La conquista del reino de Maya por el último conquistador español Pío Cid (9 page)

Las ceremonias del día muntu se regían por la marcha del sol. El ucuezi tenía lugar cuando el sol había recorrido la cuarta parte de su arco, hora de almorzar; el afuiri, cuando estaba en el cenit, hora de las libaciones. El regreso se emprendía después de comer, antes que el sol se pusiera. Ya he dicho que la puesta del sol suspendía la vida pública, abriendo la vida de familia. Llegada la hora del ucuezi, todos los concurrentes se colocaron de pie alrededor del templo, cuya cortina descorrida dejó a la vista cuatro altos pilarotes sobre los cuales descansa una montera piramidal de fajina y pizarra, y en el centro un túmulo de piedras toscas, que apenas levantaría una vara del suelo. Me acerqué a uno de los pilarotes, y desatando la cuerda que a él estaba amarrada, la dejé correr por un travesaño enclavado en lo alto del techo. De la extremidad de esta cuerda pendía un gallo joven o pollo muy zancón, degollado aquella mañana por mi bella esposa Memé, al que hice bailar en el aire un buen rato ante el silencioso concurso. Después volví a amarrar la cuerda al poste, hice correr la cortina y di por terminada la ceremonia, que en realidad era poco divertida.

Comenzó de nuevo la algazara, y una vez terminado el almuerzo o primera merienda del día, aproveché el tiempo para recorrer la colina y conocer a las mujeres más notables de la ciudad. Me acompañaba la esbelta Memé, cuyas relaciones eran muy numerosas. Vi en primer término unas ochenta mujeres que formaban la familia real, entre las cuales estaban interinamente las mujeres del desaparecido Viaco; las cincuenta esposas del cabezudo Quiganza eran notables por su obesidad, pues éste las elegía con un criterio exclusivamente cuantitativo, y en particular la favorita, a la que llamaba el pueblo la reina Mcazi, la «vaca», dejaba entrever bajo su túnica verde, adornada con plumas de colores, dos pechos gigantescos, según fama, los más grandes de todo el país. La hermana mayor del rey, madre de mi yerno Mujanda, era una gallarda negra con los bríos de una sultana mora; entre las esposas del orejudo Mato había una mujer de bello y puro tipo etiópico, que me hizo descubrir la existencia de un dualismo de razas, cuya fusión no se ha realizado aún en absoluto, pues al lado de aquella mujer y de otras que, como la esbelta Memé, conservan indudables rasgos de la raza superior, se encuentran entre la gente baja muchas de talla más pequeña y de color más claro, de tinte moreno verdoso, que deben proceder de la raza indígena. Mis impresiones, sin embargo, en esta primera ojeada fueron muy confusas, porque la falta de costumbre no me permitía distinguir las particularidades de cada tipo, y fuera de algún caso excepcional, todos me parecían iguales, con pequeñas diferencias. Lo que sí comprendí a primera vista fue que las mujeres más bellas, las de facciones más regulares, como Memé, eran las menos apreciadas por el público, de lo cual me alegré no poco, pues así me sería fácil completar mi harén a poco costo y sin excitar rivalidades.

Nada hay tan fatal para el hombre como el medio que le rodea, y yo, que al principio me ahogaba entre mi nueva familia, la encontraba ahora insuficiente viendo las de los demás. Cuando nos habituamos a vivir con una sola mujer, no sólo no queremos otras, sino que ésta única acaba por cansarnos y hacernos amar la soledad; pero si nos acostumbramos a vivir con varias, desearemos ir aumentando el número y no nos encontraremos bien sin ellas; porque si una familia pequeña sirve de martirio, una familia numerosa sirve de diversión.

En Maya, de ordinario, el hombre sólo busca la primera mujer, que es la favorita, y ésta, por no vivir sola, se encarga después de traer nuevas compañeras, procurando siempre que sean de su confianza o que no tengan méritos suficientes para desbancarla. Y como las mujeres se conocen entre sí mejor que los hombres pueden conocerlas, se ven elecciones muy acertadas, y no ocurre que jóvenes de bellas cualidades queden postergadas por su aparente fealdad. El día de que voy hablando me presentó Memé una joven muy flaca (y fea, según los gustos mayas), habilísima en el manejo del laúd y en el canto, y a sus instancias la acepté por esposa mediante la oferta de tres
onuatos
de trigo. El onuato, medida en forma de «canoa», equivale próximamente a dos fanegas de Ávila. Mis demás mujeres entraron en deseos, y visto que yo no ofrecía resistencia, me concertaron hasta una docena de mujeres, naturalmente de entre sus amigas, por precios variables desde tres a cinco onuatos.

Estas chalanerías eran frecuentes en toda la feria, pues entre el ucuezi y el afuiri se celebran, siempre gran número de transacciones matrimoniales, sin que haya temor de que las mujeres escaseen, porque vienen muchas de otros puntos del reino. La desproporción entre los sexos es tan grande, que, según mis cálculos, de las veinte mil personas allí reunidas, no llegarían los hombres a cuatro mil.

Cuando llegó el sol al cenit tuvo lugar la segunda ceremonia, el afuiri. Cinco hombres y dos mujeres eran acusados: uno de ellos de profanación, dos de hurto de ganados reales, y los otros dos y las mujeres, de adulterio cometido en el día muntu precedente, con la circunstancia agravante de ser ellos servidores de los esposos ofendidos; a estos delitos se atribuyó una herida que el cabezudo Quiganza se había hecho en un pie mientras afilaba una flecha, y que, según la creencia general, era un aviso de Rubango. Por los mismos procedimientos usados en Ancu-Myera, todos fueron condenados a muerte, bien a mi pesar y sólo por dar gusto a la concurrencia, que lo deseaba unánimemente, y decapitados sobre una plataforma que para el efecto está construida junto al templo de Igana Nionyi.

Después de terminado el fúnebre acto hice redactar el acta del día, con la que terminaron las fiestas religiosas. Desde este momento hasta la retirada, el espectáculo se convirtió en una espantosa bacanal, en cuya comparación las saturnales romanas serían autos de moralidad y cuadros de edificación. La pluma no se atreve a describir lo que estos hombres en un rato de expansión se complacen en hacer.

CAPÍTULO VII

Algunas noticias históricas y geográficas del reino de Maya.—La antigua organización y el juego de los partidos políticos.

El día que siguió a las fiestas religiosas fue de calma y de recogimiento, porque todo está tan sabiamente previsto en la naturaleza humana, que el dolor, impotente para destruirla, se prolonga sin medida, en tanto que el placer, que la aniquilaría en breve término, es fugaz y se desvanece por sí mismo, transformándose en un nuevo dolor más lento, en el dolor de la pasividad, a que vivimos sometidos. Así, aquellos hombres vigorosos, que, con afán ciego de morir entre las brutalidades de la orgía al aire libre, caían fatigados, se levantaban después y se rehacían para emprender, como una manada de ovejas, la vuelta a los hogares y continuar a otro día sus faenas con mayor regularidad que la acostumbrada. Unas cuantas horas consagradas a la religión y a la crápula aseguran un mes de trabajo y honestas costumbres, y era tal la pureza regeneradora del día muntu, que al siguiente se resolvían los negocios graves del país con más calma y más justicia que en una sociedad constantemente trabajadora y honesta. Por la tarde debían reunirse los uagangas, y estaba acordado que yo hablaría para ampliar la relación de mi vida subterránea y para proponer algunas reformas de utilidad pública. Este programa no pudo realizarse; pero antes de referir los acontecimientos que lo impidieron, y que inopinadamente cambiaron la faz del país, presentaré algunos antecedentes indispensables para conocer el teatro de los sucesos y los actores que en ellos tomaron parte.

Los documentos que pude consultar relativos a la historia de Maya son demasiado modernos y no traslucen nada de la antigüedad. Se ha supuesto que en época muy remota, que algunos fijan en la de los Faraones, se verificó una irrupción de gente asiática en el África central, y que desde entonces se entabló una lucha a muerte, cuyo término, con el transcurso de los siglos, fue la fusión de razas, bien que conservando el predominio los invasores o sus más puros descendientes. En medio de la lucha constante de unas tribus con otras, aparecieron varios núcleos de poder y centralización, y antes que llegaran los primeros navegantes europeos a las costas africanas, puede afirmarse que las tribus del litoral, más ricas y más adelantadas, ejercían sobre las del interior ciertos derechos soberanos.

Este lento trabajo de formación fue interrumpido por la presencia de los europeos, que, con su absurda política de conquista, se apresuraron a someter a los jefes de las tribus costeñas, debilitándolos y disolviendo en una hora los imperios embrionarios que, después de guerras sin cuento, comenzaban a dibujarse sobre el suelo africano. Las relaciones de las tribus del interior con las marítimas fueron extinguiéndose, porque el temor a los invasores hizo que se adoptase una política de retraimiento, acentuada más aún al aparecer un nuevo enemigo: el árabe. El plan de los árabes, bien que con menos aparato militar, era también de conquista: introducirse en el corazón de las tribus, comerciar con ellas, atizar la discordia por todas partes, adquirir como esclavos los vencidos en las guerras intestinas, y, por fin, sustituir poco a poco la autoridad hereditaria de los reyes indígenas por su propia autoridad.

Ante estos elementos extraños, que pretendían meter por fuerza la felicidad en los países de África, sólo el reino de Maya supo defenderse y resistir, porque sólo él tuvo a su cabeza un verdadero hombre de Estado, Usana, el legendario rey Sol. Mas no se crea que me coloco parcialmente del lado de la raza indígena, como pudiera desprenderse de mis palabras; entre los más altos fines del esfuerzo del hombre he colocado siempre los descubrimientos geográficos. Amante de la humanidad, me ha regocijado siempre la idea de que esos descubrimientos de nuevas tierras y de nuevos hombres no son inútiles, puesto que llevan consigo, por el carácter humanitario de nuestra especie, el deseo de mejorar a nuestros hermanos, de colonizar los países que ellos ocupan, civilizándolos con mayor o menor suavidad, según el temperamento de la nación colonizadora.

Grande es en sí esta idea; pero más grande es aún cuando se nota que nosotros sufrimos también las tristezas y dolores de esta vida, y que, a pesar de estas tristezas y de estos dolores, sacamos fuerzas de flaqueza y acudimos en auxilio de otros hombres que juzgamos más desventurados que nosotros. Este es un rasgo característico y consolador de la humanidad en todos los tiempos y en todas las razas; yo tengo por seguro que si esos mismos pueblos retrasados y aun salvajes de África tuvieran un claro concepto de la ley de solidaridad de los intereses humanos y una navegación más perfeccionada, vendrían a su vez a llenar en nuestra propia casa la misma humanitaria misión que nosotros cumplimos en la suya.

Cuando Usana ocupó el trono, el reino se hallaba dividido en banderías de toda especie; y como era necesario realizar la unión de los súbditos antes de intentar alguna acción provechosa en el exterior, dio varios edictos notables que restablecieron la paz. Ya hablé del edicto que dio fin a las divergencias religiosas originadas por la reforma de Lopo. Otro edicto célebre fue el que instituyó la asamblea de los uagangas, encaminada a aplacar las ansias de mando de algunos ambiciosos y a dar más estabilidad a los tres uagangas consejeros, que antes estaban sometidos a cambios frecuentes. Creó el cuerpo de pedagogos y estableció que el rey y los reyezuelos hicieran concesiones temporales de parcelas de tierra a los hombres libres y a los siervos, (a quienes su señor debería dejar tiempo libre para cultivarlas), con la condición de labrarlas diez años seguidos y devolverlas con las mejoras introducidas. En suma, Usana fundó la paz de los corazones y la justicia en la distribución de la riqueza. «Mas no por eso —dice el documento de donde saqué estas noticias— los hombres dejaron de sufrir; sufrían, aunque con más contento y resignación». El coronamiento de la obra de Usana fue una serie de victoriosas campañas contra los pueblos vecinos, la fijación de los límites del reino y el establecimiento de las tropas fronterizas para aislarlo completamente del exterior.

El reino de Maya tiene próximamente la misma extensión que el de Portugal, y su figura es la de un bacalao preparado para el comercio. La raspa central es el río Myera, que lo divide en dos porciones casi iguales de Oriente a Occidente, hacia donde cae la cola. La región Norte, la más abundante en bosques, tenía, cuando yo llegué al país, trece ciudades: Maya, la capital, y Misúa, en el interior, en tierra abierta; más al Norte, en el bosque, Viti, Uquindu, Mpizi, Cari, Urimi y Calu; y en la margen derecha del Myera, Unya, Quitu, Zaco, Talay y Rozica. La región Sur tenía once ciudades; sólo dos en el bosque, cerca de la frontera, Viloqué y Tondo; cuatro en tierra abierta, Ruzozi, Boro, Quetiba y Viyata, y cinco en la margen izquierda o inferior del río, Ancu-Myera, Mbúa, cerca del Unzu, Upala, Arimu y Nera, casi enfrente de Rozica, en el extremo occidental de la nación. En resumen: diez ciudades fluviales, cuyas riquezas consistían en la pesca y algunas pequeñas industrias; seis en tierra llana, que se dedicaban principalmente a la agricultura y a la cría de ganados, y ocho en los bosques, las más pobres y retrasadas, cuya ocupación era cazar, recoger las frutas alimenticias y construir canoas y otros objetos de madera y de hierro, que cambiaban por artículos de primera necesidad. Todas estas ciudades estaban unidas por sendas que permitían el paso de los hombres y de las caballerías, excepto Urimi, cuyas sendas fueron interceptadas por orden del antecesor del cabezudo Quiganza, en castigo de varios hurtos cometidos por sus naturales. Urimi es nombre moderno y quiere decir «ciudad sin caminos»; antes se llamaba Mtari.

Siglo y medio hacía de la muerte de Usana, y en todo este tiempo parece como que su espíritu había seguido dirigiendo la vida de los mayas. Ninguna reforma importante se había hecho después de él, y la dinastía plebeya de Usana se había sostenido en el trono y reinado sin dificultad. Después de Usana, que fue rey durante veintiocho años, su sobrino Ndjiru, del que se decía que era dueño de la «lluvia», gobernó medio siglo; su hijo Usana, que fue proclamado en edad muy avanzada, diez años; su nieto Viti, corpulento como un «árbol», cuarenta y cinco, Moru, el rey de «fuego», sobrino de Viti, cuarenta, y el cabezudo Quiganza, sobrino de Moru, hasta la actualidad. La transmisión de la corona sigue la línea femenina, porque los mayas temen mucho la adulteración de la sangre de sus reyes, y, en caso de duda, confían más en la honestidad de las madres que en la de las esposas; así el heredero es siempre el hijo de la hermana mayor, y sólo a falta de sobrinos entra a heredar el hijo de la primera mujer del rey, como ocurrió en tiempo del segundo Usana.

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