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Authors: Kenneth Robeson

Tags: #Aventuras, Pulp

La tierra del terror (20 page)

—Pues ahora estate quieto —aconsejó Renny—. En cambio fíjate lo que están haciendo estos bandidos.

En efecto, uno de los bandidos estaba colocando en el camino que seguían una ametralladora, cuyo gatillo sujetó con el extremo de un bejuco.

—Eso es una trampa para Doc, en caso de que diera con nuestro rastro —dijo Johnny.

—Pues están arreglados si pretenden cazarlo con esos juegos —afirmó Monk—. Yo me encargo de avisar a Doc del peligro.

Y diciendo esto, arrastró un instante los pies en el suelo, produciendo una honda huella. Doc sabría seguramente lo que esto significaba.

Mientras tanto, Doc había dado con el rastro que dejara tras sí, sus amigos y sus captores y se dispuso a seguirlo.

Doc sabía que su enemigo deseaba ser perseguido. Probablemente lo prepararía una trampa. Confiaba que su excitación por la captura de sus amigos le embotaría los sentidos.

Pero el descubrimiento sólo le sirvió para aguzar sus potencias de observación.

Se mantuvo bien alejado del rastro, siguiéndolo guiado por las señales más vagas, que le eran perceptibles gracias a su aguda vista.

Apareció un macizo de espinos. Viendo que el rastro de los hombres de Kar y de sus amigos cautivos se perdía por sí mismo, Doc se acercó, furtivamente, para investigar.

—No piensan desaprovechar ocasión —murmuró, sombrío.

Porque, durante un buen trecho macizo adentro, las espinas se veían cubiertas de una substancia achocolatada.

Sin duda se trataba de un veneno mortal.

Era la primera de las trampas de Kar.

Doc siguió adelante, sin abandonar su cautela.

Los hombres de Kar habían llevado a sus prisioneros por el costado del cráter, región que Doc no había explorado todavía. Caminaban tan en línea recta como les era posible. Dijérase que se dirigían a un lugar determinado.

Los ojos dorados de Doc descubrieron las huellas de Renny, Monk y Ham en un punto. Las pisadas de Long Tom y Johnny aparecieron poco después.

Ninguno de ellos parecía herido.

Por lo menos, sus pisadas no tenían la profundidad desigual ni era la distancia entre ellas lo irregular que hubiera sido de esperar en hombres mal heridos.

Oliver Wording Bittman iba a la zaga de todo el grupo. No obstante, sus huellas parecían normales también.

Pero Doc sabía que tendría que darse prisa. Estaba convencido de que a sus amigos se les conservaba vivos con un fin tan sólo: el de usarles como cebo para hacerle caer en una trampa.

Mejor dicho, en una serie de trampas. Porque vio, de pronto, una planta trepadora que cruzaba el camino.

La planta presentaba una rigidez algo anormal.

Investigó. Un extremo de la gigantesca liana estaba sujeto al gatillo de una ametralladora. De haberla tocado siquiera, le hubiese acribillado una lluvia de balazos.

Desató la planta y se llevó la ametralladora para usarla contra Kar si era necesario.

Un poco más adelante se encontró con una fosa en la que, de todas formas, no era fácil que se hubiera matado, teniendo en cuenta la velocidad de sus movimientos y agilidad de sus miembros.

Una celada más peligrosa le aguardaba a continuación.

Doc observó una señal rara, como de arrastrar pies, hecha por Monk a intervalos irregulares.

—¡Buen chico! —sonrió Doc.

El hombre de bronce avanzó más aprisa al darse cuenta de la precaución de su amigo.

El terreno era, por allí, más elevado que en ningún otro punto del interior del cráter, excepción hecha tan sólo, de la orilla del lago de fango.

Y la persistente neblina de aire caliente húmedo le impedía ver muchos detalles.

La selva empezó a hacerse menos densa. Aparecieron, de vez en cuando, claros; luego praderas, cubiertas de una hierba basta.

El terreno parecía menos esponjoso.

Surgió ante él una masa de roca. Se encontraba próxima al escarpado farallón, de cerca de dos millas de altura, formado por la pared del cráter.

Sin duda se habría desprendido muchos siglos antes.

A Doc, la roca le parecía tan grande como un buen trozo de Gibraltar. Había otras detrás de la primera, casi tan grandes.

Las huellas serpenteaban entre ellas. Doc se mantuvo unos cien metros a un lado, alerta por si le esperaba una emboscada. Llegó a una roca de superficie ondulada. Las ondulaciones ofrecían cierta protección, y se subió a la roca para echar una mirada a su alrededor.

Y vio el aeroplano de Kar.

El aparato era anfibio, podía aterrizar sobre agua o tierra. Tenía dos motores de gran potencia. La cabina tenía cabida para ocho o nueve personas.

Dos grandes bloques de piedra, inclinados, formaban un hangar natural.

Se emplearon muchos gruesos troncos para construir una valla que impidiese la entrada a los carnívoros más pequeños.

La caverna entre los dos bloques de roca era demasiado pequeña para que pudiese entrar el gigantesco tiranosaurio, el rey de los reptiles carniceros.

La obra de construcción debió efectuarse hacía meses.

—Kar construyó este hangar en su viaje anterior —murmuró Doc.

Descendiendo de la roca, se aproximó al aeroplano. Nadie le molestó. Era probable que Kar no tuviese más de tres hombres supervivientes. A lo menos, sólo tres de ellos capturaron a sus amigos.

¿Cómo era posible que tres pistoleros capturasen a sus hombres? Doc sintió sospecha desagradables. Investigó el aparato. Halló unas cuantas provisiones encajonadas en la cabina. Resultaron ser artículos en conserva y frutas secas.

Aunque tenía apetito y sólo comió carne desde que entró en el cráter, no tocó los alimentos. Conocía de qué maneras sutiles era posible administrar un veneno.

Abandonó el extraño hangar. Las altas hierbas del exterior de las puertas macizas absorbieron su bronceada figura.

El cuartel general del enemigo no podía estar lejos. Empezó a buscarlo.

Sus hombres estarían prisioneros allí, pues no se hallaban en el hangar.

A lo lejos, como leves puntitos en el día sombrío dentro del cráter, los temibles reptiles, parecidos a murciélagos, todavía volaban en círculo.

Probablemente no abandonaron el macizo espinoso; eran más tenaces de lo que se imaginó.

Una bestia prehistórica emitió una serie de gritos horripilantes; otros reptiles recogieron los ecos y, durante un momento, reinó un horrible tumulto que recordaba a la horrorosa noche anterior.

Luego sucedió un silencio relativo.

Aquella tierra de terror situada dentro del cono de la isla del Trueno era, en verdad, un lugar espeluznante.

Doc se topó de improviso con sus amigos aprisionados. Se encontraban prisioneros dentro de otra cueva natural formada por dos bloques de piedra macizos.

Oyó primero unas voces.

—Haced el menor movimiento… y sois hombres muertos.

Hablaba uno de los secuaces de Kar.

La gigantesca figura de Doc se acercó con cautela y observó la boca de la cueva y el terreno de su alrededor.

—Lo atacaré —dijo la voz de Monk—. No puede liquidarnos a todos.

Evidentemente, un solo hombre vigilaba a los prisioneros.

—No hace falta todavía —murmuró Renny.

—Deja que sea Monk el héroe —terció Ham.

—¿No veis la intención de ese tuno? —preguntó Long Tom—. Nos usan como cebo para cazar a Doc.

—Cebo o no cebo —intervino Johnny—. Doc sabe cuidarse. Y si salimos y nos achicharran, seguiremos siendo cebo. Soy partidario de que esperemos un poco a ver lo que sucede.

Bien hablado —gruñó la voz del pistolero de Kar—. Portaos bien y os trataremos decentemente. No tenemos intención de mataros. Os dejaremos en el cráter, cuando nos marchemos con nuestro aeroplano.

El gángster lanzó una sonora carcajada. Conocía por experiencia que la vida en el cráter sería un verdadero infierno. Era imposible imaginarse un domicilio más peligroso.

—Me entran ganas de acometerlo —murmuró Monk.

—Pura fanfarronería —se mofó Ham—. ¿Qué estarán haciendo a Oliver Wording Bittman?

—¡Quién sabe! —respondió Renny—. Se lo llevaron poco después de encerrarnos aquí. No alcanzo a explicarme el motivo.

Monk gruñó furioso:

—Todavía me intriga cómo nos atraparon, habiendo quedado Johnny de guardia. De haber sorprendido al picapleitos, comprendería cómo pudieron encañonarnos antes de que pudiésemos defendernos. Pero la manera como…

—Callaos —gritó el pistolero de Kar, cansado de la conversación.

Monk continuó: —… pero la manera cómo…

—Cállate, orangután —gruñó el pistolero—. Ya estoy hartándome de vigilar tu cara de mico.

Ham se echó a reír.

—A ti te hablo, también —continuó el guardián.

Sucedió un silencio en la cueva.

Doc esperó un rato más. Su cerebro funcionaba con rapidez. Sus cinco amigos permanecían prisioneros en la cueva. Pero Oliver Wording Bittman, estaba en alguna otra parte. Decidió buscarlo, pues sus compañeros no corrían peligro por el momento.

Alejose de la caverna, oculto por la hierba que se elevaba sobre su cabeza.

Encontró un pequeño montículo.

Iba a dar un rodeo, cuando un secreto presentimiento le obligó a detenerse y mirar. ¡Era una tumba!

Sobre una especie de lápida de piedra había un nombre y una breve inscripción que decía:

«Aquí yace GABE YUDER

Murió pisoteado por un tiranosaurio»

Al examinar la tumba, vio que tenía varios meses.

El hombre de bronce permaneció inmóvil durante un rato y su impresionante quietud le dio aspecto de estatua de metal.

Unos hombres que se aproximaban llamaron la atención de Doc Savage, mientras contemplaba la tumba.

—Probablemente no tuvo tiempo de llegar aquí todavía —dijo una voz tosca.

—Tú no conoces a ese demonio de bronce —gruñó el otro—. Os repito que tal vez ya esté por aquí cerca, esperando atacarnos por sorpresa.

—Escucha —se burló el primero que habló—. Ése pájaro no pasó por las trampas que dejamos, especialmente las espinas envenenadas. Y tampoco por el sitio donde dejamos la ametralladora lista para acribillarle.

—Pero supón…

—Boberías. Si viene aquí, nos encontrará con los ojos bien abiertos.

—Quizá sea demasiado listo para intentar seguirnos la pista. Es posible que decida que se las arreglen sus hombres. ¿Qué sucederá entonces?

—Tanto mejor. Nos marcharemos y los dejaremos aquí. Quedarán donde nunca volverán a molestar a Kar.

—Pero no puede descubrir el lugar de donde extraemos nuestra nueva provisión del Humo de la Eternidad. Dicen que ese demonio bronceado es un químico. Hasta un químico de pacotilla como tú, pudo fabricar una nueva partida de Humo de la Eternidad, después que Kar te indicó la manera de hacerlo.

—¿Quién es un químico de pacotilla? —rugió el otro, ofendido—. Cuidado con esa lengua. Después de Kar, yo soy aquí el amo. No toleraré…

—No te sulfures. Conozco que eres un as en ciertas cosas, pero eres un químico mediocre. ¿Y si ese sujeto de bronce descubre la manera de fabricar el Humo de la Eternidad? Disponiendo de bastante cantidad, podría perforar un túnel por el costado del cráter. Saldría…

—¿Y qué, si sale? Kar reuniría otra banda. No ocurriría, lo de antes. Doc Savage no tendría la menor probabilidad de vencer al jefe.

—Quizá —murmuró el otro, escéptico—. Pero yo estaría más tranquilo si tuviese a ese demonio de bronce delante de mi ametralladora un solo minuto. ¡Ojalá tuviese yo esa ocasión!

La tuvo casi antes de que terminase de pronunciar las palabras.

¡Doc Savage se irguió!

El bravucón profirió un grito de sorpresa y terror y cayó de bruces sobre la hierba.

Doc, que jamás disparaba a nadie a no ser que fuese en defensa propia o de inocentes, esperó a que el fanfarrón levantase el arma que llevaba, pero el individuo huyó raudo como una liebre.

El segundo pistolero era más valeroso. Levantó su pistola ametralladora al mismo tiempo que Doc Savage disparaba la suya.

El pistolero cayó sobre su arma, con la frente atravesada por una bala.

Doc Savage se dirigió rápidamente hacia la cueva donde sus amigos estaban prisioneros. Debía evitar que el pistolero, excitado, intentase matarlos.

—¿Qué pasa? —gritaba el guardián de la cueva—. ¿Qué sucede ahí fuera?

Doc se acercó a un metro de la cueva. Imitando la voz del pistolero de Kar que acababa de morir, exclamó:

—¡Hemos atrapado al pájaro de bronce, a ver cómo lo liquidamos!

—¡Voy! —respondió el individuo de la caverna.

Topó con un par de manos bronceadas que le parecieron más grandes y más terribles que el cráter de la isla del Trueno.

Y los ojos bronceados era aún peores: radiaban la muerte.

El individuo echó mano a su pistola y disparó unos tiros con errónea trayectoria. ¡Entonces se les descoyuntó el cuello!

Murió de una manera fulminante, sin dolor, pues las manos de Doc se mostraron más compasivas que sus endurecidos corazones.

Los cinco aventureros prisioneros salieron corriendo de la cueva.

—¿Atrapaste a Kar? —preguntó Ham.

—No —respondió Doc—. ¿Lo habéis visto?

—Todavía no. Se llevaron al pobre Bittman a Kar. A lo menos, eso dijeron. Ignoro…

Alzando el brazo, Doc contuvo el torrente de palabras de Ham. Luego, al oír todos ellos lo que los agudos oídos de Doc percibieron primero, el horror hizo presa en ellos.

El aeroplano de Kar despegaba. Los motores estaban ya en marcha.

Doc Savage abandonó el lugar con la rapidez de una centella. No pronunció ni una palabra; ni tampoco era necesario. Sus hombres conocían que, si aquel aeroplano despegaba, les esperaba una suerte horrible. Quizás tardarían años en escapar del interior de la isla del Trueno.

Los cinco compañeros le siguieron.

Al llegar al improvisado hangar situado entre dos masas de piedra, mayores que un rascacielos, Doc divisó al aeroplano.

Estaba en movimiento. La cola despegaba ya. Otros cuatrocientos metros más y el aparato se remontaría. Distinguió con claridad las facciones del hombre que lo conducía.

¡Kar piloteaba el aeroplano!

Doc viró a la izquierda, aumentando su velocidad, aunque avanzaba más veloz de lo que era humanamente posible. Intentaba interceptar al aeroplano.

Kar comprendió su intención y con un fuerte golpe desvió el timón. El aeroplano viró un poco, pero no pudo torcer lo suficiente para eludir a Doc.

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