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Authors: Cornelia Funke

Tags: #Fantásia, #Aventuras

Muerte de tinta

 

En el Mundo de Tinta, Mo, el padre de Meggie, se está dedicando a proteger a las familias humildes de Umbra de su nuevo gobernador Pardillo, hermano de la esposa de Cabeza de Vívora. Pese a todo, está más preocupado por Resa, que se halla embarazada. Mientras tanto, Farid trabaja como criado para Orfeo, que ahora es rico gracias a los tesoros que hace aparecer con la lectura. Farid intenta persuadirlo de que escriba para traer de vuelta a Dedo Polvoriento, aunque Orfeo no lo hace pues disfruta de su nueva vida.Finalmente, es Resa la que consigue convencerle para que escriba, pidiéndole dos favores: que escriba para traer de vuelta a Dedo Polvoriento de entre los muertos y que consiga preparar algunas palabras que transporten tanto a Meggie y Mo, como a ella a casa de Elinor. Pero, Orfeo decide tenderle una trampa a Mo, pues se siente celoso de sus habilidades. Intenta que la Muerte lo retenga como pago por la vuelta del escupefuego (Dedo Polvoriento). La Muerte no se deja engañar por las palabras, y le propone a Mo un trato: si consigue asesinar a Cabeza de Víbora, destruyendo el libro que le hacía inmortal, ella le dejaría en paz. En cambio, si fracasaba, se cobraría con su vida junto con la de Meggie y la de Dedo Polvoriento. Y Orfeo, furioso porque su plan de destruir a Mo no había funcionado, se alía con Cabeza de Víbora para acabar con él de una vez por todas. Lo engatusa diciendo que es un mago y que puede conseguir cualquier cosa que el monarca le pida. Cabeza de Víbora se ve complacido y lo acepta entre sus filas. Para poder cumplir su acuerdo, Mo se alía con Violante (hija de Cabeza de Víbora), la cual está ansiosa por destruir a su padre. Al mismo tiempo, los bandidos evacúan a todos los niños de Umbra, pues se ha corrido el rumor de que van a enviarlos a las minas de plata. Se instalaron en una cueva durante una temporada, pero se tuvieron que marchar, debido a que alguien había alertado a los soldados de la presencia de los titiriteros. Se instalaron unos kilómetros más al norte, en un árbol lleno de nidos que se habían construido años atrás para esconder a los niños de los gigantes de las montañas. Aunque estaba en desuso, consiguen hacerlo habitable usando lianas y cuerdas. Violante, Mo y Dedo Polvoriento, se instalan junto con los niños-soldados de la princesa, en el Castillo del Lago, patria de la madre de Violante. Resa, mientras tanto, se ha escapado del campamento y se dedica a buscar a Mo, en compañía de un joven bandido llamado Recio. Tras encontrarse el cadáver de Mortola (la madre de Capricornio) consigue unas bayas llamadas La Muerte Pequeña que la transforman en golondrina, permitiéndole entrar en el castillo sin ser vista por los soldados de Cabeza de Víbora, que se hallan sitiándolo. Finalmente, Cabeza de Víbora obliga a Mo a encuadernarle otro libro, pues el anterior lo estaba pudriendo en vida. Mo se puso a trabajar, aunque esperaba que Dedo Polvoriento le trajera el libro anterior para escribir las tres palabras fatales. No fue él quien lo trajo, sino Jacopo, el hijo de Violante, el cual se había enfadado con su abuelo por la forma que tenía de tratar a su madre, que estaba encerrada en las mazmorras del Castillo del Lago.Mientras Jacopo distraia a Pifano Mo escribió las tres palabras "corazón, sangre y muerte", acabando así con la vida de Cabeza de Víbora. Cuando vuelven al campamento, se encuentran con que Elinor y Darius también habían logrado entrar en la historia de corazón de tinta. Farid le pide a Meggie que se vaya con él de ciudad en ciudad, pero ella lo rechaza, pues se había enamorado de un bandido llamado Doria, hermano de Recio Al final, Violante consigue el trono de Umbra, y se dispone a declarar la guerra a la viuda de Cabeza de Víbora. Mientras tanto, Resa tuvo un niño en una granja solitaria.

Cornelia Funke

Muerte de tinta

ePUB v1.0

CyberXaz
25.06.11

UN SIMPLE PERRO Y UNA HOJA DE PAPEL

Oíd, el paso de la noche muere

En el vasto silencio;

La lámpara de mi escritorio canta

Queda como un grillo.

Dorados sobre el estante

Brillan los lomos de los libros:

Pilares para los puentes

del viaje al país de las hadas.

Rainer Maria Rilke
,
Larenopfer

La luz de la luna cayó sobre la bata de Elinor, sobre su camisón, sobre sus pies descalzos y sobre el perro que yacía a sus pies. El perro de Orfeo. Cómo la miraba con esos ojos de sempiterna tristeza. Como si se preguntara por qué, ¡por todos los olores excitantes del mundo!, ella estaba sentada en plena noche en su biblioteca rodeada de libros silentes y con la mirada perdida.

—Sí, ¿por qué? —preguntó Elinor al silencio—. Porque no puedo dormir, perro bobo.

A pesar de todo, le palmeó la cabeza. «¡Hasta este punto has llegado, Elinor!», pensó mientras se levantaba con esfuerzo de su sillón. «Te pasas las noches hablando con un perro. Y eso que no soportas a los perros, y a éste menos porque cada uno de sus jadeos te recuerda a su abominable amo.»

Sí, se había quedado con el perro, a pesar de que despertaba recuerdos muy dolorosos, y también con el sillón, aunque la Urraca se hubiese sentado en él. Mortola… Cuántas veces creía oír su voz al adentrarse en la silenciosa biblioteca; cuántas veces veía a Mortimer y a Resa entre las estanterías o a Meggie sentada ante la ventana, un libro sobre el regazo, el rostro oculto detrás del liso cabello rubio… Recuerdos. Eso era todo cuanto le quedaba. Tan impalpables como las imágenes que evocan los libros. Pero ¿qué le quedaría si también perdía esos recuerdos? Una soledad perpetua, un corazón silencioso y vacío… y un perro feo.

Qué envejecidos se veían sus pies a la pálida luz de la luna. «¡Luz de la luna!», pensó mientras movía los dedos de sus pies. Cuántas historias había en las que poseía poderes mágicos. Todo mentira. Su cabeza estaba repleta de mentiras impresas. Ni siquiera podía mirar a la luna sin que las letras nublaran sus ojos. ¡Ojalá pudiera borrar todas las palabras del cerebro y del corazón y contemplar el mundo al menos una sola vez con sus propios ojos!

«¡Cielos, Elinor, vuelves a tener un estado de ánimo fabuloso!», pensó mientras caminaba a tientas hacia la vitrina en la que conservaba lo que Orfeo se había dejado, además de su perro. «Te bañas en la autocompasión, igual que este perro tonto en los charcos.»

La hoja de papel situada bajo el cristal protector parecía insignificante, una hoja vulgar y corriente de papel lineado, escrita con una letra apretada y tinta azul desvaída. Sin comparación con los libros espléndidamente iluminados colocados en las otras vitrinas, aunque se notaba en cada letra lo mucho que Orfeo estaba impresionado por sí mismo. «¡Espero que los elfos de fuego le hayan borrado de los labios esa sonrisa de suficiencia!», pensó Elinor mientras abría la vitrina. «¡Confío en que la Hueste de Hierro le haya ensartado… o mejor aún: que haya muerto de hambre en el Bosque Interminable muy, muy lentamente!» No era la primera vez que se imaginaba el lamentable final de Orfeo en el Mundo de Tinta. Su corazón solitario paladeaba esas imágenes más que cualquier otra cosa.

La hoja amarilleaba. Papel barato. Encima. Y en verdad a las palabras sobre él no se les notaba que habían transportado a su autor a otro mundo, justo ante los ojos de Elinor. Al lado de la hoja yacían tres fotos, una de Meggie y dos de Resa, una de la infancia y otra, tomada pocos meses antes, en la que aparecía con Mortimer. Cómo sonreían ambos. Tan felices. No transcurría una noche sin que Elinor contemplase esas fotos. Al menos mientras lo hacía las lágrimas ya no corrían por su cara, aunque persistían en su corazón. Lágrimas saladas. Lo tenía anegado hasta los bordes. Una sensación horrible.

Perdidos.

Meggie.

Resa.

Mortimer.

Habían transcurrido casi tres meses desde su desaparición. En el caso de Meggie eran incluso unos días más…

El perro se desperezó y se le acercó trotando. Restregó el hocico en el bolsillo de su bata con la certidumbre de que dentro siempre había unas galletas para el can.

—Sí, sí, vale —murmuró mientras introducía en su boca uno de esos pequeños chismes apestosos—. ¿Dónde está tu amo, eh? —le colocó la hoja de papel bajo la nariz y el ceporro la olfateó como si de hecho fuese capaz de oler a Orfeo en las letras.

Elinor clavó la mirada en las palabras, mientras las pronunciaba:
«En las callejuelas de Umbra…».
Cuántas veces durante las últimas semanas había permanecido así por la noche, rodeada de libros, que ya no significaban nada para ella desde que se había quedado sola. Los libros se negaban a hablarle, como si supieran que los habría cambiado en el acto por las tres personas a las que había perdido. Dentro de un libro.

—¡Aprenderé a hacerlo, maldita sea! —su voz sonó testaruda como la de un niño—. Aprenderé a leerlas para que también se me traguen a mí. ¡Lo conseguiré!

El perro la miraba como si creyera sus palabras, pero Elinor no las creía. No. Ella no era Lengua de Brujo. Aunque lo intentara una docena de años o más… las palabras no resonaban cuando ella las pronunciaba. No cantaban. No como ocurría en el caso de Meggie y Mortimer… o el tres veces maldito Orfeo. A pesar de haberlas amado tanto durante toda su vida.

La hoja tembló entre sus dedos cuando se echó a llorar. Ah, las lágrimas retornaban, a pesar de haberlas contenido tanto tiempo, todas las lágrimas de su corazón. De su corazón sencillamente desbordado. Elinor sollozaba tan fuerte que el perro se encogió, asustado. Qué absurdo que gotease agua de los ojos cuando lo que le dolía era el corazón. En los libros, las heroínas trágicas solían ser terriblemente hermosas. Ni una palabra sobre ojos hinchados o una nariz enrojecida. «A mí siempre se me pone la nariz roja de llorar», pensó Elinor. «Seguramente por eso no aparezco en ningún libro.»

—¿Elinor?

Se volvió bruscamente, enjugándose a toda prisa las lágrimas del rostro. Darius estaba en la puerta, con la bata demasiado grande que ella le había regalado por su último cumpleaños.

—¿Qué pasa? —le espetó con aspereza. ¿Dónde demonios estaría el dichoso pañuelo? Sorbiendo, se lo sacó de la manga y se sonó la nariz—. Tres meses, llevan tres meses ausentes, Darius. ¿No es motivo suficiente para llorar? Sí. No me mires tan compasivo con esos ojos de buho. Da igual cuántos libros compremos —señaló con ademán ampuloso las estanterías repletas de libros—, da igual cuántos adquiramos en subastas, cambiemos, robemos… ni uno sólo de ellos me cuenta lo que anhelo saber. Miles de páginas, y ninguna dice una palabra de aquellos de quienes me gustaría oír algo. ¿Qué me importan todos los demás? ¡Sólo quiero escuchar su historia! ¿Cómo estará Meggie? ¿Y Resa? ¿Y Mortimer? ¿Serán felices, Darius? ¿Vivirán todavía? ¿Volveré a verlos algún día?

Darius deslizó su mirada por los libros, como si pudiera encontrar la respuesta en alguno de ellos. Pero después enmudeció, igual que las páginas impresas.

—Te prepararé un vaso de leche con miel —dijo al fin, y desapareció dentro de la cocina.

Y Elinor volvió a quedarse sola con los libros, la luz de la luna y el horrendo perro de Orfeo.

SOLAMENTE UN PUEBLO

The wind was a torrent of darkness among the gusty trees,

The moon was a ghostly galleon tossed upon cloudy seas,

The road was a ribbon of moonlight over the purple moor,

And the highwayman came riding-riding-riding

The highwayman carne riding, up to the old inn-door.

Alfred Noyce
,
The Highwayman

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