente suele ponerse nerviosa al dejar un recado, tanto como si estuvieran grabando ópera para la BBC. Al menos alguien había estado deseando mi vuelta, aunque no precisamente para darme un abrazo. Surgió en mí la duda: ¿le llamaba o no? Al fin y al cabo, aún me encontraba disfrutando de mi período vacacional, que no acababa hasta el día siguiente. No tenía, pues, por qué haber oído aquel grito de urgencia. Sin duda debía de tratarse de alguna cuestión irrelevante que podía solucionarse sin mi concurso; conocía bien las angustias gratuitas del comisario. Volví atrás y reflexioné, ¿tan poco imprescindible me consideraba a mí misma? Ya que ni la amistad ni el amor parecían reclamarme en Barcelona, al menos necesitaba hacerme la ilusión de que la policía no podía pasar sin mí.

Llamé. Triunfó el deber, o la estupidez, o quizá, para ser más sinceros, la vanidad.

—¡Vaya, Petra, por fin! —enfatizó Coronas como un científico frente a un hallazgo trascendental—. La he llamado cien veces. ¿Se puede saber dónde estaba?

—De vacaciones, señor. De hecho, hasta mañana todavía lo estoy.

—Me hago cargo. Le diré lo que ha de hacer: cuando llegue a comisaría, pase por el Departamento de Personal y dígales que le abonen el día de vacaciones que va a perder. Porque la necesito aquí, Petra, cuanto antes, mejor.

—¿Ha ocurrido algo grave?

—¿Usted qué cree? Todo lo que ocurre en esta ciudad es grave, Petra, lo sabe muy bien. Y en las fechas en que nos encontramos es mucho peor aún. La mitad de la plantilla está todavía de vacaciones, la otra mitad acaba de volver, con lo que andan despistados... y, encima, ¡lo del papa!

—¿Han detenido al papa?

Hizo una pausa más larga de lo normal. La aguanté sin inmutarme.

—Petra, he dicho que la necesito a usted, sus ironías pueden quedarse de vacaciones por siempre jamás.

—Me temo que van incluidas en el lote, señor.

—En mi despacho dentro de una hora. Adiós.

Puede que las vacaciones no hubieran hecho cambiar mi sentido de la ironía, pero tampoco habían cambiado el autoritarismo de Coronas. Las cosas que me había dicho no sonaban a novedad: prisas, falta de personal, proliferación de delitos en el momento más inoportuno... Sólo había una primicia de difícil clasificación: ¿qué pintaba el papa entre los desvelos del comisario? Se trataba sin duda de una originalidad, de un elemento anómalo que me estimulaba a pasar sin dilación por mi lugar de trabajo.

Me vestí, me arreglé y dije adiós a mis planes de intendencia y organización del hogar. A punto estuve de recuperar el pepino despreciado por si venían tiempos peores.

Fui en coche hasta comisaría, una mala decisión. Tras un rato de tráfico mediterráneo intenso y animado, volvía a echar de menos Suecia y su concepto nórdico de la vida. De nada me sirvió la nostalgia. Media hora después, ya con los nervios a flor de piel, desembarqué en la magnífica casa pública desde donde se combaten el delito y las fuerzas del mal.

Nada más aterrizar en el interior, mi primera visión consistió en un plano corto del subinspector Garzón peleándose con la máquina de café. Me acerqué a él exhibiendo la sonrisa de quien acaba de regresar de tierra extraña.

—¡Fermín, ¿cómo está?!

No sé por qué gasté tanta efusión, ya que todo cuanto hizo él fue saludar rutinariamente y pedirme una moneda que lograra sacar del artefacto exigente algo que se pudiera beber.

Me quedé de una pieza. Una se va, tarda un mes en volver, visita lugares alejados del planeta y todo lo que obtiene al regresar es un saludo esquemático como si sólo faltara desde el día anterior. Le di una moneda con el desdén de los treinta denarios. Sacó su café, bebió y me miró con ojos de lechuza cansada después del desvelo nocturno.

—¿Lo ha pasado bien? —se dignó preguntar.

—Muy bien, ¿y usted?

—¡Joder, ya ni me acuerdo! Llegué hace tres días y no he parado un momento. Llevo un caso yo solo, por lo visto tengo que ayudarla a usted en otro y, encima, lo del papa.

—Oiga, ¿qué coño es lo del papa?

Sin hacerme caso enfiló el pasillo camino del despacho de Coronas a toda velocidad. Yo le seguía como un periodista a un político, dando saltitos y adecuando mi paso al suyo mientras intentaba atraer su atención con preguntas breves y punteadas.

—¿Qué caso tenemos que llevar?, ¿qué caso le han encargado a usted?, ¿qué es lo del papa?

Paró por fin en seco.

—¿De verdad no sabe lo del papa?, ¿dónde se ha metido en los últimos días?

—En Suecia.

—¡El quinto coño!, ¡con razón no se ha enterado! —exclamó, reiniciando su loca carrera.

Le habría explicado con placer que Suecia no es para nada el quinto coño, sino un país ideal donde no se cometen asesinatos porque todo el mundo se suicida ordenadamente y donde no hay papas, sino únicamente atormentados pastores protestantes al estilo de Bergman, pero ni me dio tiempo a tanta especificación ni mi destino vacacional parecía importarle un pimiento. Intenté, sin embargo, ser cordial.

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