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Authors: Louise Cooper

Tags: #Fantasía

LA PUERTA DEL CAOS - TOMO III: La vengadora

 

Los dioses del Orden responden a la súplica del Sumo Iniciado y tienden una trampa para acabar con la usurpadora Ygorla, la hija del demonio Narid-na-Gost. Pero el plan del Orden se ve en peligro cuando Karuth, una solitaria rebelde del Círculo de adeptos, invoca a un poder más tenebroso… y Tarod del Caos regresa al mundo de los mortales.

Para él, Ygorla es un asunto secundario. Los señores del Caos y del Orden tienen que dirimir un conflicto más personal; y ni los unos ni los otros sentirán compasión de los mortales que se interpongan en su camino.

Pero mientras tanto, la usurpadora llega al Castillo de la Península de la Estrella y el Círculo de adeptos no tiene más remedio que darle la bienvenida. Una vez allí, Ygorla no vacila en someter a chantaje a los mismos dioses, al tiempo que proclama a los cuatro vientos que no se contentará con dominar únicamente el mundo de los mortales…

Louise Cooper

La vengadora

LA PUERTA DEL CAOS - TOMO III

ePUB v1.1

Mística
12.06.12

T. Original:
The Avenger
(
The Chaos Gate Trilogy, book 3
)

Louise Cooper, 1991.

Traducción: José López Jara

Diseño/retoque portada: Mística

Editor original: Mística (v1.0 a v1.1)

ePub base v2.0

Para Jane Johnson,

con mi agradecimiento por tanta ayuda,

entusiasmo y amistad.

Capítulo I

E
ra tarde, pero la veintena de personas que todavía permanecían en el comedor no tenían ganas de abandonarlo. El fuego que ardía en la gran chimenea había sido avivado de nuevo, las cortinas estaban echadas para protegerse del duro clima invernal y era mucho más agradable seguir allí sentados, pasando el tiempo en buena compañía y con unas cuantas botellas de vino, que afrontar los pasillos helados y poco iluminados del Castillo para irse a dormir.

La mayoría de los presentes eran adeptos superiores del Círculo, entre ellos el Sumo Iniciado Tirand Lin, pero cuando se formó un amplio semicírculo de sillas en torno a la chimenea, a una distancia respetuosa del enorme calor del fuego, también se unieron al grupo dos no iniciados. Shaill Falada, Matriarca de la Hermandad, estaba cómodamente amodorrada. La luz del fuego suavizaba las arrugas de preocupación que le surcaban el rostro, y su piel, cuyo moreno meridional contrastaba con la tez más pálida de los moradores del Castillo, mostraba una viveza cálida y rubicunda. Frente a la Matriarca, y al lado del Sumo Iniciado, se hallaba sentado un hombre alto, de rostro serio y austero, bastante más joven de lo que a primera vista podría desprenderse de su blanca cabellera. A todos los efectos, no era más que un marinero naufragado en la Península de la Estrella durante una galerna y que ahora se encontraba en el Castillo recuperándose; sólo tres personas del grupo conocían su verdadera identidad, y habían prometido obedecer su orden de no revelar la verdad a sus colegas. Ailind, señor del Orden y hermano de Aeoris, tenía sus motivos para querer mantener en secreto su presencia en el mundo de los mortales, y, aunque había cultivado la amistad de los adeptos, también se había cuidado de no ejercer su influencia, al menos en público.

Los criados se habían llevado los restos de la cena, y la charla del grupo había ido tocando una serie de tópicos sin importancia. En los últimos días, habían tenido poco tiempo, y menos ganas, para el ocio, y aquellas reuniones nocturnas se habían convertido en un pequeño y precioso oasis de relativa paz. Ello no quería decir que la crisis que amenazaba al mundo pudiera ser olvidada o dejada de lado ni siquiera durante aquel breve lapso, ni mucho menos, porque poca duda quedaba de que Ygorla, la usurpadora y autoproclamada emperatriz, mantenía un dominio sobre la tierra que ningún poder mortal podía quebrar. Pero el Castillo de la Península de la Estrella era el único bastión que Ygorla y su demoníaco padre no podían invadir a voluntad. Aquí, el Círculo, y quienes con él se habían refugiado, estaba seguro, y hasta el momento su labor había consistido en mantener esa seguridad y en proteger de los ataques de Ygorla a los principales protagonistas de la lucha contra ésta. La forzosa inactividad no agradaba a la mayoría de los adeptos; los más impetuosos habrían preferido entablar combate, físico o mágico, con la hechicera, mientras que aun aquellos más prudentes se mostraban inquietos por el hecho de que hasta el momento su estrategia parecía consistir en poco más que un intercambio de cartas cuidadosamente redactadas entre el Círculo y la usurpadora. Sólo durante aquellos breves interludios, como el ojo en calma en el corazón de una tormenta, hacían un esfuerzo para sacudir sus frustraciones y sus dudas, y aparentar durante un rato que la vida volvía a la normalidad.

Sin embargo, el interludio no podía durar. Incluso en aquellas reuniones, siempre había alguien que, deliberadamente o no, introducía la nota amarga, el súbito recordatorio de que la fría realidad se encontraba detrás de una palabra dicha al tuntún. El culpable en esta ocasión fue Sen Briaray Olvit, un adepto superior que tenía reputación de hablar primero y pensar después y que era uno de los tres presentes que compartía el secreto de Ailind. Hablaban de vinos, discutiendo los méritos de las viñas de Han y Perspectiva, cuando Sen, con una mueca, dijo:

—Estamos suponiendo, por supuesto, que el asunto de nuestras preferencias no se va a convertir en algo puramente teórico antes de la próxima vendimia. Quizá, cuando todo esto haya terminado, ni en Han ni en Perspectiva, ni en ningún otro lugar, quede un viñedo en pie.

Tirand miró a Sen con amargura. Sabía que el recordatorio de su difícil situación debía aflorar, pero había abrigado la esperanza de que, al menos aquella noche, tendrían un respiro más prolongado. Pensó en intentar reconducir la conversación hacia un tema más agradable, pero, antes de que dijera nada, alguien más siguió el hilo de lo dicho por Sen.

—Tienes algo de razón en eso, Sen, y tiene consecuencias mucho mayores. El vino es un lujo sin el cual es fácil sobrevivir; pero ¿qué ocurre con las necesidades más fundamentales, los alimentos básicos? ¿Alguien ha calculado cuánto tiempo podremos seguir sin recibir suministros?

Todos miraron a Tirand. El Sumo Iniciado suspiró para sus adentros. No quería centrar su atención en asuntos tan tristes, pero el deber era lo primero. Y la pregunta era válida y debían habérsela planteado anteriormente.

—Todo depende de cuánto se alargue esta crisis —repuso—. Afortunadamente, todas las caravanas con los diezmos de las provincias llegaron antes de que fuéramos asediados, por lo que nuestros suministros de invierno están al nivel acostumbrado. Claro que, en una situación normal, recibiríamos los nuevos diezmos en la primavera, tan pronto como el tiempo mejore lo suficiente para que los desfiladeros sean transitables. Pero este año…, como dices, no podemos estar seguros de nada. Tal vez no haya caravanas; tal vez no haya provisiones para las provincias, mucho menos para nosotros. Tienes razón; es algo que no habíamos tenido en cuenta previamente, y es una seria omisión.

—¿Crees que deberíamos establecer un racionamiento, Tirand? —intervino una mujer mayor.

—No puedo decirlo con seguridad hasta que no conozcamos el estado preciso de nuestros almacenes. Pero creo que, como mínimo, haríamos bien en considerar la posibilidad.

En el extremo más alejado de la chimenea, la Matriarca dejó su copa de vino.

—En eso podemos ayudaros mis hermanas y yo, Tirand —dijo—. Hace años, cuando estaba en Wishet, tuvimos una estación de inundaciones desastrosas que tú no recordarás porque eres demasiado joven, y hubo racionamiento en la provincia durante casi medio año después de la catástrofe. Lo que entonces aprendí puede resultar útil ahora, y será una pequeña compensación por haberos cargado con bocas extra que alimentar.

Tirand le sonrió.

—No nos has cargado, Shaill, ¡y espero que lo sepas tan bien como nosotros!

—Eres muy caballeroso, querido, pero no acallarás mi conciencia, ni mis pesadillas. Sufro por haber venido a refugiarme aquí, mientras que la hermana Fiora y las otras superioras se quedaron en Chaun Meridional. Si me confías la tarea de hacer inventario de los suministros del Castillo y de preparar un plan de emergencia, por fin tendré la sensación de que al menos estoy contribuyendo con algo práctico y útil. —Hizo una pausa un instante, reflexionando, y luego añadió—: Podría pedir la ayuda de Calvi. Creo que le iría bien tener que hacer algo positivo, por muy rutinaria que sea la labor.

—Eso me recuerda algo —acotó Sen—. ¿Dónde está nuestro Alto Margrave esta noche? No lo vi durante la cena, y no es de los que se saltan una comida.

Tirand contempló la sala. Sen tenía razón: Calvi Alacar, hermano y sucesor a su pesar del asesinado Blis, no se encontraba con los allí reunidos; de hecho, Tirand no recordaba haberlo visto desde primera hora de la tarde.

—Espero que no haya sido víctima de la epidemia de resfriados invernales que azota el Castillo —dijo la Matriarca—. Esta mañana me pareció que no tenía buen aspecto. Quería mencionárselo a Sanquar, pero se me…

Se paró en mitad de la frase cuando, de manera tan súbita que todos se sobresaltaron, las puertas al otro extremo de la sala se abrieron de par en par. Tirand se volvió en su silla, con expresión sorprendida y furiosa.

—¿Qué ocurre en el nombre de…?

Pero, al ver las dos figuras que habían entrado en la sala, tampoco él acabó la frase. A una la conocía demasiado bien: su hermana, Karuth Piadar, con quien en aquellos momentos apenas se hablaba. La otra… Los ojos del Sumo Iniciado se fijaron en el hombre alto y de cabellos negros que acompañaba a Karuth, y sintió un frío estremecimiento. No podía explicarlo —aquel hombre era un completo desconocido, por lo que no había motivos para alarmarse— pero había algo en él, algo en aquel rostro aquilino, tranquilo, algo en la intensidad de la mirada de los verdes ojos de felino, que llenó de miedo el corazón de Tirand. Y Karuth… Sus mejillas, normalmente pálidas, estaban arreboladas, y tenía un aspecto desafiante, casi triunfante…

Entonces, a su espalda, Ailind del Orden lanzó un duro juramento, que rápidamente reprimió.

El hombre del pelo negro sonrió.

—Ah, veo que me reconoces, viejo amigo, a pesar del tiempo que ha transcurrido —Habló en voz baja, pero su voz llegó perfectamente al otro lado de la sala. Después avanzó con la gracia de un felino, dirigiéndose hacia ellos. Tirand vio que el rostro de Ailind enrojecía de ira. Sorprendido, miró al señor del Orden en silenciosa súplica, pero Ailind no le hizo el menor caso y mantuvo la mirada clavada en la figura que se aproximaba. Confuso y de pronto inseguro de sí mismo, Tirand se puso en pie lentamente. El desconocido se detuvo a tres pasos de él, hizo una inclinación de cabeza y dijo:

—Buenas noches, Sumo Iniciado. Mis saludos a ti y al Círculo. —Los rápidos ojos verdes se fijaron en la Matriarca, y el recién llegado hizo una reverencia más cortés—. Señora.

—Señor… —Los ojos de la Matriarca mostraban curiosidad—. Me temo que tenéis una ventaja sobre mí. ¿Os conozco?

Él sonrió apenas.

—Creo que sabéis de mí, señora, aunque nunca nos hayamos encontrado.

Si Tirand hubiera estado observando a Ailind, habría visto que el dios permanecía inmóvil, rígido, con expresión desencajada y tensa. Pero Tirand estaba demasiado absorto en las reacciones gemelas que surgían en su mente. Tenía miedo de aquel desconocido; y al mismo tiempo tenía la impresión de que, sutilmente, aquel hombre se burlaba de él.

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