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Authors: Kurt Vonnegut

Tags: #Ciencia Ficción, Humor, Relato

Madre Noche (3 page)

—¿No lo soy?

—Si cualquier miembro de mi pelotón de la S.S. hubiese hablado de esa manera tan amistosa sobre los judíos ¡lo habrían mandado fusilar por traición! —dijo Arpad—. Goebbels debió despedirlo a usted y contratarme a mí como azote radiofónico de los judíos. ¡Yo sí que habría levantado ampollas en todo el mundo!

—Usted ya hacía lo suyo con su pelotón de la S.S.

Arpad estaba radiante, resplandecía recordando sus días en la S.S.

—¡Y qué bien representaba el papel de ario!

—¿Nadie sospechó de usted?

—¿De mí? ¿Cómo podían atreverse? Yo era un ario tan puro y terrorífico que hasta me encargaron una tarea especial: la misión de averiguar cómo los judíos se enteraban siempre de lo que estaban por hacer las S.S. Había un escape por algún lado y teníamos que detenerlo.

—¿Lo consiguió?

—Tengo el placer de informarle que fusilaron a catorce hombres de la S.S. por recomendación nuestra —dijo Arpad—. Adolf Eichmann en persona nos felicitó.

—¿Vio a Eichmann alguna vez?

—Sí; pero siento decirle que en aquel momento yo no sabía lo importante que era.

—¿Y por qué lo siente? —le pregunté.

—Porque de saberlo entonces, lo habría matado.

4. Correas de cuero

Bernard Mengel, el judío polaco que monta guardia desde la medianoche hasta las seis de la mañana, es un hombre de mi edad. Durante la Segunda Guerra Mundial salvó su vida haciéndose pasar por muerto de tal manera que un soldado alemán le arrancó tres dientes sin sospechar siquiera que Mengel no era un cadáver auténtico. El soldado quería sus tres coronas de oro.

Las obtuvo.

Mengel dice que aquí, en la cárcel, hago mucho ruido al dormir; que me sacudo y hablo durante toda la noche.

—Usted es el único hombre, que yo sepa —me dijo Mengel esta mañana—, que esté tan lleno de remordimientos de conciencia por lo que hizo en la guerra. Todos los demás, no importa del lado que estuvieran, no importa lo que hayan hecho, se mantienen firmes en la seguridad de que un hombre bueno no podría haber actuado de otra manera.

—¿Y qué le hace pensar que me remuerde la conciencia?

—La forma en que duerme; la manera de soñar que tiene. Ni siquiera Hoess dormía así. Durmió como un santo hasta el último momento.

Mengel habla de Rudolf Franz Hoess, el comandante del campo de concentración de Auschwitz. Bajo su tierno cuidado, literalmente millones de judíos marcharon a la cámara de gas. Mengel sabía algo acerca de Hoess. Antes de emigrar a Israel en 1947, Mengel ayudó a ahorcarlo.

Y no con su sola presencia. Lo hizo con sus dos enormes manos.

—Cuando lo colgamos, yo le puse la correa alrededor de los tobillos y la ajusté bien tirante.

—¿Le produjo eso alguna satisfacción?

—No; yo era casi como todos los que estuvieron en esa guerra.

—¿Qué quiere decir? —le pregunté.

—Que llegué a convertirme en alguien incapaz de sentir nada. Cada trabajo era un deber que cumplir y nada más; ninguno era peor o mejor que otro... Después que terminamos de colgar a Hoess, hice la maleta y me fui a casa. El cierre de mi maleta estaba roto, así que la sujeté con una gruesa correa de cuero. En una hora hice la misma acción dos veces: una vez con Hoess y otra con mi maleta. Ambos trabajos fueron para mí casi lo mismo.

5. "La última prueba"

Yo también conocí a Rudolf Hoess, comandante de Auschwitz. Lo encontré en una fiesta de fin de año en Varsovia, durante la guerra, a principios de 1944. Hoess se enteró de que yo era escritor, me llevó aparte y me dijo que desearía saber escribir.

—¡Cómo envidio a los creadores! —me dijo—. El poder de creación es un don de los dioses.

Hoess agregó que tenía algunas maravillosas historias, absolutamente verídicas, pero que la gente no las creería.

No se animó a narrármelas. Me dijo que lo haría cuando ganasen la guerra. Después de la guerra, me aclaró, podríamos colaborar juntos.

—El problema es que puedo hablar, pero no puedo escribir —me miró, en espera de mi compasión—. Cuando me siento a escribir —confesó—, me quedo helado.

¿Qué hacía yo en Varsovia?

Me había enviado a esa ciudad mi jefe, el
Reichsleiter
doctor Paul Josef Goebbels, jefe del Ministerio alemán de Educación Popular y Propaganda. Como yo poseía cierta habilidad para la dramaturgia, el doctor Goebbels quería que la usara. El doctor Goebbels pretendía que escribiese un espectáculo en honor de los soldados alemanes que habían dado su última prueba de devoción por la causa —es decir, que habían muerto— al dominar el levantamiento de los judíos en el ghetto de Varsovia.

El doctor Goebbels soñaba con producir ese espectáculo en la propia Varsovia, todos los años después de la guerra, y dejar que las ruinas del ghetto quedasen perennemente como su escenario natural.

—¿Participarán judíos en el espectáculo? —le pregunté.

—Por supuesto —respondió—. Miles.

—¿Me permite preguntarle, señor, dónde espera encontrar tantos judíos después de la guerra?

Captó el humor de mi pregunta.

—Muy buena pregunta —se rió—. Tendremos que arreglar eso con Hoess.

—¿Con quién?

Yo no había estado antes en Varsovia y nunca había tenido oportunidad de encontrarme con el hermano Hoess.

—Hoess tiene a su cargo una pequeña casa de salud para judíos en Polonia —dijo Goebbels—. Debemos asegurarnos y advertirle que nos conserve algunos.

¿Podrá agregarse a mi lista de crímenes de guerra el guión de aquel espectáculo atroz? No, a Dios gracias. Jamás llegué a hacer otra cosa que darle título: «La última prueba».

Admito, sin embargo, que probablemente lo habría escrito si hubiese dispuesto de tiempo y si mis superiores me hubiesen presionado bastante.

En realidad, estoy dispuesto a admitir casi todo.

Acerca del espectáculo: tuvo un resultado muy peculiar. Hizo que el discurso de Abraham Lincoln en Gettysburg llamase la atención de Goebbels y, luego, del propio Hitler.

Goebbels me preguntó de dónde había sacado el título, así que le traduje al alemán el discurso de Gettysburg completo.

Lo leyó, moviendo los labios todo el tiempo.

—¿Sabe? —me dijo—. Esta es una hermosa muestra de propaganda. Nunca nos hemos atrevido a ser tan modernos. Nunca hemos adelantado con respecto al pasado tanto como nos gustaría creer.

—Es un discurso muy famoso en mi país; todos los colegiales lo saben de memoria.

—Echa de menos Norteamérica, ¿verdad?

—Echo de menos las montañas, los ríos, las amplias planicies, los bosques... Pero nunca podría ser feliz allá, con los judíos adueñados de todo.

—De eso también nos encargaremos a su debido tiempo —dijo.

—Vivo para ver ese día. Mi esposa y yo lo ansiamos.

—¿Cómo está su esposa?

—Perfectamente; gracias.

—¡Hermosa mujer!

—Le diré lo que usted ha dicho. La complacerá mucho.

—En cuanto a este discurso de Abraham Lincoln... —dijo.

—¿Señor?

—Hay en él frases que podrían usarse con mucha eficacia en las dedicatorias de los cementerios militares alemanes. Francamente, le confieso que no creo estar más afortunado en la mayoría de mis piezas oratorias fúnebres... Pero esto parece tener la dimensión extra que he estado buscando. Me gustaría mucho enviárselo a Hitler.

—Lo que usted diga, señor —dije.

—Este Lincoln no era judío, ¿verdad?

—Desde luego que no —contesté.

—Sería embarazoso sí resultara que lo fue, ¿comprende?

—Nunca he oído a nadie sugerirlo siquiera.

—«Abraham» es un nombre bastante sospechoso, en todo caso... —dijo Goebbels.

—Estoy seguro de que sus padres no se dieron cuenta de que era un nombre judío. Les debió haber gustado el sonido. Eran gente sencilla, de la frontera. De saber que el nombre era judío, le aseguro que le habrían puesto algo más norteamericano, algo así como George o Stanley o Fred.

Dos semanas después Hitler devolvió el discurso de Gettysburg. Prendida en la parte superior venía una nota del propio Führer. «Algunas de sus partes casi me hacen llorar —escribió— Todos los pueblos del Norte somos uno solo en nuestros sentimientos por los soldados. Ese es, quizá, el lazo que más íntimamente nos une.»

Extraño; nunca sueño con Hitler, Goebbels, Hoess, Goering o cualquiera de los otros esperpentos de la Segunda Guerra Mundial. Sueño con mujeres. Le pregunté a Bernard Mengel, el guardián de mis noches aquí en Jerusalén, si tenía idea acerca de mis sueños.

—¿Anoche?

—Cualquier noche.

—Bueno, anoche mismo soñó con mujeres. Repetía mucho dos nombres.

—¿Cuáles?

—Helga era uno.

—Mi esposa.

—El otro era Resi.

—La hermana menor de mi esposa. Sólo sus nombres... Eso es todo.

—Usted dijo «adiós».

«Adiós», repetí como un eco. Ciertamente, aquello tenía sentido. Lo soñara o no, tanto Helga como Resi se habían marchado para siempre.

—Y también hablaba de Nueva York. Murmuró algo y luego dijo «Nueva York»; después volvió a murmurar alguna otra cosa.

También eso tenía sentido; como lo tiene la mayoría de lo que sueño. Viví en Nueva York por un largo tiempo antes de venir a Israel.

—Nueva York debe de ser el cielo —dijo Mengel.

—Quizá lo será para usted; para mí, era el infierno.

—¿Y puede haber algo peor que el infierno?

—El purgatorio —contesté.

6. El Purgatorio

Respecto a ese purgatorio mío en la ciudad de Nueva York: lo padecí durante quince años.

Desaparecí de Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial. Reaparecí —nadie me reconoció— en Greenwich Village. Allí alquilé un apartamento deprimente en la azotea de un edificio. Las ratas chillaban y arañaban las paredes. Seguí viviendo en esa buhardilla hasta hace un mes, cuando me trajeron a Israel para el juicio.

Pero había algo agradable en mi buhardilla ratonera. La ventana del fondo daba a un pequeño parque privado, un minúsculo Edén formado por la conjunción de los fondos de varias casas. Ese parque, ese Edén, quedaba aislado de las calles por los edificios circundantes.

Era lo bastante grande como para que los niños de la vecindad jugaran al escondite en él.

A menudo oía un grito que provenía de aquel pequeño Edén; un grito de niño que siempre me detenía a escuchar. Era el dulce y triste grito que significaba la terminación del juego del escondite: los que todavía permanecían escondidos debían salir de sus escondites y ya era la hora de volver a casa.

El grito era: ¡Li-li-liii-breees tooo-dos!

Y yo escondido de mucha gente que quizá pretendiese herirme o matarme, deseaba que alguien también me gritase lo mismo y acabase aquel interminable juego mío del escondite con un dulce y triste.

—¡Li-li-li-liii-breeees tooo-dos!

7. Autobiografía

Yo, Howard W. Campbell, Jr., nací en Schenectady, Nueva York, el 16 de febrero de 1912. Mí padre, criado en Tennessee e hijo de un pastor bautista, era ingeniero en el Departamento del Servicio de Ingeniería de la General Electric.

La misión del Departamento del Servicio de Ingeniería consistía en instalar, mantener y reparar el equipo pesado que la General Electric vendía por todo el mundo. Al principio, el puesto de mi padre cubría solamente el territorio nacional. Rara vez estaba en casa y su trabajo le exigía formas tan variadas de pericia técnica que le quedaba escaso tiempo y poca imaginación para cualquier otra actividad. El hombre era el trabajo y el trabajo era el hombre.

El único libro no técnico que alguna vez le vi leer era una historia ilustrada de la Primera Guerra Mundial. Un libro enorme, con láminas de unos treinta centímetros de alto y casi medio metro de ancho. Aunque no había estado en la guerra, mi padre jamás se cansaba, al parecer, de mirar aquel libro.

Nunca me dijo lo que aquella lectura significaba para él; tampoco yo se lo pregunté jamás. Todo lo que me dijo una vez fue que no se trataba de un libro para niños; que no debía mirarlo.

Por lo tanto, yo lo miraba siempre que me quedaba solo. Láminas de hombres colgados de alambres de púas, mujeres mutiladas, cuerpos apilados como leña: todo el aparato habitual de las guerras mundiales.

Mi madre se llamaba Virginia Crocker de soltera. Hija de un fotógrafo especializado en retratos, era ama de casa y violonchelista aficionada. Tocaba el celo en la Orquesta Sinfónica de Schenectady, y alguna vez soñó con que también yo tocara ese instrumento.

Fracasé como violonchelista porque, al igual que mi padre, carezco en absoluto de oído para la música. No tuve hermanos ni hermanas, y mi padre, como dije antes, estaba rara vez en casa. Así es que fui la principal compañía de mi madre durante muchos años. Mi madre era una mujer muy bella, inteligente y morbosa. Creo que casi siempre estaba ebria. Recuerdo que una vez llenó un platito con una mezcla de alcohol medicinal y sal de mesa. Lo colocó sobre la mesa de la cocina, apagó todas las luces y me sentó frente a ella, del otro lado de la mesa.

Y luego aproximó un fósforo a aquella mezcla. La llama brotó de un color casi amarillo puro; una llama de sodio que me la mostró como un cadáver y me hizo aparecer también a mí como un cadáver ante ella.

—Esto —me dijo— es lo que pareceremos cuando estemos muertos.

Aquella extraña demostración no sólo me asustó a mí; la asustó también a ella. Mi madre se asustó de sus propias rarezas y a partir de ese momento dejé de ser su compañero. Desde aquel día rara vez me hablaba... Me separó completamente de ella; estoy seguro de que fue por temor de hacer o decir alguna locura mayor.

Todo esto sucedió en Schenectady, antes de que yo cumpliese diez años.

En 1923, cuando ya tenía once años, destinaron a mi padre a la oficina de la General Electric en Berlín. Desde entonces mi educación, mis amigos y mi idioma principal fueron alemanes.

Y al final me convertí en autor en lengua alemana, y tuve una esposa alemana: la actriz Helga Noth. Helga Noth era la mayor de las dos hijas de Werner Noth, jefe de policía de Berlín.

Mi padre y mí madre abandonaron Alemania en 1939, cuando empezó la guerra.

Mi esposa y yo nos quedamos en el país.

Hasta que terminó la guerra, en 1945, me gané la vida como escritor y locutor de radio, dedicado a emitir propaganda nazi para el mundo de habla inglesa. Yo era el experto en problemas estadounidenses en el Ministerio de Cultura Popular y Propaganda.

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