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Authors: Javier Sierra

Tags: #Historico, Intriga

La cena secreta (5 page)

BOOK: La cena secreta
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Uno de aquellos uniformados me señaló el camino. Debía dirigirme al extremo oeste de la torre, ya dentro de la fortaleza, y preguntar por el área de recepción de visitas y el «despacho de luto» que se había habilitado para recibir a las delegaciones que acudirían a los funerales por donna Beatrice. Mi cicerone de Cremona ya me había advertido que toda la ciudad se pararía cuando llegara aquel momento. Y, de hecho, para esa hora no había demasiada actividad. Me sorprendió que el secretario del Moro, un espigado cortesano de rostro inexpresivo, apenas tardara en recibirme. El servidor se disculpó por no poder conducir a este siervo de Dios hasta su señor. Aun así, examinó mi carta de presentación con aire escéptico, comprobó que el sello pontificio era auténtico y me la devolvió acompañada de un gesto de desolación.

—Lo lamento, padre Leyre. —Marchesino Stanga, así se llamaba, se deshizo en un torrente de disculpas—. Debe entender que mi señor no reciba a nadie tras la muerte de su esposa. Supongo que os hacéis cargo del difícil momento que atravesamos y de la necesidad que tiene el dux de estar a solas.

—Claro —asentí con fingida cortesía.

—No obstante —añadió—, cuando pase el duelo, le haré llegar la noticia de su presencia en la ciudad.

Me hubiera gustado poder mirar a los ojos al Moro y deducir, como en tantos interrogatorios que había presenciado, si ocultaban o no las siniestras sombras de la herejía o del crimen. Pero aquel funcionario vestido con tocado grana guarnecido de pieles y jubón de terciopelo, que hablaba con aires de mezquina superioridad, estaba decidido a impedírmelo:

—Tampoco podemos daros cobijo, como es nuestra costumbre —dijo con sequedad—. El castillo está cerrado y no recibimos huéspedes. Os ruego, padre, que recéis por el alma de donna Beatrice y que regreséis pasados los funerales. Entonces os atenderemos como merecéis.

—Requiescat in pace —murmuré mientras me santiguaba—. Así lo haré. También rezaré por vos.

Tuve una sensación extraña. Sin posibilidad de instalarme cerca del duque y su familia, chasqueado en mi propósito de deambular con más o menos libertad por su castillo, mis primeras pesquisas se demorarían.

Debía conseguir un alojamiento discreto que me garantizara cierto ambiente de estudio. Con los documentos de Torriani quemando en mi bolsa, iba a necesitar calma, tres platos de comida caliente al día y una buena dosis de suerte para lograr descifrar su secreto. No era sensato que un monje buscara posada entre los laicos, así que mis opciones pronto se redujeron a dos: o me afincaba en el veterano convento de San Eustorgio o en el novísimo de Santa María delle Grazie, donde la posibilidad de cruzarme con el Agorero excitaba mi imaginación. Después, con el techo resuelto, tiempo tendría de sumergirme en la clave que el maestro Torriani me había entregado en Betania.

Reconozco que la Divina Providencia hizo un trabajo ejemplar. San Eustorgio se reveló pronto como la peor de las opciones. Situado muy cerca de la catedral, junto al mercado de abastos, acostumbraba a estar lleno de curiosos que no tardarían en preguntarse qué clase de asunto retenía allí a un inquisidor romano.

Aunque su situación me daría cierta perspectiva sobre las actividades del Agorero, ahorrándome el riesgo de encontrármelo cara a cara sin saber de quién se trataba, también sabía que me ofrecía más inconvenientes que ventajas.

En cuanto a la otra alternativa, la de Santa María delle Grazie, además de ser el presunto refugio de mi objetivo sólo presentaba otro pequeño pero superable defecto: allí era donde iban a celebrarse las multitudinarias exequias de donna Beatrice. Su iglesia, reformada hacía poco por Bramante, estaba a punto de convertirse en el centro de todas las miradas.

A cambio, Santa María disponía de cuanto podía necesitar. Su bien surtida biblioteca, emplazada en la segunda planta de uno de los edificios que daban al que allí llamaban Claustro de los Muertos, custodiaba obras de Suetonio, Filóstrato, Plotino, Jenofonte y hasta algunos de los libros del propio Platón importados en tiempos de Cosme el Viejo. Se encontraba cerca de la fortaleza del dux y no demasiado lejos de la Porta Vercellina. Gozaba de excelente cocina, un extraordinario horno de repostería, pozo, huerto, sastrería y hospital. Y por si fuera poco, todas aquellas ventajas palidecían frente a una sola: si el maestro Torriani no se engañaba, tal vez el Agorero podría presentárseme en sus pasillos, sin necesidad de resolver acertijo alguno. Fui un ingenuo.

Menos en ese aspecto concreto, la Providencia hizo bien su trabajo: en Santa María quedaba una celda disponible que se me asignó de inmediato. Se trataba de un cuartucho de tres pasos por dos, un camastro de tablas sin colchón y una mesa pequeña situada bajo un pobre ventanuco que daba a la calle que llamaban Magenta. Los frailes no hicieron preguntas. Revisaron mis credenciales con la misma mirada de desconfianza del secretario Stanga, pero se relajaron en cuanto les aseguré que había acudido a su casa en busca de serenidad para mi atribulado espíritu. «Hasta un inquisidor necesita recogimiento», les expliqué. Y lo entendieron. Sólo me impusieron una condición. El sacristán, un fraile de ojos saltones y acento extraño, me lo advirtió muy severo:

—Nunca entréis sin permiso en el refectorio. El maestro Leonardo no quiere que nadie interrumpa su trabajo y el abad desea complacerlo en todo. ¿Lo habéis entendido?

Asentí.

Capítulo 8

Lo primero que visité fue la biblioteca de Santa María. Sentía una gran curiosidad. Situada sobre el polémico y ahora restringido refectorio que el Agorero había convertido en el foco de todo mal, la suya era una estancia amplia, de ventanas rectangulares, atravesada por una docena de pequeñas mesas de lectura y un gran pupitre para el bibliotecario. Justo detrás de éste, tras un grueso portón con cerradura, se guardaban los libros. Lo que más me llamó la atención fue su sistema de calefacción: una caldera situada en la planta inferior suministraba vapor de agua a unos conductos de cobre que calentaban las losetas del suelo.

—No es por los lectores —se apresuró a explicarme el responsable del lugar al verme husmear con interés aquel ingenioso dispositivo—. Es por los libros. Guardamos ejemplares demasiado valiosos como para que el frío los eche a perder.

Creo que el padre Alessandro, guardián y custodio de aquella sala, fue el primer monje que no me miró con suspicacia, sino con una descarada curiosidad. Largo, huesudo, de piel blanquísima y modales finos, parecía encantado de ver una cara nueva en sus dominios.

—No suele venir mucha gente por aquí —admitió—. ¡Y mucho menos de Roma!

—Ah… ¿Ya sabéis que soy romano?

—Las noticias vuelan, padre. Santa María todavía es una comunidad pequeña. No creo que a esta hora haya alguien en la comunidad que no sepa de la llegada de un inquisidor a nuestra casa.

El fraile me guiñó un ojo en señal de complicidad.

—No estoy aquí en misión oficial —mentí—. Me traen asuntos personales.

—¡Y qué importa! Los inquisidores son hombres de letras, estudiosos. Y aquí casi todos los frailes tienen dificultades para leer o escribir. Si os quedáis un tiempo entre nosotros, creo que nos haremos buena compañía.

Luego añadió:

—¿Es cierto que en Roma trabajáis en la Secretaría de Claves?

—Sí… —dudé.

—Magnífico, padre. Eso es magnífico. Vamos a tener mucho de que hablar. Creo que habéis elegido el mejor lugar del mundo para pasar unos días.

Alessandro me pareció simpático. Frisaba la cincuentena, lucía sin complejos una nariz ganchuda y la barbilla más pronunciada que había visto jamás. Su nuez luchaba por salírsele de la garganta. Tenía unas gruesas lentes sobre la mesa, con las que debía de agrandar las letras de los libros, y las mangas de su hábito exhibían unos enormes lamparones de tinta. No es que me sincerara con él de inmediato —de hecho, trataba de no mirarle demasiado para no hipnotizarme con aquella cara contrahecha—, aunque admito que una corriente de sincero afecto circuló de inmediato entre nosotros. Fue él quien insistió en atender mis necesidades mientras estuviera en el convento. Se ofreció a mostrarme los rincones de aquel espléndido lugar en el que todo parecía nuevo y me prometió que velaría por mi tranquilidad para que pudiera concentrarme.

—Si vuestro ejemplo cundiera y vinieran más frailes a esta casa a estudiar —se quejó como si no pudiera contener su lengua—, pronto podríamos convertirla en un Estudio General,
[4]
como los de Roma, y quién sabe si en una Universidad…

—¿Es que no vienen frailes a estudiar aquí?

—Muy pocos para lo que este lugar puede ofrecerles. Aunque os parezca modesta, esta biblioteca reúne una de las colecciones de textos antiguos más importantes del ducado.

—¿Ah sí?

—Perdonad si peco de inmodestia, pero llevo mucho tiempo trabajando en ella. Quizá a un culto romano como a vos os parezca poca cosa al lado de la Bibliotheca Vaticana, pero creedme si os digo que aquí atesoramos textos que ni los bibliotecarios del Papa se imaginan…

—Entonces —dije cortés—, será un privilegio poder consultarlos.

Fray Alessandro inclinó la cabeza como si aceptara el elogio, al tiempo que revolvía entre sus papeles buscando algo importante.

—Antes preciso de un pequeño favor —rió entre dientes—. En realidad, me habéis caído del cielo. Para alguien como vos, entrenado en descifrar mensajes para la Secretaría de Claves, un acertijo como éste será pan comido.

El dominico me tendió un trozo de papel con algo garabateado en su anverso. Era un dibujo simple. Una burda escala musical interrumpida por una especie de nota fuera de lugar («za») y un anzuelo.

—¿Qué? —preguntó impaciente—. ¿Lo entendéis? Llevo tres días intentándolo sin éxito.

—¿Y qué se supone que debéis hallar aquí?

—Una frase en lengua romance.

Observé aquella adivinanza sin llegar a intuir su significado. Era evidente que la clave debía estar en aquella «za» fuera de lugar. Las cosas fuera de sitio siempre tenían la respuesta, pero ¿y el anzuelo? Ordené mentalmente aquellos elementos, comenzando por la lectura de la escala y sonreí divertido.

—Es una frase, cierto —dije al fin—. Y muy sencilla.

—¿Sencilla?

—Basta con saber leer, fray Alessandro. Veréis: Si partís de la traducción de anzuelo al romance, que es «amo», el resto del dibujo cobra sentido de inmediato.

—No os entiendo.

—Es sencillo. Leed «amo» y, seguido, las notas. El fraile, dubitativo, pasó sus dedos por el dibujo:

—«Lamo… re… mi… fa… sol… la… "za"… re… ¡L'amore mi fa sollazare! («El amor me causa placer.»)… —brincó—. ¡Ese Leonardo es un bribón! ¡Ya verá cuando me lo encuentre! Jugar con las notas musicales…. Maledetto.

—¿Leonardo?

La sola mención de aquel nombre me devolvió a la realidad. Había ido a la biblioteca en busca de refugio para descifrar el enigma del Agorero. Una clave que, si no nos equivocábamos, estaba muy relacionada con Leonardo, el refectorio prohibido y la obra que en él estaba ejecutando.

—¡Ah! —exclamó el bibliotecario aún eufórico por su descubrimiento—. ¿Todavía no lo conocéis?

Negué con la cabeza.

—Es otro amante de los acertijos. A los monjes de Santa María nos desafía cada semana con uno. Este ha sido de los más difíciles…

—¿Leonardo da Vinci?

—¿Y quién si no?

—Creí… —dudé— que no hablaba mucho con los frailes.

—Eso es sólo cuando trabaja. Pero como vive aquí cerca, a menudo pasa a supervisar su obra y bromea con nosotros en los claustros. Le encantan los dobles sentidos, los equívocos, y nos hace reír con sus ocurrencias.

«Los dobles sentidos.»

Aquello, lejos de hacerme gracia, me desasosegó. Estaba allí para descifrar un mensaje que había burlado a todos los analistas de Betania. Un texto bien diferente de aquella frase picarona disfrazada por Leonardo en un pentagrama, y de cuya resolución dependían varios asuntos de Estado. ¿Cómo podía perder el tiempo con aquella cháchara intrascendente?

—Al menos —dije cortante—, vuestro amigo Leonardo y yo tenemos algo en común: nos gusta trabajar a solas. ¿Podríais dejarme un pupitre y haceros cargo de que no me moleste nadie?

Fray Alessandro entendió que no le estaba pidiendo un favor. Borró su sonrisa de triunfo de aquella cara angulosa, y asintió obediente.

—Quedaos aquí. Nadie interrumpirá vuestro estudio.

Aquella tarde, el bibliotecario cumplió su palabra. Las horas que pasé frente a los siete versos que me había entregado el maestro Torriani en Betania fueron algunas de las más solitarias que pasé en Milán.

Entendía que aquel trabajo las requería como ningún otro al que me hubiera enfrentado con anterioridad. Leí de nuevo:

Oculos éjus dinumera,

sed noli voltum ádspicere.

In latere nominis

mei notam rinvenies.

Contemplan et contemplata

aliis iradere.

Veritas

Todo iba a ser mérito de la paciencia.

Tal y como aprendí en los talleres de Betania, apliqué a aquel galimatías las técnicas del admirable padre León Battista Alberti. Al padre Alberti le hubiera encantado mi desafío: no sólo debía desentrañar un mensaje oculto tras un texto vulgar, sino que éste probablemente me conduciría a una obra de arte con un buen misterio encerrado tras ella. Él fue el primer sabio en escribir sobre la perspectiva, era un amante del arte, poeta, filósofo, compuso una canción fúnebre para su perro y hasta diseñó la fontana de Trevi en Roma.

Nuestro admirable doctor, que Dios se llevó prematuramente a la gloria, decía que para resolver cualquier enigma no importaba su clase o procedencia: había que ir de lo evidente a lo latente. Esto es, discriminar primero lo obvio, el «za», para buscar después su significado oculto. Y enunció otra ley útil: los acertijos se resuelven siempre sin prisas, atendiendo a los detalles mínimos y dejándolos sedimentar en nuestra memoria.

En este caso particular, lo obvio, y muy obvio, era que los versos encerraban un nombre. Torriani estaba seguro, y yo, cuanto más los leía, también. Ambos creíamos que el Agorero había facilitado esa pista con la esperanza de que la Secretaría de Claves la descifrara y pudiera comunicarse con él, así que debía de existir un procedimiento de lectura que no ofreciera dudas. Por supuesto, si nuestro anónimo confidente era tan cauto como parecía, sólo los ojos de un buen contemplador lo identificarían.

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